Un Encuentro bajo la Lluvia en París

La Torre Eiffel, una vez más, quedaba atrás. Brillante e imponente, como todas las noches, con su tramo superior incrustado en la negrura del cielo como un faro de metal y luz. Pero esa noche no era su noche. Su mirada no se detuvo en ella; era solo un telón de fondo, un punto de referencia en la carrera contra el tiempo y la lluvia que comenzaba a caer.

Cruzó el Quai Branly con paso rápido, casi urgente. Las primeras gotas, pesadas y frías, se convirtieron en un aguacero copioso que lo obligó a desplegar el paraguas. No importaba. Siguió adelante, con los zapatos ya empapados y la ansiedad creciendo, hasta los Jardines del Trocadero. Allí, entre árboles que parecían clones en la penumbra y bancas idénticas bajo la cortina de agua, buscó desesperadamente. La lluvia empapaba su traje, resbalaba por su rostro y se mezclaba con una expresión de angustia creciente. ¿Habría llegado tarde?

El instinto —o la desesperación— lo llevó más allá, hacia el Palais de Chaillot. Y entonces, la vio.

Bajo un paraguas rojo vibrante, como un único punto de color en un cuadro gris, estaba ella. Esperaba, con los pies mojados y, parecía, el alma empapada por la misma incertidumbre. Se acercaron, y en el movimiento torpe de la prisa y la emoción, sus paraguas chocaron con un golpe seco, como dos carruajes que se rozan en una carrera frenética por encontrarse.

Y allí, bajo la llovizna implacable, sonrieron. Temblando de frío y de alivio, intercambiaron un beso tierno, un saludo que sellaba el reencuentro. Sin prisa ahora, dieron media vuelta y emprendieron el regreso por la Rue le Tasse. Caminaban lento, muy lento, a pesar de la lluvia que no cesaba. Cada paso era cuidadoso, no solo para no resbalar en el adoquín brillante, sino para estirar ese instante frágil y perfecto.

Llegaron despacio al Port Debilly. Subieron a un bote, encendieron el motor y partieron rumbo a lo desconocido —o quizás, rumbo a todo lo conocido—. Iban a rodear la Seine, camino a Citadines Saint-Germain-des-Prés. En la intimidad de la cabina, cerraron un solo paraguas, el que los había protegido juntos. El otro, el rojo, quedó atrás, abandonado en algún lugar del camino. Un mudo testigo de su encuentro, un marcador dejado justo en el punto donde mañana volverían a despedirse… para, a la noche siguiente, volver a comenzar la misma y necesaria búsqueda.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

Un vago al que llaman bohemio

Saben, les cuento una historia que me ocurrió hace muy poco. No pensaba narrarla al principio, pero se fue convirtiendo, sin darme cuenta, en una pequeña crónica digna de quedar escrita. Tal vez para que no se pierda. Tal vez para recordarme que incluso en los días más comunes, la vida decide sorprendernos.

Era uno de esos días en los que uno se encuentra, como siempre, en la penumbra de un café. Mi cappuccino de fiel compañero, un croissant que hacía de almuerzo improvisado, servilletas por todos lados, el iPad encendido, cables por aquí y por allá, los AirPods en las orejas para olvidarme un rato de que existe un mundo afuera.

Entonces se acercó una pequeña mujer y, sin rodeos, me preguntó:
—¿Qué es ser un bohemio?
Me le quedé mirando, quitándome un audífono, y le respondí con otra pregunta:
—¿Y qué te han dicho que es un bohemio?
Ella suspiró y me dijo:

—Bueno… me han dicho que son vagos sin oficio ni beneficio. Personas que quieren huir del sistema, que no encajan en la forma de vida que los rodea. Algunos dicen que son gente que lucha por hacer de la vida un santuario… pero que nunca lo logran.

La observé un instante. Y pensé.
Luego le respondí:
—Mucha gente piensa así… pero yo creo algo muy distinto.

La invité un cappuccino y un croissant, y nos sentamos en una mesa vieja, despintada por el tiempo. El cafetín olía a café recién tostado y a pan recién horneado. Era como pertenecer, por un momento, a una logia secreta en la que solo se entra cuando uno decide conversar de verdad.

Le dije:

—Mira… el bohemio es aquel que vive de sueños e ilusiones, y que va, uno a uno, tratando de convertirlos en realidad. No tiene prisa. Camina despacio, pero deja huella. A veces feliz, a veces no. A veces haciendo ruido, otras pasando desapercibido. Sabe de todo y no conoce nada. Puede hablarte de historia y luego contarte una fábula. Puede resolver —en teoría— la economía del mundo, aunque sabe que jamás le harán caso.

—El bohemio lee como ratón de biblioteca —seguí—. Siempre lleva un libro en la mochila, junto con papeles y caramelos para engañar al estómago, y lápices para escribir con mezcla de café y pan dulce. Mezcla de sueños y tristezas. Come cuando puede y, aunque lo llamen vago, tiene gustos exquisitos. Es conocido en cafetines, en lugares donde pueda soñar, donde su musa —esa que revolotea sin permiso— le susurra que escriba versos, poemas, historias, canciones… o epitafios de otros bohemios que se adelantaron en cruzar el río de la desesperanza.

—El bohemio vive creyendo —continué— que a la vuelta de cualquier esquina la vida puede cambiar. Que aún quedan sorpresas dignas de vivirse. Y que quizá, con un poco de suerte, encuentre lo que busca, recupere lo que perdió y decida quedarse a vivir allí, donde alguno de sus sueños —soñado por tantos años— se cumplió al fin.

Ella escuchaba sin pestañear.

—El bohemio no se afana —le dije—. No claudica. Puede dejarse matar por una flor, por un poema o por un dibujo de un niño que sueña con ser pintor. Recuerda a su propio niño interior, ese que también soñó con crear mundos, diseñar historias y creer en la magia. Se enternece al ver a su perro Kiba dormir en sus brazos, como cuando acunaba a sus hijos cantándoles la gallina turuleca o la de la mochila azul, con la esperanza ingenua de que jamás crecieran.

—El bohemio lucha, aun cuando sabe que a veces pelea batallas perdidas —proseguí—. Sonríe si las cosas van mal, sufre cuando pierde, se calla o grita cuando se enoja. Siente celos de lo que cree suyo. Camina con la mochila al hombro, cargando todas sus pertenencias e ilusiones: caramelos y chocolates para endulzar el camino, la computadora donde guarda su memoria, hojas escritas, fotos, historias. Siempre lleva, inseparable, un lápiz, compañero fiel de poemas mal escritos, y servilletas que se vuelven cuadernos improvisados cuando la musa decide bailar entre cafeteras y saleros.

—Cada pequeño triunfo le arranca una sonrisa —dije, casi para mí mismo—. Cada derrota le roba una lágrima. Y aun así sigue caminando, buscando el siguiente obstáculo. Todo lo aprendido lo comparte sin esperar nada a cambio, salvo quizás una sonrisa, un “nos vemos” o un simple “adiós”.

—Porque el bohemio —le dije finalmente— es un soñador en proceso de extinción. Ve pasar la vida y en cada surco que aparece por la mañana alrededor de sus ojos —ojos que van perdiendo el brillo de la juventud— descubre las huellas de su lucha. Eso que muchos llaman vejez, él le llama experiencia. Sabiduría. Años bien puestos, no años encima.

Ella no dijo nada. Solo escuchaba.

—Esto —concluí— es ser un bohemio. Un tipo sin oficio ni beneficio que camina arrastrando los pies por entre las penumbras de la vida. Que se acerca a Dios en cada noche fría, en cada invierno de escarcha. Que avanza con lo único que tiene: sus sueños.

La mujer, en un silencio casi sagrado, con el croissant a medio comer y el café ya frío, se levantó despacio. Me dio un beso en la mejilla y me dijo:

—Te dejo, bohemio. No pierdas tu lápiz ni tu servilleta. Escríbeme un poema, una pequeña oda… o cuéntame una historia. Porque quizá, cuando tu tiempo haya pasado y tu nombre sea solo un recuerdo, yo vuelva a este cafetín para escribir canciones y poemas… y contar tu historia, la que dejaste sin terminar.

Y se fue.

Y me quedé allí frente al café vacío, sintiendo que sí… tal vez ser bohemio es, al final, una forma de seguir vivo.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

El deseo de una charla que duró todo un día

No supo cuánto tiempo habían estado conversando; solo sabía que empezaron cuando el sol asomaba en el horizonte y que, mientras preparaban un café con croissant y queso crema, las horas habían pasado demasiado rápido. Ya el sol se había ocultado y la noche, oscura y fría, los sacó de aquella conversación que ninguno quería que terminara. Él hablaba un rato, ella otro, pero ambos se escuchaban y respondían. La charla era tan interesante que ni siquiera su amigo canino los distrajo: se acomodó en la almohada de siempre, junto a la cabecera, y se quedó dormido, como si intuyera lo importante de aquello.

Hablaron de historias y recuerdos de la infancia, de tiempos lejanos, de momentos tristes y otros no tanto. Ella le contó sus miedos y sus penas mientras él volvía a preparar otro café. Ella hablaba atropelladamente, queriendo decirlo todo. Volvió a encender el horno y puso los croissant a 375 grados: siete minutos de espera para que quedaran en su punto. Pasaron del comedor a la sala, disputándose los croissant calientes; hablaron de historia, de libros y textos, de juegos de niños, de tristezas de la adolescencia, de frustraciones y de lágrimas, de partidos de fútbol que terminaron en fracaso. Se contaron relatos, se sacudieron las manos con migas, sintiendo que la conversación no encontraba fin.

La tarde se fue y las luces se encendieron solo para que pudieran mirarse a los ojos y seguir intentando escribir su propia historia: frases entrecortadas por temores fundados, palabras apagadas bajo cielos estrellados, verbos y sustantivos unidos por los pronombres que contienen el tú, el yo y el nosotros; adjetivos que califican la vida. Palabras juntas formaban una nueva narración. Al llegar la noche, como suelen llegar las cosas, hubo una caminata hasta la puerta, un beso apasionado y una despedida con tristeza. Él salió tal como había llegado, con su cuaderno en la mano, donde había anotado las palabras que se dijeron durante todo el día, las mismas que habían llenado sus vidas de historias.

Ella cerró la puerta, se sentó en el sofá, dio el último sorbo al café frío y terminó el pedacito de croissant que aún quedaba en la canastilla, soñando con que, al amanecer, volverían a conversar: libreta en mano, lápices en los bolsillos, para continuar la historia que aún guardaban, llena de esperanza. Todo comenzó con cruzar palabras, un café, un croissant y el simple deseo de ser escuchada. Volverán en otro tiempo, pero con el mismo café.

— Vick
Conversando con una Taza de Cafe
-Vick-yoopino

Dedicatoria – A los que alguna vez creyeron

Dedicatoria

Una dedicatoria íntima para quienes acompañaron el nacimiento de estas historias. Gratitud, vida y palabras que encuentran su lugar, aunque sea en una esquina digital.

Todos los libros —o intentos de libro— suelen empezar con una dedicatoria, y aunque este no ha llegado aún a ser un libro, tampoco quiero que empiece diferente. Porque hay agradecimientos que merecen escribirse, aunque nadie los haya pedido.

Gracias a quienes, de una u otra forma, hicieron posible que estas historias vieran la tenue luz de una mañana cualquiera. Tal vez no lleguen a un estante, ni se impriman en papel, pero han encontrado su lugar aquí, en este rincón virtual donde las palabras también respiran.

Gracias a la musa —o a ese susurro invisible— que logró que frases sueltas se volvieran relatos, que el abecedario de la vida se uniera para contar cuentos, memorias y fábulas que, de algún modo, nacieron para ser compartidas.

Gracias a todos los que alguna vez creyeron en este aprendiz de escritor, que solo ha tenido la dicha de escribir lo que lleva dentro.

Gracias a todos.
Gracias a la vida,
porque aunque se me va escapando día a día,
aún me deja el tiempo justo para seguir escribiendo.

Victor
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino.
MiVivencia.com.

Gertrudis y su odio jarocho: Crónica de una enemiga eterna

🌪️ Todo empezó bien…

Pasado el año 2000 empecé a trabajar en un hotel en Santa Clara, California. Todo andaba de maravillas. Buenos compañeros, risas, trabajo fluido. Pero como en toda buena historia, siempre aparece el personaje oscuro. En mi caso, una señora a quien llamaremos… Gertrudis.

Pasaron tres o cuatro años hasta que noté que su actitud hacia mí era… digamos, hostil con sabor a chile y cizaña. Sin mayor explicación, empezó a contar cosas sobre mí. Algunas probablemente exageradas, otras quizás verdad, y otras francamente salidas del guion de una telenovela con brujas.

🧂 Inventario de difamaciones y otras joyas

Gertrudis me acusó de todo, menos de ser feliz:
• Vivía debajo de un puente.
• Era ilegal.
• Me gustaba que las mujeres me mantuvieran (lo cual, si fuera cierto, habría sido un sueño hecho realidad: sin trabajo y con pensión emocional).
• Y muchas más… que iré soltando como se desgrana el choclo.
Decía que yo tenía “gloriosas cualidades”, y tenía razón… solo que ella las presentaba con veneno.

💔 ¿Amor u obsesión?

En una de esas noches de conversación con amigas, surgió la teoría: ”¿y si está enamorada de ti y te odia porque no le haces caso y encima saliste con su mejor amiga?”.

Y sí. Salí con su mejor amiga. A cenar, a pasear, a trabajar hasta el amanecer viendo cómo se escondía la luna. ¿Lo demás? Reservado bajo amenaza de doble balazo.

Pero volvamos a ella. ¿Enamorada de mí?

Pues… mi gusto va por mujeres delgadas, simpáticas, con algo de estilo. Gertrudis, en cambio, tenía el cuerpo de una momia que se resiste a ser momia, y una cintura más parecida a un salvavidas de tractor. Su ombligo parecía una válvula que en cualquier momento podría empezar a desinflarse.

Yo soy feo, sí, pero en hombre se acepta. En mujer… bueno, digamos que nuestros hijos habrían terminado en el zoológico y no en el colegio.

🥩 La leyenda de la pierna de vaca

Un día, el jefe máximo del hotel (mi amigo) me llama a su oficina. Cara seria. Me dice:
“Una compañera ha hecho una denuncia formal contra ti.”

¿La acusación?

“Dice que en la última función del hotel, te llevaste una pierna de vaca cocinada, en tu mochila, a tu casa.”
Yo lo miré, y él, al ver mi cara, no pudo más. Se empezó a reír. Su secretaria casi se atraganta de la risa. Me contó que igual tuvo que investigarlo. Habló con el chef.
“Congelada, pesa más de 20 kilos. Cocinada, imposible de cargar sin dejar un charco de jugo hasta el estacionamiento. Y menos en una mochila.”
Así que sí. Me imaginó con la mochila al hombro, dejando una estela de grasa, y 20 perros siguiéndome como escolta. Solo faltaba el mariachi y los mariachis.

📢 Rumores al por mayor

Cada semana, una nueva historia. Aquí algunas joyitas de la producción “Gertrudis Films”:
• Que yo vivía debajo de un puente decorado con grafitis de Machu Picchu.
• Que tenía antecedentes penales por falsificación.
• Que vendía basura en Facebook tras mi divorcio.
• Que me escondía en el baño para no trabajar (¿cómo sabía? ¿tenía cámaras? ¿el famoso huequito en la pared?).

Y claro, la más peligrosa: que no sabía hacer mi trabajo. Aunque eso sí, nunca entendió por qué todos me escuchaban. Tal vez porque yo leía, pensaba, tenía temas. Ella solo hablaba de “su vida en París”, aunque luego descubrí que se refería a una colonia pobre llamada así en los alrededores de Tepito.

🤷‍♂️ ¿Por qué tanto odio?

Tal vez porque sus amigas se convirtieron en mis amigas. Tal vez porque enfermó y, durante su ausencia, la gente escuchó la otra versión. Tal vez por rencor puro. O tal vez… porque no aceptaba que yo no caí en su juego.

Ella se preguntaba:

“¿Qué les da este, para que lo escuchen en todo?”
Yo no daba nada. Solo era yo mismo. Lo que parece que para ella era demasiado.

💡 Brillante como bombilla quemada

Gertrudis tenía frases inolvidables como:
“Hay niveles” (sí, y tú ibas en subsuelo).
O aquel famoso “wi wi”, dicho con tono afrancesado, sin saber qué significaba.
Una vez completó la tabla del 9, leyéndola, y pidió un diploma con ceremonia incluida. Eso sí, exigía que lo firmara el gerente general.
Y que si ella hablaba, el promedio del IQ de todo el hotel bajaba hasta rayar con el del Homo sapiens.

📆 Dos años después…

Me retiré del trabajo en 2023. No he vuelto. Y ella sigue hablando de mí. Dice que no regreso porque no puedo entrar a EE.UU. (aunque tengo más entradas que concierto de Luis Miguel).

