El vuelo de la paloma

Primera historia de la Serie: Historias Desesperadas.

Esta no es la historia de una paloma cualquiera.
Es la historia de lo que sucede cuando alguien quiere poseer, en lugar de amar.
De cómo la libertad puede sobrevivir incluso en el encierro.
Y cómo, a veces, un hogar no se construye con barrotes… sino con pan duro, café caliente y un poco de ternura.

Hubo una vez un hombre que viajó a un lugar lejano y compró una jaula. No era cualquier jaula: era hermosa, de altas paredes, con barrotes de oro y marfil, puertas y ventanas talladas en madera fuerte, diseñada para resistir el tiempo, los golpes… y la libertad.

También compró una cadena de oro macizo, para colgarla en lo más alto de su palacio, a la vista de todos, como símbolo de su orgullo. Y entonces, al verla vacía, buscó por varios lugares hasta encontrarla: una palomita pequeña, de lindos colores, que cantaba como un ruiseñor entre flores de néctar dulce.

La paloma, al principio, se sintió feliz. Aunque fue comprada sin saberlo y llevada en una caja sin entender, pensó que tendría un hogar. Creyó en los cantos del hombre que la había elegido, creyó que sería admirada, querida, libre dentro del amor.

Pero no fue así.

Cuando llegaron al palacio, el hombre la encerró.
La puso en su jaula de oro y marfil.
Y le ordenó que cantara.
Solo para él.
Solo cuando él quisiera.
Solo cuando él la mirara.

Con el tiempo, su canto se volvió triste, hueco, sombrío.
El amor se convirtió en rencor.
El orgullo, en jaula.
Y la belleza, en cárcel.

Mal alimentada con las sobras del afecto, obligada a repetir la misma melodía, la paloma se marchitó. Ya no cantaba, apenas sobrevivía. Golpeó los barrotes una y otra vez, hiriéndose las alas, su plumaje, su cuerpo… y su esperanza.

Un día, sin saber cómo, sin un motivo claro, la puerta de la jaula quedó abierta.
Y la paloma voló.
Voló lejos. No buscando cielo, ni gloria. Solo quería paz.
Voló hasta el cansancio.

Y en el camino, encontró a un hombre viejo.
El viejo caminaba lento.
Cargaba una mochila al hombro, llena de sueños gastados.

Y colgando de su lado, llevaba una jaulita vieja, oxidada, de alambres torcidos y color deslavado.
Dentro de ella, una casita hecha de cartón, de restos de vasos, de cajas rotas, de basura, de ilusión.

El anciano vio a la paloma débil, herida, y la recogió con sus manos temblorosas, como quien levanta un pedazo de cielo. La acarició. La alimentó. Curó sus alas. La colocó en su jaulita.

La paloma lloró.
Lloró desconsolada.
Creyó que todo se repetiría.
Que el encierro volvía, que su vuelo había sido en vano.

Pero entonces, el viejo le habló con una ternura que dolía:
—Perdóname por tenerte en esta jaula —le dijo—. No tengo un lugar mejor. Sé que está vieja, oxidada, a punto de caerse. Pero he caminado tanto por la vida que ya no me queda fuerza para construir otra.

Mi jaula no tiene puerta. Jamás se la puse.
Si quieres irte, solo tienes que volar.
Pero si decides quedarte…
Te prometo que aquí solo estarás si quieres.
Te daré pan duro, agua de lluvia y café con leche por las mañanas.
Pero también te daré todo mi amor.
Te cuidaré.
Te escucharé cantar, solo si tú quieres.
Y no por obligación, sino por alegría.

La paloma, con el tiempo, comprendió que no estaba atrapada.
Que era libre.
Y que ese hombre no quería tenerla, sino merecerla.
Volvió a cantar.
Volvió a volar.
Volvió a amar.

Y eligió quedarse.
Hoy, la jaula sigue siendo de alambre viejo y cartón remendado.
Pero está hecha con ramas de amor y hojas de esperanza.
La paloma, que fue diosa oculta y flor maltratada, ahora es feliz.
Porque ha encontrado al hombre que la ve.

Al que no compra ni encierra.
Al que cuida.
Al que dice “te amo” y lo demuestra con pan duro y café caliente.
Al que le construyó, no una jaula… sino un hogar.
Porque, como dijo el poeta:

“Te encontré detrás de tanto sufrimiento, te encontré tan lejos en la vida… pero al fin te encontré.”

Vick, el que aprendió que hay jaulas que no encierran, y manos que liberan.
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino.
MiVivencia.com.

¿Alguna vez fuiste una paloma encerrada en una jaula ajena?
¿O quizás conociste a alguien que solo quiso verte volar?
Cuéntame tu historia. Te leo en los comentarios.

Cuando callen los versos

Cuando callen los versos, cuando las palabras se acaben, cuando el silencio cubra de oscuridad las letras de un cuaderno y ya no haya escrituras en un cafetín, pensarás que no existo, sentirás que me he ido, que mi adiós es la continuación de un epitafio del olvido y un amanecer con el cielo lleno de neblina oscura, presagiando tormenta, truenos y lluvia.

Por la partida, por un adiós. Hasta ese tiempo, las hojas de los árboles crecerán de nuevo, los geranios, madreselvas y gladiolos volverán a brotar en los jardines, junto a aquellas flores que un día dejé en tu puerta.

Hasta ese día, cual partida de un navío hacia alta mar, te buscaré en las mañanas, tomaremos un café, y en un tiempo en que vuelvas a estar a mi lado, en medio de sueños y un intento de que jamás te alejes — por tu promesa, por tus palabras, por toda tu verdad.

Por eso seguimos en el camino, buscando una mañana, luchando por una tarde, tratando de encontrarte a la medianoche, muriendo por un fin de semana…

Cuando la luna cubra tus pasos y las sombras, cual fiel escudero, sigan tu caminata hasta encontrarte conmigo una vez más.

Porque —como dijo un cantautor—
mi corazón te quiere más de lo que yo quiero.

Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino.

Y la muerte me tiene ganas – Recuperación (Parte 2)

Recuperación, verdades a medias y una mochila para el otro barrio

Me ordenaron vestirme. Recogí mis cosas. Yo, que ya lo tenía todo ordenadito, cargadores conectados, el iPad con batería, y estaba por ver el partido de fútbol… ¡no! Me dijeron que no me quedaba. Que me iba a casa. Por ahora.

Salí como entré, salvo por unas cajas de medicinas. Luego tuve que pasar por otra farmacia para que me prepararan otras. Y de allí, directo a la iglesia. Había que ponerme a cuentas… por si en el camino el pantalón me quedaba corto al estirar la pata.

Hice testamento. Dejé encargado a mi perro. Acomodé mis shorts. Mi patita de conejo. Un peluche todo viejo de Snoopy. Incluso pensé: ¿quién querrá lavar mi ropa para que me la pongan en la mochila si me voy? No sé si en el otro barrio hace frío o calor… así que llevo ropa para ambos climas.

Me encontré con mi yoyo, mi bolero, un par de rompecabezas de 5000 piezas que nunca pude armar. Pensé: ahora sí tendré tiempo. Guardé todo, y un helado para el camino. Mochila lista, y me fui rumbo a la church.

Solo le conté a una persona. Y a nadie más. Porque después empiezan con los encargos:
—¿Le puedes llevar esto a mi tía?
—¿Y esto a mi abuelita?

Y terminas con una maleta llena, como si fueras delivery celestial. Y si no quieres, se enojan, te quitan el habla… y hasta te bloquean en Facebook. Como si en el otro barrio uno tuviera tiempo para andar entregando encargos. No hay Uber espiritual, señores.

Pero bueno… estamos en recuperación. Aunque eso significa que el vecino se llevó mi mesa y ahora tengo que recuperarla (larga historia). Y ahora vienen las órdenes: comer verduras, tomar agua, menos carne, más vegetales, nada de azúcar, ejercicio. A estos extremos… ¡estar vivo va a ser más difícil que estar muerto!

Menos mal que tengo a Kiba, mi perro. Él sí me va a extrañar.

Al final, ya en la noche —tipo diez— me senté en mi carro. Tenía 32 pastillas. Un vasito de agua. Me las tomé. Una por una. Me di una buena movida para que se disuelvan. Y pensé:
¿Y si me tomo todos los frascos de un tirón… me sano más rápido?

No pude. Eran demasiadas.
Y la última, la más amarga, la pasé con un sorbo de resignación.

Luego salí caminando. Fui por mi Starbucks, mi croissant, mi iPod, mi cámara, un cuaderno, un lapicero. Me senté como al principio. Entré al cuarto más chico del Starbucks… y me puse a silbar la misma canción que alguna vez te dediqué.

  • Epilogo: Esta historia fue real. Aunque contada con humor.

A veces, cuando uno está más cerca del silencio, es cuando más escucha su propia voz.

Gracias por leer. Si alguna vez pasaste por algo parecido, o simplemente quieres compartir una risa nerviosa conmigo, te leo en los comentarios.

Conversando con una Taza de Cafe.
– Vick-yoopino.

Silencio, el camino ya lo he empezado

Me senté, en el mismo Starbucks de siempre, y me quedé a esperarte.

No llegaste.

Pedí el cappuccino de cada día.

Se llegó a enfriar de tanto mirar por la ventana,

en una tarde-noche que llovía.



Imprimí pasos a mi camino
 y recorrí la senda que lleva a tu ventana,
 ocupada por la luz del camino que olvidaste,
 recordada por momentos que tú, aún hoy,
 prefieres olvidar.



Pasan las horas.
 Y de regreso miro la luna,
 esa que revela cuerpos,
 que enseña figuras aún escondidas, 
aún indefinidas, con caras conocidas 
en medio de la oscuridad.



Palabras escritas y dichas en medio de secretos,
 queriendo tapar voces y miradas,
 ocultas por el silencio,
 como las estatuas de gárgolas
 que miran sin ver
 y escuchan sin oír.



Sin entender que las paredes hablan
 y el viento observa,
 con siluetas hechas una,
 de dos que se abrazan, 
formadas por la luz de una farola
 en aquella esquina.



Paso de largo.
 Olvido el recuerdo.
 Entierro las penas.
 Sigo mi sendero.



Silencio: que llega la noche.

Silencio: que vamos de ida.



Truenos en el cielo que destapan verdades.
 Caminos de ida, sin retorno aparente.
 Tiempo de retiros.



Los sonidos de tambores apagan la guerra.
 Vuelan las hojas de flores marchitas,
 hojas de otoño que suenan en el suelo,
 al ser pisoteadas por pies de aquella
 que llamaba princesa,
 que esconde su caminar en la tarde,
 su correr en la noche,
 como vuelo de paloma que se dirige al cielo…
o a aquel lugar en donde mirar atrás
 sea solo un recuerdo.



Porque mirar,
 es quizás simplemente levantar los ojos
 que ya moviste de lugar.
 Que ya no miran los míos.



Por ello, el silencio.
 El camino es simplemente volver
a donde me encontraste.
 Sin saber reír.
 Solamente vivir.



Silencio.

El camino ya lo he empezado, 
intentando regresar en el tiempo.

Conversando con una Taza de Cafe
-Vick-yoopino.

Aquí toy: Regreso a MiVivencia.com después de tres años.

Julio de 2021. Ese fue mi último post. Lo recuerdo como se recuerda una despedida sin despedida: sin saber que era la última vez que escribiría aquí… hasta hoy.

Y es que uno no se despide de un lugar como este, aunque lo abandone. Un blog es como una habitación cerrada con las ventanas abiertas: siempre vuelve el polvo, pero también la luz. MiVivenci.com nació en mayo del 2010, cuando todavía creía que escribir era un acto solitario. Hoy, después de todo lo vivido, sé que escribir es también un acto de regreso.

Intenté entrar estos días, y como suele ocurrir con las viejas casas digitales, el WordPress se puso rebelde. Me bloqueó, me ignoró, me puso a prueba. Pero aquí toy. Volví. Más terco que antes y con muchas historias que no me caben en los videos que hago, ni en los mensajes que dejo sueltos en redes. Este espacio merece algo más íntimo. Más directo. Más mío.

Desde el último post han pasado tres años… y treinta vidas. Cambié de país, cambié de casa, volví a convivir con el pasado (literalmente), y de pronto todo se llenó de series, cámaras, guiones, demonios, cristianos, brujas, cafés y preguntas sin respuestas.

