Episodio 12: La Predestinación o ¿Quién tiene el mando del «mando a distancia»?

Serie: “Agustín para el Siglo XXI”.

Hoy sí que nos hemos metido en un laberinto. He estado leyendo el bloque sobre la predestinación (capítulos 95 al 103) y, sinceramente, me explota la cabeza. Para un tipo del siglo XXI, educado en la idea de que somos los capitanes de nuestra alma y dueños absolutos de nuestro destino, lo que dice Agustín suena a una película de suspenso donde el final ya está escrito y nosotros solo somos actores siguiendo un guion rígido. Si Dios ya decidió quién se salva y quién no antes de que naciéramos, ¿para qué esforzarse? ¿Dónde queda el mérito, la ética o incluso la justicia?.

Bienvenido al «terreno pantanoso» del Doctor de la Gracia. Es, sin duda, el tema más difícil de Agustín, pero también el más coherente con su visión de la omnipotencia divina. Fíjate que él empieza el capítulo 95 diciendo que en la otra vida se conocerá el «designio secreto de la predestinación». Él no pretende explicarlo todo ahora, porque reconoce que es un misterio que supera nuestra capacidad de procesamiento. Pero su lógica es de hierro: si Dios es Dios, Su voluntad es invencible.

Pero fíjate en lo que suelta en el capítulo 98 sobre Jacob y Esaú. Dice que, antes de nacer y sin haber hecho bien ni mal, Dios amó a uno y odió al otro. ¡Es durísimo! Hoy nos pasamos la vida hablando de la igualdad de oportunidades y de la meritocracia. Si trabajas duro, llegas; si no, es tu culpa. Agustín viene y nos dice: «No depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia». Es el fin del sueño americano aplicado a la salvación.

Exacto, y esa es la ironía que Agustín le lanza a nuestro ego. Él defiende que la elección no depende de la «previsión de obras futuras». Dios no nos elige porque vea que vamos a ser «buenitos», sino que somos «buenitos» porque Él nos eligió primero para darnos su gracia. Para Agustín, si la salvación dependiera de nuestro esfuerzo, entonces la gracia ya no sería gracia, sino un sueldo que Dios nos paga. Y él tiene claro que somos insolventes: estamos en una «masa de perdición» por el pecado original y nadie puede pagar su propia deuda.

O sea, que somos como pasajeros en un avión donde no sabemos si el piloto nos lleva a la playa o al desierto, y no tenemos acceso a la cabina. Pero entonces, ¿qué pasa con esa frase que todos los cristianos citan, la de que «Dios quiere que todos los hombres sean salvos»? Agustín se mete en un jardín increíble en el capítulo 103 para explicar eso.

Ese es uno de los momentos más brillantes y polémicos de su manual. Agustín sabe que si Dios quiere algo y no sucede, entonces no es omnipotente. Y como él se niega a menoscabar la omnipotencia divina, interpreta ese «todos los hombres» de una forma muy sociológica. Dice que no significa «cada individuo de la especie humana», sino «hombres de toda clase, rango y condición». Dios salva a reyes, a campesinos, a intelectuales, a ignorantes, a hombres y a mujeres. No hay ningún «nicho» humano de donde Dios no quiera rescatar a alguien. Pero el hecho de que no todos se salven demuestra, para él, que la voluntad de Dios es la que decide quién recibe la medicina de la gracia y quién es abandonado a su merecido juicio.

Es un trago amargo, Dani. Me suena a que Dios usa a las personas como piezas de un ajedrez cósmico. Agustín llega a decir en el capítulo 100 que «Dios usa bien los males». ¿Me estás diciendo que incluso las malas voluntades humanas terminan cumpliendo el plan de Dios?.

Agustín usa el ejemplo de la traición de Judas y la crucifixión. Los que mataron a Cristo tenían una voluntad perversa, pero Dios usó esa maldad para lograr el bien supremo: la redención del mundo. Es como un gran artista que usa las sombras del cuadro para que la luz resalte más. Agustín nos dice que nada sucede fuera de la voluntad del Omnipotente, ya sea porque Él lo ejecuta directamente o porque permite que se haga lo que no le agrada para sacar de ahí un bien mayor.

Me dejas pensando en nuestra obsesión moderna por el control. Hoy nos angustiamos si no podemos controlar el clima, la economía o nuestras calorías. Agustín nos propone una rendición absoluta. Nos dice que la verdadera inteligencia es aceptar que somos vasos en manos del alfarero. En el capítulo 99 dice que quien pregunta «¿por qué Dios me hizo así?» es un insensato que intenta altercar con Dios.

Es la lección de humildad definitiva. Agustín no quiere que nos desesperemos, sino que nos refugiemos en la misericordia. Si te salvas, no es porque seas un genio, sino por un regalo inmerecido. Y si no comprendes el diseño secreto, es porque eres hombre y no Dios. Al final, un hombre inteligente elige creer en la predestinación no porque entienda el algoritmo divino, sino porque reconoce que su propia voluntad es demasiado débil para sostenerse sola. Como dice en el capítulo 102, la voluntad de Dios es siempre invencible y, por ser justa, nunca puede ser mala.

