Un Encuentro bajo la Lluvia en París

La Torre Eiffel, una vez más, quedaba atrás. Brillante e imponente, como todas las noches, con su tramo superior incrustado en la negrura del cielo como un faro de metal y luz. Pero esa noche no era su noche. Su mirada no se detuvo en ella; era solo un telón de fondo, un punto de referencia en la carrera contra el tiempo y la lluvia que comenzaba a caer.

Cruzó el Quai Branly con paso rápido, casi urgente. Las primeras gotas, pesadas y frías, se convirtieron en un aguacero copioso que lo obligó a desplegar el paraguas. No importaba. Siguió adelante, con los zapatos ya empapados y la ansiedad creciendo, hasta los Jardines del Trocadero. Allí, entre árboles que parecían clones en la penumbra y bancas idénticas bajo la cortina de agua, buscó desesperadamente. La lluvia empapaba su traje, resbalaba por su rostro y se mezclaba con una expresión de angustia creciente. ¿Habría llegado tarde?

El instinto —o la desesperación— lo llevó más allá, hacia el Palais de Chaillot. Y entonces, la vio.

Bajo un paraguas rojo vibrante, como un único punto de color en un cuadro gris, estaba ella. Esperaba, con los pies mojados y, parecía, el alma empapada por la misma incertidumbre. Se acercaron, y en el movimiento torpe de la prisa y la emoción, sus paraguas chocaron con un golpe seco, como dos carruajes que se rozan en una carrera frenética por encontrarse.

Y allí, bajo la llovizna implacable, sonrieron. Temblando de frío y de alivio, intercambiaron un beso tierno, un saludo que sellaba el reencuentro. Sin prisa ahora, dieron media vuelta y emprendieron el regreso por la Rue le Tasse. Caminaban lento, muy lento, a pesar de la lluvia que no cesaba. Cada paso era cuidadoso, no solo para no resbalar en el adoquín brillante, sino para estirar ese instante frágil y perfecto.

Llegaron despacio al Port Debilly. Subieron a un bote, encendieron el motor y partieron rumbo a lo desconocido —o quizás, rumbo a todo lo conocido—. Iban a rodear la Seine, camino a Citadines Saint-Germain-des-Prés. En la intimidad de la cabina, cerraron un solo paraguas, el que los había protegido juntos. El otro, el rojo, quedó atrás, abandonado en algún lugar del camino. Un mudo testigo de su encuentro, un marcador dejado justo en el punto donde mañana volverían a despedirse… para, a la noche siguiente, volver a comenzar la misma y necesaria búsqueda.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

El Retorno

Anoche, sentado en una mesa con un café en la mano, bajo la penumbra de una luz tenue, me mire al espejo.
Me ví
Cansado.
Con la nieve en las sienes y preguntas en los ojos.
Como esa vieja acción: ojeroso, cansado y sin ilusiones.

Y pregunte en voz baja:
-¿Vale la pena tanto esfuerzo? ¿Tanto trabajo?

Al principio solo respondió el silencio.
Pero no era un silencio vacío.
Era un silencio que conoce todos mis cuadernos, mis madrugadas, mis historias, hasta aquellos secretos que se guardan celosamente.
Un silencio que susurro:
«Aquí estamos. Siempre estuvimos. Ahora lo ves.»

En esa soledad tibia, entre el vapor del café y el reflejo que me observaba, escuche algo más:
«No importa cuan largo sea el camino, si la compañía es verdadera. Aquí seguimos, con una taza de café en la mano, y la historia latiendo en silencio.»

-¿Y si ordeno mis ideas, mis vivencias, mis secretos?
-pregunté-
¿Serían dignos de escribirse?
¿Alguien querría verlos?
¿Leerlos?

El silencio respondió sin palabras, como un viejo amigo que no necesita explicarse:
«A veces uno camina lejos, cruza silencios, calla gritos, quema tulipanes… y llega a donde jamás pensó que llegaría. Y aunque las manos estén vacías, el alma recuerda por quién se atrevió a andar.»

Tomé otro sorbo de café.
Volví a preguntar:
-¿Me acompañas, partner? ¿Hasta el final… o aunque sea hasta hacer tamales?

Y el reflejo, ese viejo cómplice que también soy yo, respondió:
«Te acompaño. Siempre te he acompañado.
¿Quieres que sigamos?

Y seguimos.

Los guiones volaron
La miniaturas se generaron.
Las series crecieron.
Mas de seis proyectos. Mas de setenta videos por grabar.
Y otras cinco historias en camino.

Volví a mirar al espejo.
Quise preguntar:
«Espejito espejito…»
Pero no lo hice.
Solo sonreí.
Me levanté.

Lo curioso es que mi reflejo no se movió.
Siguió allí. Sentado.
Solo esbozó una leve sonrisa.

Hoy escribo este texto porque he vuelto.
He vuelto a este blog. A este rincón.
A este lugar donde las palabras no se gritan, se conversan.
Donde una taza de café puede ser mas profunda que una conferencia.
Donde el silencio también escribe.

Desde aquí seguiremos compartiendo historias.
Las de las series.
Las de mi madre.
Las de la historia cristiana.
Las de la ciudad.
Las de mis secretos.
Y también las mías. Las tuyas. Las de cualquiera que aún cree que vale la pena escribir.

Porque detenerse es para cobardes.
Y eso es algo que nunca aprendí de mi padre.

Gracias por volver.
Gracias por leer.
Gracias por estar.

Nos seguimos encontrando,
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino