Episodio 16: El descubrimiento del «Yo» (O por qué no eres solo un perfil de usuario)

Serie: Agustín para el Siglo XXI

Hoy me he levantado con una crisis existencial de esas que solo te dan cuando te pasas demasiado tiempo en redes sociales. Me he dado cuenta de que hoy estamos obsesionados con la «marca personal», con ser «auténticos» y «únicos». Sin embargo, cuanto más lo intentamos, más nos parecemos a una estadística. Somos un perfil, una función, una pieza de datos para un algoritmo. Me siento como si fuera solo un «usuario» y no una persona. Y entonces me he acordado de lo que me pensé al principio: que Agustín es el «primer hombre moderno». ¿Realmente este obispo del siglo IV tiene algo que decir sobre este vacío que sentimos hoy, esta sensación de no ser más que una etiqueta?

Es fascinante que veamos eso, porque precisamente Alfonso Ropero argumenta que la principal contribución de Agustín a la historia no es solo teológica, sino el análisis de los conceptos de «persona» y «personalidad». Antes de él, la idea de lo que hoy llamamos «individuo único» era muy distinta.

¿Es qué antes de Agustín la gente no se sentía «personas»? Eso suena un poco exagerado, ¿no?

No en el sentido de sentir hambre o frío, claro. Pero fíjémonos en el análisis que hace Ropero sobre el mundo antiguo. Los griegos, por muy brillantes que fueran, no tenían una palabra para lo que nosotros llamamos «persona». Tenían el término prosôpon, pero significaba literalmente una máscara para el teatro. Para un griego, el ser humano se definía por su función: eras el rey, el guerrero, el esclavo, el filósofo. Eras una pieza en el engranaje del cosmos o del Estado.

Como nosotros hoy… El «usuario», el «empleado», el «consumidor». Cambiamos el casco de guerrero por el auricular de teleoperador, pero seguimos siendo la función.

Ropero pone un ejemplo visual increíble: compara las estatuas. Las estatuas griegas representan una idea de belleza o una función social; son el «Atleta» o la «Belleza». Pero gracias a la influencia de Agustín, el pensamiento occidental dio un giro. En las estatuas que vinieron después, influenciadas por su visión, Pedro es realmente Pedro y Pablo es realmente Pablo. Tienen una profundidad espiritual y una riqueza inagotable que no depende de su cargo. Agustín descubrió que el hombre no es solo un ser racional, sino un misterio irrepetible porque ha sido creado a imagen de un Dios que es, Él mismo, Personal.

Pero, ¿cómo llegó Agustín a esa conclusión? Porque no tenía Photoshop ni diarios personales donde volcar sus dramas.

Llegó a través de un viaje doble. Primero, el viaje al interior. Como vimos antes, él dice: «No salgas de ti, vuelve a ti mismo». Agustín es el primer pensador que se mira al espejo y, en lugar de ver solo un miembro de la especie humana, ve un abismo de memoria, voluntad y amor. Y segundo, llegó a través del dogma de la Trinidad. Al intentar explicar cómo Dios puede ser Uno y a la vez Tres Personas distintas, los teólogos tuvieron que «inventar» un lenguaje que respetara la individualidad sin romper la unidad. Agustín aplicó esa profundidad divina a la psicología humana.

O sea, que para encontrarnos a nosotros mismos hoy, ¿tenemos que volver a ser místicos? Yo solo quiero saber quién soy sin que Instagram me lo diga.

Agustín te diría que el problema es que buscas tu identidad «fuera», en las cosas que cambian. Él confiesa en las Confesiones: «Tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba». Para él, conocer a Dios es el único camino real para conocerse a uno mismo, porque Dios es «más íntimo a nosotros que nosotros mismos». Un hombre inteligente como Agustín elige creer porque descubre que su «Yo» no es un invento suyo ni una construcción social, sino un hallazgo: somos un ser proyectivo, un proyecto de Dios en marcha.

Me gusta esa idea de ser un «proyecto» y no un «producto». Pero me aterra ese abismo interior. A veces da miedo entrar y no encontrar nada sólido.

Es que Agustín no te dice que te adores a ti mismo; eso sería la «ciudad del mundo», el amor propio hasta el desprecio de Dios. Él te propone que entres en ti para trascenderte. El «Yo» de Agustín no es un callejón sin salida narcisista, sino una puerta de acceso a la Verdad. Por eso Ropero dice que Agustín es el «puente» entre el mundo antiguo y el moderno. Él nos enseñó que nuestra dignidad no viene de lo que hacemos o de cómo nos ven, sino de ese anhelo de felicidad que es, en el fondo, un anhelo de Dios.

Entonces, según Agustín, no soy un «usuario 405». Soy un misterio que solo se aclara cuando dejo de mirar la «máscara» y empiezo a mirar la Luz que me hace visible.

Eres una «persona», no una función. Agustín nos rescató de la máscara griega para darnos la cara del alma. La próxima semana, hablamos de cómo ese «Yo» que hemos descubierto hoy se mueve en la corriente del tiempo. Ropero menciona que Agustín también es el padre de la filosofía de la historia.

Pero hoy me voy a casa con la sensación de que, después de todo, tengo un nombre que no ha sido escrito por un algoritmo.

«Toma y lee». Toma y lee. Vamos que el café, nos espera.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

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