«Tupac Yupanqui, El Resplandeciente»

Reseña de la Serie de dos libros: «Tupac Yupanqui, El Resplandeciente» de José Antonio del Busto Duthurburu

«Tupac Yupanqui, El Resplandeciente» es una obra maestra que narra la vida y hazañas de Túpac Yupanqui, uno de los incas más destacados de la historia peruana. La obra, dividida en dos tomos, «El Conquistador» y «El Gobernante», es un estudio exhaustivo y detallado de la vida y el legado de Túpac Yupanqui.

Tomo I: El Conquistador

El primer tomo, «El Conquistador», se centra en la vida de Túpac Yupanqui desde su nacimiento hasta su ascenso al trono inca. La obra describe su infancia, su educación, su participación en las campañas militares de su padre, Pachacuti, y su conquista de nuevos territorios. Del Busto Duthurburu narra con detalle la expansión del Imperio Inca bajo el liderazgo de Túpac Yupanqui, destacando su habilidad militar y su capacidad para unificar a los pueblos conquistados.

Tomo II: El Gobernante

El segundo tomo, «El Gobernante», se centra en la vida de Túpac Yupanqui como gobernante del Imperio Inca. La obra describe su política de gobierno, su administración, su economía y su relación con los pueblos conquistados. Del Busto Duthurburu analiza la personalidad de Túpac Yupanqui, destacando su sabiduría, su justicia y su capacidad para mantener la unidad del imperio.

Aspectos Destacados

– Investigación rigurosa: La obra se basa en una minuciosa selección de fuentes históricas, lo que garantiza la veracidad y precisión de los hechos narrados.

– Narrativa apasionante: Del Busto Duthurburu logra transmitir la pasión y la emoción de la conquista y la expansión del Imperio Inca.

– Análisis profundo: La obra ofrece un análisis profundo de la personalidad y el liderazgo de Túpac Yupanqui, lo que permite al lector comprender mejor su importancia en la historia peruana.

– Estilo literario: El estilo literario de Del Busto Duthurburu es claro, conciso y elegante, lo que hace que la lectura sea amena y placentera.

Recomendación

«Tupac Yupanqui, El Resplandeciente» es una obra imprescindible para cualquier persona interesada en la historia del Perú y la cultura inca. La investigación rigurosa, la narrativa apasionante y el análisis profundo hacen de esta obra una lectura obligatoria para historiadores, estudiantes y cualquier persona que desee conocer más sobre la vida y el legado de Túpac Yupanqui.

La obra es una contribución valiosa a la historiografía peruana y un ejemplo de la excelencia en la investigación y la narrativa histórica.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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Después serás una anécdota

El día que te vayas, aunque ahora cueste creerlo, la vida de los demás seguirá igual.
Habrá un funeral. Algunos rostros serios.
Palabras que se repiten como fórmulas gastadas.
Abrazos torpes. Silencios que no saben qué decir.

Unos días después, todo se acomoda. El trabajo continúa.
Las conversaciones vuelven a lo trivial.
El mundo no se detiene por nadie.
Poco a poco, tu nombre aparecerá solo de vez en cuando.
Alguien recordará algo que dijiste. Alguna torpeza tuya hará reír a la mesa.
Luego, quizá, un reproche. Un recuerdo incómodo.

Y después… nada.
Una lápida.
Una urna.
Un objeto que nadie sabe dónde poner.

Tus cosas se repartirán o se amontonarán en algún rincón. Fotos que ya nadie mira con atención.
Ropa que deja de oler a ti. Papeles que ya no importan.

El tiempo hace su trabajo sin pedir permiso.
Y tú quedas reducido a un par de imágenes borrosas
y a una historia contada cada vez peor.
La vida sigue.

Y entonces aparece la pregunta, esa que no te deja dormir, cuando el ruido se apaga y solo quedas tú con tus pensamientos.
Tú, que aún caminas en esta procesión inevitable hacia el campo santo,
¿vas a vivir para quienes, una semana después, ya no te recuerden?

¿O vas a vivir haciendo aquello que, al menos, te hace sentir vivo?

Porque la verdad es incómoda, pero clara:
los recuerdos familiares duran menos que nuestro primer coito.

Se diluyen. Se deforman. Se olvidan. Después serás una anécdota.
Nada más.

Así que vive.
No pidas permiso.
No postergues por miedo.
No negocies tu alegría para encajar.

Vive.
Haz lo que te haga feliz.
Porque cuando ya no estés,
nadie vendrá a reclamarte
lo que no hiciste.

Vick
Conversando con una Taza de Café
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¿Somos realmente discípulos?

Una reflexión sobre nuestro llamado

Buenas noches.

Como cada miércoles, nos sentamos a conversar con una taza de café en la mano, sin prisa y sin ruido, dejando que las preguntas importantes aparezcan solas.

La de hoy no es nueva, pero sigue siendo incómoda:
¿somos realmente discípulos de Jesucristo?
Usamos con facilidad palabras como cristianos o creyentes, pero el mandato bíblico va más allá de un nombre o una afiliación. Jesús nunca habló de formar simpatizantes ni asistentes ocasionales. Habló de discípulos.

El mandato que no admite atajos

En el Evangelio de Mateo, Jesús comienza con una declaración contundente:
“Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.”
Desde esa autoridad, da una orden clara:
“Id y haced discípulos a todas las naciones.”

No dijo “haced creyentes”, ni “llenad lugares”, ni “sumad seguidores”. Dijo haced discípulos: personas bautizadas, instruidas y dispuestas a guardar todo lo que Él mandó.
Y junto a ese mandato hay una promesa que solemos repetir mucho:
“Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.”

Pero pocas veces recordamos que esta promesa camina junto a la obediencia. Dios está con nosotros en la medida en que asumimos la tarea de enseñar, aprender y vivir Su Palabra. No como espectadores, sino como participantes.

El arrepentimiento: un paso que hemos debilitado

En algunos lugares del mundo, a los nuevos creyentes se les llama simplemente los arrepentidos. No como un título menor, sino como una descripción profunda. Porque antes de seguir, primero reconocen que algo debe cambiar.

En cambio, en muchas iglesias occidentales, el énfasis se ha reducido a una oración rápida, sin proceso ni transformación. Y surge una pregunta honesta:
Si no hay un quiebre con el ayer, ¿cómo sabremos hacia dónde caminar mañana?
El arrepentimiento no es culpa constante, es cambio de dirección. Sin ese punto de partida, es difícil que alguien se convierta en discípulo, alguien que aprende, camina y se deja formar por el Maestro.

El discipulado siempre se reproduce

Un discípulo no es solo quien aprende, sino quien reproduce lo aprendido. Jesús invirtió tres años y medio formando a doce hombres. No concentró Su esfuerzo en las multitudes, sino en aquellos que se quedarían cuando Él ya no estuviera.
Ese mismo patrón lo vemos en Pablo con Timoteo y Tito, a quienes llamó hijos en la fe. Pablo se reprodujo en ellos para que la obra continuara.
Y aquí la pregunta vuelve a nosotros, sin acusar:

¿A quién estamos formando hoy?

¿Estamos levantando “Timoteos”, o estamos guardando todo por temor, comodidad o falta de preparación?

El sistema que nos absorbe

En muchos contextos de necesidad, la dependencia de Dios es diaria y real. Pero cuando el sistema se vuelve más estable, el trabajo, las metas y el deseo de “tener más” comienzan a ocupar todo el espacio.
El discipulado queda relegado a un servicio dominical breve. Pero el discipulado no se construye en treinta minutos. Se construye en convivencia, en tiempo compartido, en observar cómo vive el otro.
Los discípulos de Jesús no le pidieron aprender a hacer milagros. Le dijeron algo más profundo:

“Enséñanos a orar.”

Entendieron que ahí estaba la raíz.

Discernir la voz del Maestro

Ser discípulo implica conocer la Palabra. No leerla por compromiso, sino amarla, estudiarla y dejarse confrontar por ella.
Jesús dijo:
“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen.”
Si no conocemos la Escritura, seguiremos cualquier voz fuerte, cualquier discurso bien armado, cualquier “iluminado” que aparezca. El conocimiento no es orgullo; es protección.

Un solo rebaño, un solo Pastor

No existen rebaños fragmentados por denominaciones o nombres humanos. Existe un solo rebaño y un solo Pastor: Jesucristo.
A veces levantamos muros por orgullo o miedo, olvidando que todos fuimos rescatados alguna vez. Hay una vieja historia de náufragos que, tras ser salvados, construyeron un faro hermoso. Con el tiempo, no querían dejar entrar a otros para no ensuciarlo. Olvidaron que ellos también estuvieron perdidos.
El discipulado no crea clubes exclusivos; crea familia.

Nuestra responsabilidad

Un día rendiremos cuentas. No por lo que poseímos, sino por lo que sembramos. No por los bienes acumulados, sino por las vidas que tocamos.
Por eso vale la pena prepararse, estudiar, leer, profundizar en la Biblia y buscar a alguien a quien enseñar lo aprendido. No para exhibirse, sino para servir.
El discipulado no es una opción para unos pocos.
Es el llamado de todo aquel que decide seguir a Cristo.
Y mientras el café se termina, queda la invitación, sencilla y directa:

¿estamos solo creyendo…
o estamos aprendiendo a ser discípulos?

Vick
Conversando con una taza de café
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Sentándose, vinieron a Él

La diferencia entre la multitud y el discípulo

En nuestro caminar espiritual, tarde o temprano aparece una pregunta incómoda. No surge en medio del ruido, sino cuando uno se sienta, cuando el café ya no quema y el silencio empieza a decir cosas. Es una pregunta sencilla, pero profunda:

¿Hasta dónde llega realmente nuestra fe?

El tema de hoy podría resumirse así: “Sentándose, vinieron a Él”. Una frase breve que encierra una gran diferencia. No todos los que siguen a Jesús lo hacen por las mismas razones. Y quizá ahí encontremos la respuesta a otra pregunta que muchos se hacen, pero pocos se atreven a sostener.

¿Por qué no suceden cosas mayores?

En el Evangelio de Juan, Jesús dice algo que siempre nos confronta:
“De cierto, de cierto os digo: el que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre.” (Juan 14:12)
Leemos esto y, casi sin querer, nos preguntamos:

¿Por qué no vemos hoy esas obras mayores como Él las describió?

No se trata de negar que Dios siga obrando. Vemos sanidades, respuestas, pequeños milagros cotidianos. Pero si somos honestos, muchas veces parecen lejanos a lo que Jesús hacía cuando caminaba entre la gente. Y la pregunta no apunta a la capacidad de Dios, sino a algo más cercano: nuestra disposición.

La multitud frente a los discípulos

Para entenderlo, basta mirar un detalle que a veces pasamos por alto. En los evangelios se repite una escena: Jesús sana, libera, responde, y la multitud lo sigue. Pero hay un momento clave que marca una separación.

Mateo lo describe así:

“Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a Él sus discípulos.”
La multitud estaba allí. Los milagros también. Pero cuando Jesús se sienta para enseñar, no todos se acercan. Solo lo hacen los discípulos.

La multitud busca el pan, el pescado, la solución inmediata. El discípulo busca al Maestro. La multitud quiere el resultado; el discípulo quiere la relación. Por eso Jesús se aparta, sube al monte y se sienta. No para alejarse, sino para enseñar a quienes realmente desean aprender.

Hoy ocurre algo parecido. Las iglesias se llenan cuando se promete un milagro, una prosperidad rápida, una respuesta urgente. Pero cuando se trata de sentarse a escuchar, estudiar y aprender, el lugar se vacía un poco. Y ahí aparece la diferencia.

Pobres de espíritu: una puerta estrecha

La primera bienaventuranza no es casual:
“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.”
Ser pobre de espíritu no es falsa humildad. Es reconocer que, sin Dios, no sabemos entrar ni salir. Que necesitamos dirección, corrección y enseñanza.
Salomón entendió esto cuando Dios le ofreció pedir lo que quisiera. No pidió riquezas ni larga vida. Dijo algo que revela su corazón:

“Soy joven, no sé cómo gobernar… dame sabiduría.”

Se reconoció siervo. Y esa actitud agradó a Dios. No solo recibió sabiduría, sino también aquello que no había pedido. Porque cuando el orden es correcto, lo demás viene por añadidura.

El costo de ser discípulo

Quizá no vemos obras mayores porque preferimos ser multitud antes que discípulos. Ser discípulo implica cosas que no siempre gustan:

– Humillarse y reconocer que dependemos totalmente de Dios.
– Guardar Sus caminos y no los nuestros.
– Sentarse a aprender, aunque la Palabra confronte.
– Aceptar que no somos dueños del mensaje, sino siervos de Él.

La Palabra no admite añadiduras nacidas del orgullo. No se adapta al gusto personal. Se recibe, se estudia y se vive.

Una pregunta que queda abierta

El reino de los cielos pertenece a quienes saben que se pierden sin el Maestro. A quienes dejan de buscar solo el milagro y se acercan a Sus pies para aprender.

Ser discípulo no es fácil. Exige renunciar a intereses propios y aceptar un camino que no siempre es cómodo. Pero es el único que lleva a una fe madura, profunda y verdadera.

Y mientras termino este café, la pregunta queda flotando, sin prisa, sin respuesta inmediata:

¿Soy parte de la multitud que busca el milagro…
o un discípulo que se sienta a aprender?

Vick
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La Cita Perpetua

Nos estamos volviendo olvido. Es un proceso lento, casi químico: cada recuerdo compartido pierde un átomo de nitidez, cada anécdota su tono exacto. Pronto seremos dos desconocidos con un pasado en común, un dato curioso en la biografía del otro. Una ironía amable: para dejar de ser extraños, primero tuvimos que compartirlo todo; para volver a serlo, solo hace falta el silencio.

Pero sé, con una certeza que contradice a toda lógica, que una mañana cualquiera —de esas que no se planifican ni se anotan en ningún calendario— te despertará un vacío sin forma. Y sin saber bien por qué, llegarás a un café. No a nuestro café, porque esos lugares ya no existen, sino a uno que tenga la misma luz filtrándose por la ventana, o el mismo sonido metálico de la cucharilla. La sintaxis de ese momento estará pulida por la nostalgia, y sin quererlo del todo, me buscarás con la mirada.

Sabrás, por supuesto, que no me encontrarás. No importará. La búsqueda no será por la persona, sino por el fantasma. Y en ese instante preciso, cuando tu corazón se contraiga no con dolor, sino con el reconocimiento de una ausencia, el recuerdo volverá a nacer. Tendrá la duración de un suspiro, apenas el tiempo de que el barista ponga tu taza sobre el mármol. En esa fracción de segundo, lo sabremos todo otra vez. Todo lo que vivimos, con su peso y su levedad.

Quizás, en otro giro del azar, yo llegue al mismo café en otro día. Me sentaré en la mesa que da a la ventana, la que usábamos para ver llegar al otro. Miraré la calle y buscaré, entre la gente anónima, esa caminata apurada que era solo tuya —esa que tenía la urgencia torpe de quien teme hacer esperar al amor—. Marcharé, al final, sin que hayas llegado. Pero la decepción tendrá un regusto dulce, y pensaré, como un mantra de consuelo: «Mañana, quizás».

Y saldré a la calle con una sonrisa. No de felicidad, sino de gratitud por el recuerdo puro que aún guardo: la imagen de un día en el que no había nada en el mundo más importante que apurar tus pasos para llegar a mi.

Un día, lo sé, volverá a suceder. No en esta realidad de persianas bajadas y tazas frías, sino en otra. En la geografía paralela de los sueños, donde el tiempo es circular y las pérdidas son solo temporales. Allí, en tus sueños y en los míos, seguiremos llegando siempre, puntuales y sin aliento, a nuestra cita perpetua. Dos fantasmas con prisa, condenados a encontrarse para recordar, una y otra vez, el sabor de lo que significa perderse.

Vick
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Elegía del Último Café

Hubo una mañana cualquiera en que clausuraron nuestra cafetería diaria. No hubo aviso, ni remedio, ni tiempo para un último pedido. Se cerró la persiana como se cierra un párpado sobre un ojo cansado, y con ella se apagó el ritual que nos sostenía. Fue el primer presagio silencioso de que todo lo sólido podía desvanecerse sin ceremonias.

Dicen que apostar por mí ahora es una pérdida segura. Que el único premio posible es una tristeza lenta, la misma que se filtra en las grietas de las paredes que conocen nuestros secretos. Y tú… tú que una vez miraste tan al fondo de este corazón lleno de estrías —cicatrices de batallas antiguas y desbordes pasados—, tú que desbordaste el río de tus sentimientos hasta anegar mis orillas secas… Hoy, tus ojos guardan un luto silencioso. Porque en una mañana sin previo aviso, las fuerzas le fallaron a mi diástole. A ese latido que insistía, contra toda lógica, en llevar tu nombre con cada bombeo.

Habrá un día, lo sé, en que seguirás camino con otra mano. Una mano que siempre estuvo ahí, suspendiéndonos en el aire, dejando silencioso que esperara mi turno. Y querrás algunas veces negarlo todo —el olor a grano tostado, las risas ahogadas en tazas de porcelana, la geometría perfecta de nuestros dedos entrelazados—, querrás aceptar, por fin, que esto no pudo ser. Pero fue real. Fue tan real como el mármol frío de la mesa que guarda la hendidura de mi anillo.

Y cuando mi historia en ti sea solo un recuerdo desgastado, una fotografía sin marco; cuando tu Alzheimer emocional —aquel que nos obliga a olvidar para seguir viviendo— te abandone por un instante raro y clemente… recuerda guardar el último café para mí. No lo bebas. Solo prepáralo, como sabes hacerlo, y déjalo enfriar en el borde de la ventana. Que el vapor se eleve, un fantasma mínimo, hacia un cielo que ya no compartimos. Será la ofrenda perfecta: amarga, necesaria y efímera. Como lo nuestro.

Porque algunos amores no terminan con un adiós, sino con un local clausurado. Y la única herencia, con un último café que nunca se llega a tomar.

Vick
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La gratitud que no se aprende a la fuerza

Dicen que a la fuerza ni los zapatos entran.

Y con la gratitud pasa algo parecido: no se puede imponer, no se puede fingir, no se puede fabricar por obligación. La gratitud nace… o no nace.

Y justamente por eso vale la pena hablar de ella.
O, más bien, de su ausencia.

Porque si algo nos caracteriza como seres humanos —y también como cristianos— es que somos profundamente olvidadizos. Olvidamos rápido. Sobre todo las cosas difíciles. Las deudas, esas sí las recordamos todos los días. Pero los favores, las misericordias, las veces que Dios nos sostuvo sin que nos diéramos cuenta… esas se nos borran con facilidad.

La Biblia está llena de ejemplos de este olvido constante. El pueblo recordaba el pasado solo para culpar a alguien más, o para idealizarlo, o para escapar de su responsabilidad presente. Y nosotros no somos tan distintos.

Diez sanados, uno agradecido

Quiero que vayamos al Evangelio de Lucas, capítulo 17. Es un pasaje conocido, pero que siempre nos confronta. Jesús iba camino a Jerusalén y pasaba entre Samaria y Galilea. Al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos. Se pararon de lejos y gritaron:

“Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros”.

La lepra, en esos tiempos, no era solo una enfermedad. Era una sentencia social. Los leprosos eran expulsados de la ciudad, vivían aislados y, por ley, debían gritar “¡Inmundo!” cuando alguien se acercaba, para advertir del peligro. Pero estos diez hombres hicieron algo distinto. No gritaron “inmundo”. Gritaron “Jesús, Maestro”. Sabían quién era. Sabían de sus milagros. Sabían que, si había una mínima esperanza, estaba en Él.

Jesús no los tocó. No oró por ellos. No les dijo: “ya están sanos”.

Solo les dijo:

“Id y mostraos a los sacerdotes”.

Para obedecer esa orden, tenían que creer. Porque cuando comenzaron a caminar, todavía estaban enfermos. Sin embargo, fueron. Y mientras iban, fueron limpiados. Aquí aparece el detalle que duele.

Uno de ellos, al darse cuenta de que había sido sanado, volvió. Glorificó a Dios en alta voz, se postró a los pies de Jesús y le dio gracias. Y Lucas se encarga de subrayarlo: era samaritano.

El que regresó fue el despreciado.
El extranjero.
El que no conocía la Ley como los demás.

Los otros nueve —judíos, conocedores de la Escritura— siguieron su camino. Tal vez hicieron lo correcto según la norma. Tal vez llegaron al sacerdote. Pero no regresaron a dar gracias.
Y Jesús hace una pregunta que sigue resonando hoy:

“¿No eran diez los que fueron limpiados? ¿Dónde están los otros nueve?”

La gratitud como memoria espiritual

Ser agradecido no es solo decir “gracias”.
Es recordar.
Por eso el salmista escribe en el Salmo 103:

“Bendice, alma mía, a Jehová… y no olvides ninguno de sus beneficios”.

No olvides.

Solo hoy, abriste los ojos. Respiraste. Caminaste. Tuviste alimento. Tuviste un lugar donde estar. Y quizás ni siquiera lo notaste.

Él perdona nuestras faltas.
Sana nuestras dolencias.
Rescata nuestra vida del hoyo.
Nos corona de misericordia.
Nos da trabajo, sustento, protección.

¿Cuántas veces Dios nos libró de algo que ni siquiera llegamos a ver? Pequeños detalles que pudieron cambiar nuestra historia, pero no lo hicieron porque su mano estuvo ahí.

No olvidar… ni dejar de enseñar

En Deuteronomio 4, Dios es claro:

“Guárdate… para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto… y las enseñarás a tus hijos y a los hijos de tus hijos”.
Olvidar no es inocente.
Olvidar debilita la fe.

Hemos visto milagros. En nuestras congregaciones, en nuestras familias, en personas cercanas. Sanidades, provisión, protección. Y también hemos visto dolor, enfermedad, necesidad. Por eso mismo no podemos permitirnos olvidar.

Más adelante, el mismo pasaje dice:
“Guardaos, no os olvidéis del pacto de Jehová vuestro Dios”.
Dios no se ha olvidado de nosotros.
Nunca lo ha hecho.

Jesús fue claro:

“Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin”.

Una gratitud que se practica

Si somos maestros, debemos prepararnos.
Si servimos, debemos crecer.
Si nuestra familia está bien, demos gracias.
Y si alguien está pasando por un mal momento, no miremos a otro lado: oremos, acompañemos, sostengamos.

La gratitud se cultiva orando, leyendo, estudiando, recordando.
No es un sentimiento pasajero.
Es una disciplina del alma.

Y quizá, en este tiempo de Navidad, más que pedir cosas nuevas, nos toque hacer algo más difícil: recordar todo lo que ya hemos recibido.

Vick
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Verdadero hijo en la fe

Un llamado urgente al discipulado

Esta tarde quiero detenerme en una expresión que no es común, ni ligera, ni fácil de asumir: “verdadero hijo en la fe”.
La encontramos en la carta de Pablo a Timoteo, y desde que la leí con atención me dejó pensando.
Porque no cualquiera recibe ese nombre.
Ni Pablo se lo dio a muchos.

La pregunta es inevitable:
¿cuántos de nosotros podríamos ser llamados verdaderos hijos en la fe? ¿Estamos siendo discipulados por alguien? ¿Estamos discipulando a alguien?
No es un título sencillo. Tampoco es automático.

Un saludo que dice más de lo que parece

En 1 Timoteo 1:1–2 leemos:

“Pablo, apóstol de Jesucristo por mandato de Dios nuestro Salvador, y del Señor Jesucristo nuestra esperanza. A Timoteo, verdadero hijo en la fe: gracia, misericordia y paz…”

Detengámonos un momento ahí.

Pablo no dice simplemente “a Timoteo”.
Dice: “verdadero hijo en la fe”.
Eso implica una relación profunda, un proceso, una formación real. No una simpatía, no una cercanía ocasional, no un saludo protocolar.

¿De dónde salen tantos apóstoles?

Pablo se presenta como apóstol por mandato de Dios.
Y eso abre otra pregunta incómoda para nuestros tiempos:

¿de dónde salen hoy tantos apóstoles?

La definición bíblica de apóstol es clara: alguien enviado para proclamar la doctrina de Cristo, su obra redentora, su vida, su muerte, su resurrección y toda la Palabra de Dios. Un propagador del evangelio, no un título honorífico.

Sin embargo, hoy parece que “evangelista” queda chico para muchos. El título de apóstol o profeta suena más rimbombante, más llamativo. Hay alfombras rojas, presentaciones, nombres grandes… pero cada vez menos formación.

Efesios 4 nos recuerda que Dios mismo constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, evangelistas, pastores y maestros. No se autoproclaman, no se compran, no se improvisan. Algo no está encajando bien cuando hay tantos títulos y tan pocos discípulos.

Timoteo: el fruto de una relación

Timoteo no apareció de la nada. Pasó cerca de quince años caminando con Pablo. Aprendió, acompañó, observó, fue corregido, enviado, probado. Pablo confió en él lo suficiente como para enviarlo a iglesias con problemas reales. Eso no se hace con alguien formado a medias.

Por eso lo llama verdadero hijo en la fe. La gracia no está en asistir a la iglesia. Eso es apenas el comienzo. La pregunta clave es otra:

¿Alguien te está formando? El discípulo no se hace en una hora dominical. Se forma caminando la vida junto a otro, día tras día.

Pablo solo llamó verdaderos hijos en la fe a dos personas: Tito y Timoteo. Dos, entre cientos de convertidos. Eso nos dice algo muy claro: formar discípulos es difícil, lento y exigente.

El ruego de Pablo: corregir lo que está mal

En 1 Timoteo 1:3, Pablo le ruega a Timoteo que se quede en Éfeso para corregir falsas doctrinas. No lo envía usando frases grandilocuentes ni manipulaciones espirituales. Le dice, con honestidad: “te ruego”.

Había cosas que se estaban enseñando mal.
Hoy, muchas veces, la respuesta ante el error es el silencio.
“No toques al ungido”, se dice.
Pero Pablo no actuó así. Dijo: anda y corrige.
No por opinión personal, sino porque así está escrito.

Para hacer eso, Timoteo tenía que estar formado. No podía decir “yo creo que…”. Tenía que decir: la Escritura dice.

Manda y enseña

Pablo le da una orden clara:
“Esto manda y enseña”.

Y le recuerda que nadie menosprecie su juventud, pero también le exige ejemplo: en palabra, conducta, amor, fe y pureza.
Aun siendo un discípulo avanzado, le dice: ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza.

El llamado no es solo a aprender, sino a transmitir. A corregir cuando sea necesario. A enseñar con responsabilidad.

La pregunta vuelve a aparecer, inevitable:
¿alguien te está enseñando? ¿y tú estás enseñando a alguien?

“Haced discípulos”

En 1 Corintios 4:17, Pablo dice que envía a Timoteo porque es su hijo amado y fiel en el Señor. Y entonces recordamos las palabras de Jesús en Mateo 28:19–20:

“Id y haced discípulos…”

No dijo: hagan creyentes. No dijo: hagan asistentes. Dijo: haced discípulos.
Personas que estudian la Palabra, que la viven, que la guardan, que la transmiten.
Eso es personal. Eso es profundo. Eso es exigente.

Una reflexión final

Martín Lutero dijo algo que sigue siendo actual:
“Las buenas obras no hacen a un hombre bueno;
pero un hombre bueno hace buenas obras”.

Fuimos llamados a hacer buenas obras, y una de las principales es esta: hacer discípulos.
Convertirnos, quizás algún día, en verdaderos hijos en la fe… o formar a uno.
La Palabra de Dios no vuelve vacía, pero la pregunta es:

¿qué tanto de lo que lees se queda en ti? ¿qué tanto transforma tu vida?
Antes de dormir, vale la pena preguntarnos:

¿quién me discípula? ¿a quién discípulo?

Si una de esas dos cosas falta, algo debemos corregir.
Y si no tienes un discípulo, comienza a buscar un Timoteo.
Alguien que, cuando tú no estés, pueda continuar la obra sin torcerla.

Vick
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Un Encuentro bajo la Lluvia en París

La Torre Eiffel, una vez más, quedaba atrás. Brillante e imponente, como todas las noches, con su tramo superior incrustado en la negrura del cielo como un faro de metal y luz. Pero esa noche no era su noche. Su mirada no se detuvo en ella; era solo un telón de fondo, un punto de referencia en la carrera contra el tiempo y la lluvia que comenzaba a caer.

Cruzó el Quai Branly con paso rápido, casi urgente. Las primeras gotas, pesadas y frías, se convirtieron en un aguacero copioso que lo obligó a desplegar el paraguas. No importaba. Siguió adelante, con los zapatos ya empapados y la ansiedad creciendo, hasta los Jardines del Trocadero. Allí, entre árboles que parecían clones en la penumbra y bancas idénticas bajo la cortina de agua, buscó desesperadamente. La lluvia empapaba su traje, resbalaba por su rostro y se mezclaba con una expresión de angustia creciente. ¿Habría llegado tarde?

El instinto —o la desesperación— lo llevó más allá, hacia el Palais de Chaillot. Y entonces, la vio.

Bajo un paraguas rojo vibrante, como un único punto de color en un cuadro gris, estaba ella. Esperaba, con los pies mojados y, parecía, el alma empapada por la misma incertidumbre. Se acercaron, y en el movimiento torpe de la prisa y la emoción, sus paraguas chocaron con un golpe seco, como dos carruajes que se rozan en una carrera frenética por encontrarse.

Y allí, bajo la llovizna implacable, sonrieron. Temblando de frío y de alivio, intercambiaron un beso tierno, un saludo que sellaba el reencuentro. Sin prisa ahora, dieron media vuelta y emprendieron el regreso por la Rue le Tasse. Caminaban lento, muy lento, a pesar de la lluvia que no cesaba. Cada paso era cuidadoso, no solo para no resbalar en el adoquín brillante, sino para estirar ese instante frágil y perfecto.

Llegaron despacio al Port Debilly. Subieron a un bote, encendieron el motor y partieron rumbo a lo desconocido —o quizás, rumbo a todo lo conocido—. Iban a rodear la Seine, camino a Citadines Saint-Germain-des-Prés. En la intimidad de la cabina, cerraron un solo paraguas, el que los había protegido juntos. El otro, el rojo, quedó atrás, abandonado en algún lugar del camino. Un mudo testigo de su encuentro, un marcador dejado justo en el punto donde mañana volverían a despedirse… para, a la noche siguiente, volver a comenzar la misma y necesaria búsqueda.

Vick
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Buscando la unidad: la clave olvidada de la Iglesia

Antes de comenzar, quiero hacer una pausa. No una pausa técnica ni de cámara, sino una pausa interior. Porque hablar de la unidad dentro de la Iglesia no es un tema menor ni cómodo. Es, probablemente, uno de los desafíos más grandes del cristianismo actual.

La unidad no es un concepto bonito para colgar en la pared. Es una condición espiritual.

El desafío real de la unidad

Vamos a la iglesia, nos reunimos, conversamos, compartimos momentos agradables. Incluso podemos llamarnos amigos. Sin embargo, muchas veces, aun dentro de la Iglesia de Jesucristo, cada persona camina con sus propios intereses, sus propias prioridades y su propia agenda espiritual.

La Biblia nos plantea algo mucho más profundo.

En Hechos 1:14 leemos:

“Todos estos perseveraban unánimes en oración y ruego”.

Perseverar es insistir, mantenerse firmes. Pero la palabra clave aquí es unánimes. No significa simplemente estar juntos en un mismo lugar, sino pensar lo mismo, desear lo mismo, buscar lo mismo.

Eso fue lo que me llevó a investigar, a leer, a escuchar testimonios fuera de nuestro contexto habitual. Especialmente en lugares donde ser cristiano no es socialmente aceptado ni culturalmente cómodo: Rusia, Corea del Norte, zonas donde la fe cuesta, donde creer tiene consecuencias reales.

Ahí descubrí algo que me sacudió.

En muchos de esos lugares, a la conversión no se le llama “hacerse cristiano”. Se le llama arrepentimiento. Antes de aceptar a Cristo, la persona debe reconocer y abandonar una vida pasada. Algunos ni siquiera dicen “soy cristiano”, dicen: “soy un arrepentido”.

Y eso cambia todo.

En gran parte de América y Sudamérica hemos puesto el énfasis en “aceptar al Señor”. Repite la oración, firma la lista, y listo. El arrepentimiento queda como algo secundario, para después.

Pero arrepentirse primero y decidirse después es mucho más difícil… y mucho más profundo.

Tal vez, si habláramos menos de “aceptar” y más de “arrepentirse”, no estaríamos buscando una unidad superficial, sino la unidad de los arrepentidos.

La base bíblica de la unidad

La Biblia insiste en esto una y otra vez.

En Hechos 2:1 se nos dice que cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes. No estaban dispersos, no estaban distraídos, no estaban cada uno en su mundo. Estaban en el mismo canal espiritual.
Y entonces ocurrió el derramamiento del Espíritu Santo.

La pregunta es inevitable:
¿qué nos falta hoy para que ese derramamiento alcance a todos?

Muchas veces pedimos que el Espíritu descienda, pero no estamos unánimes. Perseveraban unánimes en oración y ruego. El ruego no es una oración liviana; es clamor, es profundidad, es carga compartida.

¿Clamamos juntos por una misma causa?
¿O cada uno ora solo por sus propios problemas?

La Escritura dice que cuando dos o más se ponen de acuerdo, Dios responde. Pero el acuerdo no es automático. Se construye perseverando unánimes.
En Hechos 2:42 se nos muestra cómo vivía la iglesia primitiva:
perseveraban en la doctrina, en la comunión, en el partimiento del pan y en las oraciones.
No era un cumplimiento mecánico. No era leer por leer. Era vivir lo que leían.

Y más adelante dice algo aún más radical:

“Todos los que habían creído estaban juntos y tenían en común todas las cosas”.
No había “esto es mío, no lo toques”. Se compartía según la necesidad. Se vivía la fe con sencillez, con alegría, con coherencia.
Por eso el texto concluye con algo contundente:

“Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos”.
La comunión no es solo comer juntos. Es pensar juntos. Caminar juntos. Perseverar en lo mismo.

Los obstáculos que nos dividen

El problema es que la unidad cuesta. Y como cuesta, muchas veces inventamos métodos para hacer crecer las iglesias. Y sí, crecen. Pero crecen sin comunión y sin perseverancia.

Algo no está bien ahí.

Nehemías entendió esto profundamente. Antes de reconstruir los muros, lloró. Oró. Sintió el dolor como propio. Reconoció el problema antes de actuar.
Cuando comenzó la obra, surgió la oposición, como siempre ocurre. Pero Nehemías fue claro:

“El Dios de los cielos, él nos prosperará”.

Y entonces sucede algo clave: el sumo sacerdote y sus hermanos comienzan a edificar. El liderazgo se involucra. El cuerpo empieza a reconstruirse desde adentro.

El capítulo 3 de Nehemías repite una frase una y otra vez:

“junto a ellos”, “junto a él”, “junto a ellos”.
Unidad. Trabajo compartido. Por eso terminaron en tiempo récord.

Hoy, muchas veces ni siquiera vemos al hermano que se sienta delante nuestro. ¿Cómo vamos a estar unánimes si no nos miramos, si no nos conocemos, si no nos cuidamos?
Buscamos motivos para oponernos: cómo se viste alguien, cómo habla, cómo predica. Siempre hay algo que criticar. Y mientras buscamos oposición, la unidad se vuelve imposible.

¿Cuál es mi parte?

Jesús oró en Juan 17:
“Para que todos sean uno”.
Lo dijo: “para que todos tengan razón”. Dijo: para que sean uno.
La unidad no se impone. Se construye. Y comienza con una pregunta incómoda pero necesaria:

¿Cuál es mi parte en esta falta de unidad?

Si no tenemos la confianza para pedir ayuda, algo no está bien.
Si no podemos hablar con honestidad, algo está roto.
La única salida es volver a la Palabra, escudriñarla hasta que nos confronte, hasta que nos avive.

Perseverar no es opcional. La unidad no es decorativa. Es urgente.

Demos gracias al Señor porque estamos vivos, porque seguimos en pie, porque aún podemos perseverar. Y sobre todo, porque todavía estamos a tiempo de buscar la unidad verdadera de su Iglesia.

Vick
Conversando con una taza de café
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