Café, lluvia y sueños

A veces, la noche trae más que oscuridad.

Nos entrega tiempo para limpiar el polvo del alma, preparar un café caliente… y mirar, desde la ventana, cómo la vida sigue caminando, incluso bajo la lluvia.

Mientras Kiba dormía, retiré las plantas del alféizar, sacudí el polvo de los visillos de muselina, y limpié los cristales con té frío para que la escasa luz pudiera colarse en la habitación.

La habitación —oscura y con vistas al norte— se iluminó levemente, mientras la lluvia seguía golpeando los vidrios desde fuera.

Corrí a prepararme un café, cargado, dulce y caliente. Quería quitarme el sueño… y espantar un poco el frío. Sin darme cuenta, la lluvia fue cesando.

Y entonces, aparecieron los caminantes: unos rumbo al trabajo, otros de regreso a casa, algunos simplemente saliendo a pasear entre charcos y calles resbaladizas. Los niños, felices, jugaban como si la lluvia fuera un parque nuevo.

Desde mi ventana, con el café en la mano, observaba la vida pasar. El invierno se acerca. Y mientras llega, intento conquistar nuevos reinos. Ganar batallas con una sonrisa. Avanzar en los sueños. Y ser, en medio de todo, un hijo de Dios.

Ya es tarde. Es hora de ir a nuestros cuarteles de invierno. A buscar el calor de una cobija… y dejar que los sueños nos transporten a lugares mágicos, donde no hay imposibles, donde la realidad es nada y lo imposible… posible. Porque, aunque sabemos que los sueños son solo sueños, también sabemos que a veces —solo a veces— los sueños se vuelven realidad.

Buenas noches, mis amigos. Duerman en paz. Y sueñen sin miedo.

Conversando con una Taza de Cafe
-Vick-yoopino

Vuelve, payaso.

Dicen que los payasos son expertos en hacer reír.

Pero nadie pregunta qué pasa cuando se apaga la luz, cuando cae el telón, y lo que queda… es solo la soledad.

Salían carcajadas de los asistentes. Reían con cada acto, desde el principio hasta el final.

En cada representación, él entregaba todo lo que tenía.

Se vestía lentamente. Paso a paso se colocaba el maquillaje.

Pintaba su cara, sus ojos. Rojo en la nariz y los pantalones. Verde y amarillo para el cabello. Azul de cielo… azul de mar nocturno para el traje. Azul también como su soledad. Zapatos rojos y azules. Tan grandes como su tristeza.

Silencio. Empieza la función. Entraba riendo, dejando el llanto de amor en un rincón.

Ponte el disfraz y haz reír —le decía el presentador, con rostro serio.
Y salía a escena. Cantando. Saltando. Corriendo. Brincando por encima de su soledad. Hasta que termina la función.
Y en cualquier rincón, se duerme. Huye de su tristeza. Se tapa con un poco de cielo. Y se acurruca con su soledad.

Hasta que vuelva a reír… como cuando tenía diez años. Aunque hoy ya tenga ochenta. Vuelve a reír, payaso. Sigue saltando, volando entre risas y brincos. Con tu traje azul. Con tu tristeza. Con esa soledad que también te hace reír.

Hoy, das una risa y un aplauso en tu camino al cielo. Volverás un día, cuando regresen las sonrisas. Volverás del recuerdo, y sonreirás con risas del alma. La que perdiste. La que se quedó en aquel lugar donde un día aprendiste a reír.

Vuelve, payaso. Sin maquillaje. Sin zapatos de colores. Sin tu traje azul cielo. Solo con tu sonrisa. Esa que te abrirá las puertas del cielo. Donde te espera el amor que perdiste una tarde de lluvia, una noche ya olvidada. Ahora vivirán juntos, por la eternidad.

Conversando con una Taza de Cafe.
-Vick-yoopino.

Silencio, el camino ya lo he empezado

Me senté, en el mismo Starbucks de siempre, y me quedé a esperarte.

No llegaste.

Pedí el cappuccino de cada día.

Se llegó a enfriar de tanto mirar por la ventana,

en una tarde-noche que llovía.



Imprimí pasos a mi camino
 y recorrí la senda que lleva a tu ventana,
 ocupada por la luz del camino que olvidaste,
 recordada por momentos que tú, aún hoy,
 prefieres olvidar.



Pasan las horas.
 Y de regreso miro la luna,
 esa que revela cuerpos,
 que enseña figuras aún escondidas, 
aún indefinidas, con caras conocidas 
en medio de la oscuridad.



Palabras escritas y dichas en medio de secretos,
 queriendo tapar voces y miradas,
 ocultas por el silencio,
 como las estatuas de gárgolas
 que miran sin ver
 y escuchan sin oír.



Sin entender que las paredes hablan
 y el viento observa,
 con siluetas hechas una,
 de dos que se abrazan, 
formadas por la luz de una farola
 en aquella esquina.



Paso de largo.
 Olvido el recuerdo.
 Entierro las penas.
 Sigo mi sendero.



Silencio: que llega la noche.

Silencio: que vamos de ida.



Truenos en el cielo que destapan verdades.
 Caminos de ida, sin retorno aparente.
 Tiempo de retiros.



Los sonidos de tambores apagan la guerra.
 Vuelan las hojas de flores marchitas,
 hojas de otoño que suenan en el suelo,
 al ser pisoteadas por pies de aquella
 que llamaba princesa,
 que esconde su caminar en la tarde,
 su correr en la noche,
 como vuelo de paloma que se dirige al cielo…
o a aquel lugar en donde mirar atrás
 sea solo un recuerdo.



Porque mirar,
 es quizás simplemente levantar los ojos
 que ya moviste de lugar.
 Que ya no miran los míos.



Por ello, el silencio.
 El camino es simplemente volver
a donde me encontraste.
 Sin saber reír.
 Solamente vivir.



Silencio.

El camino ya lo he empezado, 
intentando regresar en el tiempo.

Conversando con una Taza de Cafe
-Vick-yoopino.