Episodio 4: Plata, Contrabando y la «Corte de los Milagros» del Virreinato

Serie: «Café con Historia: El ADN de la Corrupción en el Perú»

Hablemos claro: en el siglo XVIII, el Perú no era solo un territorio de la Corona española; era, en la práctica, el botín personal de una red de patronazgo que nacía en el Palacio de Lima. Imagínate la escena: llegaba un nuevo virrey desde España y no venía solo. Traía consigo una «familia» gigante: parientes, criados, clientes y amigos que venían con una sed de riqueza acumulada durante años de espera.

Como los cargos públicos se vendían al mejor postor desde el siglo XVII, estos funcionarios llegaban con la mentalidad de un inversionista: «pagué por el puesto, ahora me toca recuperar mi inversión con creces».

¿Y de dónde salía ese dinero? Aquí entra la plata y su «hermano oscuro», el contrabando. La Corona quería que todo el comercio fuera con España, pero la realidad era otra. Los barcos franceses, ingleses y holandeses rondaban nuestras costas con productos más baratos y variados. ¿Qué hacían los virreyes? En lugar de combatirlos, muchos se volvieron sus socios silenciosos.

Hay un caso de antología: el del Virrey Castelldosrius (1707-1710). Este aristócrata llegó a Lima muy endeudado y decidió que el contrabando francés era su tabla de salvación. Se dice que cobraba una «tajada» del 25% de todo lo que los barcos franceses desembarcaban ilegalmente en Pisco. Su palacio en Lima era descrito por sus enemigos no como una sede de gobierno, sino como un «burdel» de negocios turbios. Su secretario, Antonio Marí Ginovés, era quien manejaba los hilos, cobrando por el nombramiento de corregidores interinos y facilitando el flujo de plata sin sellar —la famosa plata piña— que salía del país sin pagar el quinto real.

Lo irónico es que quienes lo denunciaron ante el Consejo de Indias no fueron necesariamente ciudadanos honestos, sino el gremio de comerciantes de Lima (el Consulado), y no por moralidad, sino porque el contrabando del virrey les estaba quitando su propio monopolio. Esta es la gran lección de Quiroz: la corrupción colonial no era un desorden, era un sistema de acomodos entre facciones que se repartían el país.

Así se formó lo que Quiroz llama los «círculos de patronazgo virreinal». El virrey era el sol y todos giraban a su alrededor buscando privilegios. Este legado de poner la lealtad personal por encima de la ley es el ADN de lo que vendría después.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino