En estos postreros días: Dios nos habla a través de su Hijo

Hay textos que uno no puede leer a la ligera. Textos que obligan a bajar el ritmo, a servirse un café y a leer despacio. El inicio de la carta a los Hebreos es uno de ellos. Dice así:

“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo”.

La afirmación es profunda y, al mismo tiempo, contundente. Nos invita a mirar hacia atrás, a entender cómo Dios se ha revelado a lo largo de la historia, y a preguntarnos si hoy realmente estamos escuchando a quien debemos escuchar.

La evolución de la revelación divina

Durante más de dos mil quinientos años, Dios habló a su pueblo de muchas maneras. El Antiguo Testamento es el testimonio de una revelación progresiva: sueños, visiones, símbolos, profetas y acontecimientos históricos que apuntaban a algo mayor.

A Noé se le reveló que vendría un Redentor.
Miqueas anunció la ciudad donde nacería.
Daniel entendió el tiempo de su venida.
Malaquías habló del mensajero que prepararía el camino.

Incluso la historia de Jonás fue una señal viva de la futura resurrección.

Nada fue casual. Toda la historia del Antiguo Testamento fue, en esencia, Dios anunciando —una y otra vez— que Jesucristo vendría. Los profetas no hablaban de sí mismos; eran portavoces de un plan mayor que aún no se había manifestado por completo.

Y aquí surge una primera pregunta inevitable:
¿Leemos el Antiguo Testamento como una colección de historias… o como el anuncio constante de Cristo?

Cristo: la Palabra final y completa

Cuando Jesús aparece en la historia, todo cobra sentido. En Él se cumplen las promesas, las figuras y las sombras. Por eso Hebreos no dice que Dios siguió hablando de la misma manera, sino que ahora habla por el Hijo.

Esto nos lleva a una afirmación que a muchos les incomoda:
La Biblia, en cuanto a revelación divina, es un libro cerrado. No cerrado al estudio, sino cerrado a añadiduras.

Apocalipsis advierte con claridad sobre no añadir ni quitar a lo que ya ha sido revelado. Por eso debemos ser prudentes cuando escuchamos frases como: “Dios me dijo”. La pregunta no es si suena espiritual, sino si está alineado con lo que ya está escrito.

El Espíritu Santo no contradice la Escritura que Él mismo inspiró. La revelación auténtica no queda flotando en el aire ni depende de emociones momentáneas; está anclada en la Palabra.

Aquí conviene preguntarnos con honestidad:
¿Estamos defendiendo nuestra fe con “experiencias” o con un claro “escrito está”?

Nuestra identidad como coherederos

Jesucristo no solo es el cumplimiento de las promesas; es el heredero de todo. Por Él fue creado el universo y por Él todas las cosas subsisten. Hoy está sentado a la diestra del Padre, intercediendo por nosotros.

Y aquí aparece algo aún más sorprendente:
La Escritura nos llama coherederos con Cristo.

Eso no significa que podamos vivir como queramos, sino que somos llamados a pensar, actuar y decidir de manera distinta. Muchas veces no estamos preparados para recibir ciertas bendiciones porque nuestra mente sigue en otro canal. Mientras Jesús respondió al tentador con un firme “escrito está”, nosotros muchas veces respondemos con impulsos, emociones o intereses personales.

La pregunta vuelve a aparecer:
¿Estamos aprendiendo a pensar como Cristo… o solo a pedirle cosas?

El llamado a la acción: obras y discipulado

La fe no es pasiva. No consiste en mirar al techo ni en estudiar solo cuando hay una charla que preparar. El apóstol Pablo fue claro al escribir a Tito y a Filemón: debemos ocuparnos en buenas obras para los casos de necesidad, para no ser personas sin fruto.

La iglesia no es un edificio; es un cuerpo en movimiento. Un equipo que actúa unido para alimentar al hambriento, consolar al necesitado y acompañar al que está caído.

Nuestra tarea hoy es concreta:

Escudriñar la Palabra, no superficialmente, sino con profundidad.
Hacer discípulos, formando a otros hasta que alcancen madurez.
Sembrar con fidelidad, entendiendo que el crecimiento lo da Dios y no los métodos humanos.

Nada de esto se logra desde la comodidad o el protagonismo. Se logra desde la fidelidad silenciosa.

Siervos, no dueños

La palabra “siervo”, en su sentido original, habla de obediencia total. No de títulos, no de aplausos, no de posiciones. Somos siervos de Jesucristo, llamados a reproducir el mensaje recibido, no a reinventarlo.

Con la Biblia como base inamovible, nuestra misión es sencilla y exigente a la vez: compartir lo que hemos recibido, persona a persona, vida a vida, para que el cuerpo de Cristo siga creciendo con raíces firmes.

Y quizás, antes de cerrar este café, valga la pena dejar una última pregunta sobre la mesa:

En estos postreros días… cuando decimos que Dios nos habla,
¿estamos escuchando realmente al Hijo?

Vick
Conversando con una taza de café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com