La Cita Perpetua

Nos estamos volviendo olvido. Es un proceso lento, casi químico: cada recuerdo compartido pierde un átomo de nitidez, cada anécdota su tono exacto. Pronto seremos dos desconocidos con un pasado en común, un dato curioso en la biografía del otro. Una ironía amable: para dejar de ser extraños, primero tuvimos que compartirlo todo; para volver a serlo, solo hace falta el silencio.

Pero sé, con una certeza que contradice a toda lógica, que una mañana cualquiera —de esas que no se planifican ni se anotan en ningún calendario— te despertará un vacío sin forma. Y sin saber bien por qué, llegarás a un café. No a nuestro café, porque esos lugares ya no existen, sino a uno que tenga la misma luz filtrándose por la ventana, o el mismo sonido metálico de la cucharilla. La sintaxis de ese momento estará pulida por la nostalgia, y sin quererlo del todo, me buscarás con la mirada.

Sabrás, por supuesto, que no me encontrarás. No importará. La búsqueda no será por la persona, sino por el fantasma. Y en ese instante preciso, cuando tu corazón se contraiga no con dolor, sino con el reconocimiento de una ausencia, el recuerdo volverá a nacer. Tendrá la duración de un suspiro, apenas el tiempo de que el barista ponga tu taza sobre el mármol. En esa fracción de segundo, lo sabremos todo otra vez. Todo lo que vivimos, con su peso y su levedad.

Quizás, en otro giro del azar, yo llegue al mismo café en otro día. Me sentaré en la mesa que da a la ventana, la que usábamos para ver llegar al otro. Miraré la calle y buscaré, entre la gente anónima, esa caminata apurada que era solo tuya —esa que tenía la urgencia torpe de quien teme hacer esperar al amor—. Marcharé, al final, sin que hayas llegado. Pero la decepción tendrá un regusto dulce, y pensaré, como un mantra de consuelo: «Mañana, quizás».

Y saldré a la calle con una sonrisa. No de felicidad, sino de gratitud por el recuerdo puro que aún guardo: la imagen de un día en el que no había nada en el mundo más importante que apurar tus pasos para llegar a mi.

Un día, lo sé, volverá a suceder. No en esta realidad de persianas bajadas y tazas frías, sino en otra. En la geografía paralela de los sueños, donde el tiempo es circular y las pérdidas son solo temporales. Allí, en tus sueños y en los míos, seguiremos llegando siempre, puntuales y sin aliento, a nuestra cita perpetua. Dos fantasmas con prisa, condenados a encontrarse para recordar, una y otra vez, el sabor de lo que significa perderse.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

Elegía del Último Café

Hubo una mañana cualquiera en que clausuraron nuestra cafetería diaria. No hubo aviso, ni remedio, ni tiempo para un último pedido. Se cerró la persiana como se cierra un párpado sobre un ojo cansado, y con ella se apagó el ritual que nos sostenía. Fue el primer presagio silencioso de que todo lo sólido podía desvanecerse sin ceremonias.

Dicen que apostar por mí ahora es una pérdida segura. Que el único premio posible es una tristeza lenta, la misma que se filtra en las grietas de las paredes que conocen nuestros secretos. Y tú… tú que una vez miraste tan al fondo de este corazón lleno de estrías —cicatrices de batallas antiguas y desbordes pasados—, tú que desbordaste el río de tus sentimientos hasta anegar mis orillas secas… Hoy, tus ojos guardan un luto silencioso. Porque en una mañana sin previo aviso, las fuerzas le fallaron a mi diástole. A ese latido que insistía, contra toda lógica, en llevar tu nombre con cada bombeo.

Habrá un día, lo sé, en que seguirás camino con otra mano. Una mano que siempre estuvo ahí, suspendiéndonos en el aire, dejando silencioso que esperara mi turno. Y querrás algunas veces negarlo todo —el olor a grano tostado, las risas ahogadas en tazas de porcelana, la geometría perfecta de nuestros dedos entrelazados—, querrás aceptar, por fin, que esto no pudo ser. Pero fue real. Fue tan real como el mármol frío de la mesa que guarda la hendidura de mi anillo.

