¿Qué ocurrió antes de Adán?

Conversando con una taza de café sobre los misterios de la creación

A veces, cuando abrimos el libro del Génesis, leemos con tanta prisa que pasamos por alto preguntas que incomodan. Saltamos directo a la luz, al jardín, a Adán… y rara vez nos detenemos a pensar si antes de todo eso hubo algo más.

Hoy, con una taza de café delante, quisiera hacer una pausa y dejar sobre la mesa una pregunta que no busca polémica fácil, sino reflexión honesta:

¿Qué ocurrió antes de que el hombre caminara sobre la tierra?

La Escritura misma nos invita a mirar atrás. En Isaías 46:9–10, Dios dice:
“Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos… yo anuncio lo por venir desde el principio.”

Eso ya nos da una pista: hay un “antes” que no deberíamos ignorar tan rápido.

El Verbo y la Sabiduría en el principio

Antes de que existiera la materia, antes de la luz, antes del polvo del cual fue formado el hombre, ya había una relación eterna.
El Evangelio de Juan nos recuerda que el Verbo estaba con Dios y que todo fue hecho por medio de Él. No apareció después; ya estaba allí.

Proverbios también nos deja una imagen profunda cuando describe a la Sabiduría —que muchos entienden como una figura de Cristo— diciendo que estaba con Dios antes de sus obras antiguas, antes de los montes, antes de los abismos.
No estamos hablando de un Dios improvisando, sino de un diseño eterno, pensado, ordenado.

Todo fue creado por Él y para Él.

El silencio entre Génesis 1:1 y 1:2

Ahora bien, hay un detalle que muchas veces pasamos por alto. Génesis comienza diciendo:

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra.”
Pero el versículo siguiente describe una tierra desordenada y vacía, cubierta de tinieblas.

Y aquí surge una pregunta incómoda, pero legítima:

¿Crearía Dios algo desordenado y vacío desde el inicio, siendo Él un Dios de orden y luz?
La palabra “vacía” sugiere que en algún momento hubo algo.
La palabra “desordenada” insinúa que existió un orden previo que fue alterado.

La Biblia no nos da todos los detalles, y quizás no los necesitamos, pero ese silencio entre los versículos deja espacio para pensar que algo ocurrió antes de la restauración que comienza en el versículo 3, cuando Dios vuelve a decir: “Sea la luz”.

La rebelión de las tinieblas

Las Escrituras hablan de una rebelión espiritual previa al hombre. Ángeles que pecaron, una caída, un juicio.
Satanás —llamado Lucero en su origen— quiso ser semejante al Altísimo y fue derribado.
Pedro y Judas mencionan a ángeles que no guardaron su dignidad y fueron reservados en prisiones de oscuridad.

Las tinieblas, en la Biblia, no son solo ausencia de luz física, sino símbolo de separación de Dios.
No es descabellado pensar que ese estado de desorden y oscuridad en Génesis 1:2 sea consecuencia de una ruptura espiritual anterior, y que lo que vemos desde el versículo 3 en adelante sea un proceso de restauración, no de creación desde cero.

Crear no es lo mismo que formar

Aquí hay una distinción importante que muchas veces olvidamos.
Crear es sacar algo de donde no existe nada.
Formar es trabajar con materia ya existente.

Dios creó los cielos y la tierra, pero formó al hombre del polvo.

Eso nos muestra que Dios no siempre actúa de la misma manera, y que entender sus procesos nos ayuda a leer la Biblia con más atención y menos prisa.

El enemigo no es caos: tiene organización

Otro punto que suele incomodar es este: el mal no es improvisado ni desordenado.
La Biblia habla de principados, potestades y gobernadores de las tinieblas.
Nuestra lucha no es contra personas, sino contra estructuras espirituales organizadas.

Y comprender esto no es para vivir con miedo, sino para entender que Dios siempre ha tenido el control, incluso antes de que existiera el tiempo tal como lo conocemos.

Reflexión final: más que curiosidad, confianza

Preguntarnos qué ocurrió antes de Adán no debería ser solo un ejercicio intelectual ni una discusión sin fin.
Debería llevarnos a algo más profundo: confianza.


Si Dios ya estaba obrando antes de la creación del hombre, si la luz siempre termina imponiéndose sobre las tinieblas, entonces nuestras batallas actuales no lo toman por sorpresa.

Quizás no tengamos todas las respuestas.
Pero sí sabemos algo con certeza: Dios nunca perdió el control.

Una imagen para recordarlo

Imagina que entras a una habitación que sabes que fue ordenada con cuidado… pero ahora todo está tirado en el suelo.
Reconoces el desorden porque sabes que antes hubo orden. De la misma manera, el desorden inicial de la tierra nos sugiere que algo fue interrumpido.

Y aun así, Dios volvió a hablar… y la luz regresó.

Porque algunas preguntas no buscan cerrar el tema, sino abrir el corazón a pensar un poco más.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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La resurrección

El inicio de una nueva historia

Cuando pensamos en la vida de Jesús, muchas veces nuestra mirada se detiene con fuerza en el Viernes Santo. La cruz, el dolor, los clavos, el silencio. Y es comprensible: allí se concentra una carga emocional y espiritual enorme.

Pero la fe cristiana no se queda detenida en el viernes ni en el domingo.
La resurrección no es el final de la historia.
Es el comienzo de algo completamente nuevo.

Jesús no vino solo a morir; vino a morir y a resucitar. Esa fue siempre la meta: entregar su vida por nuestros pecados y levantarse para nuestra justificación. Sin ese domingo, todo lo anterior quedaría incompleto.

Sin domingo, el viernes no tendría sentido

La resurrección es la confirmación divina de que la obra de la cruz fue aceptada. Si después del viernes no hubiera pasado nada, si el sepulcro hubiera seguido cerrado, los azotes, la sangre y el sacrificio no habrían cumplido su propósito redentor.

El apóstol Pablo lo dice sin rodeos en 1 Corintios 15:

Si Cristo no resucitó, nuestra predicación es vana y nuestra fe también lo es.
Así de claro.
No existe cristianismo sin resurrección.

La cruz es indispensable, pero es la victoria sobre la muerte la que le da sentido. La resurrección es la que transforma el sufrimiento en esperanza y la derrota aparente en triunfo eterno.

El testimonio silencioso de la fidelidad

Hay un detalle profundamente humano y conmovedor en los relatos de la resurrección: las mujeres.

Cuando llegó la hora más oscura, cuando el miedo se apoderó de todos, muchos discípulos huyeron. No por maldad, sino por temor. Sin embargo, ellas permanecieron. Y no solo permanecieron: fueron las primeras en ir al sepulcro.

El Señor honró esa fidelidad.
Fueron ellas las primeras testigos del sepulcro vacío.

Aun así, la incredulidad no fue ajena a nadie. Las mujeres llevaban especias para ungir un cuerpo que creían muerto. Los discípulos corrieron esperando encontrar un cadáver. A muchos les costó entender que las promesas de Jesús no eran simbólicas, sino reales.

Fue necesario ver las vendas dobladas.
Fue necesario escuchar a los ángeles.
Fue necesario recordar las Escrituras.
El Hijo del Hombre tenía que resucitar al tercer día.

Reconocer la voz del Maestro

Uno de los momentos más íntimos y reveladores ocurre con María Magdalena. Su dolor era tan profundo que, aun teniendo a Jesús delante, no lo reconoció. Pensó que era el hortelano.

Hasta que Él la llamó por su nombre:

“María”.
Y entonces, todo cambió.

Ese instante nos deja una enseñanza clave: las ovejas conocen su voz. En medio del dolor, la confusión y la pérdida, María no reconoció a Jesús por su apariencia, sino por su voz.

¿Cuántas veces nos pasa algo parecido?

Confundimos nuestros deseos con la voluntad de Dios. Interpretamos emociones como señales. Buscamos respuestas rápidas en lugar de escuchar con atención.

Reconocer la voz del Maestro requiere cercanía, tiempo, Palabra. No se aprende en la urgencia, sino en la relación.

La resurrección nos llama a vivir de otra manera

La resurrección no es solo un evento para recordar una vez al año. Es una realidad que debería impulsarnos a vivir de forma distinta todos los días.

Un Cristo vivo no nos llama a la comodidad, sino al servicio.
No a la pasividad, sino a la preparación.
No a quedarnos mirando el sepulcro, sino a anunciar que está vacío.

La fe en la resurrección nos desafía a dejar la incredulidad, a escuchar Su voz y a obedecer Su mandato: llevar las buenas nuevas a otros, con humildad y verdad.

La cruz es el pago.
La resurrección es la garantía.

Por eso no buscamos al Señor entre los muertos, sino entre los vivos. Él vive, reina y sigue llamando por nombre a quienes están dispuestos a escuchar.

Para reflexionar

Entender la fe sin la resurrección es como ver una película donde el protagonista se rinde a mitad del camino. La crucifixión es el nudo dramático, el momento de mayor tensión, pero la resurrección es el desenlace victorioso que da sentido a cada escena de sufrimiento anterior.

La pregunta queda abierta, mientras el café se enfría lentamente:

¿Estamos viviendo como quienes creen en un Cristo vivo…
o como si la historia hubiera terminado el viernes?

Vick
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-Vick-yoopino
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En estos postreros días: Dios nos habla a través de su Hijo

Hay textos que uno no puede leer a la ligera. Textos que obligan a bajar el ritmo, a servirse un café y a leer despacio. El inicio de la carta a los Hebreos es uno de ellos. Dice así:

“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo”.

La afirmación es profunda y, al mismo tiempo, contundente. Nos invita a mirar hacia atrás, a entender cómo Dios se ha revelado a lo largo de la historia, y a preguntarnos si hoy realmente estamos escuchando a quien debemos escuchar.

La evolución de la revelación divina

Durante más de dos mil quinientos años, Dios habló a su pueblo de muchas maneras. El Antiguo Testamento es el testimonio de una revelación progresiva: sueños, visiones, símbolos, profetas y acontecimientos históricos que apuntaban a algo mayor.

A Noé se le reveló que vendría un Redentor.
Miqueas anunció la ciudad donde nacería.
Daniel entendió el tiempo de su venida.
Malaquías habló del mensajero que prepararía el camino.

Incluso la historia de Jonás fue una señal viva de la futura resurrección.

Nada fue casual. Toda la historia del Antiguo Testamento fue, en esencia, Dios anunciando —una y otra vez— que Jesucristo vendría. Los profetas no hablaban de sí mismos; eran portavoces de un plan mayor que aún no se había manifestado por completo.

Y aquí surge una primera pregunta inevitable:
¿Leemos el Antiguo Testamento como una colección de historias… o como el anuncio constante de Cristo?

Cristo: la Palabra final y completa

Cuando Jesús aparece en la historia, todo cobra sentido. En Él se cumplen las promesas, las figuras y las sombras. Por eso Hebreos no dice que Dios siguió hablando de la misma manera, sino que ahora habla por el Hijo.

Esto nos lleva a una afirmación que a muchos les incomoda:
La Biblia, en cuanto a revelación divina, es un libro cerrado. No cerrado al estudio, sino cerrado a añadiduras.

Apocalipsis advierte con claridad sobre no añadir ni quitar a lo que ya ha sido revelado. Por eso debemos ser prudentes cuando escuchamos frases como: “Dios me dijo”. La pregunta no es si suena espiritual, sino si está alineado con lo que ya está escrito.

El Espíritu Santo no contradice la Escritura que Él mismo inspiró. La revelación auténtica no queda flotando en el aire ni depende de emociones momentáneas; está anclada en la Palabra.

Aquí conviene preguntarnos con honestidad:
¿Estamos defendiendo nuestra fe con “experiencias” o con un claro “escrito está”?

Nuestra identidad como coherederos

Jesucristo no solo es el cumplimiento de las promesas; es el heredero de todo. Por Él fue creado el universo y por Él todas las cosas subsisten. Hoy está sentado a la diestra del Padre, intercediendo por nosotros.

Y aquí aparece algo aún más sorprendente:
La Escritura nos llama coherederos con Cristo.

Eso no significa que podamos vivir como queramos, sino que somos llamados a pensar, actuar y decidir de manera distinta. Muchas veces no estamos preparados para recibir ciertas bendiciones porque nuestra mente sigue en otro canal. Mientras Jesús respondió al tentador con un firme “escrito está”, nosotros muchas veces respondemos con impulsos, emociones o intereses personales.

La pregunta vuelve a aparecer:
¿Estamos aprendiendo a pensar como Cristo… o solo a pedirle cosas?

El llamado a la acción: obras y discipulado

La fe no es pasiva. No consiste en mirar al techo ni en estudiar solo cuando hay una charla que preparar. El apóstol Pablo fue claro al escribir a Tito y a Filemón: debemos ocuparnos en buenas obras para los casos de necesidad, para no ser personas sin fruto.

La iglesia no es un edificio; es un cuerpo en movimiento. Un equipo que actúa unido para alimentar al hambriento, consolar al necesitado y acompañar al que está caído.

Nuestra tarea hoy es concreta:

Escudriñar la Palabra, no superficialmente, sino con profundidad.
Hacer discípulos, formando a otros hasta que alcancen madurez.
Sembrar con fidelidad, entendiendo que el crecimiento lo da Dios y no los métodos humanos.

Nada de esto se logra desde la comodidad o el protagonismo. Se logra desde la fidelidad silenciosa.

Siervos, no dueños

La palabra “siervo”, en su sentido original, habla de obediencia total. No de títulos, no de aplausos, no de posiciones. Somos siervos de Jesucristo, llamados a reproducir el mensaje recibido, no a reinventarlo.

Con la Biblia como base inamovible, nuestra misión es sencilla y exigente a la vez: compartir lo que hemos recibido, persona a persona, vida a vida, para que el cuerpo de Cristo siga creciendo con raíces firmes.

Y quizás, antes de cerrar este café, valga la pena dejar una última pregunta sobre la mesa:

En estos postreros días… cuando decimos que Dios nos habla,
¿estamos escuchando realmente al Hijo?

Vick
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Un solo mandamiento: El camino de creer y el desafío de amar

En el caminar cotidiano, a veces es necesario detenerse. Apagar un poco el ruido, servirse una taza de café y pensar en lo esencial. La vida nos golpea con circunstancias difíciles, pero aun en medio de ellas, Dios pone una paz que no siempre entendemos, pero que nos permite seguir adelante.

Hoy quiero invitarte a reflexionar sobre un versículo breve, pero profundo, que resume gran parte de nuestra fe. Se encuentra en 1 Juan 3:23 y dice así:

“Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado”.

En una sola frase, el apóstol Juan nos presenta dos pilares que definen lo que significa ser discípulo. No son sugerencias, no son opciones. Son un solo mandamiento con dos dimensiones inseparables: creer y amar.

1. ¿Qué significa realmente “creer”?

Si salimos a la calle y preguntamos cuántas personas creen en Dios, la mayoría responderá que sí. Pero en el contexto cristiano, creer no es solo aceptar una idea ni tener una emoción pasajera en un momento de oración.

Creer es el inicio de un caminar.

No se trata de repetir una oración y desaparecer, sino de entrar en un proceso de transformación que nos conduce a convertirnos en verdaderos discípulos de Jesucristo. Creer implica varias cosas profundas:

Conocimiento

No podemos decir que conocemos a alguien si no sabemos quién es, cómo vive o qué piensa. De la misma manera, no podemos decir que conocemos a Dios si no escudriñamos su Palabra. La fe no se sostiene solo con frases; se afirma con conocimiento.

Respuesta a Dios

Creer es responder a lo que Dios dice. Es escucharle y contestarle con nuestra vida. Esa respuesta se cultiva en la oración, en el estudio diario y en una relación constante, no ocasional.

Relación personal

La fe no se hereda ni se delega. Nadie puede estudiar la Biblia por ti, ni tener una conversación con Dios en tu lugar. Es una relación personal, íntima, entre tú y Él.
Aquí surge una pregunta necesaria:

¿Mi fe es una costumbre… o una relación viva?

2. El verdadero desafío: amarnos unos a otros

Si creer parece la parte más sencilla —porque es una decisión personal— el mandamiento de amarnos unos a otros es donde empieza el verdadero desafío.

En muchas congregaciones, ante la pregunta “¿cómo estás?”, la respuesta automática es: “bendecido”. Pero detrás de esa palabra muchas veces se esconde dolor, cansancio o soledad. Nos cuesta confiar, nos cuesta abrir el corazón, y así se vuelve difícil construir relaciones profundas.

Para cumplir este mandamiento del amor, primero debemos enfrentar aquello que históricamente ha dividido a la Iglesia.

La lucha por la preeminencia

En Mateo 20 vemos cómo la madre de los hijos de Zebedeo pidió puestos de honor para sus hijos. No es un relato lejano; es un reflejo constante del corazón humano.

Hoy la lucha no siempre es por sentarse a la derecha o a la izquierda, sino por el aplauso, el reconocimiento, la visibilidad. Cuando el ego entra en escena, la obra se paraliza. El deseo de sobresalir termina apagando el espíritu de servicio.

Juntos, pero no unánimes

No es lo mismo estar juntos que estar unánimes. Podemos compartir un mismo espacio físico y, aun así, caminar en direcciones distintas.

La unanimidad exige algo costoso: dejar de lado los intereses personales, renunciar a la envidia y al egoísmo, y levantar la obra del Señor con un mismo sentir. Sin eso, solo somos un grupo… no un cuerpo.

3. Un solo rebaño y un solo Pastor

La Escritura es clara: todos somos ovejas de su prado. No hay jerarquías basadas en el orgullo humano. No hay creyentes de primera y de segunda categoría. Somos parte de un mismo cuerpo.

El cuerpo y la cabeza

Así como una mano no se mueve si el cerebro no lo ordena, la Iglesia no puede actuar sin Cristo, que es la cabeza. Cuando cada parte quiere decidir por sí misma, el cuerpo deja de funcionar.

El llamado al servicio

No fuimos llamados para ocupar un lugar de honor, sino para servir. El trabajo para Dios no es para que nos miren a nosotros, sino para que el mundo vea al Señor reflejado en nuestras acciones.
Aquí vale la pena detenernos y preguntarnos:

¿Estoy buscando un lugar… o estoy dispuesto a servir?

Conclusión: buscad primero el Reino

Nuestro propósito final no es destacar, sino estar preparados para servir. Salomón lo entendió cuando no pidió riquezas ni poder, sino sabiduría para gobernar bien al pueblo que le había sido confiado.

Cuando decidimos ser simplemente ovejas guiadas por el único Pastor, los conflictos pierden fuerza y el amor comienza a florecer. Entonces nuestra oración deja de ser “Señor, dame” y se transforma en algo más profundo:

“Señor, aquí estoy para servirte”.

Para recordar

La Iglesia es como un cuerpo humano. Cada parte —mano, pie, oído— tiene una función distinta, pero todas son necesarias. Ninguna es superior a otra, y todas quedan inmóviles si no obedecen las señales que envía la cabeza.

Y la cabeza… es Cristo.
La pregunta queda sobre la mesa, mientras el café se enfría lentamente:

¿Estamos cumpliendo el mandamiento completo… o solo la parte que nos resulta más cómoda?

Vick
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Los dones y los ministerios

Equipados para servir

Cuando conversamos sobre la vida cristiana, hay un tema que suele despertar curiosidad, confusión e incluso rivalidades: los dones y los ministerios. Sin embargo, la Biblia los presenta con una claridad que muchas veces pasamos por alto.

En la Primera Epístola a los Corintios, capítulo 12, el apóstol Pablo nos recuerda algo esencial: hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo; hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; y hay diversidad de operaciones, pero es Dios quien hace todas las cosas en todos.

Esta distinción no es menor. El Espíritu Santo reparte los dones, el Señor establece los ministerios, y Dios opera el resultado. Nada nace del capricho humano ni del deseo de destacar. Todo tiene un origen, un propósito y un orden.

Los dones: capacidades para servir

La Escritura menciona distintos dones que el Espíritu otorga según su voluntad. No como trofeos espirituales, sino como herramientas para edificar.

La palabra de sabiduría es la capacidad de aconsejar y dirigir con discernimiento. No todos los líderes saben cuándo hablar y cuándo callar; la sabiduría enseña ambas cosas.

La palabra de ciencia está relacionada con la comprensión profunda de la revelación ya escrita. No es información nueva, sino entendimiento de lo que Dios ya dijo.

El don de fe no es la fe cotidiana que todos ejercemos, sino una confianza extraordinaria en que Dios tiene el control incluso cuando todo parece ir en contra.

Las sanidades y los milagros existen y son reales, pero siempre deben ser examinados con cuidado, sin caer en el sensacionalismo ni en la exageración.

La profecía, según la Palabra, no es espectáculo ni adivinación; su propósito es edificar, exhortar y consolar a la iglesia.

El discernimiento de espíritus se vuelve imprescindible en tiempos donde abundan voces, títulos y “revelaciones”. Este don permite distinguir lo verdadero de lo falso.

Y sobre los dones de lenguas y su interpretación, mucho se habla del primero y muy poco del segundo. Un lenguaje sin interpretación no edifica. Repetir frases sin entendimiento, muchas veces por presión o temor, no cumple el propósito bíblico.

El verdadero propósito: servir, no exhibirse

Los dones no fueron dados para uso personal ni para alimentar el ego espiritual. Fueron entregados para servir al cuerpo. La sabiduría ayuda a resolver conflictos. La enseñanza forma a otros. La fe impulsa a confiar cuando ya no hay fuerzas.

Tener un don no nos hace superiores; nos hace responsables. El don no es una medalla, es una carga de servicio. Cantar, enseñar, predicar o liderar no es motivo de jactancia, sino de entrega. Cuando el don se convierte en motivo de orgullo, deja de edificar.

Los ministerios: un llamado, no un título

En Efesios 4, Pablo nos recuerda que fue Jesucristo mismo quien constituyó a unos como apóstoles, a otros como profetas, evangelistas, pastores y maestros. El objetivo no es jerarquía ni prestigio, sino uno muy claro: perfeccionar a los santos para la obra del ministerio.

Hoy vemos con preocupación cómo se ofrecen cursos exprés para “graduarse” de apóstol o profeta, previo pago y certificado incluido. Pero los ministerios no se compran ni se aceleran. Ni siquiera porque fuiste al Instituto. Son un llamado de Dios y un caminar diario con Cristo.

El evangelista anuncia las buenas nuevas a quienes no conocen a Dios. Y como hispanos, tenemos un campo enorme entre nuestra propia gente.

El pastor necesita carácter, paciencia y amor genuino. Su tarea no es dominar al rebaño, sino cuidarlo, sanarlo y alimentarlo con la Palabra.

El maestro debe ser un estudiante incansable. No se conforma con lo básico; lee, estudia, compara, profundiza. Enseña no desde la improvisación, sino desde la preparación.

Perfeccionar a los santos

La función de estos ministerios es llevar a la iglesia a la madurez. No a una fe infantil sostenida solo con emociones, sino a una fe firme, con fundamento.

No se trata de métodos humanos que prometen crecimiento rápido sin raíz. La estrategia sigue siendo la misma que Dios estableció desde el principio: predicar la verdad, y el Señor se encarga de añadir a los que han de ser salvos.

Una imagen para recordar

Podemos imaginar a la iglesia como un equipo de rescate. Cada miembro lleva una herramienta distinta: uno la linterna, otro la cuerda, otro los primeros auxilios. Ninguno guarda su herramienta para admirarla; la lleva para usarla cuando la vida de otro lo necesita.

Así son los dones y los ministerios: no para exhibirse, sino para salvar, edificar y servir.

Para terminar

Necesitamos recuperar el lugar de la iglesia como espacio de sana doctrina y servicio genuino. La unidad de la fe se construye cuando todos buscamos conocer al Hijo de Dios, no para beneficio personal, sino para reflejar Su amor en un mundo que lo necesita urgentemente.

La pregunta queda abierta, como siempre, mientras el café se enfría un poco:

¿estamos usando lo que Dios nos dio… o solo nos estamos mostrando?

Vick
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¿Somos realmente discípulos?

Una reflexión sobre nuestro llamado

Buenas noches.

Como cada miércoles, nos sentamos a conversar con una taza de café en la mano, sin prisa y sin ruido, dejando que las preguntas importantes aparezcan solas.

La de hoy no es nueva, pero sigue siendo incómoda:
¿somos realmente discípulos de Jesucristo?
Usamos con facilidad palabras como cristianos o creyentes, pero el mandato bíblico va más allá de un nombre o una afiliación. Jesús nunca habló de formar simpatizantes ni asistentes ocasionales. Habló de discípulos.

El mandato que no admite atajos

En el Evangelio de Mateo, Jesús comienza con una declaración contundente:
“Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.”
Desde esa autoridad, da una orden clara:
“Id y haced discípulos a todas las naciones.”

No dijo “haced creyentes”, ni “llenad lugares”, ni “sumad seguidores”. Dijo haced discípulos: personas bautizadas, instruidas y dispuestas a guardar todo lo que Él mandó.
Y junto a ese mandato hay una promesa que solemos repetir mucho:
“Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.”

Pero pocas veces recordamos que esta promesa camina junto a la obediencia. Dios está con nosotros en la medida en que asumimos la tarea de enseñar, aprender y vivir Su Palabra. No como espectadores, sino como participantes.

El arrepentimiento: un paso que hemos debilitado

En algunos lugares del mundo, a los nuevos creyentes se les llama simplemente los arrepentidos. No como un título menor, sino como una descripción profunda. Porque antes de seguir, primero reconocen que algo debe cambiar.

En cambio, en muchas iglesias occidentales, el énfasis se ha reducido a una oración rápida, sin proceso ni transformación. Y surge una pregunta honesta:
Si no hay un quiebre con el ayer, ¿cómo sabremos hacia dónde caminar mañana?
El arrepentimiento no es culpa constante, es cambio de dirección. Sin ese punto de partida, es difícil que alguien se convierta en discípulo, alguien que aprende, camina y se deja formar por el Maestro.

El discipulado siempre se reproduce

Un discípulo no es solo quien aprende, sino quien reproduce lo aprendido. Jesús invirtió tres años y medio formando a doce hombres. No concentró Su esfuerzo en las multitudes, sino en aquellos que se quedarían cuando Él ya no estuviera.
Ese mismo patrón lo vemos en Pablo con Timoteo y Tito, a quienes llamó hijos en la fe. Pablo se reprodujo en ellos para que la obra continuara.
Y aquí la pregunta vuelve a nosotros, sin acusar:

¿A quién estamos formando hoy?

¿Estamos levantando “Timoteos”, o estamos guardando todo por temor, comodidad o falta de preparación?

El sistema que nos absorbe

En muchos contextos de necesidad, la dependencia de Dios es diaria y real. Pero cuando el sistema se vuelve más estable, el trabajo, las metas y el deseo de “tener más” comienzan a ocupar todo el espacio.
El discipulado queda relegado a un servicio dominical breve. Pero el discipulado no se construye en treinta minutos. Se construye en convivencia, en tiempo compartido, en observar cómo vive el otro.
Los discípulos de Jesús no le pidieron aprender a hacer milagros. Le dijeron algo más profundo:

“Enséñanos a orar.”

Entendieron que ahí estaba la raíz.

Discernir la voz del Maestro

Ser discípulo implica conocer la Palabra. No leerla por compromiso, sino amarla, estudiarla y dejarse confrontar por ella.
Jesús dijo:
“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen.”
Si no conocemos la Escritura, seguiremos cualquier voz fuerte, cualquier discurso bien armado, cualquier “iluminado” que aparezca. El conocimiento no es orgullo; es protección.

Un solo rebaño, un solo Pastor

No existen rebaños fragmentados por denominaciones o nombres humanos. Existe un solo rebaño y un solo Pastor: Jesucristo.
A veces levantamos muros por orgullo o miedo, olvidando que todos fuimos rescatados alguna vez. Hay una vieja historia de náufragos que, tras ser salvados, construyeron un faro hermoso. Con el tiempo, no querían dejar entrar a otros para no ensuciarlo. Olvidaron que ellos también estuvieron perdidos.
El discipulado no crea clubes exclusivos; crea familia.

Nuestra responsabilidad

Un día rendiremos cuentas. No por lo que poseímos, sino por lo que sembramos. No por los bienes acumulados, sino por las vidas que tocamos.
Por eso vale la pena prepararse, estudiar, leer, profundizar en la Biblia y buscar a alguien a quien enseñar lo aprendido. No para exhibirse, sino para servir.
El discipulado no es una opción para unos pocos.
Es el llamado de todo aquel que decide seguir a Cristo.
Y mientras el café se termina, queda la invitación, sencilla y directa:

¿estamos solo creyendo…
o estamos aprendiendo a ser discípulos?

Vick
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La gratitud que no se aprende a la fuerza

Dicen que a la fuerza ni los zapatos entran.

Y con la gratitud pasa algo parecido: no se puede imponer, no se puede fingir, no se puede fabricar por obligación. La gratitud nace… o no nace.

Y justamente por eso vale la pena hablar de ella.
O, más bien, de su ausencia.

Porque si algo nos caracteriza como seres humanos —y también como cristianos— es que somos profundamente olvidadizos. Olvidamos rápido. Sobre todo las cosas difíciles. Las deudas, esas sí las recordamos todos los días. Pero los favores, las misericordias, las veces que Dios nos sostuvo sin que nos diéramos cuenta… esas se nos borran con facilidad.

La Biblia está llena de ejemplos de este olvido constante. El pueblo recordaba el pasado solo para culpar a alguien más, o para idealizarlo, o para escapar de su responsabilidad presente. Y nosotros no somos tan distintos.

Diez sanados, uno agradecido

Quiero que vayamos al Evangelio de Lucas, capítulo 17. Es un pasaje conocido, pero que siempre nos confronta. Jesús iba camino a Jerusalén y pasaba entre Samaria y Galilea. Al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos. Se pararon de lejos y gritaron:

“Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros”.

La lepra, en esos tiempos, no era solo una enfermedad. Era una sentencia social. Los leprosos eran expulsados de la ciudad, vivían aislados y, por ley, debían gritar “¡Inmundo!” cuando alguien se acercaba, para advertir del peligro. Pero estos diez hombres hicieron algo distinto. No gritaron “inmundo”. Gritaron “Jesús, Maestro”. Sabían quién era. Sabían de sus milagros. Sabían que, si había una mínima esperanza, estaba en Él.

Jesús no los tocó. No oró por ellos. No les dijo: “ya están sanos”.

Solo les dijo:

“Id y mostraos a los sacerdotes”.

Para obedecer esa orden, tenían que creer. Porque cuando comenzaron a caminar, todavía estaban enfermos. Sin embargo, fueron. Y mientras iban, fueron limpiados. Aquí aparece el detalle que duele.

Uno de ellos, al darse cuenta de que había sido sanado, volvió. Glorificó a Dios en alta voz, se postró a los pies de Jesús y le dio gracias. Y Lucas se encarga de subrayarlo: era samaritano.

El que regresó fue el despreciado.
El extranjero.
El que no conocía la Ley como los demás.

Los otros nueve —judíos, conocedores de la Escritura— siguieron su camino. Tal vez hicieron lo correcto según la norma. Tal vez llegaron al sacerdote. Pero no regresaron a dar gracias.
Y Jesús hace una pregunta que sigue resonando hoy:

“¿No eran diez los que fueron limpiados? ¿Dónde están los otros nueve?”

La gratitud como memoria espiritual

Ser agradecido no es solo decir “gracias”.
Es recordar.
Por eso el salmista escribe en el Salmo 103:

“Bendice, alma mía, a Jehová… y no olvides ninguno de sus beneficios”.

No olvides.

Solo hoy, abriste los ojos. Respiraste. Caminaste. Tuviste alimento. Tuviste un lugar donde estar. Y quizás ni siquiera lo notaste.

Él perdona nuestras faltas.
Sana nuestras dolencias.
Rescata nuestra vida del hoyo.
Nos corona de misericordia.
Nos da trabajo, sustento, protección.

¿Cuántas veces Dios nos libró de algo que ni siquiera llegamos a ver? Pequeños detalles que pudieron cambiar nuestra historia, pero no lo hicieron porque su mano estuvo ahí.

No olvidar… ni dejar de enseñar

En Deuteronomio 4, Dios es claro:

“Guárdate… para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto… y las enseñarás a tus hijos y a los hijos de tus hijos”.
Olvidar no es inocente.
Olvidar debilita la fe.

Hemos visto milagros. En nuestras congregaciones, en nuestras familias, en personas cercanas. Sanidades, provisión, protección. Y también hemos visto dolor, enfermedad, necesidad. Por eso mismo no podemos permitirnos olvidar.

Más adelante, el mismo pasaje dice:
“Guardaos, no os olvidéis del pacto de Jehová vuestro Dios”.
Dios no se ha olvidado de nosotros.
Nunca lo ha hecho.

Jesús fue claro:

“Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin”.

Una gratitud que se practica

Si somos maestros, debemos prepararnos.
Si servimos, debemos crecer.
Si nuestra familia está bien, demos gracias.
Y si alguien está pasando por un mal momento, no miremos a otro lado: oremos, acompañemos, sostengamos.

La gratitud se cultiva orando, leyendo, estudiando, recordando.
No es un sentimiento pasajero.
Es una disciplina del alma.

Y quizá, en este tiempo de Navidad, más que pedir cosas nuevas, nos toque hacer algo más difícil: recordar todo lo que ya hemos recibido.

Vick
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Poniendo mesa en el desierto

La fe cuando las cosas no van bien

Todos tenemos fe… sobre todo cuando todo marcha bien.

Cuando hay trabajo, cuando la salud acompaña, cuando el bolsillo no aprieta. En esos momentos, la fe parece firme, casi natural. Pero no todos están pasando por ahí. Mientras algunos siguen su rutina normal, otros están atravesando momentos difíciles. Y es justamente ahí donde la fe se pone a prueba.

Creemos que Dios está cuando todo va bien, pero olvidamos que Dios sigue estando cuando las cosas van mal. Paradójicamente, cuando más lo necesitamos, es cuando más fácil es olvidarlo.

Cuando hay salud, alegría y dinero, muchos no se acuerdan de Dios.
Pero cuando la situación se vuelve crítica, la rodilla comienza a doblarse… y también a quejarse.
Entonces surgen las preguntas:

“¿Dónde está Dios?”
“¿Por qué me pasa esto a mí?”
“¿No he sido fiel?”

Y muchas veces olvidamos lo que ayer Dios ya hizo por nosotros.

Un pueblo que olvidó los milagros

Cuando el pueblo de Israel salió de Egipto, no salió en silencio ni por casualidad. Salió con milagros evidentes: el mar dividido, la nube que los guiaba de día, el fuego que los acompañaba de noche. Todo eso lo vieron con sus propios ojos.

Y, sin embargo, cuando tuvieron hambre, lo olvidaron todo.
Si no recibimos, nos quejamos.
Si recibimos, siempre falta algo.
Parece que nunca es suficiente.
Un pueblo que vio el mar abrirse comenzó a dudar cuando el estómago rugía.

“¿Podrá Dios poner mesa en el desierto?”

El Salmo 78:19 lo dice sin rodeos:
“Hablaron contra Dios, diciendo:

¿Podrá Dios poner mesa en el desierto?”

Es una pregunta cargada de duda, pero también de memoria corta.
Como diciendo: “Sabemos lo que hiciste ayer, pero hoy no estamos seguros”.
En el versículo siguiente recuerdan el milagro del agua brotando de la peña… y aun así preguntan si Dios también podrá dar pan y carne.

¿Cuántas veces hacemos lo mismo?

Reconocemos lo que Dios hizo, pero dudamos de lo que puede hacer ahora, en este desierto, en esta situación concreta.

Pedro y la fe práctica

En Mateo 17, Pedro enfrenta una situación simple pero incómoda: el pago del impuesto. Jesús le dice algo que desafía toda lógica humana:

Ve al mar.
Echa el anzuelo.
El primer pez que saques tendrá la moneda necesaria.
Pedro era pescador. Sabía cómo funcionaban las cosas. Pero obedeció.
Eso es fe: hacer lo que Dios dice, aunque no tenga sentido inmediato.

La pregunta sigue vigente:
¿Creemos que Dios puede poner mesa en nuestro desierto?
A veces, Dios lo hace directamente.
Otras veces, nos usa a nosotros como la mano que llena la mesa de alguien más.

Una historia sencilla, una fe real

Decimos que vivimos por fe, pero también tenemos un sueldo, un horario y cierta seguridad. Sin embargo, recuerdo una historia sencilla que nunca olvidé.

Un maestro llegó un viernes a clase visiblemente preocupado. Sacó su cheque: 45 dólares por dos semanas de trabajo. Faltaban días para terminar el mes y el trabajo estaba muy escaso.

Aun así, dijo algo claro:
“Yo sé que Dios va a hacer algo. No sé qué, pero confío en que no me va a abandonar”.
La semana siguiente trabajó todos los días. Incluso el sábado. Su cheque cubrió todo y más.
No porque fuera especial.
Sino porque confió.

Dijo: “Señor, Tú tienes el control. Tú eres quien pone mesa en el desierto”.

Dios cumple lo que promete

El Salmo 78:23–25 nos recuerda algo fundamental:
Dios abrió los cielos y envió maná, aun cuando el pueblo reclamó y dudó.
La promesa se cumplió.
Dios sigue poniendo comida en la mesa, incluso en medio del desierto.

La pregunta es:

¿cuál será nuestra respuesta?

No solo orar, sino actuar.
Tal vez tú eres la mano que Dios quiere usar.
Tal vez tienes algo pequeño que puede llenar el estómago de alguien más.
La fe viene por el oír la Palabra de Dios, pero crece cuando esa Palabra se vive.
Si no la leemos, si no la escudriñamos, no crecemos.
Dios puede poner mesa en el desierto.

Y a veces, tú y yo somos parte de esa mesa.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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Me senté y lloré

Ya es de noche. Como tantas veces, nos reunimos aquí —amigos, hermanos, conocidos y quien quiera acompañarnos— en esta sección que muchos ya identifican: Conversando con una Taza de Café. Un espacio para detenernos un momento y conversar sobre lo que estamos viviendo, aunque a veces preferiríamos olvidarlo.

Vamos empezando.

Siempre me ha gustado iniciar estas charlas recordando a un viejo amigo llamado Nehemías, un hombre que, de alguna forma, se parece un poco a mí. Si usted es lector de la Biblia, recordará lo que le dijeron en Nehemías 1:3: “El remanente… está en gran mal y afrenta.”

Le contaron que su pueblo estaba en problemas. Problemas serios. Y su ayuda era necesaria.

Hoy pasa lo mismo. Tenemos los problemas dentro de casa, dentro de la iglesia, dentro de nuestra propia comunidad. Y mucha gente la está pasando muy mal. La pregunta es: ¿qué está pasando con nosotros?

Te cuento algo que me marcó.

Aquel día me tocó hacer las compras: carne, pollo, verduras (pocas, porque no como muchas). Era la una de la tarde y quería llevar algo a casa para comer, cuando veo a un hermano de la iglesia haciendo cola frente a un lugar católico donde reparten comida.

Crucé para saludarlo. Se puso nervioso, como quien no quiere ser visto. Le dije que fuéramos a comer algo, pero él me contó que ya había pasado por su iglesia:

—Oraron por mí. Me dijeron: “Dios tiene el control. Dios va a suplir.” Y después de la oración, me enviaron a casa… y vino a hacer fila para pedir comida. Porque no tenía nada en casa. En ese instante recordé el versículo que sigue:

“Cuando oí estas palabras, me senté y lloré.”

No sé si alguna vez has recibido una noticia que te golpea tan fuerte que el cuerpo simplemente se rinde. Este hermano estaba haciendo fila para comer; y su iglesia, en vez de suplir su necesidad, le dio una oración y un “Dios te va a ayudar”.

Algo no estaba bien. Algo no encajaba.

Predicamos: “¿Cuándo te dimos de comer? ¿Cuándo te dimos de beber?” Pero ya casi no hablamos de eso. Ahora todo es: “Dios tiene el control.” Sí, Dios tiene el control… pero nosotros somos sus manos.

Muchos han perdido su trabajo. Otros apenas sobreviven. Mientras tanto, hay quienes vivimos el día a día sin grandes problemas. Pero al lado de nuestras casas hay necesidad. Real. Dolorosa. Silenciosa.

Recordé esa frase que tantas veces repetimos sin sentirla: “Me senté y lloré.” Y la convertí en una pregunta: ¿Nosotros… qué sentimos?. Muchas veces, simplemente: nada.

Predicamos del buen samaritano, del que curó heridas y pagó para que el herido fuera cuidado. Pero hoy deberíamos preguntarnos: ¿Qué estamos haciendo nosotros?. No podemos ayudar a todos, pero sí podemos ayudar a uno.. Y si cada uno ayudara a uno… serían muchos.

Una vez escuché a alguien decir: “Si vas a freír dos piezas de pollo… fríe tres. Siempre hay alguien cerca que no tiene qué comer.” Tenía razón.

Es bueno orar por quienes están pasando necesidad. Pero también es bueno ayudar, si podemos. Una señora decía cuando cocinaba frijoles:

“Échale más agua. Que alcance para alguien más.”

Pero nosotros seguimos diciendo: “Dios va a suplir.” Cuando la verdad es que Dios quería suplir… a través de ti. Durante la pandemia gritamos que la casa es la iglesia.

Bien. Entonces pregunto: ¿Qué está haciendo la iglesia desde su casa? ¿Estamos preparando nuestro corazón para cuando llegue la cosecha?

Si eres maestro: ¿estás estudiando? ¿estás leyendo? ¿qué estás preparando para la gente que vendrá?

Porque ese hermano por el que oraron… ¿volverá a su iglesia?. Es bueno orar. Es necesario. Pero también es necesario actuar. Hay gente sin trabajo. Hay gente trabajando y prosperando. Este es el momento de edificar a la iglesia, de servir, de enseñar, de formar discípulos.

Después de llorar, Nehemías oró. Y después de orar, actuó. “Si tienes frijoles… si tienes pollo… si tienes pan… compártelo.” No esperes a Navidad para callar la conciencia regalando un poco de ropa. La necesidad no espera. Especialmente la de los niños.

Y te digo algo que me dolió profundamente: Cuando ese hermano llegó a su casa, estaba su esposa esperándolo. Y su niño. Una familia que tenía hambre.

¿Qué le vamos a decir?

“Dios tiene control de tu hambre” ¿Eso le vamos a decir? Ese día, cuando vi eso, cuando entendí lo que estaba pasando, me senté… y lloré.

Porque en todas partes hay necesidad. Y no solo necesidad de comida: necesidad de Jesús, de compañía, de esperanza, de manos que ayuden.

La iglesia debe prepararse desde las casas. Para servir las mesas. Para ayudar. Para amar.

Somos llamados a servir, no a servirnos. Y hoy, más que nunca, es el tiempo. No mañana. No “cuando todo pase”. Hoy.

Regresaremos con otras reflexiones. Quizás algo cambie. Quizás cambiemos nosotros. Pero puedes dejarnos un comentario.

Vick
Conversando con una Taza de Café
Vick-yoopino
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La historia oculta del cristianismo – ¿Por qué contar esta historia?

Por Vick-yoopino

Hace algunos años, durante el tiempo de la pandemia, realicé cerca de cien videos sobre la Biblia. Eran reflexiones que buscaban algo más que respuestas: buscaban preguntas.

Preguntas incómodas, necesarias. Preguntas que nos hicieran pensar si el camino que hemos seguido como creyentes, como iglesias, como cultura, era realmente el correcto.

Esa experiencia me dejó con un deseo más profundo: crear una serie que no fuera solo predicación o estudio bíblico tradicional, sino una especie de aula abierta. Un espacio de conversación, aprendizaje y reflexión sobre la historia del cristianismo —desde los apóstoles hasta el día de hoy.

Porque sí, se nos habla de fe, de amor, de salvación… pero ¿cuánto se dice sobre las persecuciones? ¿Sobre el rol de Constantino? ¿Sobre los Padres de la Iglesia y sus profundas diferencias teológicas? ¿Sobre las divisiones, las guerras, los concilios, el papado, la Reforma y todas las pequeñas y grandes grietas que convirtieron a una fe unificada en miles de denominaciones fragmentadas?

Y entonces aparece la gran paradoja:

Muchos líderes religiosos consideran que enseñar historia es innecesario.
Dicen que “a los hermanos no les interesa”, o incluso preguntan “¿para qué sirve?”.

Pero el resultado está a la vista:

Nuestra gente lee poco, estudia menos, y vive encerrada en un ciclo de creencias donde la única consigna es “solo la Biblia” —sin contexto, sin historia, sin contraste.
Y así, como dice el texto bíblico: “Mi pueblo perece por falta de conocimiento”.
Eso me llevó a abandonar la idea de enseñar en un aula. Pero no el deseo de compartir.

Así nace esta serie: La historia oculta del cristianismo.

Una serie que no pretende imponer, sino invitar.
No pretende tener todas las respuestas, pero sí provocar las preguntas correctas.
Una serie que incomoda, que indaga, que se atreve a decir lo que a veces desde los púlpitos se prefiere callar.

Costó más de lo previsto.

La vida, los tiempos, las circunstancias.
Los vecinos que vienen taladrando hasta el infierno y mi madre que desea almorzar a media noche.

Pero aquí estamos.

Y no nos detendremos, porque ya se están trabajando nuevas series que vendrán después.
Solo acompáñanos, comparte, y prepárate para mirar con otros ojos eso que creías conocer.

Vick
Conversando con una Taza de Café
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