Episodio 2: Noticias Secretas. El «J’accuse» de la Corrupción Colonial

Serie: «Café con Historia: El ADN de la Corrupción en el Perú»

Qué bueno que viniste. Sírvete otro café, y esta vez más cargado, que hoy el tema es largo y necesitamos tiempo para procesarlo. Si en la charla pasada vimos el costo general de la corrupción en el Perú, hoy vamos a viajar a 1735 para conocer a los primeros «espías» que destaparon la olla de grillos del Virreinato.

Imagina a dos jóvenes tenientes de navío españoles: Antonio de Ulloa, de solo diecinueve años, y Jorge Juan, de veintidós. El Rey los mandó a una misión científica con sabios franceses para medir el arco del meridiano, pero secretamente tenían otra tarea: observar cómo funcionaba realmente la administración en el Perú. Lo que vieron fue tan brutal que su informe, el «Discurso y reflexiones políticas sobre el estado presente de los reinos del Perú», se guardó bajo siete llaves por casi ochenta años para no avergonzar al Imperio. Recién en 1826 se publicó en Londres como las «Noticias secretas de América».

¿Qué encontraron? Para empezar, una justicia que era una mercancía más. Pero lo que más les dolió, y lo que Quiroz resalta, fue el abuso sistemático contra la población indígena. Los corregidores, que debían protegerlos, eran en realidad sus mayores verdugos. Usaban una técnica que hoy llamaríamos «doble contabilidad»: cobraban tributo a todos los indios posibles, incluso a los niños o ancianos exentos por ley, pero ante la Caja Real declaraban un número menor de contribuyentes y se guardaban la diferencia. A eso súmale el infame «reparto», una venta forzosa de mercancías inútiles a precios inflados que dejaba a las comunidades en la miseria absoluta. Ulloa y Juan decían que los indios sufrían más que los esclavos porque nadie velaba por ellos.

Pero espera, que la cosa se pone más cínica. Existían los «juicios de residencia», supuestas investigaciones al final del mandato de un funcionario para ver si se había portado bien. ¿Sabes qué pasaba? Los jueces simplemente eran sobornados por el investigado o formaban parte del mismo círculo de patronazgo. Las sentencias eran meros tecnicismos para absolver a los amigos. Por eso Ulloa soltó esa frase lapidaria que resume siglos de historia: «Empieza el abuso del Perú desde aquellos que debieran corregirlo».

Quiroz nos explica que este sistema se basaba en la venalidad, es decir, la venta de cargos públicos. Desde mediados del siglo XVII, la Corona española, siempre necesitada de dinero para sus guerras en Europa, empezó a vender los puestos de oidor, corregidor y hasta oficiales de hacienda al mejor postor. Imagínate el incentivo: si alguien compraba un cargo, llegaba al Perú no para servir, sino para recuperar su inversión y ganar utilidades. Incluso hubo virreyes que compraron sus puestos mediante contratos privados con el Rey.

Antes de Ulloa, otros ya habían gritado. Quiroz menciona a Mariano Machado de Chaves, un limeño que en 1747 denunció que el Virreinato era un cuerpo enfermo por la «inmensa distancia» que lo separaba del Rey, lo que permitía que los virreyes se comportaran como príncipes absolutos. Machado decía que los virreyes llegaban con un séquito hambriento de riqueza —parientes, criados y clientes— que se repartían los beneficios y protegían los abusos de los funcionarios menores. Era una red de patronazgo que lo cubría todo, como una neblina espesa.

Lo más triste de este episodio es darnos cuenta de que la corrupción no era un error del sistema, era el sistema. Ulloa y Juan propusieron reformas valientes: pagar salarios dignos a los corregidores, prohibirles el comercio privado y convertir a los indios en trabajadores libres. Pero ellos mismos sabían que «todo el mundo gritaría en el Perú» contra tales medidas porque afectaban intereses muy profundos.

Así que, amigo, cuando escuches que la corrupción nació con la República, recuerda a estos dos jóvenes marinos que, hace casi tres siglos, ya nos advirtieron que los cimientos estaban podridos. En la próxima taza de café te contaré qué pasó cuando Ulloa intentó pasar de la denuncia a la acción en las minas de mercurio. ¡Prepárate porque ese fue su verdadero purgatorio!

Nos vemos en el próximo episodio, y no te preocupes por el café, nosotros no lo cobramos.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

Episodio 1: ¿Por qué somos así? El costo de la «grava» en nuestra historia

Serie: «Café con Historia: El ADN de la Corrupción en el Perú»

Siéntate, toma asiento. Qué bueno que aceptaras este café. Hoy no quiero hablarte de fútbol ni de política del día a día, sino de algo que nos quema a todos los peruanos cada vez que abrimos el periódico: la corrupción. Pero vamos a verla desde los ojos de Alfonso W. Quiroz, un historiador que dedicó años a rastrear este fenómeno desde la colonia hasta el año 2000.

A veces pensamos que la corrupción es solo un político metiendo la mano en la caja, pero Quiroz nos dice que es algo mucho más insidioso. Es como una «grava» que se mete en los engranajes del Estado y no lo deja avanzar. No se trata solo de sobornos; incluye la mala asignación de fondos, el tráfico de influencias, el fraude electoral y hasta el financiamiento ilegal de partidos.

Lo más triste es que no es algo nuevo; es un fenómeno sistémico que ha limitado nuestro progreso desde hace siglos.

¿Alguna vez te has preguntado cuánto nos ha costado esto? Quiroz hace un cálculo que te deja frío: en el largo plazo (de 1820 al 2000), el Perú ha perdido o malgastado entre el 40% y el 50% de sus posibilidades de desarrollo debido a la corrupción.

Imagínate, si no hubiéramos tenido este lastre, el país podría haber crecido a tasas sostenidas de entre el 5% y 8% del PBI. El costo promedio anual ha sido de entre el 3% y 4% del PBI y casi un tercio de lo que gasta el gobierno cada año. Es una fortuna que se fue en sobornos, inversiones perdidas e ineficiencias.

Lo que Quiroz nos enseña es que el Perú es un caso clásico de un país profundamente afectado por una corrupción administrativa y política cíclica. No es algo anecdótico. Él identifica que los niveles de corrupción suben cuando tenemos gobiernos autoritarios que no rinden cuentas.

Desde los virreyes militares hasta los regímenes de finales del siglo XX, el patrón se repite: círculos de patronazgo que se benefician de privilegios y monopolios.

Pero aquí viene lo que nos debe hacer pensar: la corrupción no solo es causa, sino también efecto de que tengamos instituciones débiles. Cuando no hay reglas claras que protejan los derechos de todos o cuando la justicia se puede comprar, aparecen los «comportamientos oportunistas» de quienes tienen acceso al poder.

En este viaje que empezamos hoy, vamos a ver cómo la corrupción ha mutado, pero también cómo siempre ha habido voces —desde reformadores ilustrados hasta periodistas valientes— que intentaron frenarla.

Este café es para entender que, si queremos un desarrollo real, no podemos seguir aceptando que la corrupción es un «legado inevitable».

¿Te parece si en la próxima taza hablamos de un capitán español que, hace casi 300 años, ya nos advertía que todo estaba podrido? Nos vemos en el próximo episodio para conocer a Antonio de Ulloa. Y no te olvides del café. Nos vemos en una semana.

Vick
Conversando con una Taza de Café
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