Me han dicho que está demacrada, ansiosa, sola… y cada día más gordita (eso sí, sus piernas siempre fueron flaquitas, flaquitas: un misterio de la ingeniería corporal).

🔚 Cierre y advertencia

Todavía me guardo algunas historias para una segunda parte.
Y usted, lector querido, ¿qué cree?
¿Fue odio, celos, envidia… o una mezcla con pan con chicharrón?

He generado con IA una imagen de este esperpen… perdón, señora. No es igual, pero se le parece. Si usted me conoce, tal vez conozca a mi tormento.
No, no la voy a sacar a cenar. Ni al cine. Tal vez… al zoológico. Pero ni eso.
El nombre ha sido cambiado para fingir que no sé que leerá esto. Pero que lo leerá… lo va a leer.
Y si quieren segunda parte, pídala en los comentarios.

Victor.
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino

Más de 2,500 videos, miles de fotos y un solo capuccino

Por casi una década, cada fin de semana era lo mismo: mochila al hombro, cámara cargada, y el corazón dispuesto. No por obligación, sino por ese impulso que tienen algunos de hacer lo que aman, aunque no siempre sea valorado.

Estaba en una iglesia que tenía un ministerio de danza con panderos. Y si había algo que me emocionaba, era capturar cada uno de esos momentos en video y fotografía. No lo hacía por encargo ni por dinero; lo hacía porque sí, porque me salía del alma. Me convertí en el fotógrafo no oficial, el videógrafo no remunerado, el testigo fiel de cada giro, cada coreografía, cada ensayo bajo la luz de un salón de templo o una carpa improvisada.

Visitamos al menos diez iglesias distintas, entre presentaciones, congresos, talleres y cultos. Y mientras otros hablaban, oraban o servían, yo estaba ahí: agachado, parado, girando con la cámara, buscando el ángulo perfecto para que cada momento quedara guardado. Cada domingo, sin falta, grababa. Luego editaba. Y compartía en Facebook más de 200 fotos por evento, sin marcas de agua, sin esperar nada más que un “gracias”.

Bueno… a veces recibía un pago simbólico: un capuccino de Starbucks y un croissant. Ese era mi salario semanal.

Al cabo de los años, los equipos comenzaron a envejecer. La cámara ya no grababa igual, el lente empezaba a fallar, la computadora se congelaba. Entonces alguien me dijo:

—¿Y por qué no haces un GoFundMe?

Me pareció razonable. Pensé: “Si entre todos los que han recibido mis fotos y videos se juntan aunque sea con poco, podré seguir haciéndolo mejor, con equipos nuevos”.

Subí la propuesta. Esperé.

Una pareja amiga dio 100 dólares. Una persona que ni conocía, otros 50. Y nada más.
Miles de fotos, más de 2,500 videos, cientos de domingos… y dos personas respondieron.

No me dolió el dinero. Me dolió el silencio. Me dolió ver cómo, de pronto, era invisible. Como si todos esos años se hubieran desvanecido en la nube digital, como si las imágenes que con tanto cariño entregué no hubiesen dejado huella en nadie.

Así decidí dejar de grabar para las iglesias.

Poco después, la vida me trajo a Lima. Y, como si la historia quisiera repetirse, comencé a grabar danza folclórica. Nuevos rostros, nuevos escenarios, nuevos trajes y ritmos… pero el mismo resultado: videos con 200 vistas y 12 likes. El mismo desánimo, el mismo vacío. Tal vez la culpa sea mía por no promover los contenidos como se debe. Tal vez. Pero también está esa parte que no se puede forzar: la respuesta humana.

Y sin embargo, sigo.

Porque aunque ya no haya croissant, ni likes, ni aplausos, algo dentro de mí insiste en registrar lo que otros olvidarían. Sigo grabando porque alguien, algún día, tal vez vea lo que otros pasaron por alto.

Quizás esta historia no sea una que se comparta mucho. Quizás solo sea eso: una vivencia más. Pero si alguna vez fuiste uno de los que recibió una foto, un video, una sonrisa detrás de la cámara… gracias. Aunque no dijeras nada. Yo lo hice con todo el corazón.

Si alguna vez fuiste parte de un grupo de danza, si alguna vez serviste sin esperar nada a cambio, si alguna vez diste todo con tu cámara, tu voz o tus manos… esta historia también es tuya.

Déjame tu comentario, comparte si te tocó el corazón o simplemente cuéntame tu historia. Tal vez entre todos, podamos hacer que lo invisible tenga valor.

Porque a veces, lo único que se necesita… es que alguien mire y diga: “Gracias”.

Conversando con una Taza de Cafe.
-Vick-yoopino.

Y la muerte me tiene ganas – Recuperación (Parte 2)

Recuperación, verdades a medias y una mochila para el otro barrio

Me ordenaron vestirme. Recogí mis cosas. Yo, que ya lo tenía todo ordenadito, cargadores conectados, el iPad con batería, y estaba por ver el partido de fútbol… ¡no! Me dijeron que no me quedaba. Que me iba a casa. Por ahora.

Salí como entré, salvo por unas cajas de medicinas. Luego tuve que pasar por otra farmacia para que me prepararan otras. Y de allí, directo a la iglesia. Había que ponerme a cuentas… por si en el camino el pantalón me quedaba corto al estirar la pata.

Hice testamento. Dejé encargado a mi perro. Acomodé mis shorts. Mi patita de conejo. Un peluche todo viejo de Snoopy. Incluso pensé: ¿quién querrá lavar mi ropa para que me la pongan en la mochila si me voy? No sé si en el otro barrio hace frío o calor… así que llevo ropa para ambos climas.

Me encontré con mi yoyo, mi bolero, un par de rompecabezas de 5000 piezas que nunca pude armar. Pensé: ahora sí tendré tiempo. Guardé todo, y un helado para el camino. Mochila lista, y me fui rumbo a la church.

Solo le conté a una persona. Y a nadie más. Porque después empiezan con los encargos:
—¿Le puedes llevar esto a mi tía?
—¿Y esto a mi abuelita?

Y terminas con una maleta llena, como si fueras delivery celestial. Y si no quieres, se enojan, te quitan el habla… y hasta te bloquean en Facebook. Como si en el otro barrio uno tuviera tiempo para andar entregando encargos. No hay Uber espiritual, señores.

Pero bueno… estamos en recuperación. Aunque eso significa que el vecino se llevó mi mesa y ahora tengo que recuperarla (larga historia). Y ahora vienen las órdenes: comer verduras, tomar agua, menos carne, más vegetales, nada de azúcar, ejercicio. A estos extremos… ¡estar vivo va a ser más difícil que estar muerto!

Menos mal que tengo a Kiba, mi perro. Él sí me va a extrañar.

Al final, ya en la noche —tipo diez— me senté en mi carro. Tenía 32 pastillas. Un vasito de agua. Me las tomé. Una por una. Me di una buena movida para que se disuelvan. Y pensé:
¿Y si me tomo todos los frascos de un tirón… me sano más rápido?

No pude. Eran demasiadas.
Y la última, la más amarga, la pasé con un sorbo de resignación.

Luego salí caminando. Fui por mi Starbucks, mi croissant, mi iPod, mi cámara, un cuaderno, un lapicero. Me senté como al principio. Entré al cuarto más chico del Starbucks… y me puse a silbar la misma canción que alguna vez te dediqué.

  • Epilogo: Esta historia fue real. Aunque contada con humor.

A veces, cuando uno está más cerca del silencio, es cuando más escucha su propia voz.

Gracias por leer. Si alguna vez pasaste por algo parecido, o simplemente quieres compartir una risa nerviosa conmigo, te leo en los comentarios.

Conversando con una Taza de Cafe.
– Vick-yoopino.

Aquí toy: Regreso a MiVivencia.com después de tres años.

Julio de 2021. Ese fue mi último post. Lo recuerdo como se recuerda una despedida sin despedida: sin saber que era la última vez que escribiría aquí… hasta hoy.

Y es que uno no se despide de un lugar como este, aunque lo abandone. Un blog es como una habitación cerrada con las ventanas abiertas: siempre vuelve el polvo, pero también la luz. MiVivenci.com nació en mayo del 2010, cuando todavía creía que escribir era un acto solitario. Hoy, después de todo lo vivido, sé que escribir es también un acto de regreso.

Intenté entrar estos días, y como suele ocurrir con las viejas casas digitales, el WordPress se puso rebelde. Me bloqueó, me ignoró, me puso a prueba. Pero aquí toy. Volví. Más terco que antes y con muchas historias que no me caben en los videos que hago, ni en los mensajes que dejo sueltos en redes. Este espacio merece algo más íntimo. Más directo. Más mío.

Desde el último post han pasado tres años… y treinta vidas. Cambié de país, cambié de casa, volví a convivir con el pasado (literalmente), y de pronto todo se llenó de series, cámaras, guiones, demonios, cristianos, brujas, cafés y preguntas sin respuestas.

Así que este no es solo un regreso. Es una declaración. MiVivencia.com está de vuelta. Y ahora sí, con ganas, con ritmo y con todo lo que no se puede decir en voz alta… pero se puede escribir.

Si alguna vez leíste algo aquí, gracias. Si es tu primera vez, bienvenido. No prometo orden ni frecuencia, pero sí historias reales, absurdas, inquietantes y a veces incómodamente verdaderas.

Porque eso somos, al fin y al cabo: una suma de vivencias. Y aquí toy, otra vez.

Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino.

Y la muerte me tiene ganas – El diagnóstico (Parte1)

El diagnóstico que llego silvando.

Una historia real entre la sala de emergencias, el absurdo y la risa nerviosa.

Bueno, les voy a contar una historia verídica. Los nombres han sido cambiados, porque de lo contrario me van a pedir derechos de imagen, y como que si con las justas me alcanza para un té de manzanilla… imagínense tener que pagar por nombrarlos. Pero empecemos.

Era uno de esos días en que, desde que uno se levanta, todo sale chueco. No encuentras los calcetines, y el único que aparece tiene un hueco del tamaño de un huevo en el talón. Pero bueno, medio que uno disimula con un pantalón largo y nadie lo nota.

Después, te das cuenta de que olvidaste cargar la cámara, pero igual te paseas media hora con ella al hombro, para que nadie diga que no la usas. Te tomas tu agüita en dedal, para que vean que eres saludable, y luego pasas por tu Coca-Cola, para que la tienda no quiebre.

El día pintaba caluroso, así que me puse mi polito, desafiando ese mal moderno de sudar la gota gorda… que en mi caso es una gota flaca, porque para engordar tampoco me da.

Pasé la tarde en un evento de panderos. Viendo lo visto, parecía más una actuación de un drama donde todo el monte era orégano, hasta que vinieron las espinas y, sin saber cómo, terminamos en tragedia. Luego, ya entrada la noche, fuimos a cenar al Denny’s. Quizás fue eso. Cené allí el viernes, y para gustos, repetí el sábado. Éramos varios amigos, disfrutando de un buen steak y mucha conversación.

A eso de la medianoche, antes de que saliera la Llorona a reclamarme por no ser su hijo —porque ya con las panderistas tenía suficiente— nos despedimos. Como había tomado agua como camello, pasé al baño. Lugar pequeño, donde no sé por qué, pero la gente o silba o canta. No voy a decir qué silbaba, porque me excomulgan.

Y ahí… empezó lo raro.

La tarde se me empezó a vestir de rojo. Dije: ¡Ay mamá! Aquí la cosa no pinta bien. El color no bajaba, al contrario, subía hasta llegar a un bermellón que ya lo hubiese querido Dalí para su Tauromaquia. Pensé: o muero en casa, o me voy al hospital.

Entonces hice lo básico: darle de comer a mi perro, limpiar mi cuarto por si deben sacar ropa, ordenar mis libros, esconder el dinero para que no lo encuentren, y meter lo necesario en mi mochila porque esto iba para largo. Antes de que me saquen de cuerpo entero, escondí mi chanchito dentro de la ropa sucia (allí nadie busca, aviso). Ya lo saqué, ahora está detrás del televisor, y nadie lo va a encontrar.

Guardé lo más importante: mi cámara, un trípode chico y otro grande —uno nunca sabe si en el otro barrio hay que seguir grabando—, mis cargadores, el reloj, el teléfono, el iPad, el iPod para matar el aburrimiento, cuadernos, lapiceros, dos calzoncillos y mi patita de conejo para la buena suerte. Y raudo, me fui al hospital.

Llegué a emergencia. Estaba vacío. Pensé: ¿o todos ya se fueron con el Señor o aquí hay fiesta y no dejaron encargado a nadie? Pero no, simplemente no había nadie.

Me atendieron rápido en recepción. Era la 1:00 am. Dije: “¡Qué rápido!” …pero después pasé a la sala de espera.

Y esperé.

Las 3:00… nada.
Las 4:00… nada.
Las 5:00… me llamaron para pesarme, sacarme sangre, orina, 20 dólares —porque había que hacer la coperacha para el café de la mañana— y si que me sacaron sangre. Pensé: ¿Drácula está de visita? Porque con lo que me sacaron, vino hasta con su familia.

Otra vez a esperar. Me preguntaron: ¿qué le duele? ¿dónde? ¿desde cuándo? ¿cómo fue? ¿y qué comió? ¿y estaba bueno? Y nos pusimos a conversar sobre qué Denny’s era mejor. Me enseñaron fotos de sus hijos, yo les mostré la de mi perro, y me mandaron de nuevo por un tubo a la sala de espera.

A las 9:00 me preguntan: ¿esa señora viene con usted?

Yo: “Ni la conozco.”
—Ah, porque pidió ADN por si el que va a never es suyo…
Otro grito: “¡Rayos!”
Yo, con cara de idiota: ¿Dónde? ¿Qué rayos?
No, que vas a pasar por rayos X y un scan.
(El “scan” resultó ser un scanner Epson… para escanear mi ID).

Luego, más preguntas. Como la enfermera cambió de turno, la nueva (que ya tenía sus años) me volvió a hacer TODO el interrogatorio. Casi me pide el carnet de Boy Scout.

Más preguntas. Más dudas. Más sueño. Más hambre.
Quisieron sacarme más sangre. Les dije que ya la Llorona me había quitado todo, y que lo único que iban a encontrar ahora era café.

Recién llegó la doctora. Hasta ese momento, solo enfermeras y practicantes, y vaya que practicaron.

Le conté mi historia, saqué la lengua, respiré profundo, dije “33”, exhalé, cerré un ojo, no respiré. Me dejó así un rato largo, hasta que me puse morado. Luego dijo: “Ya puede respirar.”

Y luego me dio el veredicto:

—Usted no tiene nada. Ya puede regresar a su trabajo.
—¿Perdón?
—¿Le duele?
—Solo cuando me río.
—Ah, entonces no es nada.
—¿Y la sangre?
—Nah… cambio de aceite.
—¿No serán los riñones?
(se ríe) —Búsquelos en casa, porque en la radiografía no los encontramos.

Allí sí me molesté. Le dije: “¡Yo creo que se los agarraron aquí, junto con mi billetera!”

Me dijo:
—Todo le funciona.

Silencio sepulcral. Se escuchaba el viento. Pero al 50%.
Dije: “Mejor, estoy ahorrando energía. Si funcionara al 100% ya estaría muerto.”
Se rió.
—¿Usted es profeta?
—De cuando en cuando.
—Pues ahora yo creo que le atinó.

Yo ya no sabía si echar a correr o llorar. Pero lo primero no pude, porque se dieron cuenta de que me quería ir sin pagar. Me amarraron a la cama y me pusieron el termómetro en la boca. Y me advirtieron:
—Si te mueves… te lo ponemos…
Me asustaron.
…en la axila.

Ya tranquilo, me dieron pastillas como para empedrar mi patio. Una tras otra, con agua y movimiento. Me dijeron: “En una semana con su médico.”
—No tengo.
—No se preocupe, no creo que lo necesite. Si llega al jueves, siéntase suertudo.

Eso me consoló.

Me dijo que tenía esto, aquello, y lo otro también. Lo único que no tenía… era cabello. Lo demás, todo ok.

Luego llegó la que cobraba. Me hizo firmar tantos papeles que hasta uno decía “certificado de defunción”.

—¿Y esto?
—Una formalidad. Después se mueren y no hay cómo hacerlos firmar.

Me tranquilizó.
Pero luego me mostró la factura… y me quitó el habla. Con eso parecía que iban a construir otra ala en el hospital.

—No se preocupe —dijo— esto es solo para darle el alta. Ya el bill definitivo se lo enviaremos a su casa. (continuará).

Esta historia en su primera parte fue real. Aunque contada con humor.

A veces, cuando uno esta más cerca del silencio, es cuando más escucha su propia voz.

Gracias por leer. Si alguna vez pasaste algo parecido, o simplemente quieres compartir una risa nerviosa conmigo, te leo en los comentarios.

—Conversando con una Taza de Cafe.
Vick-yoopino