Gertrudis y su odio jarocho: Crónica de una enemiga eterna

🌪️ Todo empezó bien…

Pasado el año 2000 empecé a trabajar en un hotel en Santa Clara, California. Todo andaba de maravillas. Buenos compañeros, risas, trabajo fluido. Pero como en toda buena historia, siempre aparece el personaje oscuro. En mi caso, una señora a quien llamaremos… Gertrudis.

Pasaron tres o cuatro años hasta que noté que su actitud hacia mí era… digamos, hostil con sabor a chile y cizaña. Sin mayor explicación, empezó a contar cosas sobre mí. Algunas probablemente exageradas, otras quizás verdad, y otras francamente salidas del guion de una telenovela con brujas.

🧂 Inventario de difamaciones y otras joyas

Gertrudis me acusó de todo, menos de ser feliz:
• Vivía debajo de un puente.
• Era ilegal.
• Me gustaba que las mujeres me mantuvieran (lo cual, si fuera cierto, habría sido un sueño hecho realidad: sin trabajo y con pensión emocional).
• Y muchas más… que iré soltando como se desgrana el choclo.
Decía que yo tenía “gloriosas cualidades”, y tenía razón… solo que ella las presentaba con veneno.

💔 ¿Amor u obsesión?

En una de esas noches de conversación con amigas, surgió la teoría: ”¿y si está enamorada de ti y te odia porque no le haces caso y encima saliste con su mejor amiga?”.

Y sí. Salí con su mejor amiga. A cenar, a pasear, a trabajar hasta el amanecer viendo cómo se escondía la luna. ¿Lo demás? Reservado bajo amenaza de doble balazo.

Pero volvamos a ella. ¿Enamorada de mí?

Pues… mi gusto va por mujeres delgadas, simpáticas, con algo de estilo. Gertrudis, en cambio, tenía el cuerpo de una momia que se resiste a ser momia, y una cintura más parecida a un salvavidas de tractor. Su ombligo parecía una válvula que en cualquier momento podría empezar a desinflarse.

Yo soy feo, sí, pero en hombre se acepta. En mujer… bueno, digamos que nuestros hijos habrían terminado en el zoológico y no en el colegio.

🥩 La leyenda de la pierna de vaca

Un día, el jefe máximo del hotel (mi amigo) me llama a su oficina. Cara seria. Me dice:
“Una compañera ha hecho una denuncia formal contra ti.”

¿La acusación?

“Dice que en la última función del hotel, te llevaste una pierna de vaca cocinada, en tu mochila, a tu casa.”
Yo lo miré, y él, al ver mi cara, no pudo más. Se empezó a reír. Su secretaria casi se atraganta de la risa. Me contó que igual tuvo que investigarlo. Habló con el chef.
“Congelada, pesa más de 20 kilos. Cocinada, imposible de cargar sin dejar un charco de jugo hasta el estacionamiento. Y menos en una mochila.”
Así que sí. Me imaginó con la mochila al hombro, dejando una estela de grasa, y 20 perros siguiéndome como escolta. Solo faltaba el mariachi y los mariachis.

📢 Rumores al por mayor

Cada semana, una nueva historia. Aquí algunas joyitas de la producción “Gertrudis Films”:
• Que yo vivía debajo de un puente decorado con grafitis de Machu Picchu.
• Que tenía antecedentes penales por falsificación.
• Que vendía basura en Facebook tras mi divorcio.
• Que me escondía en el baño para no trabajar (¿cómo sabía? ¿tenía cámaras? ¿el famoso huequito en la pared?).

Y claro, la más peligrosa: que no sabía hacer mi trabajo. Aunque eso sí, nunca entendió por qué todos me escuchaban. Tal vez porque yo leía, pensaba, tenía temas. Ella solo hablaba de “su vida en París”, aunque luego descubrí que se refería a una colonia pobre llamada así en los alrededores de Tepito.

🤷‍♂️ ¿Por qué tanto odio?

Tal vez porque sus amigas se convirtieron en mis amigas. Tal vez porque enfermó y, durante su ausencia, la gente escuchó la otra versión. Tal vez por rencor puro. O tal vez… porque no aceptaba que yo no caí en su juego.

Ella se preguntaba:

“¿Qué les da este, para que lo escuchen en todo?”
Yo no daba nada. Solo era yo mismo. Lo que parece que para ella era demasiado.

💡 Brillante como bombilla quemada

Gertrudis tenía frases inolvidables como:
“Hay niveles” (sí, y tú ibas en subsuelo).
O aquel famoso “wi wi”, dicho con tono afrancesado, sin saber qué significaba.
Una vez completó la tabla del 9, leyéndola, y pidió un diploma con ceremonia incluida. Eso sí, exigía que lo firmara el gerente general.
Y que si ella hablaba, el promedio del IQ de todo el hotel bajaba hasta rayar con el del Homo sapiens.

📆 Dos años después…

Me retiré del trabajo en 2023. No he vuelto. Y ella sigue hablando de mí. Dice que no regreso porque no puedo entrar a EE.UU. (aunque tengo más entradas que concierto de Luis Miguel).

Me han dicho que está demacrada, ansiosa, sola… y cada día más gordita (eso sí, sus piernas siempre fueron flaquitas, flaquitas: un misterio de la ingeniería corporal).

🔚 Cierre y advertencia

Todavía me guardo algunas historias para una segunda parte.
Y usted, lector querido, ¿qué cree?
¿Fue odio, celos, envidia… o una mezcla con pan con chicharrón?

He generado con IA una imagen de este esperpen… perdón, señora. No es igual, pero se le parece. Si usted me conoce, tal vez conozca a mi tormento.
No, no la voy a sacar a cenar. Ni al cine. Tal vez… al zoológico. Pero ni eso.
El nombre ha sido cambiado para fingir que no sé que leerá esto. Pero que lo leerá… lo va a leer.
Y si quieren segunda parte, pídala en los comentarios.

Victor.
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino

Café, lluvia y sueños

A veces, la noche trae más que oscuridad.

Nos entrega tiempo para limpiar el polvo del alma, preparar un café caliente… y mirar, desde la ventana, cómo la vida sigue caminando, incluso bajo la lluvia.

Mientras Kiba dormía, retiré las plantas del alféizar, sacudí el polvo de los visillos de muselina, y limpié los cristales con té frío para que la escasa luz pudiera colarse en la habitación.

La habitación —oscura y con vistas al norte— se iluminó levemente, mientras la lluvia seguía golpeando los vidrios desde fuera.

Corrí a prepararme un café, cargado, dulce y caliente. Quería quitarme el sueño… y espantar un poco el frío. Sin darme cuenta, la lluvia fue cesando.

Y entonces, aparecieron los caminantes: unos rumbo al trabajo, otros de regreso a casa, algunos simplemente saliendo a pasear entre charcos y calles resbaladizas. Los niños, felices, jugaban como si la lluvia fuera un parque nuevo.

Desde mi ventana, con el café en la mano, observaba la vida pasar. El invierno se acerca. Y mientras llega, intento conquistar nuevos reinos. Ganar batallas con una sonrisa. Avanzar en los sueños. Y ser, en medio de todo, un hijo de Dios.

Ya es tarde. Es hora de ir a nuestros cuarteles de invierno. A buscar el calor de una cobija… y dejar que los sueños nos transporten a lugares mágicos, donde no hay imposibles, donde la realidad es nada y lo imposible… posible. Porque, aunque sabemos que los sueños son solo sueños, también sabemos que a veces —solo a veces— los sueños se vuelven realidad.

Buenas noches, mis amigos. Duerman en paz. Y sueñen sin miedo.

Conversando con una Taza de Cafe
-Vick-yoopino

La cicatriz que no pedí

Dicen que el cuerpo habla, pero a veces también se burla. Esta es la historia de cómo un simple grano de acné terminó dejando una cicatriz más zigzagueaste que un reclamo de suegra.

Una historia real, con dolor, frustración, quirófano, gasas moradas, un doctor con un sentido de humor involuntario… y un final con risas, porque no quedaba otra.

Todo empezó con un grano de acné. Uno pequeño, casi simpático. Pico, me rasqué, lo ignoré. Como todos los granos del mundo. Pero este… tenía otros planes.

Creció. Se endureció. Se instaló. Y lo peor: decidió que su vocación era infectarse dos veces al mes.

El ritual era siempre el mismo: Picazón, hinchazón, dolor, fiebre, materia. Boom. Se reventaba. Y una semana después… segunda función. Así pasé años. Sí, años.

Con doctores que no sabían qué decirme. Con análisis que servían para decorar mi historia clínica. Y con inyecciones dolorosísimas, como si intentaran castigar a la queloide por existir…

spoiler: no funcionaban.

Hasta que un día, un doctor me miró con cara de “esto ya no es gracioso” y dijo simplemente:

—Pase.

Y pasé. Directo al quirófano. Cuando desperté, no tenía una cicatriz. Tenía un mapa de guerra cruzándome el pecho de lado a lado. Un hermoso y finísimo zigzag quirúrgico que parecía decir:

“Aquí hubo una batalla. Y el pecho perdió.”

¿La queloide? Chiquita. Más pequeña que una tarjeta de crédito.

¿La cicatriz? De axila a axila.

Una línea en zig zag extremadamente larga, delgada, perfectamente inútil si lo que uno quiere es ir a la playa sin causar leyendas urbanas. Salí de la operación con tubos drenando, gasas moradas como si me hubieran disfrazado de momia, y una mezcla de “¿qué hice?” con “al menos no duele… por ahora.”

Hoy, la cicatriz no se infecta. No supura. No grita. No late. Pero molesta. Molesta como molesta un vecino que no hace ruido, pero está ahí, recordándote que no te puedes relajar del todo.

Puedo decir que me curaron, sí. Pero a veces también siento que me remendaron.

Y ahora viene lo mejor:

El doctor, al que por unos días quise enviar a la luna sin retorno, se volvió mi amigo. Y francamente, si hubiera un premio a la reconstrucción quirúrgica inesperada, creo que lo nominaría. No sé si como cirujano, artista plástico o tejedor de piel épica. Pero algo se merece. Pero llamarlo doctor, no creo.

Porque, en resumen:

—Me quitaron una queloide…
—Me dejaron una cicatriz del tamaño y forma del Amazonas…
—Y aún así, gané.
—Lo malo, es que ahora tengo un montón de queloides de axila a axila en forma de zigzag.

Ahora cada vez que me veo al espejo sin camisa, pienso: “¿De verdad esto empezó con un granito de acné?” Y me río. Porque no queda otra. Porque si no me río yo, se van a reír otros. Y porque cada línea en mi cuerpo, incluso esta que no pedí, forma parte del mapa que me trajo hasta aquí.

Conversando con una Taza de Café.
—Vick, el que venció al grano… pero perdió el pecho.

Reseñas de la Colección «Patrología» de Johannes Quasten – Tomo I.

«TOMO I: HASTA EL CONCILIO DE NICEA (325)»

Enseñanzas Fundamentales:

Este período establece los «fundamentos doctrinales del cristianismo» y desarrolla el lenguaje teológico básico. Las principales contribuciones incluyen:

– Definición de la autoridad apostólica y el canon bíblico
– Desarrollo de la liturgia primitiva y los sacramentos
– Primeras formulaciones trinitarias y cristológicas
– Establecimiento del episcopado como estructura jerárquica
– Defensa apologética contra el paganismo y las herejías gnósticas

Figuras Destacadas:

Los Padres Apostólicos:

– Clemente de Roma (†99): Primer Papa después de Pedro, autor de la «Epístola a los Corintios», establece principios de autoridad eclesiástica y orden litúrgico

– Ignacio de Antioquía (†107): Mártir que acuñó el término «Iglesia Católica», desarrolló la teología del episcopado monárquico y la presencia real eucarística

– Policarpo de Esmirna (†155): Discípulo directo de Juan Evangelista, representa la continuidad apostólica directa

Los Apologistas:

– Justino Mártir (†165): Primer gran filósofo cristiano, desarrolló la teoría del «logos spermatikos» (semillas del Verbo en la filosofía pagana), estableciendo el diálogo fe-razón.

Escuela de Alejandría:

– Clemente de Alejandría (†215): «Fundador de la filosofía cristiana», demostró que fe y filosofía son complementarias. Desarrolló el concepto de «gnosis cristiana» como conocimiento superior de la fe.

– Orígenes (†254): Genio teológico que sistematizó la doctrina cristiana, desarrolló el método alegórico de interpretación bíblica y estableció los primeros principios de teología sistemática

Escuela Africana:

– Tertuliano (†220): «Padre de la teología latina», acuñó terminología trinitaria fundamental (*tres personae, una substantia*), formuló principios cristológicos contra las herejías.

– Cipriano de Cartago (†258): Desarrolló la eclesiología episcopal, la teología del martirio y los principios sacramentales

Lucho contra la muerte y le ganó (Parte 1)

Parte 1: La última batalla

Hay historias que se escriben con tinta. Otros con sangre. Y algunas… con café caliente, cicatrices mal cosidas y un perro fiel al costado.

Esta no es una metáfora. Es mi historia. O mejor dicho, la del caballero que fui el día que enfrente mi última batalla. Una operación vida o muerte, una decisión silenciosa, una salida prohibida del hospital para volver a casa a alimentar a mi perro, y un epílogo que jamás pensé compartir… hasta hoy.

Esta crónica viene en dos partes. Ambas son ciertas. Ambas fueron escritas desde el alma. Y hoy las comparto contigo, que alguna vez también luchaste en silencio.

Bienvenidos a mi historia.
Soy Vick. Y esta es… Mi Vivencia

Una historia de la vida real.

Durante años luchó en silencio. Mil batallas. Perdía algunas, otras las empezaba sin terminar, pero jamás salió corriendo ni se dio en retirada. Volvía a la carga, y a veces las volvía a perder… para pelear de nuevo y ganarlas entre gallos y medianoche. Mes tras mes, año tras año.

Llevaba en su cuerpo las marcas: espadas que cortaron pecho y hombro, cuchilladas a destajo entre brazo y cintura. Heridas que no escondía. Las peleaba todas como si cada una fuera la última. Porque sí… pudo ser cualquiera.

Y muchas veces, solo. Entre noches oscuras, lluvias sordas y silencios largos, lloró. Pero en voz baja.

Los caballeros de rancia armadura no lloran en voz alta. Se curan las heridas con su propia saliva. Escupen sobre la carne abierta, y la sangre… la sangre solo sirve para endurecer el cuero y dejar al caballero curtido. El dolor se va quedando atrás.

Y junto a su perro —ese fiel compañero de silencios—, limpiaba su espada y remendaba su escudo. Maltrecho en la vuelta. Deshecho en el retorno. Pero jamás recibió un golpe en la espalda.

Salvo las palabras.

Esas, que son cuchillos lanzados por los que piensan diferente. Por los que no luchan, pero agachan la cabeza ante el amo.
Aun así… ni eso le quitaba el sueño. Porque todas las heridas verdaderas —las que marcan— las recibió de frente. En el pecho. En el casco. En el alma.

Su bandera, alguna vez, flameó como emblema entre luchas. Luego volvía hecha trapo, envuelta en su cuerpo, como si fuera vendaje untado con ungüento milagroso.

Pero el día había de llegar. La batalla final. Y llegó. Sonrió. Miró al cielo. Veló toda la noche sus armas. Sacó filo a su espada. Se armó de valor. Noche fría. Neblina. Amenaza de lluvia triste.

Levantó su copa de café caliente en señal de tributo… a todos aquellos que, ante el infortunio, perdieron su última batalla. Se enfrentó solo. Sin sirviente. Sin escudero. Sin padrino. Un duelo entre dos. Una lucha sin cuartel. Uno quedaría.
Y del otro… solo quedaría el recuerdo.

Bajo luces de neón, con un robot quirúrgico como enemigo y un equipo de desconocidos como aliados, se inició el combate.

Muchos le gritaban:
—¡Es una pelea sin sentido! ¡No vale la pena!
—¡Ni siquiera peleas por un sueño!

Pero él, dentro de su casco, los miraba con desprecio. Como quien sabe quién es. Como quien ya no necesita justificarse. Las horas pasaron. La herida quedó abierta. El cuerpo, adolorido. Pero jamás herido por la espalda. Y tras más de seis horas…

…despertó. Los que lo vieron sonrieron.
—Ganaste la batalla —le dijeron—. Es tuya la victoria.

Le preguntaron cómo se sentía. Cómo se encontraba. Y el caballero, aún adolorido, pidió su café. Y un steak. Y papitas fritas.

—Si no morí en la lucha —dijo—, entonces soy inmortal.
Y se quedó dormido otra vez…
con una sonrisa rota…
pero intacto.

Continuará Parte 2 – El regreso al Castillo.

La despedida que no fue amor, pero dolió igual

A veces, una calle, una casa, una reja, despiertan los recuerdos que creíamos dormidos. Esta historia es una de esas memorias que no se olvidan, aunque el tiempo y la distancia intenten sepultarlas. Hoy, comparto un fragmento íntimo de una despedida que marcó una etapa, y una pregunta que me acompaña desde entonces.

Hoy he vuelto a mis caminatas por la tarde, y en una de esas callejuelas pasé por una casa blanca, con un pequeño jardín y un macetero lleno de flores diminutas. Su reja, sencilla y blanca, me recordó aquella de mi despedida. La memoria empezó a buscar entre los escombros y, como una piedra medio enterrada, apareció una frase que aún me provoca inquietantes sensaciones: “Tú te ibas.”

Miré esa reja y, una vez más, me hice la misma pregunta: ¿Qué hubiera pasado si me quedaba?

Y vuelvo a verme a mí mismo, sentado en el escritorio. Aún se colaban los rayos del sol por la ventana. Terminaba de organizar la mochila del viaje, triste, nostálgico, algo enojado conmigo. Sabía que no era una simple despedida, sino un adiós largo, indefinido. Mi mente intentaba convencerse de que sería breve, pero en el fondo sabía que eso era una mentira. Regresar a San José tomaría tiempo. Demasiado.

Escuché un golpe en la puerta. Me llamaron por mi nombre, con una voz que parecía un quejido. Me acerqué y al abrir, allí estaba ella. De pie junto al pasamanos de la entrada.

No me sorprendió verla —ya imaginaba que vendría a despedirse—, pero sí me sorprendió el modo en que se encontraba.

Al bajar las tres gradas, vi sus lágrimas caer una a una. No podía detenerlas. Había en su rostro una súplica muda, un grito silencioso que decía: “Te vas.”

Nunca había visto llorar así a alguien por mí. Ese dolor que desbordaba en sus ojos se fue filtrando en mi pecho. Éramos solo amigos, apenas unos meses de conocernos, aunque habíamos hablado tanto.

Me abrazó. Un beso en la mejilla. Un “escríbeme”, un “te llamaré”, un “vuelve pronto”. Un adiós donde se le iba el alma. En ese instante, algo dentro de mí gritaba: “Olvida todo y quédate.”

Pero la razón le ganó a la incertidumbre.
¿Cómo? ¿Por qué? ¿Y si me quedo?, me pregunté. Pero no supe qué hacer. Solo la abracé y solté un lastimero “adiós”.

Ella regresó a su casa llorando, como alguien que lo ha perdido todo. Yo volví a sentarme en mi escritorio, sin saber qué hacer. Repetí una y otra vez, en mi cabeza, todo lo que había pasado.

Las horas pasaron sin respuestas. El viaje al aeropuerto ya estaba cerca. Tomé la maleta, y la bolsa de mi perro, mi fiel escudero, que me acompañaría en esta nueva batalla contra los molinos de viento… pero en otra tierra, en otra ciudad, con otra gente. Siempre juntos.

Al salir, miré hacia la puerta de su casa. La reja blanquecina dejaba entrever su figura de pie. Me miraba. Las lágrimas seguían cayendo.

Sentí otra vez eso extraño, eso que no sabes si es dolor, culpa o miedo. Traté de sonreír, pero no quería irme. Caminé sin mirar atrás, hasta que su casa desapareció. El aeropuerto era mi siguiente destino.

Pasaron los meses. Vivía en otra ciudad, a diez mil kilómetros de su última lágrima. En una conversación telefónica, finalmente me atreví a decirle lo que sentí aquella tarde.

Nadie había llorado así por mí. Nunca.
No le pregunté si quería que me quedara. Ella tampoco me lo pidió. Solo dijo:
—Soy muy sentimental… y tú te ibas. Perdía a mi mejor amigo.

Esa frase quedó grabada en mi mente y en mi corazón. Hasta hoy, no tengo una respuesta clara a la pregunta que me hice entonces: ¿Qué hubiese pasado si me quedaba?

Tal vez nada. Tal vez todo. Tal vez solo el mismo silencio con el que ella terminó aquella llamada.

Hay despedidas que se vuelven eternas, aunque hayan durado solo unos minutos. Y hay silencios que dicen más que todas las palabras que nunca nos atrevimos a decir.

Conversando con una Taza de Café.
-Vick, desde el cuaderno del Caballero Escritor.

Más de 2,500 videos, miles de fotos y un solo capuccino

Por casi una década, cada fin de semana era lo mismo: mochila al hombro, cámara cargada, y el corazón dispuesto. No por obligación, sino por ese impulso que tienen algunos de hacer lo que aman, aunque no siempre sea valorado.

Estaba en una iglesia que tenía un ministerio de danza con panderos. Y si había algo que me emocionaba, era capturar cada uno de esos momentos en video y fotografía. No lo hacía por encargo ni por dinero; lo hacía porque sí, porque me salía del alma. Me convertí en el fotógrafo no oficial, el videógrafo no remunerado, el testigo fiel de cada giro, cada coreografía, cada ensayo bajo la luz de un salón de templo o una carpa improvisada.

Visitamos al menos diez iglesias distintas, entre presentaciones, congresos, talleres y cultos. Y mientras otros hablaban, oraban o servían, yo estaba ahí: agachado, parado, girando con la cámara, buscando el ángulo perfecto para que cada momento quedara guardado. Cada domingo, sin falta, grababa. Luego editaba. Y compartía en Facebook más de 200 fotos por evento, sin marcas de agua, sin esperar nada más que un “gracias”.

Bueno… a veces recibía un pago simbólico: un capuccino de Starbucks y un croissant. Ese era mi salario semanal.

Al cabo de los años, los equipos comenzaron a envejecer. La cámara ya no grababa igual, el lente empezaba a fallar, la computadora se congelaba. Entonces alguien me dijo:

—¿Y por qué no haces un GoFundMe?

Me pareció razonable. Pensé: “Si entre todos los que han recibido mis fotos y videos se juntan aunque sea con poco, podré seguir haciéndolo mejor, con equipos nuevos”.

Subí la propuesta. Esperé.

Una pareja amiga dio 100 dólares. Una persona que ni conocía, otros 50. Y nada más.
Miles de fotos, más de 2,500 videos, cientos de domingos… y dos personas respondieron.

No me dolió el dinero. Me dolió el silencio. Me dolió ver cómo, de pronto, era invisible. Como si todos esos años se hubieran desvanecido en la nube digital, como si las imágenes que con tanto cariño entregué no hubiesen dejado huella en nadie.

Así decidí dejar de grabar para las iglesias.

Poco después, la vida me trajo a Lima. Y, como si la historia quisiera repetirse, comencé a grabar danza folclórica. Nuevos rostros, nuevos escenarios, nuevos trajes y ritmos… pero el mismo resultado: videos con 200 vistas y 12 likes. El mismo desánimo, el mismo vacío. Tal vez la culpa sea mía por no promover los contenidos como se debe. Tal vez. Pero también está esa parte que no se puede forzar: la respuesta humana.

Y sin embargo, sigo.

Porque aunque ya no haya croissant, ni likes, ni aplausos, algo dentro de mí insiste en registrar lo que otros olvidarían. Sigo grabando porque alguien, algún día, tal vez vea lo que otros pasaron por alto.

Quizás esta historia no sea una que se comparta mucho. Quizás solo sea eso: una vivencia más. Pero si alguna vez fuiste uno de los que recibió una foto, un video, una sonrisa detrás de la cámara… gracias. Aunque no dijeras nada. Yo lo hice con todo el corazón.

Si alguna vez fuiste parte de un grupo de danza, si alguna vez serviste sin esperar nada a cambio, si alguna vez diste todo con tu cámara, tu voz o tus manos… esta historia también es tuya.

Déjame tu comentario, comparte si te tocó el corazón o simplemente cuéntame tu historia. Tal vez entre todos, podamos hacer que lo invisible tenga valor.

Porque a veces, lo único que se necesita… es que alguien mire y diga: “Gracias”.

Conversando con una Taza de Cafe.
-Vick-yoopino.

Vuelve, payaso.

Dicen que los payasos son expertos en hacer reír.

Pero nadie pregunta qué pasa cuando se apaga la luz, cuando cae el telón, y lo que queda… es solo la soledad.

Salían carcajadas de los asistentes. Reían con cada acto, desde el principio hasta el final.

En cada representación, él entregaba todo lo que tenía.

Se vestía lentamente. Paso a paso se colocaba el maquillaje.

Pintaba su cara, sus ojos. Rojo en la nariz y los pantalones. Verde y amarillo para el cabello. Azul de cielo… azul de mar nocturno para el traje. Azul también como su soledad. Zapatos rojos y azules. Tan grandes como su tristeza.

Silencio. Empieza la función. Entraba riendo, dejando el llanto de amor en un rincón.

Ponte el disfraz y haz reír —le decía el presentador, con rostro serio.
Y salía a escena. Cantando. Saltando. Corriendo. Brincando por encima de su soledad. Hasta que termina la función.
Y en cualquier rincón, se duerme. Huye de su tristeza. Se tapa con un poco de cielo. Y se acurruca con su soledad.

Hasta que vuelva a reír… como cuando tenía diez años. Aunque hoy ya tenga ochenta. Vuelve a reír, payaso. Sigue saltando, volando entre risas y brincos. Con tu traje azul. Con tu tristeza. Con esa soledad que también te hace reír.

Hoy, das una risa y un aplauso en tu camino al cielo. Volverás un día, cuando regresen las sonrisas. Volverás del recuerdo, y sonreirás con risas del alma. La que perdiste. La que se quedó en aquel lugar donde un día aprendiste a reír.

Vuelve, payaso. Sin maquillaje. Sin zapatos de colores. Sin tu traje azul cielo. Solo con tu sonrisa. Esa que te abrirá las puertas del cielo. Donde te espera el amor que perdiste una tarde de lluvia, una noche ya olvidada. Ahora vivirán juntos, por la eternidad.

Conversando con una Taza de Cafe.
-Vick-yoopino.

Reseña de: «Africanus: el hijo del Cónsul»

“Africanus: el hijo del cónsul” es la primera entrega de la trilogía sobre Publio Cornelio Escipión, escrita por Santiago Posteguillo, y constituye un destacado ejemplo de novela histórica contemporánea en lengua española. Publicada en 2006, la obra nos traslada al turbulento siglo III a.C., cuando Roma y Cartago se disputaban la hegemonía del Mediterráneo durante la Segunda Guerra Púnica.

Posteguillo inicia la narración con el nacimiento y los primeros años de Publio Cornelio Escipión, más tarde conocido como “Africanus”, en el seno de una de las familias más influyentes de la República romana. A través de una prosa ágil y detallada, el autor recrea con minuciosidad la vida política, social y militar de la Roma republicana, mostrando tanto su grandeza como sus miserias. El núcleo de la novela gira en torno al ascenso de Escipión, pero el autor no se limita a retratarlo como un héroe sin fisuras; explora su carácter, sus dudas, sus motivaciones y la compleja relación con su padre y su hermano, así como el peso de la responsabilidad y la amenaza constante de sus enemigos, tanto cartagineses como romanos.

Uno de los grandes méritos de la novela es la construcción de los personajes. Posteguillo logra dar vida no solo a Escipión, sino también a figuras históricas como Aníbal Barca —el formidable general cartaginés—, Fabio Máximo o Tito Livio, dotándolos de profundidad y matices. El autor equilibra la fidelidad histórica con la ficción novelada, combinando hechos documentados con diálogos y situaciones plausibles que humanizan a los protagonistas.

El ritmo de la narración es otro de sus puntos fuertes: alternando escenas bélicas, intrigas políticas y momentos íntimos, logra mantener el interés del lector en todo momento. Las descripciones de las batallas, las estrategias militares y el ambiente romano son detalladas pero nunca pesadas, propiciando una inmersión total en la época.

La novela narra el proceso de formación y madurez de Publio Cornelio Escipión, mostrando cómo las circunstancias históricas, las tragedias familiares y la educación romana forjan su carácter y lo preparan para convertirse en uno de los más grandes líderes militares de la antigüedad.

La Segunda Guerra Púnica, con el enfrentamiento entre Roma y Cartago, es el telón de fondo de la novela. Posteguillo refleja no solo las estrategias militares y las batallas, sino también el sufrimiento, la destrucción y las pérdidas humanas que conlleva la guerra.

La novela explora en profundidad las intrigas políticas del Senado romano, las alianzas, traiciones y rivalidades internas. Roma es presentada como una sociedad donde la ambición y la lucha por el poder pueden ser tan peligrosas como el enemigo externo.

La relación de Escipión con su padre, su hermano y otros miembros de su familia es central en la novela. El sentido del deber familiar, la lealtad y la tradición romana son motores fundamentales de las acciones de los personajes.

El peso del destino y la responsabilidad personal aparecen constantemente. Escipión se enfrenta al reto de estar a la altura de su linaje y de sus propias expectativas, sintiendo la presión de ser “el hijo del cónsul”.

La figura de Aníbal Barca como antagonista añade complejidad al relato. La novela muestra la rivalidad, pero también el respeto mutuo entre los grandes generales, evidenciando que la guerra no es solo odio, sino también admiración por el valor y la inteligencia del adversario.

Valores como el honor, el coraje, la disciplina, la virtud (virtus) y la fidelidad a Roma son recurrentes, pero también se cuestionan y se ven confrontados con la corrupción, el miedo y la traición.

En suma, “Africanus” es mucho más que una biografía novelada; es una epopeya sobre el coraje, la ambición y el sacrificio, pero también una reflexión sobre el poder, la lealtad y el coste de la guerra. Santiago Posteguillo convierte la historia en literatura viva, acercando al lector no solo a los hechos, sino a las emociones y dilemas de quienes los protagonizaron. Una obra imprescindible para los amantes de la novela histórica y para quienes deseen comprender los orígenes de la grandeza —y las contradicciones— de Roma.

Conversando con una Taza de Cafe.
-Vick-yoopino.

Y la muerte me tiene ganas – Recuperación (Parte 2)

Recuperación, verdades a medias y una mochila para el otro barrio

Me ordenaron vestirme. Recogí mis cosas. Yo, que ya lo tenía todo ordenadito, cargadores conectados, el iPad con batería, y estaba por ver el partido de fútbol… ¡no! Me dijeron que no me quedaba. Que me iba a casa. Por ahora.

Salí como entré, salvo por unas cajas de medicinas. Luego tuve que pasar por otra farmacia para que me prepararan otras. Y de allí, directo a la iglesia. Había que ponerme a cuentas… por si en el camino el pantalón me quedaba corto al estirar la pata.

Hice testamento. Dejé encargado a mi perro. Acomodé mis shorts. Mi patita de conejo. Un peluche todo viejo de Snoopy. Incluso pensé: ¿quién querrá lavar mi ropa para que me la pongan en la mochila si me voy? No sé si en el otro barrio hace frío o calor… así que llevo ropa para ambos climas.

Me encontré con mi yoyo, mi bolero, un par de rompecabezas de 5000 piezas que nunca pude armar. Pensé: ahora sí tendré tiempo. Guardé todo, y un helado para el camino. Mochila lista, y me fui rumbo a la church.

Solo le conté a una persona. Y a nadie más. Porque después empiezan con los encargos:
—¿Le puedes llevar esto a mi tía?
—¿Y esto a mi abuelita?

Y terminas con una maleta llena, como si fueras delivery celestial. Y si no quieres, se enojan, te quitan el habla… y hasta te bloquean en Facebook. Como si en el otro barrio uno tuviera tiempo para andar entregando encargos. No hay Uber espiritual, señores.

Pero bueno… estamos en recuperación. Aunque eso significa que el vecino se llevó mi mesa y ahora tengo que recuperarla (larga historia). Y ahora vienen las órdenes: comer verduras, tomar agua, menos carne, más vegetales, nada de azúcar, ejercicio. A estos extremos… ¡estar vivo va a ser más difícil que estar muerto!

Menos mal que tengo a Kiba, mi perro. Él sí me va a extrañar.

Al final, ya en la noche —tipo diez— me senté en mi carro. Tenía 32 pastillas. Un vasito de agua. Me las tomé. Una por una. Me di una buena movida para que se disuelvan. Y pensé:
¿Y si me tomo todos los frascos de un tirón… me sano más rápido?

No pude. Eran demasiadas.
Y la última, la más amarga, la pasé con un sorbo de resignación.

Luego salí caminando. Fui por mi Starbucks, mi croissant, mi iPod, mi cámara, un cuaderno, un lapicero. Me senté como al principio. Entré al cuarto más chico del Starbucks… y me puse a silbar la misma canción que alguna vez te dediqué.

  • Epilogo: Esta historia fue real. Aunque contada con humor.

A veces, cuando uno está más cerca del silencio, es cuando más escucha su propia voz.

Gracias por leer. Si alguna vez pasaste por algo parecido, o simplemente quieres compartir una risa nerviosa conmigo, te leo en los comentarios.

Conversando con una Taza de Cafe.
– Vick-yoopino.