Episodio 4: La utilidad de creer o por qué no puedes vivir sin confiar

Serie: Agustín para el Siglo XXI

Después de lo que hablamos en el episodio anterior sobre la luz interior, me quedé pensando en la cantidad de gente que hoy dice: «Yo solo confío en mi propio criterio». Hay una especie de alergia generalizada a la palabra autoridad. Queremos ser nuestros propios maestros en todo: salud, finanzas, espiritualidad. Por eso, cuando leo que Agustín escribió un libro entero para convencer a su amigo Honorato de que es útil y necesario creer antes de entender, mi radar de «alerta de manipulación» se enciende. ¿No es eso lo que diría alguien que quiere controlar tu mente?

Honorato seguía atrapado en esa idea maniquea de que la fe es para los que no tienen luces. Pero Agustín le da un baño de realidad que es casi un tratado de sociología y psicología. Su argumento no es: «Cree porque yo lo digo», sino: «Mira tu vida y admite que ya crees en mil cosas que no has probado».

A ver, veamos un ejemplo. Porque yo me considero un tipo bastante empírico.

Agustín le lanza a Honorato una pregunta demoledora: «¿Por qué amas a tus padres? ¿Cómo sabes que son tus padres?». Piénsalo. No tienes un recuerdo consciente de tu nacimiento. No llevas un certificado de ADN en el bolsillo cada vez que vas a verlos. Confías en el testimonio de tu madre, en los médicos, en la tradición familiar. Agustín argumenta que si decidiéramos no creer nada que no pudiéramos demostrar por nosotros mismos con evidencia absoluta, la sociedad se desmoronaría en un segundo. No tendrías amigos, porque la amistad se basa en creer en la sinceridad del otro sin poder ver su interior.

En la vida cotidiana operamos por confianza. Pero, ¿qué tiene que ver eso con la religión? Se supone que la religión es sobre la Verdad con mayúsculas, no sobre si este señor es mi padre.

Ahí es donde entra su concepto del «ayo» o maestro. Agustín dice que en cualquier disciplina, primero necesitas confiar en un experto antes de convertirte en uno. Si quieres aprender geometría, confías en el profesor antes de entender por qué las fórmulas funcionan. En la vida espiritual, Agustín sostiene que nuestra razón está «enferma» por el orgullo y las pasiones. Somos como convalecientes que no pueden soportar la luz del sol de golpe. Necesitamos que alguien nos lleve de la mano, un tratamiento previo de purificación. Creer es el acto de humildad de aceptar que necesitamos un médico antes de poder entender la medicina.

El problema hoy es elegir al médico. Tenemos mil «expertos» en YouTube prometiendo la verdad. ¿Por qué Agustín pensaba que su «clínica» —la Iglesia de entonces— era la mejor?

Agustín era un tipo muy pragmático para ser un místico. Él le dice a Honorato que la fe cristiana no es un salto al vacío, sino que está apoyada en motivos de credibilidad históricos. Menciona la fama universal de Cristo, el cumplimiento de las profecías y, sobre todo, el milagro de la transformación moral de pueblos enteros. Él le pregunta: «¿Por qué voy a aprender la doctrina de Cristo de un grupo minúsculo y resentido —como los maniqueos— cuando tengo el testimonio de naciones enteras que han dejado sus vicios por seguir esta autoridad?». Para él, que millones de personas cambiaran el egoísmo por la caridad era un milagro mayor que caminar sobre las aguas.

Es una cuestión de autoridad frente a opinión. Él prefiere la autoridad que ha pasado la prueba del tiempo y que ha dado frutos visibles de cambio de vida. Pero sigue habiendo algo que me chirría: esa distinción que hace entre «creyentes» y «crédulos».

Es fundamental. El crédulo es el que cree cualquier cosa a la ligera, sin reflexionar. El creyente es el que comprende que la fe es una necesidad pedagógica: cree para poder entender después. Un hombre inteligente como Agustín elige creer no porque renuncie a su cerebro, sino porque es lo suficientemente astuto para reconocer que su inteligencia sola no puede curar su corazón. Él dice que buscar la verdad sin purificar antes el alma es como intentar mirar al sol con los ojos llenos de suciedad. La fe es el colirio que limpia el ojo del alma.

Entonces, para Agustín, la fe no es el destino, sino el vehículo. Confías en la autoridad de Cristo y de la Iglesia mientras tu razón se fortalece para que, algún día, puedas ver la verdad cara a cara. Es el «punto de partida honesto». Agustín no quiere que seas un niño para siempre; quiere que seas un adulto sano que ya no necesita que le lleven de la mano porque ya puede ver por sí mismo. Pero admite que para llegar ahí, primero hay que ser un discípulo dócil. Como él mismo dice: «Nadie llega a la sabiduría si no es por la piedad».

Pues en el próximo episodio trataremos de explicar cómo se traduce esa piedad en la práctica. He visto que el tercer libro se llama Enquiridión y habla de fe, esperanza y caridad. ¿Es ese el resumen de todo lo que Agustín pensó después de darle tantas vueltas a la cabeza?

Es su testamento espiritual. Su manual de bolsillo para Lorenzo, un laico que, como nosotros, quería lo esencial sin perderse en tecnicismos. Pero eso lo dejamos para cuando salga el sol, que hoy la lluvia nos ha puesto demasiado existenciales.

Nos vemos, nuevamente Conversando con una taza de café.

Vick
Conversando con una Taza de Café
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