Episodio 8: La Consolidación de la Deuda. El festín de los «mazorqueros»

Serie: «Café con Historia: El ADN de la Corrupción en el Perú»

Ponte cómodo. Imagínate que estamos en la Lima de 1850. Hay dinero por todas partes gracias al guano, pero el Estado es un desorden. Entonces, al gobierno de José Rufino Echenique se le ocurre una «brillante» idea: la Consolidación de la Deuda Interna. La lógica era noble en papel: pagarle a los ciudadanos y familias que prestaron dinero o perdieron bienes durante las guerras de independencia para, con ese capital, crear una clase empresaria nacional que sacara al país adelante.

Pero, amigo, en el Perú de Quiroz, las buenas intenciones suelen ser la fachada de grandes faenas. Como la ley de consolidación era vaga y no tenía controles, se convirtió en una invitación abierta al fraude. Empezó a aparecer gente con documentos falsificados, firmas inventadas y reclamos inflados. Los «agiotistas» (especuladores) compraban estos papeles viejos por una miseria a familias necesitadas y luego, mediante sobornos a funcionarios, lograban que el Estado se los reconociera por diez o veinte veces su valor real.

Hay un caso que Quiroz detalla que te va a indignar: el de doña Ignacia Novoa. Ella tenía un reclamo legítimo, pero el ministro Juan Crisóstomo Torrico (recuerda este nombre, era el cerebro de la red) le dijo que su expediente estaba fuera de plazo. Sin embargo, a los pocos días, mágicamente se aprobó por casi un millón de pesos, una suma astronómica, porque Torrico y sus socios se quedaron con la tajada león. La deuda, que originalmente era de unos 5 millones de pesos, se infló hasta los 24 millones en solo un par de años.

A estos beneficiarios se les llamó los «mazorqueros» o «consolidados». Eran una red de generales, ministros y parientes que vivían como reyes. Incluso el suegro de Echenique, Pío Tristán, recibió beneficios jugosos. Quiroz calcula que el 16% de la deuda fue directamente a manos de funcionarios venales y otro 30% a comisiones ilegales. Casi la mitad del pastel se lo comieron los amigos del poder.

Lo peor es el «lavado». Para que nadie pudiera investigar el origen sucio de estos vales, el gobierno contrató su conversión a deuda externa en Londres. Básicamente, cambiaron los papeles manchados por bonos internacionales garantizados por el guano, volviéndolos intocables. Esto no solo arruinó la moral pública, sino que nos costó el equivalente al 63% de los gastos gubernamentales de la década.

Domingo Elías, que era un empresario rico pero harto de que los militares se repartieran el país, denunció esto en sus famosas cartas de 1853. Decía que la consolidación era una «gangrena». Al final, estalló una guerra civil y Echenique cayó, pero ¿sabes qué fue lo más triste? Que cuando Castilla volvió al poder, bajo presión de los bancos y países extranjeros, terminó dando una ley de «tabla rasa» que perdonó a casi todos los especuladores. El mensaje fue claro: robarle al Estado en el Perú sale gratis. (hasta el día de hoy).

Nos volveremos a encontrar en otro Episodio, no olvides el café, y algo para evitar el coraje.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

Episodio 7: El Azote del Guano. El espejismo que nos corrompió

Serie: «Café con Historia: El ADN de la Corrupción en el Perú»

Saca tu libreta, porque vamos a hablar de la mayor oportunidad perdida de nuestra historia: el guano. En 1841, el mundo descubrió que los excrementos de nuestras aves marinas eran el mejor abono del planeta, y de pronto, el Perú se encontró sentado sobre una mina de oro. Quiroz llama a esto la peor «maldición de los recursos».

El problema no fue el guano, sino cómo se contrató su venta. El Estado peruano, siempre necesitado de efectivo rápido para pagar a los militares y sus deudas, entregó concesiones monopólicas a casas comerciales a cambio de adelantos de dinero. Fue una trampa perfecta: las empresas nos prestaban nuestro propio dinero futuro a intereses de usura (hasta el 1% mensual), y a cambio, ellas manejaban todas las cuentas sin supervisión real.

Aquí es donde el soborno se vuelve «industrial». Para conseguir estos contratos, las empresas repartían coimas en las más altas esferas. El general Francisco de Vidal confesó en sus memorias que un agente de los primeros consignatarios le ofreció tanto dinero que se habría convertido en el hombre más rico del Perú si hubiera aceptado. No todos fueron tan honestos como Vidal.

Quiroz nos muestra un cuadro desolador de las instituciones. El Poder Judicial, que debía vigilar estos contratos, era descrito por observadores de la época como «ni incorruptible ni incorrupto». Los jueces eran pobres, dependían del Ejecutivo y sus salarios se pagaban con retraso, lo que los hacía presas fáciles de las casas comerciales. Así, los contratos del guano se convirtieron en un círculo vicioso de «comisiones» y favores.

La casa más poderosa fue Antony Gibbs & Sons. Aunque Castilla confiaba en ellos por su estabilidad, Gibbs estuvo bajo sospecha constante de manipulación de cuentas y cobro de comisiones fraudulentas. Lo peor es que esta riqueza del guano, en lugar de construir un país, se usó en gastos improductivos y para alimentar una burocracia que creció solo para dar empleo a los allegados al poder.

Piensa en esto antes de terminar tu café: Quiroz calcula que en esta época de «prosperidad falaz», la corrupción nos costó el equivalente al 63% de los gastos gubernamentales. Casi dos tercios de lo que el Estado gastaba se perdía en el camino entre sobornos, deudas infladas e ineficiencias. El guano nos dio el dinero para ser una potencia, pero la corrupción nos quitó la capacidad de usarlo para el bien común.

En el próximo episodio, veremos cómo esta «orgía financiera» llegó a su punto más oscuro con el escándalo de la consolidación de la deuda. ¡Esa sí que es una historia de terror! Nos vemos pronto. Pero no te olvides de traer café.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino