El Cubo

Era una mañana cualquiera.

Los pájaros surcaban el cielo buscando alimento para sus crías. Un par de corredores matutinos avanzaban sudorosos por la acera, ignorados por el tumulto de la ciudad que recién despertaba. Un vendedor de frutas y palomitas agitaba su campanilla para llamar la atención, seguido por dos o tres niños que reían mientras corrían delante del carrito. Un anciano arrastraba los pies junto a su perro, con la paciencia que sólo el tiempo concede. Todo parecía común: calles grises, lluvia tenue, prisa, y rutinas que se repetían como una coreografía de autómatas.

Hasta que el mundo desapareció.

Sin previo aviso, dos personas —un hombre y una mujer— se encontraron rodeados por cuatro paredes lisas, sin ventanas, sin salida aparente. El cubo los envolvió con su silencio. Medía apenas cuatro metros por lado, con una única puerta metálica cerrada herméticamente. Las paredes, de un material similar al aluminio, devolvían el reflejo de sus rostros tensos. Una luz suave, casi espectral, provenía de ninguna parte y lo iluminaba todo.

Él era un hombre de mirada serena, con lentes de aumento que agrandaban la profundidad de sus ojos. Su cabello, canoso y escaso, estaba perfectamente peinado. Vestía con sobriedad: camisa gris, pantalones a juego y unos viejos tenis de Payless que lo delataban como un hombre práctico, sin mayores vanidades. Ella, en cambio, irradiaba un orden elegante: cabello largo y algo dorado, uñas recién esmaltadas en un tono pastel, maquillaje tenue pero impecable, y un traje sastre negro con blusa blanca que completaba la imagen de alguien que cuidaba cada detalle.

Ambos se miraron, atónitos, buscando respuestas que el cubo no ofrecía.

Nadie sabía de su existencia juntos. Nadie sospechaba ese vínculo. Lo suyo era un amor contenido, uno de esos amores que se viven en el silencio, entre miradas robadas y promesas que no se pronuncian en voz alta. El cubo, sin embargo, lo sabía todo. Tal vez por eso los atrapó. Porque algunos sentimientos necesitan ser puestos a prueba.

Al principio, solo miedo. Luego, incertidumbre. Y después, silencio. El tiempo parecía no correr allí dentro. Podía haber pasado un minuto o mil años. Lo único que sabían era que estaban solos… juntos.

Entonces, sin planearlo, sin palabras, sus manos se rozaron, temblorosas, y luego se enlazaron con fuerza. El cubo los obligó a mirarse, sin muros, sin excusas. Y cuando sus ojos se encontraron, no hicieron falta palabras. Había amor. Había deseo. Había una historia que nadie más conocería.

Se besaron. No como en las películas, ni como en los cuentos. Se besaron como se besan dos personas que creen estar ante el fin del mundo. Un beso de despedida y de bienvenida, de miedo y de esperanza, de ternura y de vértigo. Un beso que no pedía permiso.

Y entonces… un ruido metálico los interrumpió. Un chirrido como de maquinaria oxidada rasgó el silencio del cubo. La luz parpadeó. El cubo vibró.

Se abrazaron, temiendo lo peor.

Pero el cubo no los devoró. En cambio, se deshizo con la misma naturalidad con la que había aparecido. La puerta se abrió. Y cuando la luz regresó, ya no estaban dentro.

Volvieron a la ciudad. Al ruido. A las prisas. A los corredores sudados. Al anciano con su perro. Al carrito de frutas. A la lluvia.

Pero ya no eran los mismos.

Afuera, la vida seguía como si nada. Pero ellos sabían. Ellos habían estado allí. En el cubo. En el único lugar donde nada se puede esconder. Donde el amor se revela, y el miedo se transforma.

Ya no volverían al silencio de antes. Ya no habría más miradas furtivas, ni excusas, ni culpas. El cubo los había desnudado, y ahora estaban listos para vivir. Por fin.

Y así, tomados de la mano, se alejaron. Con una sonrisa. Con un beso. Con una certeza: el cubo puede volver cualquier mañana. Pero esta vez, no los encontrará temblando. Los encontrará amándose.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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