Sentándose, vinieron a Él

La diferencia entre la multitud y el discípulo

En nuestro caminar espiritual, tarde o temprano aparece una pregunta incómoda. No surge en medio del ruido, sino cuando uno se sienta, cuando el café ya no quema y el silencio empieza a decir cosas. Es una pregunta sencilla, pero profunda:

¿Hasta dónde llega realmente nuestra fe?

El tema de hoy podría resumirse así: “Sentándose, vinieron a Él”. Una frase breve que encierra una gran diferencia. No todos los que siguen a Jesús lo hacen por las mismas razones. Y quizá ahí encontremos la respuesta a otra pregunta que muchos se hacen, pero pocos se atreven a sostener.

¿Por qué no suceden cosas mayores?

En el Evangelio de Juan, Jesús dice algo que siempre nos confronta:
“De cierto, de cierto os digo: el que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre.” (Juan 14:12)
Leemos esto y, casi sin querer, nos preguntamos:

¿Por qué no vemos hoy esas obras mayores como Él las describió?

No se trata de negar que Dios siga obrando. Vemos sanidades, respuestas, pequeños milagros cotidianos. Pero si somos honestos, muchas veces parecen lejanos a lo que Jesús hacía cuando caminaba entre la gente. Y la pregunta no apunta a la capacidad de Dios, sino a algo más cercano: nuestra disposición.

La multitud frente a los discípulos

Para entenderlo, basta mirar un detalle que a veces pasamos por alto. En los evangelios se repite una escena: Jesús sana, libera, responde, y la multitud lo sigue. Pero hay un momento clave que marca una separación.

Mateo lo describe así:

“Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a Él sus discípulos.”
La multitud estaba allí. Los milagros también. Pero cuando Jesús se sienta para enseñar, no todos se acercan. Solo lo hacen los discípulos.

La multitud busca el pan, el pescado, la solución inmediata. El discípulo busca al Maestro. La multitud quiere el resultado; el discípulo quiere la relación. Por eso Jesús se aparta, sube al monte y se sienta. No para alejarse, sino para enseñar a quienes realmente desean aprender.

Hoy ocurre algo parecido. Las iglesias se llenan cuando se promete un milagro, una prosperidad rápida, una respuesta urgente. Pero cuando se trata de sentarse a escuchar, estudiar y aprender, el lugar se vacía un poco. Y ahí aparece la diferencia.

Pobres de espíritu: una puerta estrecha

La primera bienaventuranza no es casual:
“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.”
Ser pobre de espíritu no es falsa humildad. Es reconocer que, sin Dios, no sabemos entrar ni salir. Que necesitamos dirección, corrección y enseñanza.
Salomón entendió esto cuando Dios le ofreció pedir lo que quisiera. No pidió riquezas ni larga vida. Dijo algo que revela su corazón:

“Soy joven, no sé cómo gobernar… dame sabiduría.”

Se reconoció siervo. Y esa actitud agradó a Dios. No solo recibió sabiduría, sino también aquello que no había pedido. Porque cuando el orden es correcto, lo demás viene por añadidura.

El costo de ser discípulo

Quizá no vemos obras mayores porque preferimos ser multitud antes que discípulos. Ser discípulo implica cosas que no siempre gustan:

– Humillarse y reconocer que dependemos totalmente de Dios.
– Guardar Sus caminos y no los nuestros.
– Sentarse a aprender, aunque la Palabra confronte.
– Aceptar que no somos dueños del mensaje, sino siervos de Él.

La Palabra no admite añadiduras nacidas del orgullo. No se adapta al gusto personal. Se recibe, se estudia y se vive.

Una pregunta que queda abierta

El reino de los cielos pertenece a quienes saben que se pierden sin el Maestro. A quienes dejan de buscar solo el milagro y se acercan a Sus pies para aprender.

Ser discípulo no es fácil. Exige renunciar a intereses propios y aceptar un camino que no siempre es cómodo. Pero es el único que lleva a una fe madura, profunda y verdadera.

Y mientras termino este café, la pregunta queda flotando, sin prisa, sin respuesta inmediata:

¿Soy parte de la multitud que busca el milagro…
o un discípulo que se sienta a aprender?

Vick
Conversando con una taza de café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

¿Simpatizantes o discípulos?

A veces, mientras converso con una taza de café, me hago una pregunta que no incomoda al principio, pero que no se va fácil después:

¿Por qué sigo a Jesús?

No es una pregunta teológica.
Es personal.
Vivimos tiempos en los que desde muchos púlpitos se repite lo mismo: que Dios tiene el control, que Dios va a bendecir, que Dios va a proveer, que Dios nos va a sacar adelante. Y sí, todo eso es cierto. Lo sabemos. Lo hemos escuchado una y otra vez.

Pero el café se enfría cuando la pregunta es otra:

¿Lo seguimos por eso… o por quien Él es?

Porque seguir a alguien solo mientras todo resulta cómodo no es seguir; es acompañar de lejos. Y cuando el seguimiento empieza a pedir algo más —tiempo, estudio, compromiso, renuncia— muchos descubren que no estaban tan interesados como pensaban.

En el Evangelio de Juan hay una escena que siempre me deja pensando. Después de escuchar palabras difíciles, no dirigidas a la multitud sino a quienes ya caminaban con Él, el texto dice algo seco, sin adornos:

“Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás y ya no andaban con Él.”
No se fueron extraños.
Se fueron discípulos.
Dijeron, sin decirlo: “Esto se complicó. Yo pensé que esto era solo bendición tras bendición.”
Y se retiraron en silencio, como quien no quiere que lo noten.

Eso me obliga a preguntarme:

¿Qué esperaba yo cuando decidí seguirlo?

Hay gente que ama escuchar testimonios, pero casi todos suenan igual: que me sanó, que me dio trabajo, que me protegió, que me permitió comprar mi casa, mi iPhone. No digo que eso esté mal. Pero cuando la relación se reduce a pedir, deja de ser relación.

Si la única razón para arrodillarnos es cubrir necesidades, quizás no estamos buscando a Jesús, sino una versión espiritual de la lámpara maravillosa.

En Marcos se hace una distinción que suele pasarnos desapercibida. El texto habla de Jesús, de sus discípulos y de una gran multitud. No los mezcla. Los separa. Porque no todos los que caminan cerca son discípulos. Algunos solo están ahí por lo que pueden recibir.

La multitud busca resultados.
El discípulo busca relación.
Y esa diferencia se nota cuando el pan se acaba.

En Juan 6, después del milagro de los panes y los peces, la gente cruza el mar buscando a Jesús. No por las señales, sino porque habían comido y se habían saciado. Y Jesús, sin rodeos, les dice la verdad: “Me buscáis no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan.”

Eso duele, porque nos incluye.
¿Cuántas veces lo buscamos solo cuando necesitamos algo?
¿Cuántas veces dejamos de buscarlo cuando la Palabra empieza a confrontar y no a consentir?

Seguir a Jesús por lo que da, es fácil.

Seguirlo por lo que es, no tanto.

La relación pide tiempo. Pide estudio. Pide permanecer incluso cuando no hay milagro inmediato. Pide sentarse a escuchar cuando la Palabra no acaricia, sino que corrige.

Buscar primero el Reino no es una frase bonita. Es una decisión diaria. Significa que lo material deja de ser el centro. Que la prioridad no es el carro, la casa o el éxito, sino la relación. Y curiosamente, cuando eso se ordena, muchas cosas encuentran su lugar.

He visto personas con cheques pequeños, con semanas difíciles, dar gracias antes de saber cómo terminarían el mes. No porque fueran ingenuas, sino porque habían decidido una prioridad. Y esa prioridad sostuvo todo lo demás.

Podemos llenar iglesias, auditorios y estadios. Pero llenar un lugar no significa formar discípulos. El discípulo no es el que aplaude más fuerte, ni que salta ni brinca, sino el que está dispuesto a aprender, a ir, a levantarse cuando cae, a decir “heme aquí” sin garantías.

La Palabra no siempre es fácil. A veces es dura. A veces incomoda. Pero también es un gozo cuando uno decide no quedarse en la superficie.
Por eso la pregunta vuelve, tranquila pero insistente, mientras el café se termina:

¿Soy discípulo… o solo simpatizante?

¿Busco a Jesús por quien Él es, o solo por lo que puede darme?
No es una pregunta para responder en público.
Es una pregunta para responder a solas.

Y quizás ahí, en esa honestidad silenciosa, empiece de verdad el discipulado.

Vick
Conversando con una taza de café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

Buscando la unidad: la clave olvidada de la Iglesia

Antes de comenzar, quiero hacer una pausa. No una pausa técnica ni de cámara, sino una pausa interior. Porque hablar de la unidad dentro de la Iglesia no es un tema menor ni cómodo. Es, probablemente, uno de los desafíos más grandes del cristianismo actual.

La unidad no es un concepto bonito para colgar en la pared. Es una condición espiritual.

El desafío real de la unidad

Vamos a la iglesia, nos reunimos, conversamos, compartimos momentos agradables. Incluso podemos llamarnos amigos. Sin embargo, muchas veces, aun dentro de la Iglesia de Jesucristo, cada persona camina con sus propios intereses, sus propias prioridades y su propia agenda espiritual.

La Biblia nos plantea algo mucho más profundo.

En Hechos 1:14 leemos:

“Todos estos perseveraban unánimes en oración y ruego”.

Perseverar es insistir, mantenerse firmes. Pero la palabra clave aquí es unánimes. No significa simplemente estar juntos en un mismo lugar, sino pensar lo mismo, desear lo mismo, buscar lo mismo.

Eso fue lo que me llevó a investigar, a leer, a escuchar testimonios fuera de nuestro contexto habitual. Especialmente en lugares donde ser cristiano no es socialmente aceptado ni culturalmente cómodo: Rusia, Corea del Norte, zonas donde la fe cuesta, donde creer tiene consecuencias reales.

Ahí descubrí algo que me sacudió.

En muchos de esos lugares, a la conversión no se le llama “hacerse cristiano”. Se le llama arrepentimiento. Antes de aceptar a Cristo, la persona debe reconocer y abandonar una vida pasada. Algunos ni siquiera dicen “soy cristiano”, dicen: “soy un arrepentido”.

Y eso cambia todo.

En gran parte de América y Sudamérica hemos puesto el énfasis en “aceptar al Señor”. Repite la oración, firma la lista, y listo. El arrepentimiento queda como algo secundario, para después.

Pero arrepentirse primero y decidirse después es mucho más difícil… y mucho más profundo.

Tal vez, si habláramos menos de “aceptar” y más de “arrepentirse”, no estaríamos buscando una unidad superficial, sino la unidad de los arrepentidos.

La base bíblica de la unidad

La Biblia insiste en esto una y otra vez.

En Hechos 2:1 se nos dice que cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes. No estaban dispersos, no estaban distraídos, no estaban cada uno en su mundo. Estaban en el mismo canal espiritual.
Y entonces ocurrió el derramamiento del Espíritu Santo.

La pregunta es inevitable:
¿qué nos falta hoy para que ese derramamiento alcance a todos?

Muchas veces pedimos que el Espíritu descienda, pero no estamos unánimes. Perseveraban unánimes en oración y ruego. El ruego no es una oración liviana; es clamor, es profundidad, es carga compartida.

¿Clamamos juntos por una misma causa?
¿O cada uno ora solo por sus propios problemas?

La Escritura dice que cuando dos o más se ponen de acuerdo, Dios responde. Pero el acuerdo no es automático. Se construye perseverando unánimes.
En Hechos 2:42 se nos muestra cómo vivía la iglesia primitiva:
perseveraban en la doctrina, en la comunión, en el partimiento del pan y en las oraciones.
No era un cumplimiento mecánico. No era leer por leer. Era vivir lo que leían.

Y más adelante dice algo aún más radical:

“Todos los que habían creído estaban juntos y tenían en común todas las cosas”.
No había “esto es mío, no lo toques”. Se compartía según la necesidad. Se vivía la fe con sencillez, con alegría, con coherencia.
Por eso el texto concluye con algo contundente:

“Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos”.
La comunión no es solo comer juntos. Es pensar juntos. Caminar juntos. Perseverar en lo mismo.

Los obstáculos que nos dividen

El problema es que la unidad cuesta. Y como cuesta, muchas veces inventamos métodos para hacer crecer las iglesias. Y sí, crecen. Pero crecen sin comunión y sin perseverancia.

Algo no está bien ahí.

Nehemías entendió esto profundamente. Antes de reconstruir los muros, lloró. Oró. Sintió el dolor como propio. Reconoció el problema antes de actuar.
Cuando comenzó la obra, surgió la oposición, como siempre ocurre. Pero Nehemías fue claro:

“El Dios de los cielos, él nos prosperará”.

Y entonces sucede algo clave: el sumo sacerdote y sus hermanos comienzan a edificar. El liderazgo se involucra. El cuerpo empieza a reconstruirse desde adentro.

El capítulo 3 de Nehemías repite una frase una y otra vez:

“junto a ellos”, “junto a él”, “junto a ellos”.
Unidad. Trabajo compartido. Por eso terminaron en tiempo récord.

Hoy, muchas veces ni siquiera vemos al hermano que se sienta delante nuestro. ¿Cómo vamos a estar unánimes si no nos miramos, si no nos conocemos, si no nos cuidamos?
Buscamos motivos para oponernos: cómo se viste alguien, cómo habla, cómo predica. Siempre hay algo que criticar. Y mientras buscamos oposición, la unidad se vuelve imposible.

¿Cuál es mi parte?

Jesús oró en Juan 17:
“Para que todos sean uno”.
Lo dijo: “para que todos tengan razón”. Dijo: para que sean uno.
La unidad no se impone. Se construye. Y comienza con una pregunta incómoda pero necesaria:

¿Cuál es mi parte en esta falta de unidad?

Si no tenemos la confianza para pedir ayuda, algo no está bien.
Si no podemos hablar con honestidad, algo está roto.
La única salida es volver a la Palabra, escudriñarla hasta que nos confronte, hasta que nos avive.

Perseverar no es opcional. La unidad no es decorativa. Es urgente.

Demos gracias al Señor porque estamos vivos, porque seguimos en pie, porque aún podemos perseverar. Y sobre todo, porque todavía estamos a tiempo de buscar la unidad verdadera de su Iglesia.

Vick
Conversando con una taza de café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

La historia oculta del cristianismo – ¿Por qué contar esta historia?

Por Vick-yoopino

Hace algunos años, durante el tiempo de la pandemia, realicé cerca de cien videos sobre la Biblia. Eran reflexiones que buscaban algo más que respuestas: buscaban preguntas.

Preguntas incómodas, necesarias. Preguntas que nos hicieran pensar si el camino que hemos seguido como creyentes, como iglesias, como cultura, era realmente el correcto.

Esa experiencia me dejó con un deseo más profundo: crear una serie que no fuera solo predicación o estudio bíblico tradicional, sino una especie de aula abierta. Un espacio de conversación, aprendizaje y reflexión sobre la historia del cristianismo —desde los apóstoles hasta el día de hoy.

Porque sí, se nos habla de fe, de amor, de salvación… pero ¿cuánto se dice sobre las persecuciones? ¿Sobre el rol de Constantino? ¿Sobre los Padres de la Iglesia y sus profundas diferencias teológicas? ¿Sobre las divisiones, las guerras, los concilios, el papado, la Reforma y todas las pequeñas y grandes grietas que convirtieron a una fe unificada en miles de denominaciones fragmentadas?

Y entonces aparece la gran paradoja:

Muchos líderes religiosos consideran que enseñar historia es innecesario.
Dicen que “a los hermanos no les interesa”, o incluso preguntan “¿para qué sirve?”.

Pero el resultado está a la vista:

Nuestra gente lee poco, estudia menos, y vive encerrada en un ciclo de creencias donde la única consigna es “solo la Biblia” —sin contexto, sin historia, sin contraste.
Y así, como dice el texto bíblico: “Mi pueblo perece por falta de conocimiento”.
Eso me llevó a abandonar la idea de enseñar en un aula. Pero no el deseo de compartir.

Así nace esta serie: La historia oculta del cristianismo.

Una serie que no pretende imponer, sino invitar.
No pretende tener todas las respuestas, pero sí provocar las preguntas correctas.
Una serie que incomoda, que indaga, que se atreve a decir lo que a veces desde los púlpitos se prefiere callar.

Costó más de lo previsto.

La vida, los tiempos, las circunstancias.
Los vecinos que vienen taladrando hasta el infierno y mi madre que desea almorzar a media noche.

Pero aquí estamos.

Y no nos detendremos, porque ya se están trabajando nuevas series que vendrán después.
Solo acompáñanos, comparte, y prepárate para mirar con otros ojos eso que creías conocer.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

Entrega – Servicio – Adoración

Bueno queridos amigos, seguimos con dos estudios pequeñitos, tan solo como una introducción a lo que viene y para hacernos pensar y decidir en la forma de servir y adorar al Señor.

«Testigo me es Dios, a quien sirvo en mi espíritu» (Romanos 1:9)

En la actualidad, empleamos la palabra espíritu de la misma manera que el apóstol Pablo la empleó en el versículo que leímos, pudiéramos observar a un deportista que juega muy bien y entonces comentar que mostró un espíritu fogoso, que significa que todo su ser estaba participando en su esfuerzo. Esta es la forma en la que Pablo servía al Señor.

Pablo nunca sirvió al Señor sin una entrega sincera. Al hacerlo así, se distinguió de los mercenarios, cuyo trabajo era externo y no sincero (Juan 10:11-13). Así que sea como Pablo, y haga un esfuerzo sincero en su servicio a Dios.

Les dejo un canto de adoración, para que usted tome unos momentos y se ponga a pensar, ¿cuál es la forma en que vengo (usted) sirviendo a Dios?, si verdaderamente lo esta haciendo en espíritu o simplemente por cumplir y no dando todo su ser en el servicio a Dios, luego de nuestro canto de adoración seguimos con otro pequeño pensamiento.

«Que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional» (Romanos 12:1)

Cuando muchos piensan en la adoración, se imaginan los vitrales de una iglesia y los inmensos órganos. Pero en la Biblia, la misma palabra que se emplea para describir la adoración también significa servicio.

La mayor adoración que puede rendírsele a Dios es servirle. Para Pablo, el servicio significaba una entrega absoluta. Pablo escribió a Timoteo «Doy gracias a Dios, al cual sirvo desde mis mayores con limpia conciencia» (2 Timoteo 1:3). Pablo estaba diciendo que se podía mirar en lo más íntimo de su ser y ver que servía a Dios con todo su ser. El servicio de Pablo era un acto de adoración. Era profundo, genuino y sincerio. Esa es la verdadera medida de la genuina espiritualidad. La única forma de servir a Dios es con una entrega absoluta.

Bueno mis queridos hermanos, los dejo aquí, ingrese a su lugar secreto y a solas con Dios, hagáse la pregunta ¿mi servicio a Dios, es verdaderamente genuino? y sigamos, debemos seguir sirviendo al Señor con todo nuesto ser, con todo nuestro corazón, entendiendo a quien servimos, pero en forma genuina, solo por amor y sin ningún interés, no por el milagro, no por el nombre, solo por saber de que es el creador de nuestras vidas y de que ha perdonado todos nuestros pecados y que ya no vivimos nosotros sino Cristo en nosotros.

Bendiciones y nos vemos pronto, en unas horas más.