Querida Soledad

A veces, la presencia más constante no hace ruido. No llega con portazos, pero termina quedándose en tu casa, en tu cama, en tu café.

Así descubrí que la soledad no siempre es ausencia… a veces, es compañía.

¿Cuándo llegaste a casa? No te conocía. Tan solo de oídas supe algo de ti.
Pero hasta lágrimas brotaron de mis ojos cuando me dijeron que existías.
Y más aún, cuando supe que me andabas buscando.
Lágrimas que discurrieron por mi cara —mezcla de llanto con penas, tristeza, sentimiento… y sufrimiento.

Porque aquella esperanza que tenía… se ha muerto.
Como murió también el sueño que compartía con mi ser amado, que alguna vez fue el inicio de un mejor despertar. Hoy, tantas ilusiones terminaron por morirse, como mi propia vida.

¿Quién eres, que tocaste mi ventana y entraste a mi casa?

Hasta Kiba, mi perro fiel, mueve su colita al verte, como si te conociera de siempre.
Intenta que lo cargues, que le cantes su canción favorita, que le cuentes historias para dormirse como lo hacía yo.

Caminas por mi oficina, te sientas en mi escritorio, manejas mi computadora como lo hacía yo.
Y en mi sillón… ya estás cómoda.
Allí donde ya no hay café servido, ni aquella taza que algún amor me regaló.
Nada ha quedado.

Ni el croissant mañanero con mantequilla, solo pedazos de algo seco y roído por el tiempo.
Todo se ha apagado.
Dos focos fundidos de los cuatro que me alumbraban.

¿Quién eres, que vas de habitación en habitación, tomas mi iPad, tarareas mi música, y duermes entre mis almohadas, esperando que me acueste para pegarte a mí, como si buscaras dormir en mis brazos?

¿De dónde vienes? No sé cómo llegaste, pero me eres familiar.

Tu rostro no lo he visto nunca, pero sé que me conoces.
Sabes mi nombre… y mis secretos más íntimos.
Eso me asusta.
Porque conoces más de mí de lo que yo mismo sé.

Subo al auto y ya estás allí, sabiendo a dónde vamos.

Caminas por lo que fue mi jardín:
las rosas marchitas, el naranjo secándose, las almendras que no darán fruto.
Ramas secas. Y tú… como si todo eso fuera tu hogar.

¿Cómo supiste que te estaba esperando?

Caminé por calles de escarcha y lodo, cuesta abajo, en medio de la nada.
Las sombras huían de mí como si fuera otro fantasma en este mundo.
Y quizás por eso sabías que te esperaba.

Porque aunque yo no lo sabía… ya te esperaba.
Y así, sin anunciarte, te sentaste frente a mí.
Levantaste mi taza, bebiste mi café…
y sonreíste como hacen los amigos que se reencuentran.

¿Por qué llevas mi nombre?

Me miré al espejo y allí estabas tú.
Esa mirada que ya no siente nada.
Ese rostro en el que la amargura ha secado todo rastro de dulzura.

Ya no hay caricias, ni risas, ni miradas escondidas.
Solo el vacío.
Solo tú.
Ya no necesitas decir tu nombre.
Eres parte de mí.
Eres mi fiel compañera.

Mi amiga que nunca falta a una cita.
La que me acompaña al café cada mañana, al almuerzo solitario, al último café nocturno.
La que duerme conmigo cada noche.

Querida Soledad,

te reconozco.
Vives aquí.
Y ahora sé que también llevas mi nombre.

Si alguna vez te sentiste acompañado por el silencio, por un espacio vacío que parecía conocerte… quizás también tú hayas recibido la visita de esta vieja amiga.

Vick
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-Yoopino.
-MiVivencia.com.

Cerrando tras de sí la puerta

Era una mañana cualquiera. Salió de casa como quien no quiere decir adónde va, con su vieja mochila al hombro. Dentro, lo de siempre: la laptop, los audífonos, algo de música… y esta vez también llevaba algo más pesado: las ilusiones, los nervios, el miedo, la esperanza. Esa mezcla inexplicable que lo había mantenido despierto toda la noche.

Ese día no hubo café en Starbucks, ni croissant con queso crema. Nada de rutinas. Iba con el corazón latiendo más fuerte de lo habitual, como si supiera que el encuentro que se avecinaba no era uno cualquiera. Parecía que el tráfico conspiraba contra él. Todo iba más lento. Pero no importaba. Él avanzaba igual, impulsado por algo más fuerte que la costumbre.

Ya rondaba los cincuenta, pero algo en él se sentía joven otra vez. ¿Era amor? ¿Ilusión? ¿Un último intento por creer? No lo sabía. Solo sabía que llevaba demasiado tiempo acompañado por una fiel y silenciosa compañera: la soledad. A veces la comprendía, otras no. Pero siempre estaba allí, sentada frente a él en cada café, mirándolo mientras escribía historias de desamor y de esperanza. Soledad que hoy, por primera vez en años, parecía desvanecerse.

No recordaba exactamente cuándo empezó todo. Solo sabía que un día ella dejó de ser solo una amiga. Al principio, sus conversaciones eran largas, intensas, llenas de ideas. Ella hablaba de teorías, de invenciones, de mañanas frías y tardes soleadas. Él la escuchaba fascinado. Y su corazón, sin pedir permiso, empezó a moverse. Pero calló. Porque era una dama. Porque tenía pareja. Porque él también tenía un hogar al que regresaba cada noche, aunque no con muchas ganas.

Así pasó el tiempo. Semanas, meses. La miraba en silencio, deseando que sus ojos pudieran decirle todo. Pero no. El miedo a perder lo poco que tenía lo hacía mudo. Entonces, enterró sus sentimientos. O al menos, eso creyó. Pero cada vez que la veía, su amor volvía, indomable, intacto.

Hasta que un día, ella también empezó a escribir. Al principio con timidez. Después, con emoción. Entre miedos y mensajes borrados, los textos comenzaron a decir lo que los labios no podían. Y cuando él recibió ese primer mensaje, algo explotó en su pecho. El viejo amor que creía olvidado se encendió de nuevo. Y esta vez, parecía que era correspondido.

Ella tenía miedo. Él también. Pero empezaron a quererse. A reconocerse. A imaginar que, quizás, aún quedaba tiempo. Que la vida aún podía ofrecer algo más que rutina y resignación.

Hoy, él va camino a verla. A encontrarse con ella a solas por primera vez en mucho tiempo. La emoción lo desborda. Lo invade una tristeza dulce, una alegría contenida, una esperanza nueva. Sabe que es complicado. Que hay heridos en el camino. Que hay reglas no escritas que están a punto de romper. Pero también sabe que esta vez no quiere callar más.

Estaciona. Ella le pregunta por mensaje dónde está. Él responde: “En la esquina, ya llegué”. Ella baja, camina unos pasos delante de él sin decir palabra. Suben al ascensor como dos desconocidos. Cuando llegan, ella abre la puerta, entra… y la deja entreabierta.

Él se queda quieto un instante. Toma aire. Guarda el teléfono como si acabara de escribir el mensaje más importante de su vida. Y entonces cruza el umbral, temblando de emoción, de miedo, de amor.

La ve, la abraza…
y cerrando tras de sí la puerta, empieza una nueva historia.

Vick
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino