Los que cargaron la guerra a la espalda: La historia olvidada de los Yachis del Cenepa

Hermano, siéntate un momento. Sírvete un café o lo que tengas a la mano, porque lo que te voy a contar hoy no es solo una historia de guerra; es una deuda que tenemos tú, yo y todo el Perú con un grupo de hombres de los que probablemente nunca has escuchado hablar en el colegio o en la televisión.

Hace poco me topé con algo que me dejó helado y, para ser sincero, con un poco de vergüenza como peruano. Siempre que pensamos en el conflicto del Alto Cenepa en 1995, se nos vienen a la mente las imágenes de los helicópteros de la Fuerza Aérea, los comerciales de la tele de esa época, el presidente de turno en los puestos de vigilancia o los soldados del servicio militar marchando con valentía entre el barro. Nos enseñaron a repetir nombres de héroes caídos en combate, y está bien, se lo merecen todo. Pero resulta que hubo un batallón entero que no llevaba fusiles. Llevaban mochilas. No sabían disparar un cañón moderno, pero cargaron la guerra entera sobre sus hombros.

Se hacían llamar los Yachis. Eran civiles, nativos de las etnias Awajún y Wampís que vivían en las comunidades de la selva de Amazonas. Y la razón por la que te cuento esto es porque nadie los llamó con una carta de conscripción. Nadie los obligó. Cuando se enteraron de que el territorio de su país estaba en peligro, simplemente se presentaron y dijeron: «Aquí estamos. ¿En qué ayudamos?».

Déjame ponerte en contexto para que entiendas la magnitud del problema al que se enfrentaba el ejército en ese momento. Imagínate el Cenepa en enero de 1995: una selva que no se parece en nada a la selva alta que uno visita para hacer turismo. Hablamos de una selva densa, cerrada, donde los árboles miden cuarenta metros y tapan la luz del sol, con pendientes de lodo que parecen paredes verticales y una lluvia torrencial que no para en días. A eso súmale que el enemigo había tomado posiciones estratégicas altas y colocado defensas antiaéreas muy fuertes.

¿Qué significaba esto en la práctica? Que la logística militar peruana estaba colapsando. Los helicópteros de nuestro ejército, que eran el principal medio para abastecer a las tropas en la línea de fuego, muchas veces no podían entrar. Si el clima se cerraba con neblina —lo cual pasaba casi todas las tardes— o si el fuego enemigo era demasiado intenso, los pilotos simplemente no tenían cómo aterrizar. Los soldados peruanos que estaban peleando en lugares míticos y sangrientos como Tiwinza o Cueva de los Tayos corrían el riesgo de quedarse sin raciones de comida, sin medicinas para la malaria o las infecciones, y lo peor de todo: sin municiones en medio de una balacera.

Ahí es donde entran los Yachis. El mando militar, al ver la crisis de transporte, aceptó la ayuda de estas comunidades nativas y los organizó oficialmente bajo un nombre técnico muy frío: el «Batallón de Cargueros N.º 5». Pero en la selva, los nombres oficiales no importan; para los soldados pasaron a ser, simplemente, los Yachis.

Quiero que te imagines el nivel de esfuerzo físico y mental de estos hombres. Mientras un soldado promedio camina cargando su fusil y su equipo básico, un carguero Yachi se echaba a la espalda mochilas y canastas improvisadas que pesaban entre 30 y 45 kilos. ¿Y qué llevaban ahí? Cajas pesadísimas de balas de fusil Galil, granadas de mortero, bidones de agua limpia, raciones de comida enlatada y plasma de sangre para los heridos.

Ellos cubrían rutas infernales. Una de las más conocidas y temidas era la trocha que iba desde el Puesto de Vigilancia PV-1 hasta las zonas de combate más profundas. Lo que a una persona de ciudad le tomaría días de caminata —o directamente lo dejaría exhausto a la primera hora—, los Yachis lo hacían descalzos o con botas simples de jebe, caminando a un ritmo impresionante sobre el barro que te enterraba las piernas hasta las rodillas.

Las bitácoras de los oficiales que pelearon allá describen a los Yachis como hombres de contextura delgada, que parecían frágiles a primera vista, pero que poseían una fuerza sobrehumana. Cuando las patrullas del ejército se desorientaban por la geografía enemiga o la falta de mapas precisos, los Yachis se convertían en los ojos y oídos de la tropa. Conocían cada árbol, cada quebrada, el comportamiento de los ríos y sabían leer las pisadas en la hojarasca seca. Si una patrulla avanzaba a ciegas, se arriesgaba a una emboscada; con un Yachi al frente, sabían por dónde pisar.

Pero aquí viene la parte más dura y profunda de todo esto, hermano. No pienses que porque no llevaban fusiles estaban a salvo. Al contrario. El Cenepa fue una de las guerras más sucias en términos de minas antipersonales. Miles de estos artefactos explosivos ocultos bajo la tierra o amarrados a las ramas de los árboles esperaban silenciosos al menor descuido.

Caminar por esas trochas cargando 40 kilos de explosivos a la espalda significaba que cada paso podía ser el último. Y lamentablemente, para muchos lo fue. Hubo Yachis que cayeron en cumplimiento de esa labor voluntaria. Hoy en día, si escarbas en los archivos del Ministerio de Defensa y buscas el Padrón de Defensores de la Patria, vas a encontrar nombres como los de los guías y cargueros Julio Wesen Tijias, Héctor Peyas Tsencuam y Claudio Segundo Labán Peña. Ellos murieron despedazados por minas mientras intentaban llevar comida o munición a los soldados peruanos que defendían la frontera. Murieron sin uniforme militar, pero con el honor más grande que un ciudadano puede demostrar.

El conflicto terminó formalmente a finales de febrero de 1995, y unos meses después, el 2 de mayo de ese mismo año, ocurrió un evento que debió quedar grabado en piedra en nuestra historia nacional, pero que casi nadie recuerda. Un destacamento de estos hermanos Awajún y Wampís viajó a Lima. Entraron al Cuartel General del Ejército, el famoso «Pentagonito» en San Borja, y desfilaron frente a los altos mandos militares y el presidente.

Iban vestidos con sus ropas tradicionales, pero portaban con orgullo un estandarte verde que decía en letras grandes y doradas: Batallón de Cargueros N.º 5 – Cenepa 1995. En ese momento hubo aplausos, discursos bonitos, medallas brillantes y promesas de que el país jamás olvidaría su sacrificio.

Pero ya conoces cómo es nuestra historia, hermano. Las luces del desfile se apagaron, los periódicos pasaron a otras noticias y los Yachis regresaron a sus comunidades en las profundidades del Cenepa y del río Santiago. Durante décadas, el Estado peruano les dio la espalda. Mientras que a otros veteranos se les otorgaron pensiones, facilidades de salud y reconocimientos económicos, muchos de estos cargueros indígenas tuvieron que librar otra guerra, esta vez burocrática, para recibir un sol del Estado o para que los atendieran en un hospital cuando las secuelas de la guerra o la vejez les pasaban factura.

A mí lo que me rompe el corazón es pensar en la paradoja de todo esto. Los pueblos Awajún y Wampís han vivido en esas tierras desde muchísimo antes de que don José de San Martín proclamara la independencia o de que se dibujaran los mapas republicanos. Ellos no necesitaban un documento legal que les dijera que esa tierra era suya; la defendieron porque era su hogar, sus árboles, sus ríos sagrados. Y cuando el Perú formal los necesitó, no miraron resentimientos pasados, no reclamaron por el olvido histórico del centralismo de Lima; simplemente se pusieron la mochila y marcharon al frente.

Por eso escribo esto hoy en mi blog. Porque me parece injusto que pasemos la vida recordando batallas antiguas y nos olvidemos de los héroes de carne y hueso que caminan hoy en día entre nosotros, probablemente ancianos ya, allá en la frontera con el Ecuador, cuidando su selva de las nuevas amenazas como la minería ilegal o la tala que destruye su territorio.

La magnitud de lo que hicieron los Yachis no se mide en cuántos enemigos abatieron, sino en cuántas vidas peruanas salvaron al llevar a tiempo la medicina, el agua o el cartucho de balas que evitó que una posición cayera. Fueron la columna vertebral, silenciosa y de piel cobriza, que sostuvo la logística de una guerra que ganamos gracias a que ellos pusieron el cuerpo donde las máquinas no podían llegar.

La próxima vez que hablemos del Cenepa, hermano, no hablemos solo de aviones o de estrategias militares diseñadas en oficinas con aire acondicionado en Lima. Hablemos de los Yachis. Hablemos de los hombres que, descalzos en el fango, cargaron la patria en la espalda. Pásale esta historia a alguien más. No dejemos que el olvido gane esta última batalla.

  • Vick
  • Conversando con una Taza de Café
  • -Vick-yoopino
  • -MiVivencia.com

Deja una respuesta