Fuiste tú – Una historia de amor, de sombras, y de renacimiento posible

Quizás fue una agonía.
Quizás fue solo una historia que alguien me contó.

O quizás —y esto lo digo bajito, para no despertarlo— fue mi propio recuerdo disfrazado de ajeno.

Así comienza. Como tantas veces empieza el amor: sin pensarlo, sin entenderlo, por simple curiosidad… o por ese extraño encanto del desencanto. Por la costumbre de desear algo que nunca llegó, o que, apenas llegado, se deshizo en los primeros meses como un sueño que no quiso quedarse a vivir.

Un día la vi caminar. Entre calles que ya ni recuerdo, entre gentes que se borran, entre luces ajenas. Pero ella estaba ahí.

Yo la vi.

Días de caminatas, de ilusiones fugaces, de intentar retenerla con una fotografía guardada en la cartera, como quien guarda un talismán contra la soledad.

La vi alejarse muchas veces.
Y muchas veces la esperé.
Era feliz, lo creía al menos, en los instantes en que estaba a mi lado.
Pero no entendía nada.
Solo quería estar con ella, y hacer el amor.

Pero el desencanto llega como llega el otoño: sin avisar, y arrancando hojas que uno pensaba eternas.
La mujer que me lo contó tenía la mirada cansada, el paso lento, y una nostalgia que se le notaba en los hombros.
Me habló de un traje de novia tirado en el suelo, de rosas que aún no se habían secado, y de un “sí” que sonó más a sentencia que a promesa.

Me dijo que un día, sin más, su vida cambió.
Que los besos se volvieron reproches.
Que las caricias, guantes blancos.
Que luego vinieron los golpes, el desprecio, el silencio.
Aceptó todo.

Por amor, por esperanza, por esa absurda idea de que un día él cambiaría.
Nunca cambió.
La culpa se volvió su sombra.
“Fuiste tú”, le decían.

Tú, por no ser suficiente.
Tú, por soñar demasiado.
Tú, por querer algo que no merecías.

Y el amor…
El amor se disfrazó de espinas, de miedo, de sobrevivencia.
Un disfraz perfecto, diseñado para la conveniencia de quien ya no amaba.
Caminaba por la vida como un mueble más, como un adorno sin alma.
Pisaba los mismos lugares, dormía en la misma casa, respiraba sin ganas.
A veces, descalza, se decía que morir no sería tan terrible.

Porque si a eso le llamaban vivir, entonces la vida era un infierno elegante.
Pero un día —y no supo cómo ni por qué— levantó la mirada.
Y él pasaba.
Un hombre común. Una sonrisa honesta. Una conversación sencilla.
Nada más.

Pero algo cambió.
En el silencio de siempre, esa voz sonó distinta.
Y, sin entenderlo, sonrió.
Siguió su camino.

Llegó al mismo lugar de siempre.
Pero la habitación ya no era la misma.
Los días pasaron.
Y la sonrisa fingida se convirtió en carcajada.
Sin saber por qué, se sentía viva.

Le asustaba.
Sí.
Pero también la hacía soñar.
Y empezó a entender que entre el miedo y el amor hay una frontera delgada.
Y que cruzarla es un acto de fe.

De renacimiento.
Hoy su vida sigue, aún con sombras, aún con cicatrices.
Pero algo ha cambiado.
El “fuiste tú” ya no es una acusación.
Es un punto de inflexión.

El momento en que la vida, por fin, comenzó a cambiar.
Ella ya no camina hacia el pasado.
Camina hacia sí misma.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

La puerta sin llave

Mis manos saben lo que es amarte.
Lo aprendieron en las mañanas largas, cuando el silencio pesaba más que las palabras y el reloj no avanzaba por respeto al vacío.

No me maldigas, amor.
Fui apenas un hombre que no supo vivir sin ti…
y después, tampoco supo hacerte volver.

Hay heridas que no sangran.
Se quedan quietas, como si hubieran decidido convertirse en recuerdo antes que en carne.
Pero arden.
Y cuando arden, uno entiende que el dolor no necesita sangre para ser verdad.

Cada mañana tomo café como si fuera el mismo de aquellos días.
La taza frente a mí, el vapor subiendo lento, la silla vacía donde solías sentarte.
Entre tú y yo no había grandes discursos; había miradas que bastaban.
Ahora solo queda el sonido de aquella canción que habla de robarte un beso y la ilusión absurda de que entrarás por esa puerta.

Si alguien pregunta por ti, diré que sigues aquí.
No como mentira.
Como acto de resistencia.

A veces creo escuchar tus pasos en la distancia, cruzando la misma esquina, como si aún buscaras ese Starbucks donde fingíamos que el mundo no existía.

Pero el cielo, cuando no estás, se vuelve un infierno pequeño:
una vela solitaria en el camposanto,
una noche de lluvia sin paraguas,
una sombra que no encuentra cuerpo.

Lo que dolió se convirtió en cicatriz.
Atraviesa mi pecho como una línea invisible que nadie ve, pero que yo toco cada vez que intento pedirte perdón.
No sé por qué.

Quizá porque el orgullo fue más fuerte que el amor.
O quizá porque el amor fue tan grande que nos asustó, y algo más a mi.
Le he dicho a Dios —sí, a Él— que si la encuentra por sus caminos eternos, le recuerde que aún la espero.
No con ansiedad.
Con paciencia de hombre que ha aprendido que el tiempo no devuelve, pero transforma.

Mi puerta no tiene llave.
Nunca la tuvo.
Está entornada, como si supiera que el regreso no se anuncia.

Si algún día la responsabilidad de la vida termina,
si el deber deja de pesar,
si el orgullo se rinde…
entra.

Cierra la puerta despacio.
Y quédate, tengo café.

Vick
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com.

El Cubo

Era una mañana cualquiera.

Los pájaros surcaban el cielo buscando alimento para sus crías. Un par de corredores matutinos avanzaban sudorosos por la acera, ignorados por el tumulto de la ciudad que recién despertaba. Un vendedor de frutas y palomitas agitaba su campanilla para llamar la atención, seguido por dos o tres niños que reían mientras corrían delante del carrito. Un anciano arrastraba los pies junto a su perro, con la paciencia que sólo el tiempo concede. Todo parecía común: calles grises, lluvia tenue, prisa, y rutinas que se repetían como una coreografía de autómatas.

Hasta que el mundo desapareció.

Sin previo aviso, dos personas —un hombre y una mujer— se encontraron rodeados por cuatro paredes lisas, sin ventanas, sin salida aparente. El cubo los envolvió con su silencio. Medía apenas cuatro metros por lado, con una única puerta metálica cerrada herméticamente. Las paredes, de un material similar al aluminio, devolvían el reflejo de sus rostros tensos. Una luz suave, casi espectral, provenía de ninguna parte y lo iluminaba todo.

Él era un hombre de mirada serena, con lentes de aumento que agrandaban la profundidad de sus ojos. Su cabello, canoso y escaso, estaba perfectamente peinado. Vestía con sobriedad: camisa gris, pantalones a juego y unos viejos tenis de Payless que lo delataban como un hombre práctico, sin mayores vanidades. Ella, en cambio, irradiaba un orden elegante: cabello largo y algo dorado, uñas recién esmaltadas en un tono pastel, maquillaje tenue pero impecable, y un traje sastre negro con blusa blanca que completaba la imagen de alguien que cuidaba cada detalle.

Ambos se miraron, atónitos, buscando respuestas que el cubo no ofrecía.

Nadie sabía de su existencia juntos. Nadie sospechaba ese vínculo. Lo suyo era un amor contenido, uno de esos amores que se viven en el silencio, entre miradas robadas y promesas que no se pronuncian en voz alta. El cubo, sin embargo, lo sabía todo. Tal vez por eso los atrapó. Porque algunos sentimientos necesitan ser puestos a prueba.

Al principio, solo miedo. Luego, incertidumbre. Y después, silencio. El tiempo parecía no correr allí dentro. Podía haber pasado un minuto o mil años. Lo único que sabían era que estaban solos… juntos.

Entonces, sin planearlo, sin palabras, sus manos se rozaron, temblorosas, y luego se enlazaron con fuerza. El cubo los obligó a mirarse, sin muros, sin excusas. Y cuando sus ojos se encontraron, no hicieron falta palabras. Había amor. Había deseo. Había una historia que nadie más conocería.

Se besaron. No como en las películas, ni como en los cuentos. Se besaron como se besan dos personas que creen estar ante el fin del mundo. Un beso de despedida y de bienvenida, de miedo y de esperanza, de ternura y de vértigo. Un beso que no pedía permiso.

Y entonces… un ruido metálico los interrumpió. Un chirrido como de maquinaria oxidada rasgó el silencio del cubo. La luz parpadeó. El cubo vibró.

Se abrazaron, temiendo lo peor.

Pero el cubo no los devoró. En cambio, se deshizo con la misma naturalidad con la que había aparecido. La puerta se abrió. Y cuando la luz regresó, ya no estaban dentro.

Volvieron a la ciudad. Al ruido. A las prisas. A los corredores sudados. Al anciano con su perro. Al carrito de frutas. A la lluvia.

Pero ya no eran los mismos.

Afuera, la vida seguía como si nada. Pero ellos sabían. Ellos habían estado allí. En el cubo. En el único lugar donde nada se puede esconder. Donde el amor se revela, y el miedo se transforma.

Ya no volverían al silencio de antes. Ya no habría más miradas furtivas, ni excusas, ni culpas. El cubo los había desnudado, y ahora estaban listos para vivir. Por fin.

Y así, tomados de la mano, se alejaron. Con una sonrisa. Con un beso. Con una certeza: el cubo puede volver cualquier mañana. Pero esta vez, no los encontrará temblando. Los encontrará amándose.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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Poeta, ¿qué es el amor?

Una tarde cualquiera, un joven aprendiz de poeta —aquel que por primera vez intentaba escribir con lápiz y papel— quiso hacerlo sobre el amor.
Pero no sabía por dónde empezar.
Buscó entre amigos, leyó algunos libros, pero nada lo inspiraba. Hasta que se enteró de que un viejo amigo poeta estaba en un café-bar.
Sin pensarlo dos veces, se fue directo allí.

El poeta estaba sentado, meditando en silencio. Tenía una mirada triste, palabras toscas y un rostro endurecido por la soledad.
Frente a él, un cappuccino frío, tan helado como el tiempo que llevaba esperando una nueva ilusión.
El joven se acercó, tímido, casi impertinente con la frescura de los años.
Después de una breve presentación, preguntó:

Poeta, dime… ¿cómo puedo escribir sobre el amor?

El poeta lo miró sorprendido, y con tono cansado respondió:

—Querido e inexperto amigo, si quieres escribir sobre el amor… ya llegaste tarde.
Todo se ha escrito. Todo se ha cantado.
Poemas, canciones, novelas… incluso en otros idiomas.
Mejor escribe sobre los árboles, los animales, la naturaleza.
Pero sobre el amor… ¿para qué perder el tiempo?

El joven bajó la mirada. Sintió que el peso de las palabras del poeta le caía sobre los hombros.
Se levantó, triste, derrotado.
Pero al llegar a la puerta, se detuvo, respiró profundo y volvió sobre sus pasos.

—Es cierto, poeta… casi todo se ha escrito sobre el amor.

Pero la mañana sería más triste si no hablara del mío.
El mediodía no tendría sentido si no lo escribiera.
Y la noche que cae no sería nada si no la compartiera con lo que siento.
Sé que tú amaste, que tú cantaste y escribiste.

Pero déjame hablarte de mi amor.

Ese amor que creí imposible.
Ese que guardé por años, que vivía solo en mis sueños.
Ese que me hacía sonreír en secreto y sufrir en silencio.
Ese que observé de lejos, como si fuera parte de una historia que no me pertenecía.
Te hablaré de esa mujer que caminaba como bailarina, con pasos suaves y ojos de luz.

De su voz que sonaba a melodía, de su cabello que danzaba con el viento,
de su risa que al fin volvió, después de tanto dolor.
Poeta, hoy mi amor me ha mirado.
Ha posado en mí sus ojos.

Y su sonrisa, que antes era apenas una mueca, ha vuelto a tener luz.
Me ha dicho que me ama.
Me ha dicho que piensa en mí.

¿Y cómo no voy a escribir sobre el amor si hoy lo estoy viviendo?

Tú escribiste poemas.
Yo los estoy viviendo.
Tú cantaste canciones.
Yo las estoy entonando para ella.
Tú contaste historias.

Yo las estoy escribiendo junto a la mujer que amo.

Por eso, poeta, te digo: vuelve a amar.
Encuentra esa musa que te devuelva el fuego.
Porque mientras el amor viva en algún rincón del alma…
los poemas no se terminan.

Las canciones no envejecen.
Y las historias no mueren.
El poeta, con lágrimas contenidas, se levantó.

Abrazó al joven.
Y entre susurros le dijo:

—Gracias, amigo. Hoy aprendí una lección que había olvidado.

El amor existe.
No importa cuántas veces se haya escrito sobre él…
siempre habrá una historia nueva que contar.

Porque amar es eso:
vivir con el corazón despierto.
Llorar, reír, y entregarse por completo.
Un abrazo fue poco.
Una amistad para siempre.
Un poema, una canción, una historia.

Todo, por una sola palabra: amor.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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El Café de los Imposibles: Una Crónica de Fe

En el crepúsculo de una tarde que parece estirarse con la ambición de volverse eterna, mis pasos —entrenados en la rutina del anhelo— me conducen de vuelta a ese Starbucks. Se alza en la esquina, como un faro de cartón y cafeína en medio de la gélida corriente de una ciudad que siempre tiene prisa por llegar a ninguna parte.

La barista ha cambiado; me mira con esa amabilidad plástica propia de quien no tiene idea de que, en esta misma mesa, solían habitar capuccinos, yogures y croissants compartidos. Ella es ajena a nuestra arqueología personal. Sin embargo, la mesa sigue ahí, esperándome con la lealtad de un viejo perro. Pido un doble shot en mi Venti: una pócima necesaria, ya sea para obligarme a despertar a esta realidad o para sumergirme con más fuerza en la dulce quimera de tu ausencia.

No me malinterpretes. Esto no es un cuento chino ni una moraleja de Esopo. Es, más bien, un hilo tensado con la fibra de lo improbable; la melodía de un amor que decidió, muy conscientemente, declararle la guerra a la razón.

Me susurro, mientras el vapor me empaña la mirada, que el mundo puede gritar «imposible» hasta quedarse sin aliento, pero eso no le quita ni un gramo de verdad a lo que siento. ¿Acaso los sueños no son el borrador de la realidad? ¿O será que la realidad envidia la libertad de nuestros sueños? Como el sol, que amanece por pura terquedad, lo imposible también tiene su propia luz. Y sospecho que, de tanto insistir, la fantasía terminará por rendirse ante los hechos. Al final, la ironía es simple: todo este caos es, sencillamente, por amor. Por el amor de mi princesa.

Es una agonía extrañamente dulce esta de no poder tocarte. Resulta casi cómico que nuestra «ceremonia» consista en cafés a distancia y presencias espectrales. Pero sucede. Cada vez que llevas la taza a tus labios por la mañana, o cuando entras a un local y tu corazón reclama ese sabor que solo nosotros conocemos, ahí estoy. Mi compañía te vela en tus madrugadas de insomnio, y tu esencia se desliza en mis sueños con la puntualidad de un cobrador de deudas emocionales.

Este «imposible» es el recordatorio de tu propia locura: te enamoraste de un viejo y te convertiste en su princesa. Una tragedia griega con final de cuento de hadas, o viceversa. Pero me quedo con tu verdad, esa que pronunciaste con labios sinceros y que hoy es mi único refugio: «Te amo».

Que el mundo siga murmurando. Que nos tilden de locos. Pobres de aquellos que nunca han sentido la furia de un sentimiento que no pide permiso ni explicaciones. Seguiremos amándonos desde el epicentro del corazón, ese lugar donde la lógica no tiene jurisdicción.

Al levantarme, recojo las servilletas arrugadas. Por un segundo, la ironía me tienta a guardarlas, como si fueran reliquias de un santo olvidado, pero decido arrojarlas al reciclaje. Prefiero que esta historia vuele, que recorra los hilos invisibles de la red y que, con suerte, aterrice en tus ojos para arrancarte una sonrisa. Una historia que no camina por ver, sino por creer.

Salgo con la mochila al hombro y paso, casi por instinto, frente a tu buzón de correo. El camino a casa es largo; el tiempo es una tortuga que intenta, con un optimismo patético, ganarle la carrera al conejo. «Camina despacio», me digo. Quizás, al final de la meta, ella todavía me espere con esa flor que tanto le gusta y un aro infinito en el dedo, como prueba de que la espera fue, después de todo, el acto más honesto de su vida.

Aquí termina la historia. O quizás, apenas empieza, mientras tú sigas sonriendo con esa honestidad que juraste mantener.

Querida Soledad

A veces, la presencia más constante no hace ruido. No llega con portazos, pero termina quedándose en tu casa, en tu cama, en tu café.

Así descubrí que la soledad no siempre es ausencia… a veces, es compañía.

¿Cuándo llegaste a casa? No te conocía. Tan solo de oídas supe algo de ti.
Pero hasta lágrimas brotaron de mis ojos cuando me dijeron que existías.
Y más aún, cuando supe que me andabas buscando.
Lágrimas que discurrieron por mi cara —mezcla de llanto con penas, tristeza, sentimiento… y sufrimiento.

Porque aquella esperanza que tenía… se ha muerto.
Como murió también el sueño que compartía con mi ser amado, que alguna vez fue el inicio de un mejor despertar. Hoy, tantas ilusiones terminaron por morirse, como mi propia vida.

¿Quién eres, que tocaste mi ventana y entraste a mi casa?

Hasta Kiba, mi perro fiel, mueve su colita al verte, como si te conociera de siempre.
Intenta que lo cargues, que le cantes su canción favorita, que le cuentes historias para dormirse como lo hacía yo.

Caminas por mi oficina, te sientas en mi escritorio, manejas mi computadora como lo hacía yo.
Y en mi sillón… ya estás cómoda.
Allí donde ya no hay café servido, ni aquella taza que algún amor me regaló.
Nada ha quedado.

Ni el croissant mañanero con mantequilla, solo pedazos de algo seco y roído por el tiempo.
Todo se ha apagado.
Dos focos fundidos de los cuatro que me alumbraban.

¿Quién eres, que vas de habitación en habitación, tomas mi iPad, tarareas mi música, y duermes entre mis almohadas, esperando que me acueste para pegarte a mí, como si buscaras dormir en mis brazos?

¿De dónde vienes? No sé cómo llegaste, pero me eres familiar.

Tu rostro no lo he visto nunca, pero sé que me conoces.
Sabes mi nombre… y mis secretos más íntimos.
Eso me asusta.
Porque conoces más de mí de lo que yo mismo sé.

Subo al auto y ya estás allí, sabiendo a dónde vamos.

Caminas por lo que fue mi jardín:
las rosas marchitas, el naranjo secándose, las almendras que no darán fruto.
Ramas secas. Y tú… como si todo eso fuera tu hogar.

¿Cómo supiste que te estaba esperando?

Caminé por calles de escarcha y lodo, cuesta abajo, en medio de la nada.
Las sombras huían de mí como si fuera otro fantasma en este mundo.
Y quizás por eso sabías que te esperaba.

Porque aunque yo no lo sabía… ya te esperaba.
Y así, sin anunciarte, te sentaste frente a mí.
Levantaste mi taza, bebiste mi café…
y sonreíste como hacen los amigos que se reencuentran.

¿Por qué llevas mi nombre?

Me miré al espejo y allí estabas tú.
Esa mirada que ya no siente nada.
Ese rostro en el que la amargura ha secado todo rastro de dulzura.

Ya no hay caricias, ni risas, ni miradas escondidas.
Solo el vacío.
Solo tú.
Ya no necesitas decir tu nombre.
Eres parte de mí.
Eres mi fiel compañera.

Mi amiga que nunca falta a una cita.
La que me acompaña al café cada mañana, al almuerzo solitario, al último café nocturno.
La que duerme conmigo cada noche.

Querida Soledad,

te reconozco.
Vives aquí.
Y ahora sé que también llevas mi nombre.

Si alguna vez te sentiste acompañado por el silencio, por un espacio vacío que parecía conocerte… quizás también tú hayas recibido la visita de esta vieja amiga.

Vick
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-Yoopino.
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La Cita Perpetua

Nos estamos volviendo olvido. Es un proceso lento, casi químico: cada recuerdo compartido pierde un átomo de nitidez, cada anécdota su tono exacto. Pronto seremos dos desconocidos con un pasado en común, un dato curioso en la biografía del otro. Una ironía amable: para dejar de ser extraños, primero tuvimos que compartirlo todo; para volver a serlo, solo hace falta el silencio.

Pero sé, con una certeza que contradice a toda lógica, que una mañana cualquiera —de esas que no se planifican ni se anotan en ningún calendario— te despertará un vacío sin forma. Y sin saber bien por qué, llegarás a un café. No a nuestro café, porque esos lugares ya no existen, sino a uno que tenga la misma luz filtrándose por la ventana, o el mismo sonido metálico de la cucharilla. La sintaxis de ese momento estará pulida por la nostalgia, y sin quererlo del todo, me buscarás con la mirada.

Sabrás, por supuesto, que no me encontrarás. No importará. La búsqueda no será por la persona, sino por el fantasma. Y en ese instante preciso, cuando tu corazón se contraiga no con dolor, sino con el reconocimiento de una ausencia, el recuerdo volverá a nacer. Tendrá la duración de un suspiro, apenas el tiempo de que el barista ponga tu taza sobre el mármol. En esa fracción de segundo, lo sabremos todo otra vez. Todo lo que vivimos, con su peso y su levedad.

Quizás, en otro giro del azar, yo llegue al mismo café en otro día. Me sentaré en la mesa que da a la ventana, la que usábamos para ver llegar al otro. Miraré la calle y buscaré, entre la gente anónima, esa caminata apurada que era solo tuya —esa que tenía la urgencia torpe de quien teme hacer esperar al amor—. Marcharé, al final, sin que hayas llegado. Pero la decepción tendrá un regusto dulce, y pensaré, como un mantra de consuelo: «Mañana, quizás».

Y saldré a la calle con una sonrisa. No de felicidad, sino de gratitud por el recuerdo puro que aún guardo: la imagen de un día en el que no había nada en el mundo más importante que apurar tus pasos para llegar a mi.

Un día, lo sé, volverá a suceder. No en esta realidad de persianas bajadas y tazas frías, sino en otra. En la geografía paralela de los sueños, donde el tiempo es circular y las pérdidas son solo temporales. Allí, en tus sueños y en los míos, seguiremos llegando siempre, puntuales y sin aliento, a nuestra cita perpetua. Dos fantasmas con prisa, condenados a encontrarse para recordar, una y otra vez, el sabor de lo que significa perderse.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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Elegía del Último Café

Hubo una mañana cualquiera en que clausuraron nuestra cafetería diaria. No hubo aviso, ni remedio, ni tiempo para un último pedido. Se cerró la persiana como se cierra un párpado sobre un ojo cansado, y con ella se apagó el ritual que nos sostenía. Fue el primer presagio silencioso de que todo lo sólido podía desvanecerse sin ceremonias.

Dicen que apostar por mí ahora es una pérdida segura. Que el único premio posible es una tristeza lenta, la misma que se filtra en las grietas de las paredes que conocen nuestros secretos. Y tú… tú que una vez miraste tan al fondo de este corazón lleno de estrías —cicatrices de batallas antiguas y desbordes pasados—, tú que desbordaste el río de tus sentimientos hasta anegar mis orillas secas… Hoy, tus ojos guardan un luto silencioso. Porque en una mañana sin previo aviso, las fuerzas le fallaron a mi diástole. A ese latido que insistía, contra toda lógica, en llevar tu nombre con cada bombeo.

Habrá un día, lo sé, en que seguirás camino con otra mano. Una mano que siempre estuvo ahí, suspendiéndonos en el aire, dejando silencioso que esperara mi turno. Y querrás algunas veces negarlo todo —el olor a grano tostado, las risas ahogadas en tazas de porcelana, la geometría perfecta de nuestros dedos entrelazados—, querrás aceptar, por fin, que esto no pudo ser. Pero fue real. Fue tan real como el mármol frío de la mesa que guarda la hendidura de mi anillo.

Y cuando mi historia en ti sea solo un recuerdo desgastado, una fotografía sin marco; cuando tu Alzheimer emocional —aquel que nos obliga a olvidar para seguir viviendo— te abandone por un instante raro y clemente… recuerda guardar el último café para mí. No lo bebas. Solo prepáralo, como sabes hacerlo, y déjalo enfriar en el borde de la ventana. Que el vapor se eleve, un fantasma mínimo, hacia un cielo que ya no compartimos. Será la ofrenda perfecta: amarga, necesaria y efímera. Como lo nuestro.

Porque algunos amores no terminan con un adiós, sino con un local clausurado. Y la única herencia, con un último café que nunca se llega a tomar.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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Un vago al que llaman bohemio

Saben, les cuento una historia que me ocurrió hace muy poco. No pensaba narrarla al principio, pero se fue convirtiendo, sin darme cuenta, en una pequeña crónica digna de quedar escrita. Tal vez para que no se pierda. Tal vez para recordarme que incluso en los días más comunes, la vida decide sorprendernos.

Era uno de esos días en los que uno se encuentra, como siempre, en la penumbra de un café. Mi cappuccino de fiel compañero, un croissant que hacía de almuerzo improvisado, servilletas por todos lados, el iPad encendido, cables por aquí y por allá, los AirPods en las orejas para olvidarme un rato de que existe un mundo afuera.

Entonces se acercó una pequeña mujer y, sin rodeos, me preguntó:
—¿Qué es ser un bohemio?
Me le quedé mirando, quitándome un audífono, y le respondí con otra pregunta:
—¿Y qué te han dicho que es un bohemio?
Ella suspiró y me dijo:

—Bueno… me han dicho que son vagos sin oficio ni beneficio. Personas que quieren huir del sistema, que no encajan en la forma de vida que los rodea. Algunos dicen que son gente que lucha por hacer de la vida un santuario… pero que nunca lo logran.

La observé un instante. Y pensé.
Luego le respondí:
—Mucha gente piensa así… pero yo creo algo muy distinto.

La invité un cappuccino y un croissant, y nos sentamos en una mesa vieja, despintada por el tiempo. El cafetín olía a café recién tostado y a pan recién horneado. Era como pertenecer, por un momento, a una logia secreta en la que solo se entra cuando uno decide conversar de verdad.

Le dije:

—Mira… el bohemio es aquel que vive de sueños e ilusiones, y que va, uno a uno, tratando de convertirlos en realidad. No tiene prisa. Camina despacio, pero deja huella. A veces feliz, a veces no. A veces haciendo ruido, otras pasando desapercibido. Sabe de todo y no conoce nada. Puede hablarte de historia y luego contarte una fábula. Puede resolver —en teoría— la economía del mundo, aunque sabe que jamás le harán caso.

—El bohemio lee como ratón de biblioteca —seguí—. Siempre lleva un libro en la mochila, junto con papeles y caramelos para engañar al estómago, y lápices para escribir con mezcla de café y pan dulce. Mezcla de sueños y tristezas. Come cuando puede y, aunque lo llamen vago, tiene gustos exquisitos. Es conocido en cafetines, en lugares donde pueda soñar, donde su musa —esa que revolotea sin permiso— le susurra que escriba versos, poemas, historias, canciones… o epitafios de otros bohemios que se adelantaron en cruzar el río de la desesperanza.

—El bohemio vive creyendo —continué— que a la vuelta de cualquier esquina la vida puede cambiar. Que aún quedan sorpresas dignas de vivirse. Y que quizá, con un poco de suerte, encuentre lo que busca, recupere lo que perdió y decida quedarse a vivir allí, donde alguno de sus sueños —soñado por tantos años— se cumplió al fin.

Ella escuchaba sin pestañear.

—El bohemio no se afana —le dije—. No claudica. Puede dejarse matar por una flor, por un poema o por un dibujo de un niño que sueña con ser pintor. Recuerda a su propio niño interior, ese que también soñó con crear mundos, diseñar historias y creer en la magia. Se enternece al ver a su perro Kiba dormir en sus brazos, como cuando acunaba a sus hijos cantándoles la gallina turuleca o la de la mochila azul, con la esperanza ingenua de que jamás crecieran.

—El bohemio lucha, aun cuando sabe que a veces pelea batallas perdidas —proseguí—. Sonríe si las cosas van mal, sufre cuando pierde, se calla o grita cuando se enoja. Siente celos de lo que cree suyo. Camina con la mochila al hombro, cargando todas sus pertenencias e ilusiones: caramelos y chocolates para endulzar el camino, la computadora donde guarda su memoria, hojas escritas, fotos, historias. Siempre lleva, inseparable, un lápiz, compañero fiel de poemas mal escritos, y servilletas que se vuelven cuadernos improvisados cuando la musa decide bailar entre cafeteras y saleros.

—Cada pequeño triunfo le arranca una sonrisa —dije, casi para mí mismo—. Cada derrota le roba una lágrima. Y aun así sigue caminando, buscando el siguiente obstáculo. Todo lo aprendido lo comparte sin esperar nada a cambio, salvo quizás una sonrisa, un “nos vemos” o un simple “adiós”.

—Porque el bohemio —le dije finalmente— es un soñador en proceso de extinción. Ve pasar la vida y en cada surco que aparece por la mañana alrededor de sus ojos —ojos que van perdiendo el brillo de la juventud— descubre las huellas de su lucha. Eso que muchos llaman vejez, él le llama experiencia. Sabiduría. Años bien puestos, no años encima.

Ella no dijo nada. Solo escuchaba.

—Esto —concluí— es ser un bohemio. Un tipo sin oficio ni beneficio que camina arrastrando los pies por entre las penumbras de la vida. Que se acerca a Dios en cada noche fría, en cada invierno de escarcha. Que avanza con lo único que tiene: sus sueños.

La mujer, en un silencio casi sagrado, con el croissant a medio comer y el café ya frío, se levantó despacio. Me dio un beso en la mejilla y me dijo:

—Te dejo, bohemio. No pierdas tu lápiz ni tu servilleta. Escríbeme un poema, una pequeña oda… o cuéntame una historia. Porque quizá, cuando tu tiempo haya pasado y tu nombre sea solo un recuerdo, yo vuelva a este cafetín para escribir canciones y poemas… y contar tu historia, la que dejaste sin terminar.

Y se fue.

Y me quedé allí frente al café vacío, sintiendo que sí… tal vez ser bohemio es, al final, una forma de seguir vivo.

Vick
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El deseo de una charla que duró todo un día

No supo cuánto tiempo habían estado conversando; solo sabía que empezaron cuando el sol asomaba en el horizonte y que, mientras preparaban un café con croissant y queso crema, las horas habían pasado demasiado rápido. Ya el sol se había ocultado y la noche, oscura y fría, los sacó de aquella conversación que ninguno quería que terminara. Él hablaba un rato, ella otro, pero ambos se escuchaban y respondían. La charla era tan interesante que ni siquiera su amigo canino los distrajo: se acomodó en la almohada de siempre, junto a la cabecera, y se quedó dormido, como si intuyera lo importante de aquello.

Hablaron de historias y recuerdos de la infancia, de tiempos lejanos, de momentos tristes y otros no tanto. Ella le contó sus miedos y sus penas mientras él volvía a preparar otro café. Ella hablaba atropelladamente, queriendo decirlo todo. Volvió a encender el horno y puso los croissant a 375 grados: siete minutos de espera para que quedaran en su punto. Pasaron del comedor a la sala, disputándose los croissant calientes; hablaron de historia, de libros y textos, de juegos de niños, de tristezas de la adolescencia, de frustraciones y de lágrimas, de partidos de fútbol que terminaron en fracaso. Se contaron relatos, se sacudieron las manos con migas, sintiendo que la conversación no encontraba fin.

La tarde se fue y las luces se encendieron solo para que pudieran mirarse a los ojos y seguir intentando escribir su propia historia: frases entrecortadas por temores fundados, palabras apagadas bajo cielos estrellados, verbos y sustantivos unidos por los pronombres que contienen el tú, el yo y el nosotros; adjetivos que califican la vida. Palabras juntas formaban una nueva narración. Al llegar la noche, como suelen llegar las cosas, hubo una caminata hasta la puerta, un beso apasionado y una despedida con tristeza. Él salió tal como había llegado, con su cuaderno en la mano, donde había anotado las palabras que se dijeron durante todo el día, las mismas que habían llenado sus vidas de historias.

Ella cerró la puerta, se sentó en el sofá, dio el último sorbo al café frío y terminó el pedacito de croissant que aún quedaba en la canastilla, soñando con que, al amanecer, volverían a conversar: libreta en mano, lápices en los bolsillos, para continuar la historia que aún guardaban, llena de esperanza. Todo comenzó con cruzar palabras, un café, un croissant y el simple deseo de ser escuchada. Volverán en otro tiempo, pero con el mismo café.

— Vick
Conversando con una Taza de Cafe
-Vick-yoopino