A veces, mientras converso con una taza de café, me hago una pregunta que no incomoda al principio, pero que no se va fácil después:
¿Por qué sigo a Jesús?
No es una pregunta teológica.
Es personal.
Vivimos tiempos en los que desde muchos púlpitos se repite lo mismo: que Dios tiene el control, que Dios va a bendecir, que Dios va a proveer, que Dios nos va a sacar adelante. Y sí, todo eso es cierto. Lo sabemos. Lo hemos escuchado una y otra vez.
Pero el café se enfría cuando la pregunta es otra:
¿Lo seguimos por eso… o por quien Él es?
Porque seguir a alguien solo mientras todo resulta cómodo no es seguir; es acompañar de lejos. Y cuando el seguimiento empieza a pedir algo más —tiempo, estudio, compromiso, renuncia— muchos descubren que no estaban tan interesados como pensaban.
En el Evangelio de Juan hay una escena que siempre me deja pensando. Después de escuchar palabras difíciles, no dirigidas a la multitud sino a quienes ya caminaban con Él, el texto dice algo seco, sin adornos:
“Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás y ya no andaban con Él.”
No se fueron extraños.
Se fueron discípulos.
Dijeron, sin decirlo: “Esto se complicó. Yo pensé que esto era solo bendición tras bendición.”
Y se retiraron en silencio, como quien no quiere que lo noten.
Eso me obliga a preguntarme:
¿Qué esperaba yo cuando decidí seguirlo?
Hay gente que ama escuchar testimonios, pero casi todos suenan igual: que me sanó, que me dio trabajo, que me protegió, que me permitió comprar mi casa, mi iPhone. No digo que eso esté mal. Pero cuando la relación se reduce a pedir, deja de ser relación.
Si la única razón para arrodillarnos es cubrir necesidades, quizás no estamos buscando a Jesús, sino una versión espiritual de la lámpara maravillosa.
En Marcos se hace una distinción que suele pasarnos desapercibida. El texto habla de Jesús, de sus discípulos y de una gran multitud. No los mezcla. Los separa. Porque no todos los que caminan cerca son discípulos. Algunos solo están ahí por lo que pueden recibir.
La multitud busca resultados.
El discípulo busca relación.
Y esa diferencia se nota cuando el pan se acaba.
En Juan 6, después del milagro de los panes y los peces, la gente cruza el mar buscando a Jesús. No por las señales, sino porque habían comido y se habían saciado. Y Jesús, sin rodeos, les dice la verdad: “Me buscáis no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan.”
Eso duele, porque nos incluye.
¿Cuántas veces lo buscamos solo cuando necesitamos algo?
¿Cuántas veces dejamos de buscarlo cuando la Palabra empieza a confrontar y no a consentir?
Seguir a Jesús por lo que da, es fácil.
Seguirlo por lo que es, no tanto.
La relación pide tiempo. Pide estudio. Pide permanecer incluso cuando no hay milagro inmediato. Pide sentarse a escuchar cuando la Palabra no acaricia, sino que corrige.
Buscar primero el Reino no es una frase bonita. Es una decisión diaria. Significa que lo material deja de ser el centro. Que la prioridad no es el carro, la casa o el éxito, sino la relación. Y curiosamente, cuando eso se ordena, muchas cosas encuentran su lugar.
He visto personas con cheques pequeños, con semanas difíciles, dar gracias antes de saber cómo terminarían el mes. No porque fueran ingenuas, sino porque habían decidido una prioridad. Y esa prioridad sostuvo todo lo demás.
Podemos llenar iglesias, auditorios y estadios. Pero llenar un lugar no significa formar discípulos. El discípulo no es el que aplaude más fuerte, ni que salta ni brinca, sino el que está dispuesto a aprender, a ir, a levantarse cuando cae, a decir “heme aquí” sin garantías.
La Palabra no siempre es fácil. A veces es dura. A veces incomoda. Pero también es un gozo cuando uno decide no quedarse en la superficie.
Por eso la pregunta vuelve, tranquila pero insistente, mientras el café se termina:
¿Soy discípulo… o solo simpatizante?
¿Busco a Jesús por quien Él es, o solo por lo que puede darme?
No es una pregunta para responder en público.
Es una pregunta para responder a solas.
Y quizás ahí, en esa honestidad silenciosa, empiece de verdad el discipulado.
Vick
Conversando con una taza de café
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