Después del silencio

Han pasado los días más difíciles. El silencio se ha vuelto parte de la casa, y en medio de él, empiezo a entender que el amor no termina con la partida.

Ella está ahí, en cada rincón, en el eco de su voz, en la manera en que el sol entra por la ventana y toca el sillón donde solía sentarse.

A su lado, en algún rincón invisible, sigue también Kiba, mi compañero fiel, con esa mirada serena que parecía entenderlo todo sin decir una palabra.

Ahora los dos descansan, y aunque la ausencia duele, queda la certeza de que el amor que dieron no se ha ido.

Sigue aquí, transformado en memoria, en fuerza, en una paz que de a pocos regresa.

No hay despedidas cuando el amor ha echado raíces tan hondas.

Solo una pausa, una distancia breve entre el cielo y el corazón.

Después del silencio… queda el amor.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

Dos velas que se apagan

Las discrepancias con mi madre han sido duras. Su ego, sus miedos, su vanidad y sus creencias siempre chocaron con los míos. La vida juntos se volvió complicada, llena de tensiones. Y sin embargo, aquí estamos, al final del camino.

Hoy le dije, casi en tono de confesión:

—Madre, después de todo, al final te vienes saliendo con la tuya. Por tus achaques ya no puedo salir a la calle. Solo me queda quedarme a cuidarte.

Ella abrió los ojos y me regaló una sonrisa irónica, de esas que solo ella sabe dar, como diciendo sin palabras: “te gané”.

Mi perro, Kiba, es distinto. Tiene veintiún años, ya no oye ni ve, tropieza con todo, pero cuando me encuentra, mueve la cola como si la vida entera aún le bastara. Siempre feliz, siempre fiel. Y aunque la vejez lo doblega, percibe lo que ocurre en casa: que mi madre también se nos va. Por eso aprovecha cualquier oportunidad para meterse a su dormitorio y dormir a su lado, como si quisiera acompañarla también en su despedida.

Dos vidas, dos velas que se apagan poco a poco. A mí solo me queda aceptar la realidad y desearles un camino en paz. Porque a pesar de los choques, las ironías, el cansancio y el dolor, sé que lo único que permanece es el amor.

Vick
Conversando con una Taza de Cafe
-Vick-yoopino

Café, lluvia y sueños

A veces, la noche trae más que oscuridad.

Nos entrega tiempo para limpiar el polvo del alma, preparar un café caliente… y mirar, desde la ventana, cómo la vida sigue caminando, incluso bajo la lluvia.

Mientras Kiba dormía, retiré las plantas del alféizar, sacudí el polvo de los visillos de muselina, y limpié los cristales con té frío para que la escasa luz pudiera colarse en la habitación.

La habitación —oscura y con vistas al norte— se iluminó levemente, mientras la lluvia seguía golpeando los vidrios desde fuera.

Corrí a prepararme un café, cargado, dulce y caliente. Quería quitarme el sueño… y espantar un poco el frío. Sin darme cuenta, la lluvia fue cesando.

Y entonces, aparecieron los caminantes: unos rumbo al trabajo, otros de regreso a casa, algunos simplemente saliendo a pasear entre charcos y calles resbaladizas. Los niños, felices, jugaban como si la lluvia fuera un parque nuevo.

Desde mi ventana, con el café en la mano, observaba la vida pasar. El invierno se acerca. Y mientras llega, intento conquistar nuevos reinos. Ganar batallas con una sonrisa. Avanzar en los sueños. Y ser, en medio de todo, un hijo de Dios.

Ya es tarde. Es hora de ir a nuestros cuarteles de invierno. A buscar el calor de una cobija… y dejar que los sueños nos transporten a lugares mágicos, donde no hay imposibles, donde la realidad es nada y lo imposible… posible. Porque, aunque sabemos que los sueños son solo sueños, también sabemos que a veces —solo a veces— los sueños se vuelven realidad.

Buenas noches, mis amigos. Duerman en paz. Y sueñen sin miedo.

Conversando con una Taza de Cafe
-Vick-yoopino

Lucho contra la muerte y le ganó

Parte 2: El regreso al castillo

Al día siguiente se levantó.
Dolorido. Con el cuerpo roto y el alma agotada. Pero de pie. Caminó hacia su pequeño castillo. Porque un caballero jamás muestra dolor. Ni cansancio. Mucho menos angustia. Arrastraba la lanza. Se apoyaba con dificultad. Cada paso era una batalla. Hasta el aire dolía. Y sin embargo, avanzaba.

Envuelto en sus pertrechos. Acompañado por su fiel Kiba. El único que había estado en todas las batallas. El único que no juzga. Ni habla. Ni abandona.

Se sentó. Tarareó una vieja canción:

“Estuve sentado en el puente,
de la barca que lleva a la muerte.
Vino ella, le jugué mi vida…
y le gané.”

Una y otra vez. Sonreía entre dolores. Entre cicatrices que ardían al recordarse. Y así… día tras día, se fue levantando de las heridas. Como un ave fénix que no solo sobrevive: vuelve con más fuego.

Quiso presentarse como caballero ante la princesa. Rendirle honores. Mostrarle que había vencido. Pero ella no llegó. Entonces, comprendió. Tomó su pluma como espada. Su mochila como casco. Y entre sus libros encontró el escudo que lo había protegido en mil batallas. Cerró su iPad. Ese que guardaba sus razones para luchar. Se quitó el reloj. Ya no necesitaba saber qué hora era en el pasado. Regresó a sus aposentos.

Dejó que sus cicatrices sanaran solas. Sin prisa. Como testigos mudos de las trampas, las razones, y las heridas mal alineadas. Abrió su cuaderno de historias. Rasgó las últimas páginas en blanco. No quería escribir nada más allí. No en esa historia.

Fue a la chimenea. La misma donde una vez veló sus armas. Y empezó a quemarlas. No por odio. Sino por libertad. Ya no habría más batallas. Ni más recuerdos de Don Quijote ni Dulcinea. Los molinos ya habían caído uno a uno. Para el final dejó su bandera. Esa máscara de tinieblas que alguna vez lo protegió. La dobló con ternura. Y la dejó caer en medio de la leña. La vio hacerse cenizas.

Miró alrededor. Tomó una copa de café. Sonrió a la mañana que clareaba. Agarra su cámara. Se pone los lentes. Sus pertrechos de siempre. Y sin batallas en el horizonte, salió en busca de su compañera eterna: esa que olvida derrotas y espera en silencio el próximo encuentro.

Porque ya no habrá lucha. Ni desafío. Solo caminará hasta el puente. Y guiará la barca… hasta el palacio donde habita la muerte. Y gritará desde la puerta:

“No tienes que venir por mí: aquí estoy.”

Y en la noche oscura,
su fiel Kiba aulló.

Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino