Bucle peruano: ¿Qué pasaría si despertamos otra vez en 1950?

Serie: «Café en la Catedral»

Bueno hermano, hemos llegado al final de este café. Mira el fondo de la taza, ya solo queda el asiento amargo, igual que el final de la charla entre Santiago y Ambrosio. En este Episodio: Bucle peruano: ¿Qué pasaría si despertamos otra vez en 1950?, nos toca cerrar el círculo y darnos cuenta de que, en este país, el tiempo no avanza en línea recta, sino que gira como un perro persiguiéndose la cola en el canchón de la perrera municipal.

Vargas Llosa construyó Conversación en La Catedral sobre una estructura de «cajas chinas» y «diálogos telescópicos» para decirnos algo profundo: que el pasado, el presente y el futuro en el Perú están superpuestos. No es que 1950 haya quedado atrás; es que lo llevamos puesto como una camiseta vieja que se niega a romperse. La fuente nos dice que la pregunta de Zavalita no busca un «cuándo» exacto, sino un «siempre»: el trauma se actualiza en cada nueva crisis.

Imagina por un momento ese ejercicio irónico: despertamos mañana y el calendario dice 1950. ¿Qué cambiaría realmente? Físicamente, quizás veríamos más sombreros en el Jirón de la Unión y menos edificios de vidrio en San Isidro. Pero la «materia prima» de la que habla Vargas Llosa —ese clima de cinismo, apatía y podredumbre moral— se sentiría exactamente igual que el aire que respiramos hoy al abrir Twitter o prender la radio.

Si despertáramos en el Ochenio, nos encontraríamos con una «sociedad embotellada». Pero, hermano, ¿no estamos hoy también embotellados? En los 50, el muro que nos rodeaba era la Ley de Seguridad Interior y el miedo al «rocha-bús» de Temístocles Rocha. Hoy, el muro es una inestabilidad política tan crónica que hemos normalizado tener un presidente nuevo cada año, mientras el Congreso se dedica a los «blindajes» que harían sonreír al mismísimo Cayo Bermúdez.

Hablemos de los personajes en este bucle. Si despertamos en 1950, Don Fermín Zavala ya no necesitaría laboratorios farmacéuticos para hacerse rico a costa del Estado; simplemente sería un «lobista» de alto nivel manejando fondos públicos bajo la excusa de la «reactivación económica». Cayo Bermúdez, el brazo ejecutor, no necesitaría un «archivo» de cartón en una oficina oscura; tendría un software de inteligencia para interceptar comunicaciones y granjas de bots para destruir reputaciones en tiempo real. Lo irónico es que la lógica del poder seguiría siendo la misma: humillar al subordinado para asegurar la lealtad.

¿Y Zavalita? El pobre Santiago seguiría mirando la Avenida Tacna «sin amor». Si hoy despertara en 1950, su tragedia sería la misma: la inautenticidad. Seguiría siendo el intelectual que prefiere el refugio del escepticismo y el «desclasamiento voluntario» antes que ensuciarse las manos en una política que ve como un burdel. El bucle peruano es que cada generación de jóvenes sanmarquinos empieza tirando piedras contra la dictadura de turno para terminar, diez años después, escribiendo editoriales mediocres o trabajando para el sistema que juraron destruir, convencidos de que «no hay solución».

¿Qué pasaría si esto se repitiera? La respuesta es que ya se está repitiendo. Vivimos en una «democracia payasa y populista», como dice un apéndice de las fuentes, que a veces se parece demasiado a las tiranías del pasado. Si volviéramos a 1950, veríamos otra vez la «institucionalización de la traición». Veríamos cómo la élite se acomoda con el autoritarismo con tal de mantener sus contratos, tal como Don Fermín se acomodó con Odría mientras en las calles la policía secreta secuestraba opositores. Veríamos de nuevo esa «enfermedad nacional» hecha de resentimiento y complejos sociales que envenena nuestras mesas de café.

Lo más triste de este despertar hipotético sería darnos cuenta de que no hemos aprendido nada. El Perú de la novela es un lugar donde el racismo y el clasismo son el pegamento social. Si volviéramos a 1950, Ambrosio seguiría siendo el «pobre negro» usado y desechado por los blancos de buena familia, y nosotros seguiríamos identificando raza con clase social. La única diferencia es que hoy el racismo es más disimulado, más «solapado», pero aflora con la misma violencia en cuanto alguien intenta subvertir el orden.

Entonces, hermano, si mañana despertamos y estamos otra vez en el bar La Catedral de 1950, pidiendo una cerveza helada para pasar el calor de la dictadura, no te asombres. En el Perú, el progreso es una ilusión óptica proyectada sobre una neblina permanente. Seguiremos dándole vueltas a la misma pregunta de Santiago: «¿En qué momento se había jodido el Perú?», sin darnos cuenta de que la respuesta no está en el calendario, sino en nuestra propia incapacidad de ser auténticos y romper con la «argolla».

Como dice la novela, a Santiago nadie vendría a sacarlo nunca de la perrera. Y a nosotros, si no rompemos este bucle de corrupción e indiferencia, nadie vendrá a sacarnos de este café gris donde solo nos queda la ironía para no morir de asco.

Bueno, ya es tarde y la neblina está bajando sobre la avenida. ¿Pagamos la cuenta? No te preocupes, que esta ronda —como la de Don Fermín y Cayo Bermúdez— la paga el país, aunque sea con su futuro.

Nos vemos en el próximo bucle, hermano. Ojalá para entonces el café sea menos amargo.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

Episodio 14: Padres e hijos: La tragedia de no querer parecerse al viejo y terminar igual

Serie: Conversación en la Catedral

Tómate un sorbo largo de ese café, hermano, porque hoy nos toca hablar de una de esas heridas que nunca cierran del todo, ni en la piel de un hombre ni en la de un país. En este Episodio, vamos a meternos en el fango de las relaciones familiares, específicamente en esa tragedia de los padres e hijos que Mario Vargas Llosa disecciona con bisturí en Conversación en La Catedral. El título lo dice todo: La tragedia de no querer parecerse al viejo y terminar igual.

Fíjate en Santiago Zavala, nuestro «Zavalita». Su vida entera es un intento desesperado, casi suicida, de no ser un reflejo de su padre, Don Fermín Zavala. Para Santiago, su padre es la encarnación de todo lo que desprecia: el empresario exitoso que prospera bajo la sombra de la dictadura de Odría, el hombre que hace negocios con el Estado vendiendo medicinas y construyendo carreteras mientras en las calles la policía secreta de Cayo Bermúdez persigue a la gente. Santiago mira a Don Fermín y ve la «inautenticidad» hecha persona; ve a un tipo que es «bueno en su casa con sus hijos, pero inmoral en los negocios y oportunista en la política».

¿Y qué hace Santiago para rebelarse? Se lanza al «desclasamiento voluntario». Renuncia a la Universidad Católica para meterse en San Marcos, esa «cueva de resentidos» según su padre; se une a la célula comunista «Cahuide» buscando una pureza ideológica que lo limpie del apellido Zavala; y termina viviendo en una pensión modesta, casado con una enfermera de origen humilde y trabajando en un diario de «poca monta» como La Crónica. Santiago quiere ser el «sartresillo valiente», el joven que elige su propio destino lejos del privilegio manchado de sangre y corrupción.

Pero aquí viene la ironía más dolorosa de la novela, hermano. Santiago descubre que no puede escapar de la «argolla». Cuando cae preso en una redada policial contra su grupo marxista, su padre mueve los hilos del poder para sacarlo, mientras a sus compañeros —los que no tenían apellido ni influencias— les cae todo el peso del maltrato. Esa es la gran traición: Santiago se da cuenta de que su rebelión es un lujo que su padre le costea. Al final, su intento de ser diferente lo deja en el mismo estado que el Perú de los años 50: «jodido». Su derrota no es la de haber fallado, sino la de haber fracasado de la misma forma gris y apática que el sistema que intentó combatir.

Si miramos el Perú de hoy, la comparación es casi un espejo enterrado en el pecho. ¿Cuántas veces hemos visto a los hijos de nuestra clase política o de nuestras élites económicas intentar vender una imagen de renovación, de «limpieza», solo para terminar operando bajo las mismas lógicas de la argolla y el compadrazgo que sus padres?. Hoy ya no tenemos a Don Fermín negociando carreteras con Odría, pero tenemos dinastías políticas y empresariales que se heredan los contactos y las influencias como si fueran joyas de la abuela. Los «Zavalitas» modernos son esos jóvenes profesionales que se indignan en redes sociales, pero que al final dependen del «papi» o del contacto influyente para conseguir el puesto en el Estado o la licitación bajo la mesa.

Lo trágico es que, tanto en la novela como en nuestra realidad, el hijo termina pareciéndose al padre en lo más esencial: en la incapacidad de ser auténtico. Santiago renuncia a sus ideales y se vuelve un escéptico que escribe sobre perros rabiosos; su padre, Don Fermín, vive una doble vida como «Bola de Oro», escondiendo su homosexualidad bajo un traje de «gran señor». Ambos son seres fragmentados, náufragos en una sociedad que premia la apariencia por encima de la verdad.

¿Qué pasaría si se repitiera esta historia? Bueno, la mala noticia es que se repite cada mañana en las oficinas del Jirón de la Unión o de San Isidro. Si despertáramos otra vez en 1950, Santiago Zavala probablemente tendría un blog o un canal de YouTube denunciando al gobierno, pero seguiría siendo liberado por una llamada telefónica de su padre cuando las papas quemen. Seguiríamos viendo esa «enfermedad nacional» hecha de resentimiento y complejos sociales que se pasa de generación en generación como un virus genético.

Santiago termina su charla en el bar La Catedral reconociendo que él también está en la «perrera», ese símbolo de la degradación nacional del que nadie vendrá a sacarlo. La tragedia no es solo que el hijo se parezca al padre, sino que ambos están atrapados en un sistema que prefiere que todos estén «jodidos» para que nadie pueda señalar la suciedad del otro.

Al final del día, hermano, Don Fermín y Santiago son dos caras de la misma moneda peruana: el poder que corrompe y la apatía que acepta la derrota como un destino natural. Santiago quiso matar simbólicamente al padre —ese «deicidio» del que habla Vargas Llosa— para nacer de nuevo, pero terminó siendo una sombra patética que bebe cerveza barata con un exchofer, tratando de entender en qué momento su vida, al igual que su país, se fue al diablo.

Bebe el último sorbo, que el café ya se puso frío. En el próximo y último episodio, vamos a cerrar este bucle peruano para preguntarnos: ¿Qué pasaría si despertamos otra vez en 1950? Porque parece que en este país no avanzamos, solo damos vueltas alrededor de la misma Catedral.

¿Te pido la cuenta o nos quedamos a esperar que alguien venga a sacarnos de la perrera?

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

Esto no es una clase

Hay algo que me gusta dejar en claro desde el principio:
Esto no es una clase.
No es una disertación.
Es una conversación entre amigos.

No vengo con verdades absolutas ni respuestas cerradas.
Vengo con una taza de café en la mano, con ideas, preguntas, textos, experiencias… y sobre todo, con ganas de compartir.

Aquí no se trata de enseñar.
Se trata de conversar.
De pensar juntos.
De buscar.

Cada entrada, cada serie, cada historia que comparto nace de una inquietud real.
Una duda, una lectura, una vivencia.
Y no siempre tengo la respuesta. A veces ni siquiera tengo la pregunta bien formulada. Pero avanzo. Y en ese andar, sé que no estoy solo.

Por eso este espacio existe.

Porque sé que al otro lado hay alguien como tú, que quizás también se ha preguntado lo mismo.
Que ha tenido dudas, que ha creído y ha dejado de creer, que ha vuelto a empezar.
Alguien que no quiere fórmulas, sino una conversación honesta.

Te invito a dejar tus ideas en los comentarios.
Tus experiencias.
Tus preguntas.

Este blog no busca cerrar temas.
Busca abrirlos.
Porque hay algo que he aprendido con los años:
a veces, entre todos, damos un paso más hacia la verdad.

Y si no llegamos a ella, al menos sabremos que lo intentamos con honestidad.
Con respeto.
Y con una taza de café en la mano.

Nos seguimos leyendo.
Nos seguimos escuchando.
Y sobre todo, seguimos conversando.

— Vick-yoopino