Serie: Agustín para el Siglo XXI
Tengo que soltarlo o reviento. Vivimos en la era de la inflación semántica del amor. El «amor» es un hashtag, un eslogan publicitario para vender seguros de vida y la respuesta estándar de cualquier famoso en una entrevista para quedar bien. Pero hoy, buceando en la recta final del Enquiridión (capítulo 117), me encuentro con que Agustín le da un hachazo a toda nuestra cursilería moderna. Suelta una frase que es un test de estrés para el carácter: dice que, si quieres saber si un hombre es bueno, no preguntes qué cree o qué espera, sino qué es lo que ama. A ver, en un mundo donde nos definimos por nuestras «creencias» políticas o nuestras «esperanzas» tecnológicas, ¿Agustín me está diciendo que mis ideas no valen nada si mi termómetro del amor marca bajo cero?
Agustín es el filósofo del deseo, no de la abstracción. Para él, la inteligencia es solo el motor, pero el amor es el combustible… o mejor aún, el peso. Él usa una palabra técnica fascinante: pondus. Dice en la introducción que el amor es el peso del corazón. Así como la piedra cae hacia la tierra por su peso, el alma se mueve hacia donde la empuja su amor. Un hombre puede tener una ortodoxia perfecta, puede recitar el Símbolo de memoria y esperar el cielo con ansiedad, pero si en el fondo ama solo su propio prestigio o su dinero, Agustín dice que ese hombre es, en esencia, malo.
Eso es un golpe bajo para nuestra cultura del «perfil de LinkedIn». Hoy todos proyectamos una imagen de lo que «creemos» (sostenibilidad, justicia, paz), pero Agustín nos obliga a mirarnos al espejo y preguntarnos: «¿Qué es lo que realmente te hace moverte por la mañana?». Y fíjate en la carga de profundidad que lanza en el mismo capítulo 117: dice que incluso los demonios creen, pero como no aman, tiemblan. O sea, que tener «fe» sin amor es una cualidad diabólica.
Es que para Agustín la caridad es el cumplimiento definitivo de todo el sistema. Él explica que puedes tener fe (que es el mapa) y esperanza (que es el movimiento de caminar), pero solo el amor es la llegada a la meta. En el capítulo 121, Agustín sintetiza toda la Biblia y toda la ética en una sola idea: «El fin de todo precepto es la caridad». Esto significa que cualquier ley de Dios —ya sea «no fornicarás» o «ayuda al prójimo»— no se cumple de verdad si no se hace por amor. Si evitas un vicio solo por miedo al castigo, o si das limosna solo para que te vean, Agustín dice que eso «aún no se cumple como conviene». El amor es lo único que hace que la acción sea auténtica.
Me ha recordado a su famosa frase que todos citan pero pocos entienden: «Ama y haz lo que quieras». Aquí en el capítulo 121 dice que si el amor está en el corazón, todo lo que prescriba Dios se cumple rectamente. Pero claro, el problema hoy es que llamamos «amor» a cualquier capricho. Si yo «amo» comer tres hamburguesas al día, ¿estoy cumpliendo la ley? Supongo que Agustín tiene una distinción para eso.
Él distingue entre el amor ordenado y el desordenado (ordo amoris). El amor ordenado es el que ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por Dios. El desordenado es el que coloca un bien inferior (como el placer o el ego) por encima del Bien Supremo. Para Agustín, el pecado es simplemente un error de jerarquía: amar más lo que vale menos. La caridad no es un sentimiento difuso; es la decisión de la voluntad de buscar el bien real del otro y la gloria de Dios. Por eso dice que, en el juicio final, el Señor «aclarará lo oculto» y manifestará los intentos de los corazones. Nadie podrá engañar al «Escáner del Amor».
Hoy nos obsesiona la transparencia de los datos, pero Agustín nos propone la transparencia del afecto. Dice que llegaremos a un estado donde alabaremos y amaremos en el prójimo lo que ya no estará oculto porque Dios mismo lo iluminará. Suena a un mundo sin máscaras. Sin postureo.
Es la definición agustiniana del cielo. Y fíjate cómo cierra el libro. En el capítulo 122, le dice a Lorenzo que este manual (el Enchiridion) trata sobre estas tres cosas: fe, esperanza y caridad. Pero insiste en que lo más útil no es tener el libro en la mano, sino tener la caridad en el alma. Agustín descubrió que la inteligencia más brillante es una lámpara apagada si no tiene el aceite del amor. Terminó el Tomo I diciéndonos que, después de haberlo pensado todo, lo único que queda es amar.
Bueno, parece que Lorenzo tiene su manual, y nosotros nuestra tarea. Me quedo con esa palabra clave: Piedad. No como un rito, sino como el culto a Dios a través de un corazón que ama lo que Él ama.
«Nos hiciste para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti». Esa inquietud solo se calma cuando el amor encuentra su sitio. ¿Pagamos este último café del Enquiridión y salimos a ver si encontramos a alguien a quien amar «ordenadamente»?
Pero deja que la propina la ponga yo, que Agustín dice que la limosna es una forma de caridad… aunque espero que no sea solo para que me veas.
Mientras sea de corazón, el Doctor de la Gracia te lo da por bueno. Vámonos.
Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
