Episodio 2: Nuevos amos, vieja casa: La herencia de una ruptura incompleta

Serie: «La Independencia en el Perú: Las Palabras y los Hechos»

—¿Sabes qué es lo que más me impresiona de este análisis de Bonilla y Spalding? Es la pregunta de por qué, si supuestamente nos independizamos, nada cambió realmente para el hombre común. Si te pones a pensar, la élite peruana de esa época era muy distinta a la de Buenos Aires o Caracas. Mientras en otros lugares los criollos estaban ansiosos por tomar el poder, aquí en Lima la élite estaba «amarrada» a la metrópoli española. Su riqueza y su estatus dependían de su vínculo con España.

—Por eso, cuando llegaron los vientos de libertad, la élite criolla local no participó activa ni directamente. Estaban paralizados por una vulnerabilidad económica que venía desde fines del siglo XVIII y, sobre todo, por un miedo que los carcomía: el miedo a la rebelión social generalizada. Todavía tenían pesadillas con Túpac Amaru. Sabían que si movilizaban a las masas oprimidas para pelear contra los españoles, esas mismas masas podrían terminar pasando por la guillotina a los mismos criollos. Fue un «conflicto de minorías para minorías».

—Entonces, ¿qué pasó cuando se fueron los españoles? Pues que se produjo un vacío de poder. Y como la élite criolla era débil y no tenía un proyecto de país, el poder cayó en manos de los militares. Así nació nuestra república: como un hecho militar y político que dejó intactas las bases del sistema colonial. Por eso los autores dicen que la estructura social, la jerarquía y la economía orientada hacia afuera persistieron durante todo el siglo XIX y, en muchos aspectos, configuran el Perú de hoy.

—Pero lo más fuerte viene ahora: la «nueva dependencia». Nos dicen que América no luchó realmente contra España porque España ya estaba «fuera de juego» desde mediados del siglo XVIII. España estaba tan debilitada por sus propias crisis y guerras que ya no podía ni proteger su comercio ni enviar tropas. En ese vacío, mientras los criollos dudaban, apareció la verdadera potencia hegemónica: Gran Bretaña.

—Inglaterra no necesitaba enviarnos un virrey. Su superioridad económica era tan inmensa que le bastó con la fuerza de su dinámica industrial para controlarnos. Pasamos de los galeones de Cádiz a los préstamos de Londres y a los tejidos de Manchester casi sin darnos cuenta. La independencia fue, en esencia, el breve episodio que nos trasladó de la esfera de dominio de una potencia decadente a la de una potencia en pleno ascenso. Por eso, el título del libro es tan punzante: se rompieron los lazos políticos, pero la dependencia económica solo cambió de nombre.

—Mira este café que estamos tomando. Probablemente, en el siglo XIX, la maquinaria para procesarlo o el barco que lo transportaba tenía sello británico. Esa es la realidad que la historia oficial trata de tapar con himnos y banderas. Nos dice que somos libres, pero el libro nos recuerda que somos el resultado de una independencia concedida y de una estructura colonial que se negó a morir.

—Al final, hermano, lo que estos autores plantean es que no podemos entender el Perú actual si no entendemos que nuestra acta de nacimiento está marcada por un silencio: el silencio de las masas populares que no fueron llamadas a la mesa, y por una debilidad: la de una élite que prefirió ser subordinada a cambio de mantener sus privilegios sociales. Por eso, cada julio, más que celebrar, deberíamos reflexionar sobre cuánta de esa «colonia» sigue viviendo en nuestras instituciones, en nuestra economía y en nuestra forma de tratarnos entre peruanos. ¿No te parece que esa es la conversación que realmente deberíamos tener mientras vemos pasar los desfiles?

Por ahora, sigamos tomando nuestro café, y nos volvemos a encontrar en unos días, para seguir esta interesante conversación.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

Más de 2,500 videos, miles de fotos y un solo capuccino

Por casi una década, cada fin de semana era lo mismo: mochila al hombro, cámara cargada, y el corazón dispuesto. No por obligación, sino por ese impulso que tienen algunos de hacer lo que aman, aunque no siempre sea valorado.

Estaba en una iglesia que tenía un ministerio de danza con panderos. Y si había algo que me emocionaba, era capturar cada uno de esos momentos en video y fotografía. No lo hacía por encargo ni por dinero; lo hacía porque sí, porque me salía del alma. Me convertí en el fotógrafo no oficial, el videógrafo no remunerado, el testigo fiel de cada giro, cada coreografía, cada ensayo bajo la luz de un salón de templo o una carpa improvisada.

Visitamos al menos diez iglesias distintas, entre presentaciones, congresos, talleres y cultos. Y mientras otros hablaban, oraban o servían, yo estaba ahí: agachado, parado, girando con la cámara, buscando el ángulo perfecto para que cada momento quedara guardado. Cada domingo, sin falta, grababa. Luego editaba. Y compartía en Facebook más de 200 fotos por evento, sin marcas de agua, sin esperar nada más que un “gracias”.

Bueno… a veces recibía un pago simbólico: un capuccino de Starbucks y un croissant. Ese era mi salario semanal.

Al cabo de los años, los equipos comenzaron a envejecer. La cámara ya no grababa igual, el lente empezaba a fallar, la computadora se congelaba. Entonces alguien me dijo:

—¿Y por qué no haces un GoFundMe?

Me pareció razonable. Pensé: “Si entre todos los que han recibido mis fotos y videos se juntan aunque sea con poco, podré seguir haciéndolo mejor, con equipos nuevos”.

Subí la propuesta. Esperé.

Una pareja amiga dio 100 dólares. Una persona que ni conocía, otros 50. Y nada más.
Miles de fotos, más de 2,500 videos, cientos de domingos… y dos personas respondieron.

No me dolió el dinero. Me dolió el silencio. Me dolió ver cómo, de pronto, era invisible. Como si todos esos años se hubieran desvanecido en la nube digital, como si las imágenes que con tanto cariño entregué no hubiesen dejado huella en nadie.

Así decidí dejar de grabar para las iglesias.

Poco después, la vida me trajo a Lima. Y, como si la historia quisiera repetirse, comencé a grabar danza folclórica. Nuevos rostros, nuevos escenarios, nuevos trajes y ritmos… pero el mismo resultado: videos con 200 vistas y 12 likes. El mismo desánimo, el mismo vacío. Tal vez la culpa sea mía por no promover los contenidos como se debe. Tal vez. Pero también está esa parte que no se puede forzar: la respuesta humana.

Y sin embargo, sigo.

Porque aunque ya no haya croissant, ni likes, ni aplausos, algo dentro de mí insiste en registrar lo que otros olvidarían. Sigo grabando porque alguien, algún día, tal vez vea lo que otros pasaron por alto.

Quizás esta historia no sea una que se comparta mucho. Quizás solo sea eso: una vivencia más. Pero si alguna vez fuiste uno de los que recibió una foto, un video, una sonrisa detrás de la cámara… gracias. Aunque no dijeras nada. Yo lo hice con todo el corazón.

Si alguna vez fuiste parte de un grupo de danza, si alguna vez serviste sin esperar nada a cambio, si alguna vez diste todo con tu cámara, tu voz o tus manos… esta historia también es tuya.

Déjame tu comentario, comparte si te tocó el corazón o simplemente cuéntame tu historia. Tal vez entre todos, podamos hacer que lo invisible tenga valor.

Porque a veces, lo único que se necesita… es que alguien mire y diga: “Gracias”.

Conversando con una Taza de Cafe.
-Vick-yoopino.