Me quedo con esa idea de que «el que se gloríe, gloríese en el Señor». En siete días trataremos de explicar cómo esta visión tan soberana de Dios encaja con la vida diaria del creyente, porque he visto que el bloque final del Enquiridión habla del amor y de las cuatro edades del hombre. Si Dios ya tiene el mando, ¿qué nos queda a nosotros por hacer?

Nos queda lo más importante: amar. Porque, según Agustín, sin amor, todo este conocimiento de la predestinación no sirve para nada. En una semana cerramos este manual con el triunfo de la caridad.

Pero en el proximo episodio el café lo sirvo yo, que con este baño de predestinación ya sé que estaba «escrito» que me tocaba a mí.

Ojalá todas las voluntades fueran tan generosas. Nos vemos en el siguiente episodio.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

Todos gritamos: Crucifícale – La última cena – Episodio 2

El pan compartido con quien ya te vendió

Jesús sabía que lo iban a traicionar.
No lo sospechaba.
No lo intuía.
No lo temía.

Lo sabía.

Y aun así… se sentó a la mesa.
Ese detalle, tan sencillo, suele pasarse por alto.
Pero cambia por completo la escena.
Porque esta no es una cena ingenua, ni una despedida improvisada, ni un momento cálido entre amigos.

Es una mesa donde el amor y la traición comparten el mismo pan.

Una noche que parece normal

Es jueves por la noche. Jerusalén sigue llena.
La Pascua está en marcha.

En muchas casas se repiten gestos antiguos, palabras aprendidas de memoria, rituales que se heredan sin preguntarse demasiado.

En esta habitación también hay pan, vino y oraciones.
Nada parece extraordinario.
Pero lo es.

Jesús no está celebrando solo una tradición. Está cerrando una etapa de la historia.

Y casi nadie en la mesa lo comprende.

La Pascua: memoria, no costumbre

La Pascua recuerda una liberación.
Esclavitud.
Sangre en los dinteles.
Muerte que pasa de largo.

Durante siglos, el pueblo celebró ese recuerdo para no olvidar de dónde había sido rescatado.

Ahora, el Cordero está sentado a la mesa.
No como símbolo.
No como metáfora.

Sino como cumplimiento.

Pero para los discípulos, todavía es solo una cena más.

El gesto que incomoda

Jesús se levanta. Se quita el manto.

Toma una toalla. Y lava pies.

No es un gesto decorativo.
Es incómodo.
Es humillante.

El Maestro hace lo que nadie quiere hacer.

Asume el lugar más bajo.
Aquí no hay discurso.
Hay agua sucia, polvo y silencio.

Y una enseñanza sin adornos:
el poder verdadero sirve.

Una frase que quiebra la mesa

Luego Jesús habla.
No levanta la voz.
No dramatiza.
Dice algo simple y devastador:

“Uno de ustedes me va a entregar.”

La mesa queda suspendida.

Los discípulos no preguntan:
“¿Quién será?”

Preguntan algo más inquietante:
“¿Seré yo?”

Como si, por un instante, nadie confiara del todo ni siquiera en sí mismo.

Judas, el que nunca se fue

Judas no aparece de repente.
No entra corriendo desde afuera.
Está allí desde el inicio.
Escucha.
Come.

Jesús lo trata como a los demás.

No lo expone.
No lo humilla.
Le ofrece el pan.
Ese gesto no es casual.
Es una última oportunidad.

Pero Judas ya ha decidido.
No en ese momento.
Mucho antes.

Treinta monedas

Treinta monedas.
El precio de un esclavo.
No es una gran suma.
No es una fortuna.
Es una traición barata.

Y eso incomoda más que el dinero.

Porque nos recuerda que muchas veces no vendemos principios por grandes recompensas, sino por pequeñas seguridades.

El nuevo pacto

Judas se va.
La puerta se cierra.
Entonces Jesús hace algo inesperado.
Toma el pan.
Toma la copa.
No explica demasiado.
No desarrolla una teología extensa.

Dice:

“Esto es mi cuerpo.”
“Esta es mi sangre.”
No como ritual vacío, sino como entrega.

Aquí no nace una costumbre religiosa.
Nace un compromiso.

La mesa hoy

Seguimos repitiendo ese gesto.
Pan.
Copa.
Palabras conocidas.

La pregunta no es si lo hacemos correctamente.
La pregunta es otra, mucho más incómoda:
¿Nos sentamos a la mesa, para encontrarnos con Jesús… o solo para cumplir?

Porque en esa mesa no solo se recuerda una historia.

Se decide una postura.

Nos vemos en el siguiente episodio, tan tarde como mañana.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com