Dicen que el cuerpo habla, pero a veces también se burla. Esta es la historia de cómo un simple grano de acné terminó dejando una cicatriz más zigzagueaste que un reclamo de suegra.
Una historia real, con dolor, frustración, quirófano, gasas moradas, un doctor con un sentido de humor involuntario… y un final con risas, porque no quedaba otra.
Todo empezó con un grano de acné. Uno pequeño, casi simpático. Pico, me rasqué, lo ignoré. Como todos los granos del mundo. Pero este… tenía otros planes.
Creció. Se endureció. Se instaló. Y lo peor: decidió que su vocación era infectarse dos veces al mes.
El ritual era siempre el mismo: Picazón, hinchazón, dolor, fiebre, materia. Boom. Se reventaba. Y una semana después… segunda función. Así pasé años. Sí, años.
Con doctores que no sabían qué decirme. Con análisis que servían para decorar mi historia clínica. Y con inyecciones dolorosísimas, como si intentaran castigar a la queloide por existir…
spoiler: no funcionaban.
Hasta que un día, un doctor me miró con cara de “esto ya no es gracioso” y dijo simplemente:
—Pase.
Y pasé. Directo al quirófano. Cuando desperté, no tenía una cicatriz. Tenía un mapa de guerra cruzándome el pecho de lado a lado. Un hermoso y finísimo zigzag quirúrgico que parecía decir:
“Aquí hubo una batalla. Y el pecho perdió.”
¿La queloide? Chiquita. Más pequeña que una tarjeta de crédito.
¿La cicatriz? De axila a axila.
Una línea en zig zag extremadamente larga, delgada, perfectamente inútil si lo que uno quiere es ir a la playa sin causar leyendas urbanas. Salí de la operación con tubos drenando, gasas moradas como si me hubieran disfrazado de momia, y una mezcla de “¿qué hice?” con “al menos no duele… por ahora.”
Hoy, la cicatriz no se infecta. No supura. No grita. No late. Pero molesta. Molesta como molesta un vecino que no hace ruido, pero está ahí, recordándote que no te puedes relajar del todo.
Puedo decir que me curaron, sí. Pero a veces también siento que me remendaron.
Y ahora viene lo mejor:
El doctor, al que por unos días quise enviar a la luna sin retorno, se volvió mi amigo. Y francamente, si hubiera un premio a la reconstrucción quirúrgica inesperada, creo que lo nominaría. No sé si como cirujano, artista plástico o tejedor de piel épica. Pero algo se merece. Pero llamarlo doctor, no creo.
Porque, en resumen:
—Me quitaron una queloide…
—Me dejaron una cicatriz del tamaño y forma del Amazonas…
—Y aún así, gané.
—Lo malo, es que ahora tengo un montón de queloides de axila a axila en forma de zigzag.
Ahora cada vez que me veo al espejo sin camisa, pienso: “¿De verdad esto empezó con un granito de acné?” Y me río. Porque no queda otra. Porque si no me río yo, se van a reír otros. Y porque cada línea en mi cuerpo, incluso esta que no pedí, forma parte del mapa que me trajo hasta aquí.
Conversando con una Taza de Café.
—Vick, el que venció al grano… pero perdió el pecho.
