Serie: Agustín para el Siglo XXI
Tengo que serte sincero. Hasta ahora, el viaje con Agustín ha sido fascinante porque me hablaba a mí, a mi «yo» interior, a mis dudas y a mi necesidad de medicina. Pero hoy entramos en un terreno que, para el hombre del siglo XXI, es un campo minado: la Iglesia. Hoy vivimos en la era del «Dios sí, religión no» o «espiritualidad sí, institución no». Vemos a la Iglesia como una estructura de poder, a veces corrupta, a menudo burocrática. ¿Por qué un genio como Agustín, que descubrió el valor de la persona individual, dedica tanto tiempo a defender una institución? ¿No podría simplemente quedarse con su «luz interior» y su relación privada con Dios?
Es la gran alergia de nuestra época. Pero Agustín te daría una perspectiva que no tiene nada que ver con ventanillas de administración eclesiástica. Para él, la Iglesia no es un «intermediario» que estorba, sino el Cuerpo vivo donde habita la Verdad. Fíjate en el orden que sigue en el Enquiridión: después de hablar de Jesucristo, pasa al Espíritu Santo y, acto seguido, a la Iglesia. Agustín dice que el orden lógico de nuestra fe exige que la Iglesia aparezca unida a la Trinidad como una casa a su inquilino o un templo a su Dios.
Un templo… pero un templo hecho de gente que, como él mismo admite, sigue pecando después del bautismo. ¿Cómo puede llamar «templo de la Trinidad» a un grupo de convalecientes que a veces se portan peor que los que están fuera?
Ahí está la clave de su modernidad. Agustín no idealiza a los hombres, sino que exalta a quien habita en ellos. Él afirma que Dios —el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo— habita en la Iglesia como en un solo templo. Pero ojo, que aquí Agustín ensancha nuestro horizonte. Para él, la Iglesia no es solo el grupo de personas que ves el domingo. Él habla de una Iglesia universal que tiene dos pisos: uno aquí en la tierra, que peregrina entre tentaciones, y otro en el cielo, formado por los ángeles que nunca cayeron y que gozan de la visión de Dios. Ambas partes serán una sola Iglesia por la participación en la eternidad.
He llegado a la parte donde habla de los ángeles, tronos, dominaciones y potestades. Aquí es donde Agustín me sorprende más. En lugar de darnos un manual detallado como si fuera un guía turístico del cielo, dice literalmente: «Díganlo quienes pudieren, con tal que puedan probar lo que dicen; yo confieso que lo ignoro».
¿No es genial? Un tipo con su intelecto, capaz de discutir con los filósofos más grandes de la historia, tiene la humildad de decir «no lo sé» cuando la Escritura no es explícita. Dice que no es necesario definir estas cosas con peligro cuando se pueden ignorar sin culpa. En un mundo como el nuestro, lleno de «expertos» e influencers que tienen respuesta para todo, la confesión de ignorancia de Agustín es un soplo de aire fresco. Un hombre inteligente elige creer porque sabe distinguir entre lo que es esencial para su salvación y lo que es mera curiosidad especulativa.
Pero sí advierte sobre algo muy actual: los engaños de Satanás cuando se transfigura en «ángel de luz». Hoy estamos rodeados de cosas que parecen «luz» —el éxito, el consumo, ciertas ideologías que prometen el paraíso en la tierra— pero que, según Agustín, nos seducen hacia fines perniciosos.
Es su realismo psicológico. Él sabe que somos vulnerables al autoengaño. Por eso insiste en que necesitamos la Iglesia, no como una aduana, sino como una comunidad de mentes y corazones que nos ayude a no confiar solo en nuestro propio criterio herido. Agustín dice que la Iglesia de la tierra es más conocida para nosotros porque estamos en ella y porque está formada de hombres como nosotros, rescatados por la sangre del Mediador. Sin esta comunidad, el individuo se vuelve presa fácil de su propio orgullo o de los «fantasmas» que mencionamos en otros episodios.
Me gusta cómo conecta todo a través de la paz. Dice que Cristo vino a reconciliar las cosas celestiales con las terrenas. Pero admite que esa paz sobrepasa todo entendimiento y que aquí abajo solo conocemos «en parte» y vemos como por un espejo oscuro.
Esa es la tensión agustiniana: vivimos en la esperanza de una paz total que aún no poseemos plenamente. Aquí en la tierra, la Iglesia es el lugar donde los ángeles ya están en paz con nosotros porque nos han sido perdonados los pecados. No es una comunidad de perfectos, sino una comunidad de perdonados. Un hombre inteligente elige la Iglesia porque reconoce que no puede sanarse solo. Necesita un entorno donde la Gracia actúe de forma comunitaria.
O sea, que la Iglesia es como el hospital donde los convalecientes se cuidan unos a otros bajo la dirección del Médico.
Es la mejor definición posible. Para Agustín, la Iglesia es la garantía de que no estamos solos en nuestra debilidad. Es el «Cuerpo de Cristo» que nos sostiene cuando nuestras propias fuerzas fallan. Mañana, si te parece, entraremos en la parte más práctica de este «hospital»: el perdón de los pecados y la vida eterna. Porque Agustín tiene cosas muy duras —y muy consoladoras— que decir sobre cómo lidiar con nuestras meteduras de pata diarias.
Me dejas con la idea de que la Iglesia es más un «nosotros cosmicamente unidos» que una institución aburrida. Pago yo los cafés, que hoy la lección de humildad me ha servido de mucho.
Como diría Agustín: «Donde está la caridad, allí está la paz». Sirvase una nueva taza de café y nos vemos en el próximo episodio.
Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com