Y cuando mi historia en ti sea solo un recuerdo desgastado, una fotografía sin marco; cuando tu Alzheimer emocional —aquel que nos obliga a olvidar para seguir viviendo— te abandone por un instante raro y clemente… recuerda guardar el último café para mí. No lo bebas. Solo prepáralo, como sabes hacerlo, y déjalo enfriar en el borde de la ventana. Que el vapor se eleve, un fantasma mínimo, hacia un cielo que ya no compartimos. Será la ofrenda perfecta: amarga, necesaria y efímera. Como lo nuestro.

Porque algunos amores no terminan con un adiós, sino con un local clausurado. Y la única herencia, con un último café que nunca se llega a tomar.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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Un vago al que llaman bohemio

Saben, les cuento una historia que me ocurrió hace muy poco. No pensaba narrarla al principio, pero se fue convirtiendo, sin darme cuenta, en una pequeña crónica digna de quedar escrita. Tal vez para que no se pierda. Tal vez para recordarme que incluso en los días más comunes, la vida decide sorprendernos.

Era uno de esos días en los que uno se encuentra, como siempre, en la penumbra de un café. Mi cappuccino de fiel compañero, un croissant que hacía de almuerzo improvisado, servilletas por todos lados, el iPad encendido, cables por aquí y por allá, los AirPods en las orejas para olvidarme un rato de que existe un mundo afuera.

Entonces se acercó una pequeña mujer y, sin rodeos, me preguntó:
—¿Qué es ser un bohemio?
Me le quedé mirando, quitándome un audífono, y le respondí con otra pregunta:
—¿Y qué te han dicho que es un bohemio?
Ella suspiró y me dijo:

—Bueno… me han dicho que son vagos sin oficio ni beneficio. Personas que quieren huir del sistema, que no encajan en la forma de vida que los rodea. Algunos dicen que son gente que lucha por hacer de la vida un santuario… pero que nunca lo logran.

La observé un instante. Y pensé.
Luego le respondí:
—Mucha gente piensa así… pero yo creo algo muy distinto.

La invité un cappuccino y un croissant, y nos sentamos en una mesa vieja, despintada por el tiempo. El cafetín olía a café recién tostado y a pan recién horneado. Era como pertenecer, por un momento, a una logia secreta en la que solo se entra cuando uno decide conversar de verdad.

Le dije:

—Mira… el bohemio es aquel que vive de sueños e ilusiones, y que va, uno a uno, tratando de convertirlos en realidad. No tiene prisa. Camina despacio, pero deja huella. A veces feliz, a veces no. A veces haciendo ruido, otras pasando desapercibido. Sabe de todo y no conoce nada. Puede hablarte de historia y luego contarte una fábula. Puede resolver —en teoría— la economía del mundo, aunque sabe que jamás le harán caso.

—El bohemio lee como ratón de biblioteca —seguí—. Siempre lleva un libro en la mochila, junto con papeles y caramelos para engañar al estómago, y lápices para escribir con mezcla de café y pan dulce. Mezcla de sueños y tristezas. Come cuando puede y, aunque lo llamen vago, tiene gustos exquisitos. Es conocido en cafetines, en lugares donde pueda soñar, donde su musa —esa que revolotea sin permiso— le susurra que escriba versos, poemas, historias, canciones… o epitafios de otros bohemios que se adelantaron en cruzar el río de la desesperanza.

—El bohemio vive creyendo —continué— que a la vuelta de cualquier esquina la vida puede cambiar. Que aún quedan sorpresas dignas de vivirse. Y que quizá, con un poco de suerte, encuentre lo que busca, recupere lo que perdió y decida quedarse a vivir allí, donde alguno de sus sueños —soñado por tantos años— se cumplió al fin.

Ella escuchaba sin pestañear.

—El bohemio no se afana —le dije—. No claudica. Puede dejarse matar por una flor, por un poema o por un dibujo de un niño que sueña con ser pintor. Recuerda a su propio niño interior, ese que también soñó con crear mundos, diseñar historias y creer en la magia. Se enternece al ver a su perro Kiba dormir en sus brazos, como cuando acunaba a sus hijos cantándoles la gallina turuleca o la de la mochila azul, con la esperanza ingenua de que jamás crecieran.

—El bohemio lucha, aun cuando sabe que a veces pelea batallas perdidas —proseguí—. Sonríe si las cosas van mal, sufre cuando pierde, se calla o grita cuando se enoja. Siente celos de lo que cree suyo. Camina con la mochila al hombro, cargando todas sus pertenencias e ilusiones: caramelos y chocolates para endulzar el camino, la computadora donde guarda su memoria, hojas escritas, fotos, historias. Siempre lleva, inseparable, un lápiz, compañero fiel de poemas mal escritos, y servilletas que se vuelven cuadernos improvisados cuando la musa decide bailar entre cafeteras y saleros.

—Cada pequeño triunfo le arranca una sonrisa —dije, casi para mí mismo—. Cada derrota le roba una lágrima. Y aun así sigue caminando, buscando el siguiente obstáculo. Todo lo aprendido lo comparte sin esperar nada a cambio, salvo quizás una sonrisa, un “nos vemos” o un simple “adiós”.

—Porque el bohemio —le dije finalmente— es un soñador en proceso de extinción. Ve pasar la vida y en cada surco que aparece por la mañana alrededor de sus ojos —ojos que van perdiendo el brillo de la juventud— descubre las huellas de su lucha. Eso que muchos llaman vejez, él le llama experiencia. Sabiduría. Años bien puestos, no años encima.

Ella no dijo nada. Solo escuchaba.

—Esto —concluí— es ser un bohemio. Un tipo sin oficio ni beneficio que camina arrastrando los pies por entre las penumbras de la vida. Que se acerca a Dios en cada noche fría, en cada invierno de escarcha. Que avanza con lo único que tiene: sus sueños.

La mujer, en un silencio casi sagrado, con el croissant a medio comer y el café ya frío, se levantó despacio. Me dio un beso en la mejilla y me dijo:

—Te dejo, bohemio. No pierdas tu lápiz ni tu servilleta. Escríbeme un poema, una pequeña oda… o cuéntame una historia. Porque quizá, cuando tu tiempo haya pasado y tu nombre sea solo un recuerdo, yo vuelva a este cafetín para escribir canciones y poemas… y contar tu historia, la que dejaste sin terminar.

Y se fue.

Y me quedé allí frente al café vacío, sintiendo que sí… tal vez ser bohemio es, al final, una forma de seguir vivo.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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El deseo de una charla que duró todo un día

No supo cuánto tiempo habían estado conversando; solo sabía que empezaron cuando el sol asomaba en el horizonte y que, mientras preparaban un café con croissant y queso crema, las horas habían pasado demasiado rápido. Ya el sol se había ocultado y la noche, oscura y fría, los sacó de aquella conversación que ninguno quería que terminara. Él hablaba un rato, ella otro, pero ambos se escuchaban y respondían. La charla era tan interesante que ni siquiera su amigo canino los distrajo: se acomodó en la almohada de siempre, junto a la cabecera, y se quedó dormido, como si intuyera lo importante de aquello.

Hablaron de historias y recuerdos de la infancia, de tiempos lejanos, de momentos tristes y otros no tanto. Ella le contó sus miedos y sus penas mientras él volvía a preparar otro café. Ella hablaba atropelladamente, queriendo decirlo todo. Volvió a encender el horno y puso los croissant a 375 grados: siete minutos de espera para que quedaran en su punto. Pasaron del comedor a la sala, disputándose los croissant calientes; hablaron de historia, de libros y textos, de juegos de niños, de tristezas de la adolescencia, de frustraciones y de lágrimas, de partidos de fútbol que terminaron en fracaso. Se contaron relatos, se sacudieron las manos con migas, sintiendo que la conversación no encontraba fin.

La tarde se fue y las luces se encendieron solo para que pudieran mirarse a los ojos y seguir intentando escribir su propia historia: frases entrecortadas por temores fundados, palabras apagadas bajo cielos estrellados, verbos y sustantivos unidos por los pronombres que contienen el tú, el yo y el nosotros; adjetivos que califican la vida. Palabras juntas formaban una nueva narración. Al llegar la noche, como suelen llegar las cosas, hubo una caminata hasta la puerta, un beso apasionado y una despedida con tristeza. Él salió tal como había llegado, con su cuaderno en la mano, donde había anotado las palabras que se dijeron durante todo el día, las mismas que habían llenado sus vidas de historias.

Ella cerró la puerta, se sentó en el sofá, dio el último sorbo al café frío y terminó el pedacito de croissant que aún quedaba en la canastilla, soñando con que, al amanecer, volverían a conversar: libreta en mano, lápices en los bolsillos, para continuar la historia que aún guardaban, llena de esperanza. Todo comenzó con cruzar palabras, un café, un croissant y el simple deseo de ser escuchada. Volverán en otro tiempo, pero con el mismo café.

— Vick
Conversando con una Taza de Cafe
-Vick-yoopino

Cerrando tras de sí la puerta

Era una mañana cualquiera. Salió de casa como quien no quiere decir adónde va, con su vieja mochila al hombro. Dentro, lo de siempre: la laptop, los audífonos, algo de música… y esta vez también llevaba algo más pesado: las ilusiones, los nervios, el miedo, la esperanza. Esa mezcla inexplicable que lo había mantenido despierto toda la noche.

Ese día no hubo café en Starbucks, ni croissant con queso crema. Nada de rutinas. Iba con el corazón latiendo más fuerte de lo habitual, como si supiera que el encuentro que se avecinaba no era uno cualquiera. Parecía que el tráfico conspiraba contra él. Todo iba más lento. Pero no importaba. Él avanzaba igual, impulsado por algo más fuerte que la costumbre.

Ya rondaba los cincuenta, pero algo en él se sentía joven otra vez. ¿Era amor? ¿Ilusión? ¿Un último intento por creer? No lo sabía. Solo sabía que llevaba demasiado tiempo acompañado por una fiel y silenciosa compañera: la soledad. A veces la comprendía, otras no. Pero siempre estaba allí, sentada frente a él en cada café, mirándolo mientras escribía historias de desamor y de esperanza. Soledad que hoy, por primera vez en años, parecía desvanecerse.

No recordaba exactamente cuándo empezó todo. Solo sabía que un día ella dejó de ser solo una amiga. Al principio, sus conversaciones eran largas, intensas, llenas de ideas. Ella hablaba de teorías, de invenciones, de mañanas frías y tardes soleadas. Él la escuchaba fascinado. Y su corazón, sin pedir permiso, empezó a moverse. Pero calló. Porque era una dama. Porque tenía pareja. Porque él también tenía un hogar al que regresaba cada noche, aunque no con muchas ganas.

Así pasó el tiempo. Semanas, meses. La miraba en silencio, deseando que sus ojos pudieran decirle todo. Pero no. El miedo a perder lo poco que tenía lo hacía mudo. Entonces, enterró sus sentimientos. O al menos, eso creyó. Pero cada vez que la veía, su amor volvía, indomable, intacto.

Hasta que un día, ella también empezó a escribir. Al principio con timidez. Después, con emoción. Entre miedos y mensajes borrados, los textos comenzaron a decir lo que los labios no podían. Y cuando él recibió ese primer mensaje, algo explotó en su pecho. El viejo amor que creía olvidado se encendió de nuevo. Y esta vez, parecía que era correspondido.

Ella tenía miedo. Él también. Pero empezaron a quererse. A reconocerse. A imaginar que, quizás, aún quedaba tiempo. Que la vida aún podía ofrecer algo más que rutina y resignación.

Hoy, él va camino a verla. A encontrarse con ella a solas por primera vez en mucho tiempo. La emoción lo desborda. Lo invade una tristeza dulce, una alegría contenida, una esperanza nueva. Sabe que es complicado. Que hay heridos en el camino. Que hay reglas no escritas que están a punto de romper. Pero también sabe que esta vez no quiere callar más.

Estaciona. Ella le pregunta por mensaje dónde está. Él responde: “En la esquina, ya llegué”. Ella baja, camina unos pasos delante de él sin decir palabra. Suben al ascensor como dos desconocidos. Cuando llegan, ella abre la puerta, entra… y la deja entreabierta.

Él se queda quieto un instante. Toma aire. Guarda el teléfono como si acabara de escribir el mensaje más importante de su vida. Y entonces cruza el umbral, temblando de emoción, de miedo, de amor.

La ve, la abraza…
y cerrando tras de sí la puerta, empieza una nueva historia.

Vick
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino

El sueño de un mañana incierto

No supieron cuánto tiempo habían estado conversando. Solo recordaban que la charla empezó con los primeros rayos del sol asomando en el horizonte, mientras un café recién hecho y un croissant con queso crema se convertían en excusa para compartir palabras. Las horas se deslizaron rápidas, casi invisibles, y cuando el día se apagó, fue la noche —oscura y fría— la que los sorprendió aún sentados frente a frente, reacios a detener ese diálogo interminable.

Él escuchaba, ella respondía; luego ella preguntaba, y él contestaba. Una danza de palabras que fluía sin pausas, demasiado interesante como para cederle espacio al silencio. Ni siquiera su fiel amigo canino interrumpió la escena: se acomodó en la almohada de siempre, a los pies de la cama, como si entendiera que lo esencial ocurría allí, entre dos voces que se buscaban.

Hablaron de recuerdos de infancia y de juegos antiguos; de miedos y tristezas; de adolescencias con frustraciones y lágrimas; de pequeñas victorias y derrotas de fútbol. Entre cada confesión, él volvía a preparar café, y ella, con prisa torpe y alegre, ponía de nuevo croissants al horno, midiendo con exactitud los siete minutos de espera a 375 grados. Rieron luchando con los croissants demasiado calientes, se sacudieron las manos cubiertas de migas, y la charla pasó del comedor a la sala, como si el espacio mismo quisiera acompañar la travesía de sus recuerdos.

La conversación se fue tiñendo de confesiones íntimas y palabras atropelladas. Los verbos y sustantivos se enlazaban con pronombres cargados de cercanía: tú, yo, nosotros. Adjetivos se posaban sobre sus vidas como etiquetas dulces o amargas, y de ese torrente de frases entrecortadas emergía la sensación de estar escribiendo juntos una nueva historia.

La noche llegó como siempre llegan las cosas inevitables. Una caminata breve hasta la puerta, un beso cargado de, difícil describirlo, y una despedida atravesada por la tristeza de lo inconcluso. Él salió como había entrado: con un cuaderno en la mano, esta vez lleno de palabras y recuerdos que ahora pesaban distinto. Ella cerró la puerta despacio, se dejó caer en el sofá y tomó el último sorbo de un café ya frío. En la canastilla quedaba apenas un trozo de croissant, que terminó con gesto distraído, mientras la mente se le llenaba de anhelos.

Soñó con el siguiente encuentro, con el día que empezara de nuevo entre lápices, libretas y tazas de café. Porque aún había demasiado por contar, por recordar, por confesar. Porque todo había nacido de algo tan simple como cruzar palabras, un café compartido, un croissant caliente… y la necesidad profunda de ser escuchados.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

Gertrudis y su odio jarocho: Crónica de una enemiga eterna

🌪️ Todo empezó bien…

Pasado el año 2000 empecé a trabajar en un hotel en Santa Clara, California. Todo andaba de maravillas. Buenos compañeros, risas, trabajo fluido. Pero como en toda buena historia, siempre aparece el personaje oscuro. En mi caso, una señora a quien llamaremos… Gertrudis.

Pasaron tres o cuatro años hasta que noté que su actitud hacia mí era… digamos, hostil con sabor a chile y cizaña. Sin mayor explicación, empezó a contar cosas sobre mí. Algunas probablemente exageradas, otras quizás verdad, y otras francamente salidas del guion de una telenovela con brujas.

🧂 Inventario de difamaciones y otras joyas

Gertrudis me acusó de todo, menos de ser feliz:
• Vivía debajo de un puente.
• Era ilegal.
• Me gustaba que las mujeres me mantuvieran (lo cual, si fuera cierto, habría sido un sueño hecho realidad: sin trabajo y con pensión emocional).
• Y muchas más… que iré soltando como se desgrana el choclo.
Decía que yo tenía “gloriosas cualidades”, y tenía razón… solo que ella las presentaba con veneno.

💔 ¿Amor u obsesión?

En una de esas noches de conversación con amigas, surgió la teoría: ”¿y si está enamorada de ti y te odia porque no le haces caso y encima saliste con su mejor amiga?”.

Y sí. Salí con su mejor amiga. A cenar, a pasear, a trabajar hasta el amanecer viendo cómo se escondía la luna. ¿Lo demás? Reservado bajo amenaza de doble balazo.

Pero volvamos a ella. ¿Enamorada de mí?

Pues… mi gusto va por mujeres delgadas, simpáticas, con algo de estilo. Gertrudis, en cambio, tenía el cuerpo de una momia que se resiste a ser momia, y una cintura más parecida a un salvavidas de tractor. Su ombligo parecía una válvula que en cualquier momento podría empezar a desinflarse.

Yo soy feo, sí, pero en hombre se acepta. En mujer… bueno, digamos que nuestros hijos habrían terminado en el zoológico y no en el colegio.

🥩 La leyenda de la pierna de vaca

Un día, el jefe máximo del hotel (mi amigo) me llama a su oficina. Cara seria. Me dice:
“Una compañera ha hecho una denuncia formal contra ti.”

¿La acusación?

“Dice que en la última función del hotel, te llevaste una pierna de vaca cocinada, en tu mochila, a tu casa.”
Yo lo miré, y él, al ver mi cara, no pudo más. Se empezó a reír. Su secretaria casi se atraganta de la risa. Me contó que igual tuvo que investigarlo. Habló con el chef.
“Congelada, pesa más de 20 kilos. Cocinada, imposible de cargar sin dejar un charco de jugo hasta el estacionamiento. Y menos en una mochila.”
Así que sí. Me imaginó con la mochila al hombro, dejando una estela de grasa, y 20 perros siguiéndome como escolta. Solo faltaba el mariachi y los mariachis.

📢 Rumores al por mayor

Cada semana, una nueva historia. Aquí algunas joyitas de la producción “Gertrudis Films”:
• Que yo vivía debajo de un puente decorado con grafitis de Machu Picchu.
• Que tenía antecedentes penales por falsificación.
• Que vendía basura en Facebook tras mi divorcio.
• Que me escondía en el baño para no trabajar (¿cómo sabía? ¿tenía cámaras? ¿el famoso huequito en la pared?).

Y claro, la más peligrosa: que no sabía hacer mi trabajo. Aunque eso sí, nunca entendió por qué todos me escuchaban. Tal vez porque yo leía, pensaba, tenía temas. Ella solo hablaba de “su vida en París”, aunque luego descubrí que se refería a una colonia pobre llamada así en los alrededores de Tepito.

🤷‍♂️ ¿Por qué tanto odio?

Tal vez porque sus amigas se convirtieron en mis amigas. Tal vez porque enfermó y, durante su ausencia, la gente escuchó la otra versión. Tal vez por rencor puro. O tal vez… porque no aceptaba que yo no caí en su juego.

Ella se preguntaba:

“¿Qué les da este, para que lo escuchen en todo?”
Yo no daba nada. Solo era yo mismo. Lo que parece que para ella era demasiado.

💡 Brillante como bombilla quemada

Gertrudis tenía frases inolvidables como:
“Hay niveles” (sí, y tú ibas en subsuelo).
O aquel famoso “wi wi”, dicho con tono afrancesado, sin saber qué significaba.
Una vez completó la tabla del 9, leyéndola, y pidió un diploma con ceremonia incluida. Eso sí, exigía que lo firmara el gerente general.
Y que si ella hablaba, el promedio del IQ de todo el hotel bajaba hasta rayar con el del Homo sapiens.

📆 Dos años después…

Me retiré del trabajo en 2023. No he vuelto. Y ella sigue hablando de mí. Dice que no regreso porque no puedo entrar a EE.UU. (aunque tengo más entradas que concierto de Luis Miguel).

Me han dicho que está demacrada, ansiosa, sola… y cada día más gordita (eso sí, sus piernas siempre fueron flaquitas, flaquitas: un misterio de la ingeniería corporal).

🔚 Cierre y advertencia

Todavía me guardo algunas historias para una segunda parte.
Y usted, lector querido, ¿qué cree?
¿Fue odio, celos, envidia… o una mezcla con pan con chicharrón?

He generado con IA una imagen de este esperpen… perdón, señora. No es igual, pero se le parece. Si usted me conoce, tal vez conozca a mi tormento.
No, no la voy a sacar a cenar. Ni al cine. Tal vez… al zoológico. Pero ni eso.
El nombre ha sido cambiado para fingir que no sé que leerá esto. Pero que lo leerá… lo va a leer.
Y si quieren segunda parte, pídala en los comentarios.

Victor.
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino

Café, lluvia y sueños

A veces, la noche trae más que oscuridad.

Nos entrega tiempo para limpiar el polvo del alma, preparar un café caliente… y mirar, desde la ventana, cómo la vida sigue caminando, incluso bajo la lluvia.

Mientras Kiba dormía, retiré las plantas del alféizar, sacudí el polvo de los visillos de muselina, y limpié los cristales con té frío para que la escasa luz pudiera colarse en la habitación.

La habitación —oscura y con vistas al norte— se iluminó levemente, mientras la lluvia seguía golpeando los vidrios desde fuera.

Corrí a prepararme un café, cargado, dulce y caliente. Quería quitarme el sueño… y espantar un poco el frío. Sin darme cuenta, la lluvia fue cesando.

Y entonces, aparecieron los caminantes: unos rumbo al trabajo, otros de regreso a casa, algunos simplemente saliendo a pasear entre charcos y calles resbaladizas. Los niños, felices, jugaban como si la lluvia fuera un parque nuevo.

Desde mi ventana, con el café en la mano, observaba la vida pasar. El invierno se acerca. Y mientras llega, intento conquistar nuevos reinos. Ganar batallas con una sonrisa. Avanzar en los sueños. Y ser, en medio de todo, un hijo de Dios.

Ya es tarde. Es hora de ir a nuestros cuarteles de invierno. A buscar el calor de una cobija… y dejar que los sueños nos transporten a lugares mágicos, donde no hay imposibles, donde la realidad es nada y lo imposible… posible. Porque, aunque sabemos que los sueños son solo sueños, también sabemos que a veces —solo a veces— los sueños se vuelven realidad.

Buenas noches, mis amigos. Duerman en paz. Y sueñen sin miedo.

Conversando con una Taza de Cafe
-Vick-yoopino

Lucho contra la muerte y le ganó

Parte 2: El regreso al castillo

Al día siguiente se levantó.
Dolorido. Con el cuerpo roto y el alma agotada. Pero de pie. Caminó hacia su pequeño castillo. Porque un caballero jamás muestra dolor. Ni cansancio. Mucho menos angustia. Arrastraba la lanza. Se apoyaba con dificultad. Cada paso era una batalla. Hasta el aire dolía. Y sin embargo, avanzaba.

Envuelto en sus pertrechos. Acompañado por su fiel Kiba. El único que había estado en todas las batallas. El único que no juzga. Ni habla. Ni abandona.

Se sentó. Tarareó una vieja canción:

“Estuve sentado en el puente,
de la barca que lleva a la muerte.
Vino ella, le jugué mi vida…
y le gané.”

Una y otra vez. Sonreía entre dolores. Entre cicatrices que ardían al recordarse. Y así… día tras día, se fue levantando de las heridas. Como un ave fénix que no solo sobrevive: vuelve con más fuego.

Quiso presentarse como caballero ante la princesa. Rendirle honores. Mostrarle que había vencido. Pero ella no llegó. Entonces, comprendió. Tomó su pluma como espada. Su mochila como casco. Y entre sus libros encontró el escudo que lo había protegido en mil batallas. Cerró su iPad. Ese que guardaba sus razones para luchar. Se quitó el reloj. Ya no necesitaba saber qué hora era en el pasado. Regresó a sus aposentos.

Dejó que sus cicatrices sanaran solas. Sin prisa. Como testigos mudos de las trampas, las razones, y las heridas mal alineadas. Abrió su cuaderno de historias. Rasgó las últimas páginas en blanco. No quería escribir nada más allí. No en esa historia.

Fue a la chimenea. La misma donde una vez veló sus armas. Y empezó a quemarlas. No por odio. Sino por libertad. Ya no habría más batallas. Ni más recuerdos de Don Quijote ni Dulcinea. Los molinos ya habían caído uno a uno. Para el final dejó su bandera. Esa máscara de tinieblas que alguna vez lo protegió. La dobló con ternura. Y la dejó caer en medio de la leña. La vio hacerse cenizas.

Miró alrededor. Tomó una copa de café. Sonrió a la mañana que clareaba. Agarra su cámara. Se pone los lentes. Sus pertrechos de siempre. Y sin batallas en el horizonte, salió en busca de su compañera eterna: esa que olvida derrotas y espera en silencio el próximo encuentro.

Porque ya no habrá lucha. Ni desafío. Solo caminará hasta el puente. Y guiará la barca… hasta el palacio donde habita la muerte. Y gritará desde la puerta:

“No tienes que venir por mí: aquí estoy.”

Y en la noche oscura,
su fiel Kiba aulló.

Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino

Lucho contra la muerte y le ganó (Parte 1)

Parte 1: La última batalla

Hay historias que se escriben con tinta. Otros con sangre. Y algunas… con café caliente, cicatrices mal cosidas y un perro fiel al costado.

Esta no es una metáfora. Es mi historia. O mejor dicho, la del caballero que fui el día que enfrente mi última batalla. Una operación vida o muerte, una decisión silenciosa, una salida prohibida del hospital para volver a casa a alimentar a mi perro, y un epílogo que jamás pensé compartir… hasta hoy.

Esta crónica viene en dos partes. Ambas son ciertas. Ambas fueron escritas desde el alma. Y hoy las comparto contigo, que alguna vez también luchaste en silencio.

Bienvenidos a mi historia.
Soy Vick. Y esta es… Mi Vivencia

Una historia de la vida real.

Durante años luchó en silencio. Mil batallas. Perdía algunas, otras las empezaba sin terminar, pero jamás salió corriendo ni se dio en retirada. Volvía a la carga, y a veces las volvía a perder… para pelear de nuevo y ganarlas entre gallos y medianoche. Mes tras mes, año tras año.

Llevaba en su cuerpo las marcas: espadas que cortaron pecho y hombro, cuchilladas a destajo entre brazo y cintura. Heridas que no escondía. Las peleaba todas como si cada una fuera la última. Porque sí… pudo ser cualquiera.

Y muchas veces, solo. Entre noches oscuras, lluvias sordas y silencios largos, lloró. Pero en voz baja.

Los caballeros de rancia armadura no lloran en voz alta. Se curan las heridas con su propia saliva. Escupen sobre la carne abierta, y la sangre… la sangre solo sirve para endurecer el cuero y dejar al caballero curtido. El dolor se va quedando atrás.

Y junto a su perro —ese fiel compañero de silencios—, limpiaba su espada y remendaba su escudo. Maltrecho en la vuelta. Deshecho en el retorno. Pero jamás recibió un golpe en la espalda.

Salvo las palabras.

Esas, que son cuchillos lanzados por los que piensan diferente. Por los que no luchan, pero agachan la cabeza ante el amo.
Aun así… ni eso le quitaba el sueño. Porque todas las heridas verdaderas —las que marcan— las recibió de frente. En el pecho. En el casco. En el alma.

Su bandera, alguna vez, flameó como emblema entre luchas. Luego volvía hecha trapo, envuelta en su cuerpo, como si fuera vendaje untado con ungüento milagroso.

Pero el día había de llegar. La batalla final. Y llegó. Sonrió. Miró al cielo. Veló toda la noche sus armas. Sacó filo a su espada. Se armó de valor. Noche fría. Neblina. Amenaza de lluvia triste.

Levantó su copa de café caliente en señal de tributo… a todos aquellos que, ante el infortunio, perdieron su última batalla. Se enfrentó solo. Sin sirviente. Sin escudero. Sin padrino. Un duelo entre dos. Una lucha sin cuartel. Uno quedaría.
Y del otro… solo quedaría el recuerdo.

Bajo luces de neón, con un robot quirúrgico como enemigo y un equipo de desconocidos como aliados, se inició el combate.

Muchos le gritaban:
—¡Es una pelea sin sentido! ¡No vale la pena!
—¡Ni siquiera peleas por un sueño!

Pero él, dentro de su casco, los miraba con desprecio. Como quien sabe quién es. Como quien ya no necesita justificarse. Las horas pasaron. La herida quedó abierta. El cuerpo, adolorido. Pero jamás herido por la espalda. Y tras más de seis horas…

…despertó. Los que lo vieron sonrieron.
—Ganaste la batalla —le dijeron—. Es tuya la victoria.

Le preguntaron cómo se sentía. Cómo se encontraba. Y el caballero, aún adolorido, pidió su café. Y un steak. Y papitas fritas.

—Si no morí en la lucha —dijo—, entonces soy inmortal.
Y se quedó dormido otra vez…
con una sonrisa rota…
pero intacto.

Continuará Parte 2 – El regreso al Castillo.