Silencio, el camino ya lo he empezado

Me senté, en el mismo Starbucks de siempre, y me quedé a esperarte.

No llegaste.

Pedí el cappuccino de cada día.

Se llegó a enfriar de tanto mirar por la ventana,

en una tarde-noche que llovía.



Imprimí pasos a mi camino
 y recorrí la senda que lleva a tu ventana,
 ocupada por la luz del camino que olvidaste,
 recordada por momentos que tú, aún hoy,
 prefieres olvidar.



Pasan las horas.
 Y de regreso miro la luna,
 esa que revela cuerpos,
 que enseña figuras aún escondidas, 
aún indefinidas, con caras conocidas 
en medio de la oscuridad.



Palabras escritas y dichas en medio de secretos,
 queriendo tapar voces y miradas,
 ocultas por el silencio,
 como las estatuas de gárgolas
 que miran sin ver
 y escuchan sin oír.



Sin entender que las paredes hablan
 y el viento observa,
 con siluetas hechas una,
 de dos que se abrazan, 
formadas por la luz de una farola
 en aquella esquina.



Paso de largo.
 Olvido el recuerdo.
 Entierro las penas.
 Sigo mi sendero.



Silencio: que llega la noche.

Silencio: que vamos de ida.



Truenos en el cielo que destapan verdades.
 Caminos de ida, sin retorno aparente.
 Tiempo de retiros.



Los sonidos de tambores apagan la guerra.
 Vuelan las hojas de flores marchitas,
 hojas de otoño que suenan en el suelo,
 al ser pisoteadas por pies de aquella
 que llamaba princesa,
 que esconde su caminar en la tarde,
 su correr en la noche,
 como vuelo de paloma que se dirige al cielo…
o a aquel lugar en donde mirar atrás
 sea solo un recuerdo.



Porque mirar,
 es quizás simplemente levantar los ojos
 que ya moviste de lugar.
 Que ya no miran los míos.



Por ello, el silencio.
 El camino es simplemente volver
a donde me encontraste.
 Sin saber reír.
 Solamente vivir.



Silencio.

El camino ya lo he empezado, 
intentando regresar en el tiempo.

Conversando con una Taza de Cafe
-Vick-yoopino.

El Retorno

Anoche, sentado en una mesa con un café en la mano, bajo la penumbra de una luz tenue, me mire al espejo.
Me ví
Cansado.
Con la nieve en las sienes y preguntas en los ojos.
Como esa vieja acción: ojeroso, cansado y sin ilusiones.

Y pregunte en voz baja:
-¿Vale la pena tanto esfuerzo? ¿Tanto trabajo?

Al principio solo respondió el silencio.
Pero no era un silencio vacío.
Era un silencio que conoce todos mis cuadernos, mis madrugadas, mis historias, hasta aquellos secretos que se guardan celosamente.
Un silencio que susurro:
«Aquí estamos. Siempre estuvimos. Ahora lo ves.»

En esa soledad tibia, entre el vapor del café y el reflejo que me observaba, escuche algo más:
«No importa cuan largo sea el camino, si la compañía es verdadera. Aquí seguimos, con una taza de café en la mano, y la historia latiendo en silencio.»

-¿Y si ordeno mis ideas, mis vivencias, mis secretos?
-pregunté-
¿Serían dignos de escribirse?
¿Alguien querría verlos?
¿Leerlos?

El silencio respondió sin palabras, como un viejo amigo que no necesita explicarse:
«A veces uno camina lejos, cruza silencios, calla gritos, quema tulipanes… y llega a donde jamás pensó que llegaría. Y aunque las manos estén vacías, el alma recuerda por quién se atrevió a andar.»

Tomé otro sorbo de café.
Volví a preguntar:
-¿Me acompañas, partner? ¿Hasta el final… o aunque sea hasta hacer tamales?

Y el reflejo, ese viejo cómplice que también soy yo, respondió:
«Te acompaño. Siempre te he acompañado.
¿Quieres que sigamos?

Y seguimos.

Los guiones volaron
La miniaturas se generaron.
Las series crecieron.
Mas de seis proyectos. Mas de setenta videos por grabar.
Y otras cinco historias en camino.

Volví a mirar al espejo.
Quise preguntar:
«Espejito espejito…»
Pero no lo hice.
Solo sonreí.
Me levanté.

Lo curioso es que mi reflejo no se movió.
Siguió allí. Sentado.
Solo esbozó una leve sonrisa.

Hoy escribo este texto porque he vuelto.
He vuelto a este blog. A este rincón.
A este lugar donde las palabras no se gritan, se conversan.
Donde una taza de café puede ser mas profunda que una conferencia.
Donde el silencio también escribe.

Desde aquí seguiremos compartiendo historias.
Las de las series.
Las de mi madre.
Las de la historia cristiana.
Las de la ciudad.
Las de mis secretos.
Y también las mías. Las tuyas. Las de cualquiera que aún cree que vale la pena escribir.

Porque detenerse es para cobardes.
Y eso es algo que nunca aprendí de mi padre.

Gracias por volver.
Gracias por leer.
Gracias por estar.

Nos seguimos encontrando,
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino