Un duende y el ave Fénix

Hace tanto tiempo que ocurrió, que ya no sé si fue un sueño o un recuerdo que la vida me dejó grabado entre la niebla de la memoria. Los años han ido pasando como hojas secas arrastradas por el viento, y uno ya no distingue con certeza lo vivido de lo imaginado. Pero todavía hay un resplandor que permanece encendido, una escena detenida entre las raíces del alma.

Aquella mañana era como las de antes, de esas que se pierden en la rutina de los días, con el cielo cubierto por las copas espesas de los árboles, entre caminos de enredaderas y flores amarillas que serpenteaban el suelo como hilos de sol. Los parques aún respiraban silencio y los riachuelos ocultos murmuraban secretos al pasar entre las piedras. Fue en ese rincón del mundo donde lo encontré —o donde me encontró—: un duende.

Era diminuto, del tamaño de una mano, con un gorrito verde puntiagudo y un pompón rojo, como salido de las historias que uno inventa para los hijos cuando aún creen en la magia. Su ropa parecía tejida con hojas frescas, y sus ojos… ¡ah, sus ojos! Brillaban como si el mundo nunca le hubiese fallado. Saltaba entre ramas, reía con las mariposas, y volaba sin rumbo, libre, sin miedo, sin tiempo.

Hasta que cayó sobre mí. Literalmente. Se estrelló contra mi cara como un pequeño relámpago verde. El susto me hizo tambalear, pero apenas mis manos lo atraparon, algo cambió. Me miró. Lo miré. Y en ese instante, entre la sorpresa y la ternura, supe que no estaba frente a una criatura cualquiera. Era una chispa de inspiración, una brizna de lo que fui alguna vez.

Con el tiempo descubrí que era una duende. Una pequeña mujercita de mil primaveras. Hablaba sin parar, me recordaba historias que yo mismo había olvidado, fábulas que escribí cuando el alma era joven y las palabras brotaban como agua de manantial. Se convirtió en mi compañera de días y noches. La llevaba en el bolsillo, en la mochila, me acompañaba en la mesa, y hasta dormía enroscada junto a mi perro, Kiba, que le tenía un cariño especial. Él, mi fiel compañero de tantas caminatas solitarias, ahora tenía una nueva amiga que lo hacía reír con cosquillas invisibles.

Pero un día —de esos en que el aire anuncia algo extraño y la tristeza llega sin invitación—, el duende cayó. En medio de un salto, su vuelo se quebró. Nadie entendió por qué. Solo cayó, como jarrón de porcelana que se estrella contra el piso. Mil pedazos. Mil silencios. Mil lágrimas sin explicación.

Durante años recogí los fragmentos. Uno por uno. Bajo los muebles, entre los libros, en el rincón del televisor. Reuní su cuerpo como se reconstruye una esperanza rota: con paciencia, con amor, con memoria. Pero el mundo se volvió gris. Se secaron las palabras. Se extinguieron los cuentos. El silencio reinó en mi casa… y en mí.

Hasta que una tarde —de esas heladas y lentas en que la vida parece suspenderse—, mientras colocaba el último fragmento de su pequeña nariz, algo ocurrió. Una chispa. Un leve resplandor. Y entonces, sucedió.

El duende resucitó.

No hay mejor palabra para eso. Resucitó. Como el ave Fénix que renace de sus cenizas, saltó por el aire y volvió a reír. Volvió su mirada pícara, su vuelo torpe, su risa aguda. Y con ella volvió el color, el calor, las historias. Kiba ladraba feliz. Yo reía como hacía años no lo hacía.

Desde entonces, ha vuelto a acompañarme. Me dicta cuentos en susurros. Me hace detenerme en la calle solo para anotar en una servilleta. Me recuerda quién fui y quién todavía puedo ser.

Porque hay duendes que no son criaturas, sino metáforas vivas de la inspiración. Y si alguna vez la vida te los arrebata, no es para siempre. A veces, cuando todo parece perdido, también ellos vuelven… y con ellos, el alma que creías dormida.

Vick
Conversando con una Taza de Café
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