Serie: Conversación en la Catedral
Tómate un sorbo largo de ese café, hermano, porque hoy nos toca hablar de una de esas heridas que nunca cierran del todo, ni en la piel de un hombre ni en la de un país. En este Episodio, vamos a meternos en el fango de las relaciones familiares, específicamente en esa tragedia de los padres e hijos que Mario Vargas Llosa disecciona con bisturí en Conversación en La Catedral. El título lo dice todo: La tragedia de no querer parecerse al viejo y terminar igual.
Fíjate en Santiago Zavala, nuestro «Zavalita». Su vida entera es un intento desesperado, casi suicida, de no ser un reflejo de su padre, Don Fermín Zavala. Para Santiago, su padre es la encarnación de todo lo que desprecia: el empresario exitoso que prospera bajo la sombra de la dictadura de Odría, el hombre que hace negocios con el Estado vendiendo medicinas y construyendo carreteras mientras en las calles la policía secreta de Cayo Bermúdez persigue a la gente. Santiago mira a Don Fermín y ve la «inautenticidad» hecha persona; ve a un tipo que es «bueno en su casa con sus hijos, pero inmoral en los negocios y oportunista en la política».
¿Y qué hace Santiago para rebelarse? Se lanza al «desclasamiento voluntario». Renuncia a la Universidad Católica para meterse en San Marcos, esa «cueva de resentidos» según su padre; se une a la célula comunista «Cahuide» buscando una pureza ideológica que lo limpie del apellido Zavala; y termina viviendo en una pensión modesta, casado con una enfermera de origen humilde y trabajando en un diario de «poca monta» como La Crónica. Santiago quiere ser el «sartresillo valiente», el joven que elige su propio destino lejos del privilegio manchado de sangre y corrupción.
Pero aquí viene la ironía más dolorosa de la novela, hermano. Santiago descubre que no puede escapar de la «argolla». Cuando cae preso en una redada policial contra su grupo marxista, su padre mueve los hilos del poder para sacarlo, mientras a sus compañeros —los que no tenían apellido ni influencias— les cae todo el peso del maltrato. Esa es la gran traición: Santiago se da cuenta de que su rebelión es un lujo que su padre le costea. Al final, su intento de ser diferente lo deja en el mismo estado que el Perú de los años 50: «jodido». Su derrota no es la de haber fallado, sino la de haber fracasado de la misma forma gris y apática que el sistema que intentó combatir.
Si miramos el Perú de hoy, la comparación es casi un espejo enterrado en el pecho. ¿Cuántas veces hemos visto a los hijos de nuestra clase política o de nuestras élites económicas intentar vender una imagen de renovación, de «limpieza», solo para terminar operando bajo las mismas lógicas de la argolla y el compadrazgo que sus padres?. Hoy ya no tenemos a Don Fermín negociando carreteras con Odría, pero tenemos dinastías políticas y empresariales que se heredan los contactos y las influencias como si fueran joyas de la abuela. Los «Zavalitas» modernos son esos jóvenes profesionales que se indignan en redes sociales, pero que al final dependen del «papi» o del contacto influyente para conseguir el puesto en el Estado o la licitación bajo la mesa.
Lo trágico es que, tanto en la novela como en nuestra realidad, el hijo termina pareciéndose al padre en lo más esencial: en la incapacidad de ser auténtico. Santiago renuncia a sus ideales y se vuelve un escéptico que escribe sobre perros rabiosos; su padre, Don Fermín, vive una doble vida como «Bola de Oro», escondiendo su homosexualidad bajo un traje de «gran señor». Ambos son seres fragmentados, náufragos en una sociedad que premia la apariencia por encima de la verdad.
¿Qué pasaría si se repitiera esta historia? Bueno, la mala noticia es que se repite cada mañana en las oficinas del Jirón de la Unión o de San Isidro. Si despertáramos otra vez en 1950, Santiago Zavala probablemente tendría un blog o un canal de YouTube denunciando al gobierno, pero seguiría siendo liberado por una llamada telefónica de su padre cuando las papas quemen. Seguiríamos viendo esa «enfermedad nacional» hecha de resentimiento y complejos sociales que se pasa de generación en generación como un virus genético.
Santiago termina su charla en el bar La Catedral reconociendo que él también está en la «perrera», ese símbolo de la degradación nacional del que nadie vendrá a sacarlo. La tragedia no es solo que el hijo se parezca al padre, sino que ambos están atrapados en un sistema que prefiere que todos estén «jodidos» para que nadie pueda señalar la suciedad del otro.
Al final del día, hermano, Don Fermín y Santiago son dos caras de la misma moneda peruana: el poder que corrompe y la apatía que acepta la derrota como un destino natural. Santiago quiso matar simbólicamente al padre —ese «deicidio» del que habla Vargas Llosa— para nacer de nuevo, pero terminó siendo una sombra patética que bebe cerveza barata con un exchofer, tratando de entender en qué momento su vida, al igual que su país, se fue al diablo.
Bebe el último sorbo, que el café ya se puso frío. En el próximo y último episodio, vamos a cerrar este bucle peruano para preguntarnos: ¿Qué pasaría si despertamos otra vez en 1950? Porque parece que en este país no avanzamos, solo damos vueltas alrededor de la misma Catedral.
¿Te pido la cuenta o nos quedamos a esperar que alguien venga a sacarnos de la perrera?
Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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