Episodio 02: La pantalla como excusa perfecta

Serie: Educación en Quiebra: Café, Verdades y el Perú que Queremos Recuperar

Hola de nuevo, hermano, qué bueno tenerte otra vez aquí en nuestra mesa de siempre. La vez pasada nos metimos de lleno en el hogar, en cómo esa es la primera cancha donde se juega el verdadero partido de la educación, y quedamos con una sensación un poco pesada, ¿no? De esas conversaciones que uno sigue masticando días después. Hoy quiero llevarte a un tema que ya rocé de pasada en nuestra primera charla, pero que merece su propio espacio para desmenuzarlo con calma, porque creo que es uno de los grandes malentendidos de esta época: esa costumbre tan nuestra de culpar a la pantalla, al celular, a la Inteligencia Artificial, como si fueran ellos los únicos responsables de que nuestros chicos hoy razonen menos y lean peor.

Fíjate cómo funciona esto, hermano. Salen los resultados de una prueba como PISA, o simplemente uno se sienta a conversar en una reunión familiar sobre lo mal que están los chicos hoy en día, y automáticamente, como un reflejo, aparece la misma frase: «es que ahora todo es celular, todo es TikTok, todo es que la máquina les hace la tarea». Y mira, no te voy a decir que eso sea mentira, porque sería absurdo negarlo, algo de responsabilidad carga la tecnología ahí, eso está clarísimo. Pero lo que a mí me inquieta, y por eso quería sentarme a hablarlo contigo con calma, es que esa explicación se ha convertido en la salida más cómoda que hemos encontrado como sociedad. Es un enemigo perfecto, hermano, porque no puede defenderse, no tiene rostro, no te va a contestar en una entrevista, y además nos permite lavarnos las manos sin tener que preguntarnos qué hicimos nosotros, como padres, como maestros, como país entero, para llegar hasta este punto.

Piensa un momento en esto conmigo. Cuando un padre le entrega a su hijo de tres años una tablet en el restaurante para que se quede callado mientras los adultos conversan, ¿de quién es esa decisión? Cuando un profesor deja de exigir lectura profunda porque sabe que la mayoría de sus alumnos van a copiar el resumen de internet de todas formas, ¿quién bajó los brazos primero, el alumno o el sistema que lo permitió? Cuando un chico universitario le pide a una Inteligencia Artificial que le redacte el ensayo completo sin leer una sola línea de lo que la máquina escribió, ¿la culpa es de la herramienta, o es de una cultura entera, empezando por la casa y siguiendo por el colegio, que nunca le enseñó a ese joven el valor de pensar por sí mismo, de sufrir un poco con una idea hasta parir la propia? La pantalla, hermano, es apenas el instrumento. El problema de fondo es que llevamos décadas sin construir en nuestros chicos el hábito de la concentración profunda, del aburrimiento productivo, de sentarse con un libro y no soltarlo hasta entenderlo.

Y aquí quiero conectarlo con lo que hablamos la primera vez que nos sentamos en este café, cuando mencionamos esa comparación entre cómo estudiábamos nosotros hace unas cuantas décadas y cómo se estudia ahora. Porque antes, cuando uno quería una información, tenía que ir a buscarla, hojear una enciclopedia entera, caminar hasta la biblioteca, pedirle prestado un libro a un amigo, y ese proceso, aunque hoy nos parezca lentísimo y hasta absurdo, tenía un efecto secundario buenísimo, y era que entrenaba la paciencia, la capacidad de sostener la atención en algo por un buen rato sin recibir una recompensa inmediata. Hoy la información te llega masticada, resumida, en quince segundos de video, con colores brillantes y una musiquita de fondo que te mantiene enganchado. El cerebro se va acostumbrando a esa velocidad, a esa recompensa instantánea, y después le pedimos que se siente treinta minutos a leer un texto denso sin distraerse, y claro que le cuesta un mundo, porque literalmente lo entrenamos para lo contrario durante años.

Pero aquí viene la parte que más me interesa conversar contigo, y es que yo creo firmemente que la tecnología en sí misma no es buena ni mala, es una herramienta, como lo fue en su momento la calculadora, o antes la imprenta, que por cierto también tuvo a sus críticos diciendo que iba a acabar con la memoria y la sabiduría de la gente. El problema no es que exista la Inteligencia Artificial, el problema es cómo la estamos usando y, sobre todo, qué no estamos haciendo antes de ponerla en manos de un chico. Si un estudiante ya tiene desarrollado el músculo del pensamiento crítico, la Inteligencia Artificial se convierte en un ayudante brutal, en un acelerador de su aprendizaje. Pero si ese músculo nunca se formó, si el chico llega a la herramienta sin haber entrenado antes su propia capacidad de razonar, entonces la tecnología no lo potencia, lo reemplaza, y ahí es donde empieza el verdadero problema, uno que no se resuelve prohibiendo el celular en el aula, porque eso es solamente tapar el síntoma sin tocar la causa.

Y esto me lleva a una reflexión que me parece importante compartir contigo, hermano. Cuando como sociedad decidimos que el problema completo es la pantalla, nos regalamos una excusa comodísima para no mirar las otras heridas, las que sí nos tocan de cerca y nos incomodan mucho más. Es más fácil decir «la culpa es del celular» que decir «la culpa es que en mi casa nunca leímos juntos un libro», o «la culpa es que en el colegio se dejó de exigir lectura porque daba flojera corregir tantos exámenes», o «la culpa es que como Gobierno nunca invertimos en formar mejores lectores desde primaria». La pantalla se volvió el villano perfecto porque señalarla no nos cuesta absolutamente nada, no nos exige cambiar ni un solo hábito propio, y mientras tanto los verdaderos huecos del sistema siguen ahí, intactos, esperando a que alguien finalmente los mire de frente.

No quiero que pienses que estoy minimizando el tema, ojo, porque sí hay estudios y evidencia real de que el uso descontrolado de redes sociales en la adolescencia afecta la atención, el sueño, hasta la salud mental de los chicos, eso es innegable y hay que tomarlo en serio. Pero una cosa es reconocer ese impacto real y ponerle límites sanos, con horarios, con acompañamiento de los padres, con un colegio que enseñe a usar la tecnología con criterio en lugar de solamente prohibirla, y otra cosa muy distinta es usar la pantalla como el gran comodín que explica absolutamente todo lo que anda mal en la educación peruana, porque ahí sí nos estamos mintiendo a nosotros mismos.

Yo creo que el verdadero remedio no pasa por declararle la guerra a la tecnología, sino por devolverle a nuestros chicos algo que se fue perdiendo con los años, que es el gusto genuino por pensar despacio. Eso empieza en la casa, leyendo juntos aunque sea diez minutos antes de dormir, eso continúa en el colegio, con profesores que se atrevan a exigir esfuerzo real y no solamente resúmenes de internet, y termina en la universidad, formando jóvenes que usen la Inteligencia Artificial como lo que es, una herramienta poderosísima, pero jamás como un reemplazo de su propio criterio. El día que logremos eso, la pantalla dejará de ser la excusa perfecta y se convertirá en lo que siempre debió ser, un aliado más en el camino del aprendizaje.

Bueno, hermano, ya me extendí bastante, como siempre me pasa cuando este tema me toca alguna fibra. Ahora te toca a ti: cuando escuchas a alguien echarle toda la culpa al celular o a la Inteligencia Artificial por el bajo nivel educativo de hoy, ¿sientes que tiene razón, o piensas, como yo, que es una manera fácil de no mirar el resto del problema? Y una pregunta más directa todavía, ¿tú en tu propia casa, o con la gente que conoces, sientes que la tecnología reemplazó algo que antes hacían juntos, como leer, conversar o simplemente aburrirse en buena compañía?. 

Cuéntame, que el café todavía humea y aquí sigo, con toda la curiosidad del mundo por escucharte.

Vick

Conversando con una Taza de Café

-Vick-yoopino

-MiVivencia.com

Episodio 01: El verdadero inicio del partido (El Hogar)

Serie: Educación en Quiebra: Café, Verdades y el Perú que Queremos Recuperar

Hola otra vez, hermano. Qué bueno que regresaste a está cafetería, ya te tenía guardado el sitio de siempre. En la charla pasada nos quedamos dando vueltas alrededor del problemón grande de la educación en el Perú, hablamos del golpe de PISA, de esa costumbre nuestra de culpar a la pantalla y a la Inteligencia Artificial para no mirarnos al espejo, y quedamos en que hoy íbamos a ir al origen de todo esto, al verdadero punto de partida del triunfo o del fracaso de una persona, no solo en el colegio, sino en la vida entera. Y ese punto de partida, para mí, no está en el aula, está en nuestra propia casa.

A ver, déjame contarte algo que seguro tú también has visto o vivido de cerca. A veces escucho a padres quejarse con una indignación tremenda, diciendo cosas como «ese colegio no le enseña valores a mi hijo» o «ese profesor no le pone mano dura a la clase». Y en el extremo contrario, escucho a otras mamás furiosas porque el profesor se atrevió a dejar tarea de más, o peor, porque el «querubín» salió desaprobado, y ya la vemos llegando al colegio con abogado en mano a exigir que le cambien la nota, como si la educación fuera un servicio al cliente donde el cliente siempre tiene la razón. Y yo, viendo todo esto desde afuera, me quedo pensando, ¿en qué momento nosotros mismos, como padres, le delegamos al colegio la tarea completa de convertir a nuestros hijos en buenas personas?

Vamos a quitarnos la máscara un ratito, hermano, aquí entre nosotros. El colegio está para enseñarte matemáticas, historia, lenguaje, a razonar, a cuestionar el mundo que te rodea con argumentos. Pero el respeto, la honestidad, la empatía, hasta el simple saludo al entrar a un lugar, eso no se aprende en una pizarra, eso se aprende en la mesa de la casa, en la sala, viendo cómo actúan papá y mamá cuando nadie más los está mirando. Si un niño crece viendo que en su casa cada conflicto se resuelve a gritos, o que se celebra la viveza criolla de pasarle por encima al vecino con tal de salirse con la suya, dime tú con qué herramientas va a llegar ese chico a sentarse en un salón de clases. Va a llegar exactamente con esas mismas herramientas, las únicas que conoce.

Y aquí conecto con algo que tocamos la vez pasada, esa comparación con las décadas atrás que tanto nos gusta hacer. Yo no te voy a vender la idea de que todo tiempo pasado fue mejor, sería mentirte y sería una trampa fácil, pero sí creo que hay algo que se ha ido perdiendo en el camino y que antes funcionaba casi como ley no escrita, y era que la palabra del profesor y la palabra de los padres iban en la misma dirección. Si el maestro te llamaba la atención en el colegio, en la casa no te defendían, te caía una segunda llamada de atención. Hoy pareciera que se invirtió el orden, ahora el profesor tiene que cuidarse de no incomodar al alumno, no vaya a ser que el padre llegue reclamando, y esa autoridad que antes era compartida entre la casa y la escuela hoy está partida por la mitad, cada uno jalando para su lado, y en el medio el chico no sabe a quién hacerle caso.

El aula, para mí, es literalmente un espejo de la casa, y esto lo digo con toda la convicción del mundo. Un profesor no puede sentarse a enseñar comprensión lectora si primero tiene que gastar media hora de su clase tratando de que el salón guarde silencio, que nadie insulte al compañero de al lado, que no se tire basura al piso como si el aula fuera la calle. Ese tiempo perdido, multiplicado por cada clase, por cada día, por todo el año escolar, es tiempo de aprendizaje que ya no se recupera, y después nos sorprendemos con los resultados de una prueba como PISA, cuando en realidad el problema empezó mucho antes, empezó en la formación básica del comportamiento, que le corresponde a la familia y no al colegio.

Hay otra cosa que me preocupa, y es esta cultura del «no te dejes» que hemos ido armando sin darnos cuenta. Nos hemos vuelto tan defensivos como sociedad que, sin querer, terminamos criando chicos que confunden el respeto propio con la prepotencia pura y dura. El «si te pegan, pegas más fuerte» le está ganando por goleada al «vamos a sentarnos a conversar esto con calma», y esa mentalidad no se queda en el patio del recreo, se traslada tal cual a cómo el chico después le habla a un profesor, a cómo un joven le exige a un catedrático en la universidad, a cómo cualquiera de nosotros discutimos hoy en día por cualquier tontería en la calle. Y junto con eso viene el facilismo, que para mí es igual de peligroso o más. Si en casa le resolvemos absolutamente todo a los hijos para que «no sufran», si cada vez que sacan una mala nota corremos a echarle la culpa al profesor en lugar de sentarnos a revisar qué pasó, estamos fabricando, sin quererlo, personas que ante el primer obstáculo serio, ya sea en la universidad o en el primer trabajo, se van a frustrar rapidísimo y van a querer tirar la toalla.

Ahora, no quiero que pienses que te estoy hablando desde un pedestal, para nada, yo no soy ningún padre perfecto ni pretendo decirte cómo manejar tu propio hogar, cada casa es un mundo y cada quien conoce sus propias batallas. Pero como ciudadano, como alguien que camina por las calles de este país y las observa con atención, sí me pregunto con honestidad si no nos estaremos rindiendo demasiado fácil como familias. El trabajo, el tráfico, el estrés del día a día, todo eso nos absorbe la energía, es verdad, y no te lo voy a negar. Pero si no encontramos ni el tiempo ni las ganas para conversar de verdad con los chicos, para ponerles límites con cariño pero con firmeza, para darles ejemplo con nuestras propias acciones y no solo con discursos bonitos, el colegio jamás va a poder hacer el milagro solo, por más buen profesor que le toque, por más infraestructura moderna que tenga el aula.

Porque mira, un chico que sale de su casa entendiendo el valor real de su palabra, que respeta la autoridad de sus padres sin que eso signifique miedo sino admiración, que tiene clarísimo que sus derechos terminan exactamente donde empiezan los del vecino, ese chico ya salió con medio partido ganado antes de siquiera cruzar la puerta del colegio. Ese chico va a entrar al aula con hambre de aprender y de razonar, no con la actitud de que hay que domarlo como si fuera un potro salvaje. Y ahí está, para mí, la gran diferencia que determina casi todo lo que viene después, en el colegio, en la universidad, en la vida adulta.

Por eso te digo, hermano, con toda franqueza, que para mí el hogar es el verdadero motor de todo este sistema. Si esa pieza falla, si ese motor no arranca bien desde el principio, el sistema educativo peruano entero ya está empezando a perder por goleada, no importa cuánto se esfuercen después los profesores o cuánto presupuesto le meta el Gobierno a los colegios. Se puede construir la escuela más moderna del país, pero si el chico llega de casa sin esas bases, esa escuela se va a estrellar contra un muro invisible todos los días.

Bueno, ya hablé bastante yo, como siempre. Ahora te toca a ti, que estás del otro lado de la pantalla con tu café ya tibio: ¿tú sientes que los padres de hoy le han tirado la toalla a eso de educar en valores, o crees que es más complicado que eso? ¿Qué costumbre, qué hábito de esos que teníamos antes en las familias peruanas crees tú que se ha perdido y que de verdad urge recuperar?

Cuéntame, que aquí sigo yo, escuchando con el croissant a medio terminar. Nos vemos en el próximo episodio y no te preocupes, yo pago el café.

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