Lucho contra la muerte y le ganó

Parte 2: El regreso al castillo

Al día siguiente se levantó.
Dolorido. Con el cuerpo roto y el alma agotada. Pero de pie. Caminó hacia su pequeño castillo. Porque un caballero jamás muestra dolor. Ni cansancio. Mucho menos angustia. Arrastraba la lanza. Se apoyaba con dificultad. Cada paso era una batalla. Hasta el aire dolía. Y sin embargo, avanzaba.

Envuelto en sus pertrechos. Acompañado por su fiel Kiba. El único que había estado en todas las batallas. El único que no juzga. Ni habla. Ni abandona.

Se sentó. Tarareó una vieja canción:

“Estuve sentado en el puente,
de la barca que lleva a la muerte.
Vino ella, le jugué mi vida…
y le gané.”

Una y otra vez. Sonreía entre dolores. Entre cicatrices que ardían al recordarse. Y así… día tras día, se fue levantando de las heridas. Como un ave fénix que no solo sobrevive: vuelve con más fuego.

Quiso presentarse como caballero ante la princesa. Rendirle honores. Mostrarle que había vencido. Pero ella no llegó. Entonces, comprendió. Tomó su pluma como espada. Su mochila como casco. Y entre sus libros encontró el escudo que lo había protegido en mil batallas. Cerró su iPad. Ese que guardaba sus razones para luchar. Se quitó el reloj. Ya no necesitaba saber qué hora era en el pasado. Regresó a sus aposentos.

Dejó que sus cicatrices sanaran solas. Sin prisa. Como testigos mudos de las trampas, las razones, y las heridas mal alineadas. Abrió su cuaderno de historias. Rasgó las últimas páginas en blanco. No quería escribir nada más allí. No en esa historia.

Fue a la chimenea. La misma donde una vez veló sus armas. Y empezó a quemarlas. No por odio. Sino por libertad. Ya no habría más batallas. Ni más recuerdos de Don Quijote ni Dulcinea. Los molinos ya habían caído uno a uno. Para el final dejó su bandera. Esa máscara de tinieblas que alguna vez lo protegió. La dobló con ternura. Y la dejó caer en medio de la leña. La vio hacerse cenizas.

Miró alrededor. Tomó una copa de café. Sonrió a la mañana que clareaba. Agarra su cámara. Se pone los lentes. Sus pertrechos de siempre. Y sin batallas en el horizonte, salió en busca de su compañera eterna: esa que olvida derrotas y espera en silencio el próximo encuentro.

Porque ya no habrá lucha. Ni desafío. Solo caminará hasta el puente. Y guiará la barca… hasta el palacio donde habita la muerte. Y gritará desde la puerta:

“No tienes que venir por mí: aquí estoy.”

Y en la noche oscura,
su fiel Kiba aulló.

Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino

La despedida que no fue amor, pero dolió igual

A veces, una calle, una casa, una reja, despiertan los recuerdos que creíamos dormidos. Esta historia es una de esas memorias que no se olvidan, aunque el tiempo y la distancia intenten sepultarlas. Hoy, comparto un fragmento íntimo de una despedida que marcó una etapa, y una pregunta que me acompaña desde entonces.

Hoy he vuelto a mis caminatas por la tarde, y en una de esas callejuelas pasé por una casa blanca, con un pequeño jardín y un macetero lleno de flores diminutas. Su reja, sencilla y blanca, me recordó aquella de mi despedida. La memoria empezó a buscar entre los escombros y, como una piedra medio enterrada, apareció una frase que aún me provoca inquietantes sensaciones: “Tú te ibas.”

Miré esa reja y, una vez más, me hice la misma pregunta: ¿Qué hubiera pasado si me quedaba?

Y vuelvo a verme a mí mismo, sentado en el escritorio. Aún se colaban los rayos del sol por la ventana. Terminaba de organizar la mochila del viaje, triste, nostálgico, algo enojado conmigo. Sabía que no era una simple despedida, sino un adiós largo, indefinido. Mi mente intentaba convencerse de que sería breve, pero en el fondo sabía que eso era una mentira. Regresar a San José tomaría tiempo. Demasiado.

Escuché un golpe en la puerta. Me llamaron por mi nombre, con una voz que parecía un quejido. Me acerqué y al abrir, allí estaba ella. De pie junto al pasamanos de la entrada.

No me sorprendió verla —ya imaginaba que vendría a despedirse—, pero sí me sorprendió el modo en que se encontraba.

Al bajar las tres gradas, vi sus lágrimas caer una a una. No podía detenerlas. Había en su rostro una súplica muda, un grito silencioso que decía: “Te vas.”

Nunca había visto llorar así a alguien por mí. Ese dolor que desbordaba en sus ojos se fue filtrando en mi pecho. Éramos solo amigos, apenas unos meses de conocernos, aunque habíamos hablado tanto.

Me abrazó. Un beso en la mejilla. Un “escríbeme”, un “te llamaré”, un “vuelve pronto”. Un adiós donde se le iba el alma. En ese instante, algo dentro de mí gritaba: “Olvida todo y quédate.”

Pero la razón le ganó a la incertidumbre.
¿Cómo? ¿Por qué? ¿Y si me quedo?, me pregunté. Pero no supe qué hacer. Solo la abracé y solté un lastimero “adiós”.

Ella regresó a su casa llorando, como alguien que lo ha perdido todo. Yo volví a sentarme en mi escritorio, sin saber qué hacer. Repetí una y otra vez, en mi cabeza, todo lo que había pasado.

Las horas pasaron sin respuestas. El viaje al aeropuerto ya estaba cerca. Tomé la maleta, y la bolsa de mi perro, mi fiel escudero, que me acompañaría en esta nueva batalla contra los molinos de viento… pero en otra tierra, en otra ciudad, con otra gente. Siempre juntos.

Al salir, miré hacia la puerta de su casa. La reja blanquecina dejaba entrever su figura de pie. Me miraba. Las lágrimas seguían cayendo.

Sentí otra vez eso extraño, eso que no sabes si es dolor, culpa o miedo. Traté de sonreír, pero no quería irme. Caminé sin mirar atrás, hasta que su casa desapareció. El aeropuerto era mi siguiente destino.

Pasaron los meses. Vivía en otra ciudad, a diez mil kilómetros de su última lágrima. En una conversación telefónica, finalmente me atreví a decirle lo que sentí aquella tarde.

Nadie había llorado así por mí. Nunca.
No le pregunté si quería que me quedara. Ella tampoco me lo pidió. Solo dijo:
—Soy muy sentimental… y tú te ibas. Perdía a mi mejor amigo.

Esa frase quedó grabada en mi mente y en mi corazón. Hasta hoy, no tengo una respuesta clara a la pregunta que me hice entonces: ¿Qué hubiese pasado si me quedaba?

Tal vez nada. Tal vez todo. Tal vez solo el mismo silencio con el que ella terminó aquella llamada.

Hay despedidas que se vuelven eternas, aunque hayan durado solo unos minutos. Y hay silencios que dicen más que todas las palabras que nunca nos atrevimos a decir.

Conversando con una Taza de Café.
-Vick, desde el cuaderno del Caballero Escritor.

Reseña de: «Africanus: el hijo del Cónsul»

“Africanus: el hijo del cónsul” es la primera entrega de la trilogía sobre Publio Cornelio Escipión, escrita por Santiago Posteguillo, y constituye un destacado ejemplo de novela histórica contemporánea en lengua española. Publicada en 2006, la obra nos traslada al turbulento siglo III a.C., cuando Roma y Cartago se disputaban la hegemonía del Mediterráneo durante la Segunda Guerra Púnica.

Posteguillo inicia la narración con el nacimiento y los primeros años de Publio Cornelio Escipión, más tarde conocido como “Africanus”, en el seno de una de las familias más influyentes de la República romana. A través de una prosa ágil y detallada, el autor recrea con minuciosidad la vida política, social y militar de la Roma republicana, mostrando tanto su grandeza como sus miserias. El núcleo de la novela gira en torno al ascenso de Escipión, pero el autor no se limita a retratarlo como un héroe sin fisuras; explora su carácter, sus dudas, sus motivaciones y la compleja relación con su padre y su hermano, así como el peso de la responsabilidad y la amenaza constante de sus enemigos, tanto cartagineses como romanos.

Uno de los grandes méritos de la novela es la construcción de los personajes. Posteguillo logra dar vida no solo a Escipión, sino también a figuras históricas como Aníbal Barca —el formidable general cartaginés—, Fabio Máximo o Tito Livio, dotándolos de profundidad y matices. El autor equilibra la fidelidad histórica con la ficción novelada, combinando hechos documentados con diálogos y situaciones plausibles que humanizan a los protagonistas.

El ritmo de la narración es otro de sus puntos fuertes: alternando escenas bélicas, intrigas políticas y momentos íntimos, logra mantener el interés del lector en todo momento. Las descripciones de las batallas, las estrategias militares y el ambiente romano son detalladas pero nunca pesadas, propiciando una inmersión total en la época.

La novela narra el proceso de formación y madurez de Publio Cornelio Escipión, mostrando cómo las circunstancias históricas, las tragedias familiares y la educación romana forjan su carácter y lo preparan para convertirse en uno de los más grandes líderes militares de la antigüedad.

La Segunda Guerra Púnica, con el enfrentamiento entre Roma y Cartago, es el telón de fondo de la novela. Posteguillo refleja no solo las estrategias militares y las batallas, sino también el sufrimiento, la destrucción y las pérdidas humanas que conlleva la guerra.

La novela explora en profundidad las intrigas políticas del Senado romano, las alianzas, traiciones y rivalidades internas. Roma es presentada como una sociedad donde la ambición y la lucha por el poder pueden ser tan peligrosas como el enemigo externo.

La relación de Escipión con su padre, su hermano y otros miembros de su familia es central en la novela. El sentido del deber familiar, la lealtad y la tradición romana son motores fundamentales de las acciones de los personajes.

El peso del destino y la responsabilidad personal aparecen constantemente. Escipión se enfrenta al reto de estar a la altura de su linaje y de sus propias expectativas, sintiendo la presión de ser “el hijo del cónsul”.

La figura de Aníbal Barca como antagonista añade complejidad al relato. La novela muestra la rivalidad, pero también el respeto mutuo entre los grandes generales, evidenciando que la guerra no es solo odio, sino también admiración por el valor y la inteligencia del adversario.

Valores como el honor, el coraje, la disciplina, la virtud (virtus) y la fidelidad a Roma son recurrentes, pero también se cuestionan y se ven confrontados con la corrupción, el miedo y la traición.

En suma, “Africanus” es mucho más que una biografía novelada; es una epopeya sobre el coraje, la ambición y el sacrificio, pero también una reflexión sobre el poder, la lealtad y el coste de la guerra. Santiago Posteguillo convierte la historia en literatura viva, acercando al lector no solo a los hechos, sino a las emociones y dilemas de quienes los protagonizaron. Una obra imprescindible para los amantes de la novela histórica y para quienes deseen comprender los orígenes de la grandeza —y las contradicciones— de Roma.

Conversando con una Taza de Cafe.
-Vick-yoopino.

Y la muerte me tiene ganas – Recuperación (Parte 2)

Recuperación, verdades a medias y una mochila para el otro barrio

Me ordenaron vestirme. Recogí mis cosas. Yo, que ya lo tenía todo ordenadito, cargadores conectados, el iPad con batería, y estaba por ver el partido de fútbol… ¡no! Me dijeron que no me quedaba. Que me iba a casa. Por ahora.

Salí como entré, salvo por unas cajas de medicinas. Luego tuve que pasar por otra farmacia para que me prepararan otras. Y de allí, directo a la iglesia. Había que ponerme a cuentas… por si en el camino el pantalón me quedaba corto al estirar la pata.

Hice testamento. Dejé encargado a mi perro. Acomodé mis shorts. Mi patita de conejo. Un peluche todo viejo de Snoopy. Incluso pensé: ¿quién querrá lavar mi ropa para que me la pongan en la mochila si me voy? No sé si en el otro barrio hace frío o calor… así que llevo ropa para ambos climas.

Me encontré con mi yoyo, mi bolero, un par de rompecabezas de 5000 piezas que nunca pude armar. Pensé: ahora sí tendré tiempo. Guardé todo, y un helado para el camino. Mochila lista, y me fui rumbo a la church.

Solo le conté a una persona. Y a nadie más. Porque después empiezan con los encargos:
—¿Le puedes llevar esto a mi tía?
—¿Y esto a mi abuelita?

Y terminas con una maleta llena, como si fueras delivery celestial. Y si no quieres, se enojan, te quitan el habla… y hasta te bloquean en Facebook. Como si en el otro barrio uno tuviera tiempo para andar entregando encargos. No hay Uber espiritual, señores.

Pero bueno… estamos en recuperación. Aunque eso significa que el vecino se llevó mi mesa y ahora tengo que recuperarla (larga historia). Y ahora vienen las órdenes: comer verduras, tomar agua, menos carne, más vegetales, nada de azúcar, ejercicio. A estos extremos… ¡estar vivo va a ser más difícil que estar muerto!

Menos mal que tengo a Kiba, mi perro. Él sí me va a extrañar.

Al final, ya en la noche —tipo diez— me senté en mi carro. Tenía 32 pastillas. Un vasito de agua. Me las tomé. Una por una. Me di una buena movida para que se disuelvan. Y pensé:
¿Y si me tomo todos los frascos de un tirón… me sano más rápido?

No pude. Eran demasiadas.
Y la última, la más amarga, la pasé con un sorbo de resignación.

Luego salí caminando. Fui por mi Starbucks, mi croissant, mi iPod, mi cámara, un cuaderno, un lapicero. Me senté como al principio. Entré al cuarto más chico del Starbucks… y me puse a silbar la misma canción que alguna vez te dediqué.

  • Epilogo: Esta historia fue real. Aunque contada con humor.

A veces, cuando uno está más cerca del silencio, es cuando más escucha su propia voz.

Gracias por leer. Si alguna vez pasaste por algo parecido, o simplemente quieres compartir una risa nerviosa conmigo, te leo en los comentarios.

Conversando con una Taza de Cafe.
– Vick-yoopino.

Silencio, el camino ya lo he empezado

Me senté, en el mismo Starbucks de siempre, y me quedé a esperarte.

No llegaste.

Pedí el cappuccino de cada día.

Se llegó a enfriar de tanto mirar por la ventana,

en una tarde-noche que llovía.



Imprimí pasos a mi camino
 y recorrí la senda que lleva a tu ventana,
 ocupada por la luz del camino que olvidaste,
 recordada por momentos que tú, aún hoy,
 prefieres olvidar.



Pasan las horas.
 Y de regreso miro la luna,
 esa que revela cuerpos,
 que enseña figuras aún escondidas, 
aún indefinidas, con caras conocidas 
en medio de la oscuridad.



Palabras escritas y dichas en medio de secretos,
 queriendo tapar voces y miradas,
 ocultas por el silencio,
 como las estatuas de gárgolas
 que miran sin ver
 y escuchan sin oír.



Sin entender que las paredes hablan
 y el viento observa,
 con siluetas hechas una,
 de dos que se abrazan, 
formadas por la luz de una farola
 en aquella esquina.



Paso de largo.
 Olvido el recuerdo.
 Entierro las penas.
 Sigo mi sendero.



Silencio: que llega la noche.

Silencio: que vamos de ida.



Truenos en el cielo que destapan verdades.
 Caminos de ida, sin retorno aparente.
 Tiempo de retiros.



Los sonidos de tambores apagan la guerra.
 Vuelan las hojas de flores marchitas,
 hojas de otoño que suenan en el suelo,
 al ser pisoteadas por pies de aquella
 que llamaba princesa,
 que esconde su caminar en la tarde,
 su correr en la noche,
 como vuelo de paloma que se dirige al cielo…
o a aquel lugar en donde mirar atrás
 sea solo un recuerdo.



Porque mirar,
 es quizás simplemente levantar los ojos
 que ya moviste de lugar.
 Que ya no miran los míos.



Por ello, el silencio.
 El camino es simplemente volver
a donde me encontraste.
 Sin saber reír.
 Solamente vivir.



Silencio.

El camino ya lo he empezado, 
intentando regresar en el tiempo.

Conversando con una Taza de Cafe
-Vick-yoopino.

Y la muerte me tiene ganas – El diagnóstico (Parte1)

El diagnóstico que llego silvando.

Una historia real entre la sala de emergencias, el absurdo y la risa nerviosa.

Bueno, les voy a contar una historia verídica. Los nombres han sido cambiados, porque de lo contrario me van a pedir derechos de imagen, y como que si con las justas me alcanza para un té de manzanilla… imagínense tener que pagar por nombrarlos. Pero empecemos.

Era uno de esos días en que, desde que uno se levanta, todo sale chueco. No encuentras los calcetines, y el único que aparece tiene un hueco del tamaño de un huevo en el talón. Pero bueno, medio que uno disimula con un pantalón largo y nadie lo nota.

Después, te das cuenta de que olvidaste cargar la cámara, pero igual te paseas media hora con ella al hombro, para que nadie diga que no la usas. Te tomas tu agüita en dedal, para que vean que eres saludable, y luego pasas por tu Coca-Cola, para que la tienda no quiebre.

El día pintaba caluroso, así que me puse mi polito, desafiando ese mal moderno de sudar la gota gorda… que en mi caso es una gota flaca, porque para engordar tampoco me da.

Pasé la tarde en un evento de panderos. Viendo lo visto, parecía más una actuación de un drama donde todo el monte era orégano, hasta que vinieron las espinas y, sin saber cómo, terminamos en tragedia. Luego, ya entrada la noche, fuimos a cenar al Denny’s. Quizás fue eso. Cené allí el viernes, y para gustos, repetí el sábado. Éramos varios amigos, disfrutando de un buen steak y mucha conversación.

A eso de la medianoche, antes de que saliera la Llorona a reclamarme por no ser su hijo —porque ya con las panderistas tenía suficiente— nos despedimos. Como había tomado agua como camello, pasé al baño. Lugar pequeño, donde no sé por qué, pero la gente o silba o canta. No voy a decir qué silbaba, porque me excomulgan.

Y ahí… empezó lo raro.

La tarde se me empezó a vestir de rojo. Dije: ¡Ay mamá! Aquí la cosa no pinta bien. El color no bajaba, al contrario, subía hasta llegar a un bermellón que ya lo hubiese querido Dalí para su Tauromaquia. Pensé: o muero en casa, o me voy al hospital.

Entonces hice lo básico: darle de comer a mi perro, limpiar mi cuarto por si deben sacar ropa, ordenar mis libros, esconder el dinero para que no lo encuentren, y meter lo necesario en mi mochila porque esto iba para largo. Antes de que me saquen de cuerpo entero, escondí mi chanchito dentro de la ropa sucia (allí nadie busca, aviso). Ya lo saqué, ahora está detrás del televisor, y nadie lo va a encontrar.

Guardé lo más importante: mi cámara, un trípode chico y otro grande —uno nunca sabe si en el otro barrio hay que seguir grabando—, mis cargadores, el reloj, el teléfono, el iPad, el iPod para matar el aburrimiento, cuadernos, lapiceros, dos calzoncillos y mi patita de conejo para la buena suerte. Y raudo, me fui al hospital.

Llegué a emergencia. Estaba vacío. Pensé: ¿o todos ya se fueron con el Señor o aquí hay fiesta y no dejaron encargado a nadie? Pero no, simplemente no había nadie.

Me atendieron rápido en recepción. Era la 1:00 am. Dije: “¡Qué rápido!” …pero después pasé a la sala de espera.

Y esperé.

Las 3:00… nada.
Las 4:00… nada.
Las 5:00… me llamaron para pesarme, sacarme sangre, orina, 20 dólares —porque había que hacer la coperacha para el café de la mañana— y si que me sacaron sangre. Pensé: ¿Drácula está de visita? Porque con lo que me sacaron, vino hasta con su familia.

Otra vez a esperar. Me preguntaron: ¿qué le duele? ¿dónde? ¿desde cuándo? ¿cómo fue? ¿y qué comió? ¿y estaba bueno? Y nos pusimos a conversar sobre qué Denny’s era mejor. Me enseñaron fotos de sus hijos, yo les mostré la de mi perro, y me mandaron de nuevo por un tubo a la sala de espera.

A las 9:00 me preguntan: ¿esa señora viene con usted?

Yo: “Ni la conozco.”
—Ah, porque pidió ADN por si el que va a never es suyo…
Otro grito: “¡Rayos!”
Yo, con cara de idiota: ¿Dónde? ¿Qué rayos?
No, que vas a pasar por rayos X y un scan.
(El “scan” resultó ser un scanner Epson… para escanear mi ID).

Luego, más preguntas. Como la enfermera cambió de turno, la nueva (que ya tenía sus años) me volvió a hacer TODO el interrogatorio. Casi me pide el carnet de Boy Scout.

Más preguntas. Más dudas. Más sueño. Más hambre.
Quisieron sacarme más sangre. Les dije que ya la Llorona me había quitado todo, y que lo único que iban a encontrar ahora era café.

Recién llegó la doctora. Hasta ese momento, solo enfermeras y practicantes, y vaya que practicaron.

Le conté mi historia, saqué la lengua, respiré profundo, dije “33”, exhalé, cerré un ojo, no respiré. Me dejó así un rato largo, hasta que me puse morado. Luego dijo: “Ya puede respirar.”

Y luego me dio el veredicto:

—Usted no tiene nada. Ya puede regresar a su trabajo.
—¿Perdón?
—¿Le duele?
—Solo cuando me río.
—Ah, entonces no es nada.
—¿Y la sangre?
—Nah… cambio de aceite.
—¿No serán los riñones?
(se ríe) —Búsquelos en casa, porque en la radiografía no los encontramos.

Allí sí me molesté. Le dije: “¡Yo creo que se los agarraron aquí, junto con mi billetera!”

Me dijo:
—Todo le funciona.

Silencio sepulcral. Se escuchaba el viento. Pero al 50%.
Dije: “Mejor, estoy ahorrando energía. Si funcionara al 100% ya estaría muerto.”
Se rió.
—¿Usted es profeta?
—De cuando en cuando.
—Pues ahora yo creo que le atinó.

Yo ya no sabía si echar a correr o llorar. Pero lo primero no pude, porque se dieron cuenta de que me quería ir sin pagar. Me amarraron a la cama y me pusieron el termómetro en la boca. Y me advirtieron:
—Si te mueves… te lo ponemos…
Me asustaron.
…en la axila.

Ya tranquilo, me dieron pastillas como para empedrar mi patio. Una tras otra, con agua y movimiento. Me dijeron: “En una semana con su médico.”
—No tengo.
—No se preocupe, no creo que lo necesite. Si llega al jueves, siéntase suertudo.

Eso me consoló.

Me dijo que tenía esto, aquello, y lo otro también. Lo único que no tenía… era cabello. Lo demás, todo ok.

Luego llegó la que cobraba. Me hizo firmar tantos papeles que hasta uno decía “certificado de defunción”.

—¿Y esto?
—Una formalidad. Después se mueren y no hay cómo hacerlos firmar.

Me tranquilizó.
Pero luego me mostró la factura… y me quitó el habla. Con eso parecía que iban a construir otra ala en el hospital.

—No se preocupe —dijo— esto es solo para darle el alta. Ya el bill definitivo se lo enviaremos a su casa. (continuará).

Esta historia en su primera parte fue real. Aunque contada con humor.

A veces, cuando uno esta más cerca del silencio, es cuando más escucha su propia voz.

Gracias por leer. Si alguna vez pasaste algo parecido, o simplemente quieres compartir una risa nerviosa conmigo, te leo en los comentarios.

—Conversando con una Taza de Cafe.
Vick-yoopino

El Retorno

Anoche, sentado en una mesa con un café en la mano, bajo la penumbra de una luz tenue, me mire al espejo.
Me ví
Cansado.
Con la nieve en las sienes y preguntas en los ojos.
Como esa vieja acción: ojeroso, cansado y sin ilusiones.

Y pregunte en voz baja:
-¿Vale la pena tanto esfuerzo? ¿Tanto trabajo?

Al principio solo respondió el silencio.
Pero no era un silencio vacío.
Era un silencio que conoce todos mis cuadernos, mis madrugadas, mis historias, hasta aquellos secretos que se guardan celosamente.
Un silencio que susurro:
«Aquí estamos. Siempre estuvimos. Ahora lo ves.»

En esa soledad tibia, entre el vapor del café y el reflejo que me observaba, escuche algo más:
«No importa cuan largo sea el camino, si la compañía es verdadera. Aquí seguimos, con una taza de café en la mano, y la historia latiendo en silencio.»

-¿Y si ordeno mis ideas, mis vivencias, mis secretos?
-pregunté-
¿Serían dignos de escribirse?
¿Alguien querría verlos?
¿Leerlos?

El silencio respondió sin palabras, como un viejo amigo que no necesita explicarse:
«A veces uno camina lejos, cruza silencios, calla gritos, quema tulipanes… y llega a donde jamás pensó que llegaría. Y aunque las manos estén vacías, el alma recuerda por quién se atrevió a andar.»

Tomé otro sorbo de café.
Volví a preguntar:
-¿Me acompañas, partner? ¿Hasta el final… o aunque sea hasta hacer tamales?

Y el reflejo, ese viejo cómplice que también soy yo, respondió:
«Te acompaño. Siempre te he acompañado.
¿Quieres que sigamos?

Y seguimos.

Los guiones volaron
La miniaturas se generaron.
Las series crecieron.
Mas de seis proyectos. Mas de setenta videos por grabar.
Y otras cinco historias en camino.

Volví a mirar al espejo.
Quise preguntar:
«Espejito espejito…»
Pero no lo hice.
Solo sonreí.
Me levanté.

Lo curioso es que mi reflejo no se movió.
Siguió allí. Sentado.
Solo esbozó una leve sonrisa.

Hoy escribo este texto porque he vuelto.
He vuelto a este blog. A este rincón.
A este lugar donde las palabras no se gritan, se conversan.
Donde una taza de café puede ser mas profunda que una conferencia.
Donde el silencio también escribe.

Desde aquí seguiremos compartiendo historias.
Las de las series.
Las de mi madre.
Las de la historia cristiana.
Las de la ciudad.
Las de mis secretos.
Y también las mías. Las tuyas. Las de cualquiera que aún cree que vale la pena escribir.

Porque detenerse es para cobardes.
Y eso es algo que nunca aprendí de mi padre.

Gracias por volver.
Gracias por leer.
Gracias por estar.

Nos seguimos encontrando,
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino