El deseo de una charla que duró todo un día

No supo cuánto tiempo habían estado conversando; solo sabía que empezaron cuando el sol asomaba en el horizonte y que, mientras preparaban un café con croissant y queso crema, las horas habían pasado demasiado rápido. Ya el sol se había ocultado y la noche, oscura y fría, los sacó de aquella conversación que ninguno quería que terminara. Él hablaba un rato, ella otro, pero ambos se escuchaban y respondían. La charla era tan interesante que ni siquiera su amigo canino los distrajo: se acomodó en la almohada de siempre, junto a la cabecera, y se quedó dormido, como si intuyera lo importante de aquello.

Hablaron de historias y recuerdos de la infancia, de tiempos lejanos, de momentos tristes y otros no tanto. Ella le contó sus miedos y sus penas mientras él volvía a preparar otro café. Ella hablaba atropelladamente, queriendo decirlo todo. Volvió a encender el horno y puso los croissant a 375 grados: siete minutos de espera para que quedaran en su punto. Pasaron del comedor a la sala, disputándose los croissant calientes; hablaron de historia, de libros y textos, de juegos de niños, de tristezas de la adolescencia, de frustraciones y de lágrimas, de partidos de fútbol que terminaron en fracaso. Se contaron relatos, se sacudieron las manos con migas, sintiendo que la conversación no encontraba fin.

La tarde se fue y las luces se encendieron solo para que pudieran mirarse a los ojos y seguir intentando escribir su propia historia: frases entrecortadas por temores fundados, palabras apagadas bajo cielos estrellados, verbos y sustantivos unidos por los pronombres que contienen el tú, el yo y el nosotros; adjetivos que califican la vida. Palabras juntas formaban una nueva narración. Al llegar la noche, como suelen llegar las cosas, hubo una caminata hasta la puerta, un beso apasionado y una despedida con tristeza. Él salió tal como había llegado, con su cuaderno en la mano, donde había anotado las palabras que se dijeron durante todo el día, las mismas que habían llenado sus vidas de historias.

Ella cerró la puerta, se sentó en el sofá, dio el último sorbo al café frío y terminó el pedacito de croissant que aún quedaba en la canastilla, soñando con que, al amanecer, volverían a conversar: libreta en mano, lápices en los bolsillos, para continuar la historia que aún guardaban, llena de esperanza. Todo comenzó con cruzar palabras, un café, un croissant y el simple deseo de ser escuchada. Volverán en otro tiempo, pero con el mismo café.

— Vick
Conversando con una Taza de Cafe
-Vick-yoopino

El quizás

A veces la vida nos devuelve aquello que creíamos perdido, pero no igual… sino distinto, más callado, más consciente, como si el tiempo lo hubiese pulido con lágrimas, silencios y ausencias.

Ayer hemos vuelto a hablar.

Entre las palabras, tímidas al principio, se coló un suspiro, una sonrisa, y esa sensación que no se puede explicar del todo: la del quizás.

Y quise decirte —aunque el corazón hablaba más que la voz— que tus lágrimas de aquella despedida, frente a la reja blanca, aún no se han borrado.

Cada vez que las recuerdo, vuelvo a sentir el peso de ese adiós, el sonido del portón cerrándose, y la distancia creciendo entre nosotros.

Aquellas lágrimas, sin saberlo, se quedaron sembradas en la memoria… y una vez más al reencontrarnos, florecieron en este quizás.

Quizás no sea como antes, ni falta que hace.
Quizás esta vez caminemos más despacio, con menos promesas y más verdad.
Quizás el miedo no sea un enemigo, sino un recordatorio de que lo que sentimos vale la pena intentar.

Hay algo en el “quizás” que late distinto.

No es certeza ni despedida.

Es un puente hecho de esperanza, construido con cuidado, palabra a palabra, como quien enciende una vela en medio de la noche sin saber si habrá viento.

Quizás venga.

Quizás el destino vuelva a cruzar nuestras vidas.

Y quizás, solo quizás… esta vez sea para quedarse.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino