Un día, cuando fui al cine Danubio

Ayer, no sé por qué razón, recordé mis años de colegio.

Quizás fue el olor de una calle húmeda, quizás una vieja canción o simplemente uno de esos recuerdos que aparecen sin permiso cuando uno ya tiene demasiadas historias encima. Y entre tantos recuerdos volvió a mi memoria el glorioso y peligroso arte de escaparse al cine Danubio.

Porque estudiar… estudiábamos poco. Pero escaparnos, eso sí lo habíamos perfeccionado como ciencia exacta.

Eran las tres y cincuenta y cinco de la tarde cuando empezaba el operativo. Apenas sonaba el recreo, seis salvajes —bueno, casi seis, porque uno era tan chato que contaba como medio alumno— salíamos disparados atravesando el enorme patio del colegio Mariano Melgar. Corríamos como si la libertad estuviera al otro lado del muro.

Y quizás lo estaba. Cruzábamos la cancha de fútbol esquivando piedras, huecos y compañeros metiches que intentaban detenernos. A esos les dedicábamos algunas palabras poco cristianas mientras seguíamos avanzando sin perder velocidad.

Después venía la parte peligrosa: Trepar el muro. Saltábamos hacia los techos de calamina del taller mecánico de un amigo chino que ya quería cobrarnos peaje por usar su propiedad como ruta oficial de fuga escolar. Encima tenía un perro amarrado que ladraba como si hubiera desayunado alumnos. Y yo, que era flaco y desgarbado, estaba convencido de que sería el primero en terminar convertido en almuerzo. Pero el miedo duraba poco. Porque cuatro cuadras más allá nos esperaba el verdadero templo de nuestra adolescencia descarriada:

El cine Danubio. Ah… el glorioso Danubio. Lugar de cultura universal donde uno podía aprender sobre artes marciales con Wang Yu, sufrir por amor con Sandro, cantar con Raphael o descubrir, gracias a Laura Antonelli, que la pubertad era una enfermedad complicada. Nosotros éramos clientes frecuentes. Socios honorarios. Casi accionistas.

Con un sol cuarenta y cinco entrábamos al paraíso. Después venía el legendario “vaso de agua sucia”, una bebida misteriosa cuyo origen jamás descubrimos, pero que acompañada de un pan francés con palta sabía mejor que cualquier banquete. Y claro… nunca faltaban las galletas de animalitos robadas estratégicamente de la cafetería del colegio, mientras enamorábamos a la pobre señora encargada para distraerla.

Todo aquello tenía su ritual.

Debíamos esperar que apagaran las luces para entrar disimuladamente a galería. Y allí comenzaba otra aventura: caminar a oscuras entre empujones, insultos, caídas y canillazos hasta llegar a nuestros asientos habituales. Porque en el Danubio había jerarquías. Y el que se sentaba en nuestro lugar terminaba desalojado más rápido que político en crisis.

Aquella tarde daban nuevamente “Wang Yu y la espada asesina”. La habíamos visto tantas veces que ya conocíamos hasta el momento exacto en que el chino empezaba a repartir espadazos como si estuviera cortando verduras en el mercado. Wang Yu recibía flechas, cuchilladas, palazos y seguramente hasta impuestos… pero seguía peleando. Era nuestro héroe. Mucho mejor que el profesor de Educación Cívica, que quería enseñarnos a caminar por la derecha de la acera “como ciudadanos ejemplares” y sacar la mano antes de doblar las esquinas, como si uno fuera microbús.

Pero aquella tarde ocurrió algo histórico. En medio de la película, justo cuando Wang Yu llevaba decapitados aproximadamente unos quinientos chinos, uno de esos genios del mal que nunca faltan en toda promoción escolar decidió elevar el espectáculo.

Sacó una vieja cabeza de peluquín —robada probablemente del dormitorio de su madre— y la lanzó desde galería hacia platea. Al mismo tiempo, otro lanzó un vaso completo de agua sucia. El resultado fue glorioso. Desde abajo, entre la oscuridad y los reflejos rojizos de la pantalla, la gente vio una cabeza voladora salpicando líquido sospechoso mientras rodaba entre las butacas.

Una señora gritó como si hubiera visto al mismísimo demonio. Pero lo peor vino después. La pobre mujer empezó a correr desesperada porque creyó que su marido la había descubierto en el cine con el amante que tenía sentado al lado. Y claro… el amante tampoco ayudaba mucho. La señora gritaba, lloraba y corría en círculos sin encontrar la salida mientras nosotros arriba hacíamos más escándalo todavía, fingiendo ataques y gritando como extras de película de terror.

Entonces prendieron las luces. Y allí descubrimos el horror verdadero. El cine estaba lleno de policías. Resulta que entre el público había varios auxiliares del colegio… también viendo la película clandestinamente. Lo que siguió fue una estampida histórica.

Algunos huyeron por las puertas, otros por los techos y varios terminaron escapando por las ventanas del baño como fugitivos internacionales. Los menos inteligentes fueron atrapados llorando y jurando que nunca más volverían al cine. Por supuesto, al día siguiente el director ya sabía toda la historia.

Nos expulsaron una semana y dijeron aquella frase inolvidable:
—No regresarán hasta venir con vuestros padres.

Y fue allí donde, llevado quizá por el espíritu suicida de la adolescencia, levanté lentamente la mano y dije:
—A mí me consta que padre solo tengo uno… no puedo traer los dos o tres que usted piensa.

Me expulsaron inmediatamente por payaso. Pero, siendo sinceros… fue una gran semana. Porque pude ir al cine todos los días sin necesidad de escaparme ni usar uniforme.

Eso sí, en mi casa jamás dije que me habían expulsado.

Yo solamente informé que el colegio, misteriosamente, había decidido darme vacaciones personales.

Y lo mejor de todo…

Es que mi padre nunca preguntó por qué las vacaciones eran solamente para mí.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com