Episodio 11 – Corrupción en las venas: ¿Se nace corrupto o el sistema te bautiza?

Serie: “Café en la Catedral

Tómate un respiro, hermano, y deja que este café asiente un poco, porque este Episodio nos mete de lleno en la verdadera «materia prima» que Vargas Llosa usó para construir su catedral de palabras: la corrupción en las venas. Ya no estamos hablando solo de un ministro siniestro o de un empresario con doble vida; estamos hablando de ese aire viciado que lo impregna todo y que nos hace preguntarnos si en este país se nace corrupto o si es el sistema el que te bautiza con agua sucia apenas asomas la cabeza al mundo.

Fíjate en lo que nos dicen las fuentes sobre el ambiente del Ochenio de Odría: era una «sociedad embotellada», un clima de cinismo, apatía y podredumbre moral que no dejaba rincón sin manchar. En la novela, la corrupción no es un accidente, es el eje sobre el cual giran las vidas de Santiago, Ambrosio y Don Fermín. Santiago Zavala se da cuenta de que su propio padre, Don Fermín, se vinculó al régimen no por una convicción patriótica, sino por intereses económicos, buscando asegurar contratos millonarios para sus constructoras y laboratorios. Para Don Fermín, la moral era un traje que se ponía para ir al Club Nacional, pero en los negocios y en la política, se movía bajo la lógica de la «viveza criolla», esa flexibilidad amoral para defraudar al prójimo si el beneficio propio lo justifica.

La comparación con el Perú de hoy es, francamente, un chiste que se cuenta solo. Si en la novela vemos a la oligarquía de los años 50 rindiéndose ante Odría para que los «pillos» (apristas y comunistas) no les malogren el almuerzo, hoy vemos a grupos de interés que operan de la misma forma. El «Pacto de Monterrico» que se menciona en los documentos —ese acuerdo entre Odría y su sucesor para no investigar la corrupción del régimen saliente— es el abuelo de todos los «blindajes» que vemos hoy en nuestro Congreso. La historia nos enseña que en el Perú la justicia no es una balanza, sino una mesa de negociación donde los que salen y los que entran se aseguran de que «la cuestión de la corrupción» nunca sea realmente abierta.

Pero volvamos a la pregunta: ¿se nace o te hacen? Vargas Llosa parece sugerir que hay una «enfermedad nacional» hecha de resentimiento y complejos sociales que infestan todos los estratos. Don Fermín era un «buen padre» en casa, pero un tipo inmoral en los negocios; esa es nuestra gran tragedia: la fragmentación del ser. El sistema te «bautiza» porque, como dice la novela, para sobrevivir y mantenerse en el poder hay que «meter las manos en la mierda», tal como hacía Cayo Bermúdez. El poder en el Perú se ejerce de forma «fisiológica y escatológica», donde el que manda humilla al que obedece, y el que obedece espera su turno para humillar al que está más abajo.

¿Qué pasaría si esto se repitiera hoy? Bueno, amigo, es que no ha dejado de repetirse; solo hemos cambiado los uniformes por ternos de marca y las actas de papel por audios de WhatsApp. Si despertáramos hoy en el Perú del Ochenio, veríamos que la «institucionalización de la traición» sigue siendo nuestra única política de Estado. Si se repitiera ese esquema de poder absoluto, veríamos de nuevo a empresarios como Don Fermín aplaudiendo el «orden» mientras por debajo se reparten la torta con los nuevos «esbirros» del turno. La corrupción en el Perú no es un virus externo, es una condición genética de un sistema que prefiere que todos estemos «jodidos» para que nadie tenga la autoridad moral de señalar al otro.

Lo más irónico de este episodio de nuestra charla es que Santiago Zavala intentó ser «puro», intentó no ser cómplice, pero terminó reconociendo que él también estaba «jodido». Al final, el sistema te bautiza con la resignación; te enseña que no hay solución y que el éxito se mide por cuánto puedes robar sin que te atrapen, o por lo menos, por cuánto puedes ocultar. La corrupción en las venas es, en realidad, el miedo a ser el único «tonto» que respeta las reglas en un país diseñado para los vivos.

¿Te sirvo otro café o ya sientes que la amargura te está llegando al alma? Porque en el próximo episodio vamos a hablar de la «limpieza» social, de cómo el sistema trata de esconder su suciedad matando perros o eliminando a las personas que ya no le sirven, como si el jabón de La Tina pudiera realmente lavar la sangre.

¿Todavía tienes fe en que nos podemos «des-joder» o ya pedimos la cuenta de una vez?. Aunque la charla nos invita a un café más cargado.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

Episodio 10 : La lealtad de Ambrosio: El peligro de seguir ciegamente a un «líder». 

Serie: «Café en la Catedral».

Tómate otro café, hermano, y pide una porción de picarones, porque este Episodio 10 es de los que dejan un nudo en la garganta y una indignación que solo se pasa con azúcar. Vamos a hablar de la lealtad de Ambrosio, pero no de esa lealtad noble de las películas, sino de esa lealtad perruna, ciega y trágica que nos enseña lo peligroso que es seguir a un «líder» —ya sea un dictador o un padre autoritario— hasta las últimas consecuencias,.

Míralo a Ambrosio. Santiago lo encuentra en la perrera municipal, envejecido, embrutecido, con unos zapatones enormes «jodidos por el tiempo». Es el hombre que pasó de manejar los autos más lujosos de la Lima de los 50 a matar perros a palos por un sueldo de miseria. Santiago lo mira y piensa que Ambrosio está «mil veces más jodido» que él. Pero, ¿por qué terminó así? Por la lealtad. Esa es la palabra maldita de este episodio.

Ambrosio es el producto de un sistema que lo animaliza. Las fuentes lo describen como un «no-sujeto», un ser instintivo y pasivo que es agente y paciente de su propio estado de derrota. Su lealtad hacia Don Fermín Zavala —el famoso «Bola de Oro»— no nace de un contrato justo, sino de una relación de poder y de un secreto sucio: esa relación homosexual clandestina que mantenían. Ambrosio ve en Don Fermín a un «gran señor», casi a un dios, a pesar de que Don Fermín solo lo ve como un instrumento.

Aquí viene la comparación ácida con nuestro Perú actual. ¿No te suena familiar esa lealtad ciega? Hoy ya no tenemos choferes que matan por sus patrones, pero tenemos cuadros políticos, asesores de confianza y «portátiles» que defienden lo indefendible en el Congreso o en la televisión. Son los «Ambrosios» modernos: gente que, por una cuota de poder o por simple servilismo, se ensucian las manos para proteger a su «líder», aunque ese líder los desprecie en privado. Es el «robo pero hace obra» o el «blindaje» por argolla. La lealtad de Ambrosio es el tatarabuelo de ese fanatismo que hoy nos impide ver que el sistema está podrido.

Lo más trágico, hermano, es el crimen de Hortensia, «La Musa». Ambrosio la mata a puñaladas para proteger el secreto de Don Fermín. No lo hace por dinero, lo hace porque ha interiorizado tanto el poder de su patrón que cree que el honor de Don Fermín es más importante que la vida de una mujer. Es la representación perfecta de lo que pasa cuando un ciudadano renuncia a su conciencia para dársela a un caudillo. Ambrosio se vuelve un asesino por «lealtad», y Don Fermín, con un cinismo espantoso, luego lo niega todo, llamándolo «pobre negro» incapaz de matar a una mosca.

¿Qué pasaría si esto se repitiera hoy? Bueno, amigo, ya se repite en cada escándalo de corrupción donde el hilo se rompe por lo más delgado. Si despertáramos hoy en el Perú de la novela, veríamos a los Ambrosios modernos en las redes sociales, haciendo el trabajo sucio de demoler reputaciones para proteger a un jefe que, en cuanto las papas quemen, los va a lanzar a la «perrera» de la historia sin asco. Seguir ciegamente a un líder en el Perú es comprar un boleto directo a la derrota personal, tal como le pasó a este chofer de Chincha.

Ambrosio nos enseña que el poder corrompe hasta la lealtad. Él cree que está siendo fiel, pero en realidad está siendo un «trapo», como le dice Queta con asco: «tienes miedo porque eres un servil… porque él es blanco y tú no, porque él es rico y tú no». Es una radiografía dolorosa de nuestro racismo y clasismo estructural que sigue ahí, vivito y coleando, setenta años después.

Santiago Zavala termina su charla dándose cuenta de que Ambrosio es el reflejo de un país que se dejó «joder» por no tener la fuerza de ser auténtico. Ambrosio es el Perú que obedece sin preguntar, el Perú que se conforma con las sobras de la mesa del poder mientras otros —los Don Fermín o los Cayo Bermúdez— se reparten la torta.

¿Vamos por otra ronda? Porque en el próximo episodio hablaremos de la corrupción en las venas. Vamos a ver si se nace corrupto o si el sistema peruano es el que te bautiza con agua sucia apenas abres los ojos.

¿Todavía tienes espacio para otro picarón o ya te amargaste con la historia de Ambrosio?, o seguimos con otro café.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com