Episodio 00: El peligro de la comida premasticada

Serie: ”El Púlpito no es el Techo»

El humo que sale de la taza dibuja líneas perezosas en el aire antes de desaparecer. Afuera la tarde cae despacio, y aquí adentro el sonido de las páginas de la Biblia al pasarse tiene un eco que me da paz. Qué bueno que viniste hoy. Te serví el café cargado porque lo que encontré esta semana en el texto requiere que tengamos la mente bien despierta.

Quiero confesarte algo que me ha venido doliendo el corazón últimamente mientras miro a mi alrededor en las bancas. Me he dado cuenta de que tenemos un problema silencioso pero devastador dentro de las congregaciones: la gente lee muy poco. Y lo preocupante no es solo que no abran el libro en casa, sino que cuando lo abren, le dan exactamente la misma interpretación que recibieron el domingo desde el púlpito. El discernimiento propio se ha vuelto sumamente pobre. Nos hemos acostumbrado a consumir fe por transferencia.

Mira lo que el apóstol Pablo le escribe a una iglesia que estaba madurando, en Filipenses 1:9-10: «Y esto pido en oración, que vuestro amor abunde aun más y más en ciencia y en todo conocimiento, para que aprobéis lo mejor,…».

Y si miramos el Antiguo Testamento, en Oseas 4:6, Dios lanza un lamento profundo: «Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento».

Al explicar estos pasajes, descubrimos que el plan de Dios jamás fue tener un ejército de seguidores ciegos que repiten consignas. Pablo no ora para que la iglesia obedezca ciegamente a los líderes; ora para que el amor de los hermanos abunde en «conocimiento y en todo discernimiento». La palabra discernimiento aquí implica la capacidad de juzgar, examinar y distinguir lo que es excelente de lo que es mediocre o falso. Por otro lado, el profeta Oseas aclara que la ruina del pueblo no vino por falta de cultos, de música o de templos; vino por falta de conocimiento propio. El pueblo se confió de lo que los sacerdotes corruptos les decían y dejaron de conocer a Dios por sí mismos.

Si discernimos el fondo de esta situación, nos damos cuenta de que asumir que todo lo que se dice desde el púlpito es cien por ciento cierto —solo por no buscar el conflicto o por temor a contradecir al «ungido»— es una negligencia espiritual grave. El púlpito es una herramienta hermosa para inspirar, guiar y enseñar, pero jamás debe ser el techo de tu conocimiento. 

Cuando delegas tu lectura bíblica al líder, estás comiendo comida premasticada. Alguien más la buscó, alguien más la masticó, alguien más la digirió por ti y tú solo tragas. El problema de esto es que si el líder se equivoca, tú te equivocas con él. Si el líder tiene una mala intención, tú te vuelves cómplice de su error por pura pereza mental.

El Espíritu Santo no tiene favoritos ni canales exclusivos. El mismo Espíritu que ilumina al predicador en su oficina es el que quiere iluminarte a ti en la mesa de tu comedor a las once de la noche. Pero para que eso pase, hay que vencer el miedo al conflicto y la comodidad del silencio. Tener dudas honestas y acudir al texto para resolverlas no te hace un mal hermano; te hace un creyente maduro.

Por eso quiero que abramos esta nueva serie de charlas. No queremos atacar a los predicadores, sino despertar a los lectores. Queremos incentivar a que cada hermano vuelva a sentir el peso y la belleza de leer por sí mismo, de dejar que la Palabra lo confronte a solas, sin intermediarios.

Termínate el café. En nuestro próximo encuentro quiero que analicemos el «analfabetismo funcional espiritual»: cómo es posible que pasemos años leyendo los mismos versículos pero sin entender realmente lo que el texto está tratando de decirnos.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
MiVivencia.com