Así que este no es solo un regreso. Es una declaración. MiVivencia.com está de vuelta. Y ahora sí, con ganas, con ritmo y con todo lo que no se puede decir en voz alta… pero se puede escribir.

Si alguna vez leíste algo aquí, gracias. Si es tu primera vez, bienvenido. No prometo orden ni frecuencia, pero sí historias reales, absurdas, inquietantes y a veces incómodamente verdaderas.

Porque eso somos, al fin y al cabo: una suma de vivencias. Y aquí toy, otra vez.

Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino.

Y la muerte me tiene ganas – El diagnóstico (Parte1)

El diagnóstico que llego silvando.

Una historia real entre la sala de emergencias, el absurdo y la risa nerviosa.

Bueno, les voy a contar una historia verídica. Los nombres han sido cambiados, porque de lo contrario me van a pedir derechos de imagen, y como que si con las justas me alcanza para un té de manzanilla… imagínense tener que pagar por nombrarlos. Pero empecemos.

Era uno de esos días en que, desde que uno se levanta, todo sale chueco. No encuentras los calcetines, y el único que aparece tiene un hueco del tamaño de un huevo en el talón. Pero bueno, medio que uno disimula con un pantalón largo y nadie lo nota.

Después, te das cuenta de que olvidaste cargar la cámara, pero igual te paseas media hora con ella al hombro, para que nadie diga que no la usas. Te tomas tu agüita en dedal, para que vean que eres saludable, y luego pasas por tu Coca-Cola, para que la tienda no quiebre.

El día pintaba caluroso, así que me puse mi polito, desafiando ese mal moderno de sudar la gota gorda… que en mi caso es una gota flaca, porque para engordar tampoco me da.

Pasé la tarde en un evento de panderos. Viendo lo visto, parecía más una actuación de un drama donde todo el monte era orégano, hasta que vinieron las espinas y, sin saber cómo, terminamos en tragedia. Luego, ya entrada la noche, fuimos a cenar al Denny’s. Quizás fue eso. Cené allí el viernes, y para gustos, repetí el sábado. Éramos varios amigos, disfrutando de un buen steak y mucha conversación.

A eso de la medianoche, antes de que saliera la Llorona a reclamarme por no ser su hijo —porque ya con las panderistas tenía suficiente— nos despedimos. Como había tomado agua como camello, pasé al baño. Lugar pequeño, donde no sé por qué, pero la gente o silba o canta. No voy a decir qué silbaba, porque me excomulgan.

Y ahí… empezó lo raro.

La tarde se me empezó a vestir de rojo. Dije: ¡Ay mamá! Aquí la cosa no pinta bien. El color no bajaba, al contrario, subía hasta llegar a un bermellón que ya lo hubiese querido Dalí para su Tauromaquia. Pensé: o muero en casa, o me voy al hospital.

Entonces hice lo básico: darle de comer a mi perro, limpiar mi cuarto por si deben sacar ropa, ordenar mis libros, esconder el dinero para que no lo encuentren, y meter lo necesario en mi mochila porque esto iba para largo. Antes de que me saquen de cuerpo entero, escondí mi chanchito dentro de la ropa sucia (allí nadie busca, aviso). Ya lo saqué, ahora está detrás del televisor, y nadie lo va a encontrar.

Guardé lo más importante: mi cámara, un trípode chico y otro grande —uno nunca sabe si en el otro barrio hay que seguir grabando—, mis cargadores, el reloj, el teléfono, el iPad, el iPod para matar el aburrimiento, cuadernos, lapiceros, dos calzoncillos y mi patita de conejo para la buena suerte. Y raudo, me fui al hospital.

Llegué a emergencia. Estaba vacío. Pensé: ¿o todos ya se fueron con el Señor o aquí hay fiesta y no dejaron encargado a nadie? Pero no, simplemente no había nadie.

Me atendieron rápido en recepción. Era la 1:00 am. Dije: “¡Qué rápido!” …pero después pasé a la sala de espera.

Y esperé.

Las 3:00… nada.
Las 4:00… nada.
Las 5:00… me llamaron para pesarme, sacarme sangre, orina, 20 dólares —porque había que hacer la coperacha para el café de la mañana— y si que me sacaron sangre. Pensé: ¿Drácula está de visita? Porque con lo que me sacaron, vino hasta con su familia.

Otra vez a esperar. Me preguntaron: ¿qué le duele? ¿dónde? ¿desde cuándo? ¿cómo fue? ¿y qué comió? ¿y estaba bueno? Y nos pusimos a conversar sobre qué Denny’s era mejor. Me enseñaron fotos de sus hijos, yo les mostré la de mi perro, y me mandaron de nuevo por un tubo a la sala de espera.

A las 9:00 me preguntan: ¿esa señora viene con usted?

Yo: “Ni la conozco.”
—Ah, porque pidió ADN por si el que va a never es suyo…
Otro grito: “¡Rayos!”
Yo, con cara de idiota: ¿Dónde? ¿Qué rayos?
No, que vas a pasar por rayos X y un scan.
(El “scan” resultó ser un scanner Epson… para escanear mi ID).

Luego, más preguntas. Como la enfermera cambió de turno, la nueva (que ya tenía sus años) me volvió a hacer TODO el interrogatorio. Casi me pide el carnet de Boy Scout.

Más preguntas. Más dudas. Más sueño. Más hambre.
Quisieron sacarme más sangre. Les dije que ya la Llorona me había quitado todo, y que lo único que iban a encontrar ahora era café.

Recién llegó la doctora. Hasta ese momento, solo enfermeras y practicantes, y vaya que practicaron.

Le conté mi historia, saqué la lengua, respiré profundo, dije “33”, exhalé, cerré un ojo, no respiré. Me dejó así un rato largo, hasta que me puse morado. Luego dijo: “Ya puede respirar.”

Y luego me dio el veredicto:

—Usted no tiene nada. Ya puede regresar a su trabajo.
—¿Perdón?
—¿Le duele?
—Solo cuando me río.
—Ah, entonces no es nada.
—¿Y la sangre?
—Nah… cambio de aceite.
—¿No serán los riñones?
(se ríe) —Búsquelos en casa, porque en la radiografía no los encontramos.

Allí sí me molesté. Le dije: “¡Yo creo que se los agarraron aquí, junto con mi billetera!”

Me dijo:
—Todo le funciona.

Silencio sepulcral. Se escuchaba el viento. Pero al 50%.
Dije: “Mejor, estoy ahorrando energía. Si funcionara al 100% ya estaría muerto.”
Se rió.
—¿Usted es profeta?
—De cuando en cuando.
—Pues ahora yo creo que le atinó.

Yo ya no sabía si echar a correr o llorar. Pero lo primero no pude, porque se dieron cuenta de que me quería ir sin pagar. Me amarraron a la cama y me pusieron el termómetro en la boca. Y me advirtieron:
—Si te mueves… te lo ponemos…
Me asustaron.
…en la axila.

Ya tranquilo, me dieron pastillas como para empedrar mi patio. Una tras otra, con agua y movimiento. Me dijeron: “En una semana con su médico.”
—No tengo.
—No se preocupe, no creo que lo necesite. Si llega al jueves, siéntase suertudo.

Eso me consoló.

Me dijo que tenía esto, aquello, y lo otro también. Lo único que no tenía… era cabello. Lo demás, todo ok.

Luego llegó la que cobraba. Me hizo firmar tantos papeles que hasta uno decía “certificado de defunción”.

—¿Y esto?
—Una formalidad. Después se mueren y no hay cómo hacerlos firmar.

Me tranquilizó.
Pero luego me mostró la factura… y me quitó el habla. Con eso parecía que iban a construir otra ala en el hospital.

—No se preocupe —dijo— esto es solo para darle el alta. Ya el bill definitivo se lo enviaremos a su casa. (continuará).

Esta historia en su primera parte fue real. Aunque contada con humor.

A veces, cuando uno esta más cerca del silencio, es cuando más escucha su propia voz.

Gracias por leer. Si alguna vez pasaste algo parecido, o simplemente quieres compartir una risa nerviosa conmigo, te leo en los comentarios.

—Conversando con una Taza de Cafe.
Vick-yoopino