Episodio 4: El miedo al pueblo: Por qué Lima prefirió seguir siendo colonia.

Serie: «La Independencia en el Perú: Las Palabras y los Hechos»

—Pide otra ronda de café, hermano, que lo que te voy a contar hoy es el nudo de la corbata de nuestra historia. ¿Ves esa bandera que flamea en la esquina? Es hermosa, claro, pero para entender por qué demoró tanto en ondear sobre Palacio de Gobierno, tenemos que hablar de lo que Heraclio Bonilla y Karen Spalding llaman el «miedo al pueblo». Es un tema denso, pero es la única forma de entender por qué Lima, en lugar de ser la cuna de la libertad sudamericana, fue su último y más terco obstáculo.

—Imagínate a la Lima de 1810. No era la ciudad en crisis que solemos imaginar; era, como dicen los autores, el centro neurálgico del Imperio Español en América. Aquí vivían los criollos más ricos, los que habían acumulado fortunas en la minería, el comercio y las grandes haciendas. Pero hay un detalle que la historia oficial suele pasar por alto: esa élite criolla no estaba «oprimida» por España de la forma en que nos cuentan. Al contrario, estaban profundamente integrados en la maquinaria estatal.

—Mira lo que dice el libro: los criollos ocupaban casi todos los puestos de la burocracia colonial, salvo los más altos. Eran los jueces, los administradores, los oficiales de las milicias. Su prestigio, su estatus social y, sobre todo, su seguridad económica dependían directamente de que el sistema colonial siguiera funcionando. Por eso, hombres como Baquíjano y Carrillo, que eran críticos con la metrópoli, nunca se pasaron al bando rebelde; su lealtad a la Corona era una cuestión de supervivencia de clase.

—Pero el factor determinante, el que realmente les quitaba el sueño, era el fantasma de la rebelión social. Y aquí es donde entra el recuerdo de Túpac Amaru II. Aunque la rebelión de 1780 ocurrió cuarenta años antes de la llegada de San Martín, sus efectos fueron traumáticos y permanentes para la élite limeña. Los autores explican que ese levantamiento indígena funcionó como una advertencia brutal: si los criollos movilizaban a las masas para pelear contra España, esas mismas masas —indios, negros y mestizos— terminarían por destruir los privilegios de los propios criollos.

—Es por eso que, mientras en Buenos Aires o Caracas las élites se lanzaban a la aventura republicana, en Lima se cerraban filas con el Virrey. Tenían lo que Bonilla llama una «vulnerabilidad económica» y una «desarticulación ideológica» que los paralizaba. Sabían que el Perú colonial era una sociedad altamente estratificada, donde las líneas de separación eran raciales y legales. Había un abismo entre ellos y «el pueblo». Para un aristócrata limeño, un indio de la sierra o un esclavo de las haciendas de la costa no era un «compatriota» en potencia, sino una amenaza latente.

—Fíjate qué interesante lo que plantean los autores sobre la composición de la sociedad. Debajo de esa élite que vivía en Lima preocupada por los favores oficiales, había un mundo urbano heterogéneo: artesanos, pequeños burócratas, mulatos y negros libres. Y en el campo, la fuerza de trabajo era casi exclusivamente india en la sierra y esclava en la costa. Los criollos sabían que no tenían nada que ofrecer a estos grupos que pudiera comprometerlos seriamente con una causa de libertad que solo beneficiaba a los de arriba. Fue, en sus palabras, un «conflicto de minorías para minorías».

—Y aquí viene la gran paradoja de nuestra independencia: el ejército que defendía al Rey no estaba compuesto por españoles, sino por peruanos reclutados por la fuerza o el engaño. De los 9,000 realistas que pelearon en Ayacucho, ¡apenas 500 eran españoles peninsulares!. Los criollos proporcionaban los cuadros de oficiales y las capas populares ponían los muertos. La élite prefería este orden conocido, por más que España estuviera en ruinas, antes que arriesgarse a una «homicida anarquía» donde todos fueran iguales.

—Incluso cuando llegó la libertad de prensa y se permitieron elecciones de cabildos por las reformas en España, el miedo seguía ahí. ¿Sabes qué dijeron los representantes criollos en las Cortes de España cuando se discutió dar igualdad a los indios? Se opusieron rotundamente, alegando las «graves dificultades» que eso generaría, especialmente en el Perú. Su concepto de «patria» estaba limitado a la cultura y lengua españolas, excluyendo automáticamente a la mayoría del país.

—Por eso Lima prefirió seguir siendo colonia. No por falta de patriotismo, sino por un exceso de pragmatismo y miedo social. Preferían ser súbditos de un rey lejano que ciudadanos en una república donde tuvieran que mirar a los ojos a sus siervos. Esta inmovilidad de las clases altas es la que explica por qué nuestra independencia tuvo que ser «concedida» e impuesta desde fuera. Al final, San Martín y Bolívar tuvieron que hacer el trabajo que la élite peruana no quiso —y no pudo— hacer por temor a que el pueblo se despertara.

—Lo más triste de todo esto, hermano, es que esa estructura mental no murió en 1824. Los autores argumentan que la independencia fue solo un hecho militar y político que dejó intactas las bases de la jerarquía social colonial. El surgimiento del caudillismo militar fue la respuesta directa a esa debilidad de la élite civil. Y ese «gran silencio» de las masas populares que se mantuvo durante las guerras, es el mismo que configuró los marcos de nuestra república durante todo el siglo XIX.

—Así que, cuando veas los desfiles de este mes, recuerda que lo que celebramos es una ruptura política que se hizo a espaldas de la mayoría y con el miedo de los que firmaron el acta. Lima no eligió la libertad; la aceptó cuando ya no le quedó otro remedio y cuando se aseguró de que los «dueños de la casa» seguirían siendo los mismos, aunque cambiaran de bandera. ¿No te parece que esa es la raíz de tantos problemas que todavía no podemos resolver?

—Pero bueno, ya se nos enfrió el café. En la próxima charla tenemos que entrar en el colapso de España, porque ese imperio en llamas fue el que terminó empujando a nuestros asustados aristócratas al abismo de la República. ¿Te parece?

Vick
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

Episodio 3: ¿Conquistada o concedida? El trauma de una libertad que llegó de fuera

Serie: «La Independencia en el Perú: Las Palabras y los Hechos»

—Mira, acerca esa silla. ¿Ves a ese grupo de chicos desfilando allá afuera con sus bandas de guerra? Es emocionante, no te lo niego. Pero si nos ponemos rigurosos con los textos de Bonilla y Spalding, ese fervor descansa sobre un malentendido histórico que ya tiene siglo y medio. La gran pregunta que flota en este café hoy es: ¿Fue la independencia del Perú una conquista de su pueblo o una concesión de ejércitos extranjeros? Y la respuesta de los hechos, aunque nos escueza el orgullo, es que fue concedida.

—Piénsalo bien. La historiografía tradicional, esa que nos recitaron de memoria, se ha esforzado en construir un prodigioso mito. Nos dice que desde la rebelión de Túpac Amaru II hubo una «toma de conciencia nacional» que nos llevó inevitablemente a 1821. Pero los autores son tajantes: esa versión es una distorsión ideológica para fundar las bases precarias de una nacionalidad que no tenía de dónde agarrarse. En realidad, el Perú colonial no estaba compuesto por «peruanos», sino por una sociedad fracturada por criterios raciales, económicos y legales que hacían imposible una unidad de propósito.

—Lo que ocurrió realmente es que el Perú era el bastión colonial más sólido de Sudamérica. Mientras en Buenos Aires o Caracas las élites criollas se lanzaban a la aventura separatista, aquí en Lima la élite estaba cómoda, o al menos, demasiado asustada para moverse. San Martín y Bolívar no vinieron por «hermandad latinoamericana» en el sentido romántico; vinieron porque si el virreinato peruano seguía en manos españolas, la libertad de Argentina y Colombia corría un peligro mortal. Fue una necesidad estratégica externa la que decidió nuestro destino.

—Hablemos de ese «gran silencio» de las masas populares que mencionan los autores. Es escalofriante si lo piensas. Nos dicen que la independencia fue un «conflicto de minorías para minorías». ¿Dónde estaban los indios, los negros y los mestizos? Estaban ausentes del proceso político. Y cuando pelearon, lo hicieron indistintamente en ambos bandos, muchas veces reclutados por la fuerza o el engaño. No había una «peruanidad» que los uniera contra España; de hecho, para muchos indígenas, el Rey de España era un protector lejano contra los abusos inmediatos de los criollos. Por eso, la independencia no fue fruto de una voluntad nacional, sino un hecho militar impuesto por fuerzas aliadas del Sur y del Norte.

—Pero, ¿por qué la élite criolla peruana fue tan pasiva? Aquí entra el factor económico que es clave. Bonilla y Spalding explican que, a diferencia de otras regiones, la economía peruana estaba en un largo estancamiento y su élite era profundamente débil. Habían perdido el monopolio comercial con la creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776 y la apertura de nuevos puertos. Estaban arruinados y, sobre todo, tenían un miedo atroz: el miedo a la rebelión social generalizada. El recuerdo de Túpac Amaru II era una herida abierta; preferían mil veces el orden colonial español que garantizaba sus privilegios de casta que una revolución popular que los barriera del mapa.

—Fíjate en la ironía: la independencia política de España se logró, pero dejó intactos los fundamentos de la sociedad colonial. No hubo una revolución social; solo se cambió la cúpula. Se rompieron los lazos políticos con una metrópoli que ya estaba en crisis desde mediados del siglo XVIII, incapaz de defender sus mercados o su imperio. España ya no era la potencia que dominaba; el vacío que dejó fue llenado casi automáticamente por Gran Bretaña.

—Entonces, cuando celebramos el 28 de julio, lo que estamos conmemorando es el momento en que pasamos de la esfera de dominio de una potencia decadente (España) a la de una potencia hegemónica en ascenso (Inglaterra). Y lo hicimos sin que nuestra estructura interna —la jerarquía social y la dependencia económica— se moviera un milímetro. La independencia fue un hecho militar y político, sí, pero socialmente fue una revolución inconclusa, una ruptura que no transformó nada esencial.

—¿Sabes qué es lo más triste de este análisis? Que nos obliga a mirar el presente con otros ojos. Si nuestra libertad fue «concedida» y no conquistada por un esfuerzo nacional colectivo, eso explica por qué nos ha costado tanto construir una identidad común. El «gran silencio» de las masas populares en 1821 sigue resonando en la exclusión de hoy. El criterio de «patria» se fundó sobre la cultura y lengua españolas, ignorando a la mayoría indígena que quedó como una «república aparte», ahora bajo el modelo de la sociedad criolla.

—Así que, hermano, la próxima vez que escuches hablar de los «precursores» y el «patriotismo precoz», recuerda que la historia es más compleja que los manuales escolares. La independencia fue un episodio breve que nos colocó en una nueva forma de dependencia, una que no necesitaba virreyes porque le bastaba con la fuerza de la economía británica. Estamos en un país que nació de una decisión militar extranjera para asegurar un equilibrio continental, mientras su propia élite se acomodaba a la nueva situación con miedo y su pueblo asistía en silencio al cambio de sus amos.

—¿Me sigues? Porque en el siguiente episodio vamos a hablar del miedo. Del miedo real que sentía Lima y por qué, mientras otros gritaban «libertad», aquí se susurraba «orden». Pero por ahora, terminemos este café, que la realidad ya nos dio bastante que pensar por hoy.

Pero para la espera, pon a hervir el agua, porque el café, necesitara estar más cargado para la historia que se viene.

Vick
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino
MiVivencia.com