Episodio 09: Hortensia y el poder: El uso de las personas como objetos de desecho.

Serie: «Café en la Catedral».

Sirve un poco más de azúcar, hermano, que para hablar de Hortensia, «La Musa», y de cómo el poder la devoró hasta no dejar de ella sino un cadáver «tremendista», hace falta endulzar un poco el ánimo. En este Episodio 9, vamos a dejar los pasillos del Palacio de Gobierno y las asambleas de San Marcos para entrar en los dormitorios de San Miguel, donde el destino del Perú se decidía entre sábanas de seda y secretos inconfesables.

Hortensia no es un personaje cualquiera; es la representación de la persona-objeto. En la novela, ella es una mujer que fue prostituta y cantante de cabaret antes de convertirse en la amante oficial de Cayo Bermúdez, el siniestro brazo ejecutor de la dictadura. Bermúdez la colmó de lujos, la instaló en una casa elegante y la convirtió en su «Musa», pero no por amor —Bermúdez no sabe qué es eso—, sino por una necesidad patológica de dominio y exhibición. Para Cayo, Hortensia era un trofeo, una forma de demostrarle a esa burguesía que lo despreciaba que él también podía tener su propia «corte».

Fíjate en la perversión del sistema, amigo. Las fuentes nos dicen que en la casa de Hortensia se organizaban fiestas orgiásticas donde iban ministros, embajadores y empresarios como Don Fermín Zavala. Era el «retrete del poder», como dice el análisis: el lugar donde la élite descargaba sus vicios mientras el país vivía bajo la bota de la represión. Hortensia creía que era poderosa porque se rodeaba de gente importante, pero en realidad no era más que un objeto de desecho. En el momento en que Cayo Bermúdez cae en desgracia y huye del país, Hortensia pasa de ser «la segunda dama del Perú» a ser una paria, una mujer que se hunde en la miseria y el olvido.

Lo trágico —y aquí es donde la trama se vuelve un nudo ciego— es lo que pasa cuando el objeto de desecho intenta rebelarse. Hortensia descubrió el secreto más sucio de la élite: la relación homosexual entre el «gran señor» Don Fermín y su chofer Ambrosio. En su desesperación por recuperar algo de la vida lujosa que perdió, intentó chantajear a Don Fermín. Y ahí es donde el sistema le recordó su lugar: en el Perú de la dictadura, una «Musa» caída no tiene derecho a tener secretos de los de arriba.

La comparación con el Perú de hoy es, para variar, un espejo deformante. ¿Cuántas veces hemos visto hoy a personajes que son usados por «argollas» políticas como herramientas para el trabajo sucio, para el lobby o para ocultar vicios, y que cuando dejan de ser útiles son lanzados a los leones? Hoy no tenemos casas en San Miguel custodiadas por el Servicio de Inteligencia, pero tenemos redes de corrupción donde las personas siguen siendo tratadas como mercancía. Hortensia es la antepasada de todos esos «colaboradores» que creen estar en el círculo del poder y terminan siendo las primeras víctimas cuando el pacto de impunidad necesita un sacrificio para seguir funcionando.

¿Qué pasaría si esto se repitiera hoy? Bueno, ya lo estamos viendo con el uso mediático de la vida privada para destruir reputaciones. Si Hortensia viviera hoy, su chantaje no sería una carta enviada por debajo de la puerta, sino un hilo de Twitter o un audio filtrado. Pero el resultado sería el mismo: el sistema se encargaría de «desecharla» digital o judicialmente. La dictadura de Odría usaba el plomo y el silencio; hoy usamos el algoritmo y la cancelación, pero la lógica de usar a la gente como si fueran Kleenex sigue intacta.

El final de Hortensia es la parte más cruda de la «materia prima» de la novela. Su asesinato a puñaladas es descrito por Vargas Llosa con un tremendismo que te revuelve el estómago: «un hueco en el hueco», dicen los forenses en una escena que Santiago Zavala nunca podrá olvidar. Ese crimen no fue solo una venganza; fue una limpieza social. Ambrosio mató a Hortensia —presuntamente por orden o para proteger a Don Fermín— porque ella ya no era una persona, era una «mancha» que había que borrar para que el honor de la familia burguesa quedara intacto.

Lo más irónico de todo es que, al final, Hortensia termina unida para siempre a la hija de Ambrosio, quien lleva su nombre: Amalita Hortensia. Es la forma en que la novela nos dice que la tragedia de las mujeres en este sistema se hereda como una marca de nacimiento, uniendo la servidumbre y la prostitución en un solo destino.

Así que, hermano, cuando escuches hablar de «lealtad» en la política peruana, acuérdate de la Musa. En este país, la lealtad dura lo que dura la utilidad. Una vez que dejas de servir, pasas de la sala del Palacio al «hueco en el hueco» de la historia.

¿Te pido otro café? Porque en el próximo episodio vamos a hablar de la lealtad de Ambrosio, y de cómo ese chofer decidió hundirse en el fango por un patrón que nunca lo consideró un igual.

¿Te queda aliento o el caso de Hortensia te dejó con el nudo en la garganta?.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

Episodio 8: San Marcos como termómetro: Tirar piedras en los 50 y en el siglo XXI.

Serie: «Café en la Catedral».

Tómate un respiro, hermano, y deja que este café asiente un poco, porque el Episodio 8 nos lleva directamente al lugar donde Santiago Zavala intentó, por única vez, dejar de ser un espectador para ser un protagonista: la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. En la novela, San Marcos no es solo una institución; es el termómetro que marca la fiebre de un país que se debate entre la dictadura y el deseo de libertad, entre tirar piedras en las calles y esconderse en los libros.

Fíjate en la movida de Santiago. Él venía de una familia acomodada y su destino «natural» era la Universidad Católica, el refugio de la burguesía miraflorina. Pero Zavalita, en un acto de rebelión pura contra su padre, decide meterse en «la boca del lobo»: San Marcos. Don Fermín, con ese clasismo tan peruano que aún hoy nos suena familiar, llamaba a San Marcos una «cueva de resentidos», un lugar donde no se estudiaba nada y solo se hacía política. Para Santiago, en cambio, era el lugar donde estaban los «cholos», los que sufrían el país de verdad, y donde él esperaba encontrar esa «pureza» que sentía perdida en los salones de su casa.

Durante sus años universitarios, Santiago se convierte en el «camarada Julián» dentro de la célula comunista «Cahuide». Es la época del Ochenio, y las fuentes nos dicen que ser opositor era un deporte de alto riesgo: Cayo Bermúdez —el «Vladimiro Montesinos» de Odría— tenía ojos y oídos en todas partes para perseguir a los «pillos», como el régimen llamaba despectivamente a apristas y comunistas. San Marcos era el epicentro de la resistencia, un lugar que, como dice el libro, era un «reflejo del país», con sus marchas, sus contramarchas y ese caos que a veces parecía un «burdel» político.

Aquí viene la comparación irónica con el Perú del siglo XXI que te va a volar la cabeza. ¿Te acuerdas de enero de 2023, cuando la policía entró a San Marcos con tanques y detuvo a cientos de estudiantes y manifestantes? Si Zavalita hubiera estado ahí con su celular, habría sentido un déjà vu histórico. En los años 50, el miedo era al «rocha-bús» (ese carro rompe-manifestaciones bautizado por el ministro Temístocles Rocha) y a terminar en el calabozo o desterrado. Hoy, setenta años después, seguimos usando el «terruqueo» como arma política, tal como Odría usaba la Ley de Seguridad Interior para declarar enemigos de la patria a cualquiera que protestara. Tirar piedras en la Avenida Tacna en los 50 o marchar por la Plaza San Martín hoy parece ser parte de un mismo guion que no terminamos de cerrar.

Pero lo más doloroso de este episodio es el choque de realidad de Santiago. Él juega a ser revolucionario, pero cuando la represión cae con todo su peso sobre el grupo «Cahuide», ocurre la gran traición moral: Santiago es liberado gracias a las influencias de su padre, Don Fermín, mientras que sus compañeros —los que no tenían apellido ni «argolla»— terminan sufriendo la tortura y el encierro. Esa es la tragedia del «sartresillo valiente», como se apodaba Vargas Llosa: descubrir que incluso su rebelión era un lujo que el sistema le permitía mientras otros pagaban el precio con sangre.

¿Qué pasaría si se repitiera hoy este escenario de San Marcos como foco de rebelión? Bueno, ya lo estamos viendo. San Marcos sigue siendo el termómetro: cuando la universidad se mueve, el país tiembla. Si despertáramos otra vez en una dictadura calcada a la de Odría, el poder volvería a ver a San Marcos no como un centro de saber, sino como una amenaza que hay que «limpiar». Veríamos de nuevo a los «esbirros de Cayo Bermúdez» infiltrados en las asambleas y a los hijos de la élite intentando ser radicales un fin de semana para luego regresar a la comodidad de sus privilegios protegidos por el «papi», tal como le pasó a Zavalita.

Lo trágico es que San Marcos, tanto en la novela como en la realidad, es el lugar de las promesas malogradas. Santiago entra buscando la revolución y sale convertido en un escéptico que escribe sobre perros rabiosos en La Crónica. Es la derrota de una generación que vio cómo el «orden» del Ochenio asfixiaba cualquier intento de autenticidad. Hoy, cuando vemos a los jóvenes sanmarquinos en las noticias, nos preguntamos si ellos también terminarán haciéndose la pregunta de Santiago frente a una avenida gris.

Sirve un poco más de azúcar, hermano, que hablar de San Marcos siempre deja un sabor a asfalto y gas lacrimógeno. En el próximo episodio, te voy a contar sobre Hortensia, «La Musa», y cómo el poder usa a las personas como objetos de desecho. Vamos a pasar de las asambleas universitarias a los dormitorios donde se decidían los destinos del Perú entre sábanas de seda y secretos de estado.

¿Te queda café o ya sientes que te están pidiendo el carné de identidad en la puerta?.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

Episodio 7 – Prensa y censura: De ‘La Crónica’ a los grupos de WhatsApp de hoy.

Serie: Conversanción en La Catedral

Pide otro café, hermano, y asegúrate de que esté bien cargado, porque lo que vamos a comentar hoy es el alma misma de la frustración de Zavalita. En este Episodio 7, vamos a meternos en las redacciones olorosas a tinta y cigarrillo de los años 50 para hablar de Prensa y censura: De ‘La Crónica’ a los grupos de WhatsApp de hoy.

Si te fijas bien, la novela no empieza en una biblioteca ni en un palacio, sino en la puerta de un diario: La Crónica. Ahí está Santiago Zavala, mirando la Avenida Tacna «sin amor», viendo los edificios descoloridos y los «esqueletos de avisos luminosos» flotando en la neblina. Trabaja en lo que el narrador llama un «diario de poca monta», escribiendo editoriales que no cambiarán el mundo, habiendo renunciado a todas las aspiraciones políticas de su juventud. Es la imagen perfecta del intelectual derrotado que usa el periodismo no como una espada, sino como un escudo para esconderse de su propia clase social.

En la época del Ochenio de Odría, la prensa era un campo de batalla minado. Las fuentes nos cuentan que Cayo Bermúdez (el siniestro brazo derecho del General) se encargaba personalmente de vigilar que nadie sacara los pies del plato. No solo se valía de la represión física; usaba la censura en la prensa y las radios, detenciones, torturas y deportaciones para acallar a los «pillos», como llamaban a los apristas y comunistas.

Fíjate en lo irónico y doloroso del asunto: el diario donde trabaja Santiago es parte de ese engranaje que mantiene al país en una «atmósfera de desesperanza». Se menciona que el periodismo de la época estaba inmerso en un clima de «cinismo, apatía, resignación y podredumbre moral». Santiago, que intentó ser el «sartresillo valiente» en San Marcos, termina siendo un engranaje más de la «sociedad embotellada». Incluso se dice que su labor en el diario es lo que, indirectamente, lleva a que maten perros en la perrera municipal, porque el diario hizo una campaña contra la rabia. El intelectual da la orden desde su escritorio y el «cholo» (Ambrosio) ejecuta el palo.

La comparación con el Perú de hoy es para que se nos caiga la taza de la mano. En los años 50, la censura era directa: clausuraban el diario La Prensa, metían preso a su director Pedro G. Beltrán o asesinaban a Francisco Graña Garland. Hoy, la censura es mucho más sofisticada y sutil. Ya no necesitamos a un Cayo Bermúdez cerrando redacciones; hoy tenemos la manipulación de los algoritmos y los «grupos de WhatsApp».

Si Zavalita viviera hoy, no miraría la Avenida Tacna desde la puerta de La Crónica; estaría mirando su celular, abrumado por una «verdad» fragmentada donde cada bando tiene su propia realidad. La censura de hoy no te quita la palabra, te ahoga con el ruido de mil mentiras compartidas por tíos y primos en grupos familiares. Las «argollas» que describe Vargas Llosa han mutado en redes de trolls y en intereses corporativos que deciden qué es noticia y qué no. Antes, el miedo era el «rocha-bús» en las calles; hoy es el linchamiento digital que te deja civilmente muerto antes de que puedas defenderte.

¿Qué pasaría si se repitiera hoy el control de prensa del Ochenio? Bueno, amigo, creo que ya lo estamos viendo en cámara lenta. Si despertáramos otra vez bajo un régimen como el de Odría, el control de la información sería total. No necesitarían la Ley de Seguridad Interior para silenciarnos; les bastaría con comprar a tres o cuatro dueños de canales y dejar que los algoritmos hagan el resto del trabajo sucio. Veríamos de nuevo lo que dice la fuente: una prensa que es «un telón de fondo de la decadencia».

Lo más triste es que el periodismo de Santiago Zavala es el periodismo del escepticismo. Él sabe que el sistema está podrido, pero prefiere el «desclasamiento voluntario» y escribir sobre perros rabiosos antes que enfrentar la verdad sobre su padre o sobre el país. Hoy tenemos muchos «Zavalitas» en los medios: gente con talento que escribe lo que le piden para no perder el sueldo, mientras el Perú se sigue «jodiendo» en cada titular manipulado o en cada audio filtrado que nadie se atreve a investigar a fondo.

Al final de la jornada, la prensa en la novela es el espejo de la «enfermedad nacional»: el resentimiento y los complejos sociales que envenenan todo. Santiago Zavala termina su turno en el diario y se va a la Catedral a beber con Ambrosio, buscando una «purificación» que nunca llega. Nosotros, aquí en este café, hacemos lo mismo: criticamos a la prensa, nos quejamos de la censura de las redes sociales, pero seguimos consumiendo la misma «materia prima» de cinismo y apatía.

¿Pedimos otra ronda? Porque en el próximo episodio te voy a contar sobre San Marcos como termómetro. Vamos a hablar de lo que era tirar piedras en los 50 y cómo eso se compara con las marchas y los radicalismos de este siglo. Porque si La Crónica era donde Santiago se escondía, San Marcos fue donde intentó, por única vez, ser alguien de verdad.

¿Todavía tienes aliento o ya te mareó el olor a tinta vieja de La Crónica?.

Nos vemos en el próximo episodio, no olvides el café.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

Episodio 4: Cayo Bermúdez, el brazo ejecutor: El abuelo de todos los servicios de inteligencia. 

Serie: “Café en la Catedral«

Pide otra ronda, hermano, que para hablar de este personaje necesitamos que el café esté bien cargado. En este Episodio 4, nos toca meternos en el rincón más oscuro de la salita del Servicio de Inteligencia: vamos a desmenuzar a Cayo Bermúdez, el brazo ejecutor. Si Santiago Zavala es la conciencia herida del Perú, Cayo Bermúdez —o «Cayo Mierda», como él mismo se bautiza con un cinismo que asusta— es el cirujano que opera sin anestesia las vísceras del país.

Mario Vargas Llosa no se inventó a este tipo de la nada. Cayo Bermúdez es el trasunto literario de un personaje de carne, hueso y mucha sombra: Alejandro Esparza Zañartu, el todopoderoso Ministro de Gobierno de Odría. Esparza Zañartu fue el arquitecto del terror durante el Ochenio, el hombre que montó una red de delatores en universidades, sindicatos y oficinas públicas para que el General pudiera dormir tranquilo mientras otros se encargaban del «trabajo desagradable».

Fíjate en la ironía del poder, hermano. En la novela, Cayo es un «cholo» provinciano, hijo de un prestamista usurero apodado «El Buitre» en Chincha. La élite limeña, los «Don Fermín» de la vida, lo desprecian por su origen, lo llaman «empleadito» y se ríen de sus uñas sucias y su ropa mal entallada. Pero —y aquí está el veneno— lo necesitan. Lo necesitan para que «limpie» el país de apristas y comunistas, para que aplique la Ley de Seguridad Interior que suspendía todas las garantías y permitía encarcelar a cualquiera por una simple denuncia. Bermúdez es el «retrete del poder»: es ahí donde la oligarquía descarga sus desperdicios morales para poder seguir sintiéndose «gente de bien».

La comparación con el Perú de hoy es inevitable y, francamente, nos deja un sabor más amargo que este café. En los metadatos y análisis de la obra, se menciona que a Bermúdez se le recuerda hoy como el «Vladimiro Montesinos de Odría». Y es verdad. Cayo es el abuelo de todos los servicios de inteligencia peruanos que aprendieron que la información es más poderosa que el plomo. En la novela, Bermúdez se obsesiona con el «Archivo», ese lugar secreto donde guardaba las debilidades de todos: quién era homosexual, quién robaba, quién tenía una amante. Hoy, en el siglo XXI, ya no necesitamos carpetas de cartón; tenemos interceptaciones telefónicas, «chuponeo» y redes sociales donde los servicios de inteligencia modernos —o los «asesores en la sombra» que nunca faltan en Palacio— operan con la misma lógica de chantaje y control.

¿Qué pasaría si se repitiera un Cayo Bermúdez hoy? La respuesta da miedo porque ya lo vemos asomar la cabeza. Si Cayo Bermúdez regresara, no necesitaría patrullar las calles con el «rocha-bús»; le bastaría con usar el presupuesto del Estado para comprar granjas de trolls que destruyan la reputación de cualquier opositor. Si el Ochenio volviera, Cayo no tendría que llevar a los estudiantes a la isla de El Frontón; simplemente usaría el sistema judicial para «empapelar» a los líderes sociales mientras él se toma un whisky con los dueños de los grandes capitales, tal como hacía en la casa de Hortensia, «La Musa», en San Miguel.

Lo más triste de este personaje es su soledad. Cayo Bermúdez no tiene amigos, solo tiene subordinados como Ambrosio, a quien usa y luego desecha. Es un hombre que encuentra su «liberación sexual» y su energía en la humillación ajena porque él mismo es un ser acomplejado que nunca pudo ser aceptado por la aristocracia a la que servía. En el Perú actual, seguimos teniendo esos personajes: operadores políticos que no tienen ideología, solo resentimiento y hambre de control, que creen que el país es un botín que se reparte en una mesa de bar o en una sala del SIN.

Bermúdez nos enseña que en el Perú el poder no se ejerce con la Constitución, sino con el miedo. Él es la encarnación de esa «enfermedad nacional» de la que habla Vargas Llosa, donde la lealtad se compra y la traición es la moneda de cambio. Cuando Cayo cae al final de la novela, víctima de una conspiración en Arequipa orquestada por sus propios «amigos» del régimen, su consejo de despedida es lapidario: «No te fíes ni de tu madre». Es la máxima de la política peruana que parece no haber cambiado en setenta años.

Hermano, mira a tu alrededor. Los Cayo Bermúdez modernos ya no usan bigotito a lo Hitler ni huelen a tabaco viejo. Ahora usan trajes de marca, tienen maestrías en el extranjero y hablan de «estabilidad democrática», pero en el fondo, siguen buscando ese «archivo» para tenernos a todos agarrados del cuello. La «sociedad embotellada» de la que habla la fuente no se ha roto; solo le han cambiado la etiqueta.

¿Pedimos otra ronda? Porque en el próximo episodio te voy a contar sobre Zavalita y el conformismo. Vamos a hablar de por qué nos quejamos tanto de los Cayos Bermúdez de la vida, pero al final terminamos aceptando una vida gris con tal de que no nos molesten demasiado.

¿Todavía te queda azúcar o ya la amargura de Cayo te quitó el hambre?.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

Episodio 3: Odría y el Ochenio: Cómo las dictaduras nos venden «orden» a cambio de libertad.

Serie: «Café en la Catedral».

Pide otra ronda de café, hermano, porque entrar en el Episodio 3: Odría y el Ochenio es como meterse en el corazón de las tinieblas de nuestra historia republicana. Si ya hablamos de la pregunta de Zavalita y del encuentro en la perrera, ahora toca hablar del «aire» que respiraban esos personajes: esa mezcla de asfalto fresco de las obras públicas y el olor a rancio de los calabozos.

Fíjate en lo curioso: Manuel A. Odría, el Generalísimo, es el «Destinador» de toda la tragedia en la novela, pero Mario Vargas Llosa lo mantiene como una sombra. Aparece solo una vez físicamente, pero su presencia es omnímoda; es como un dios padre autoritario que no necesita estar en la sala para que todos en la casa caminen de puntitas por miedo a que se despierte de mal humor. Ese periodo, que va de 1948 a 1956, es lo que llamamos el Ochenio, y en la novela es la «materia prima» de la podredumbre moral que Santiago Zavala tanto desprecia.

Hablemos de cómo empezó todo, porque la historia se repite como un disco rayado en este país. Odría dio el golpe en 1948 contra Bustamante y Rivero bajo la excusa de «salvar a la democracia» y «restablecer el imperio de la Constitución». ¿Te suena familiar? Es la clásica movida peruana: romper la mesa para decir que la vas a arreglar. Detrás de él no solo estaban los tanques, sino la Alianza Nacional, la oligarquía de exportadores que quería orden para hacer sus negocios sin que los apristas o los comunistas les «malograran el almuerzo». En la novela, el padre de Santiago, Don Fermín, representa perfectamente a esa élite que se arrima al dictador por intereses económicos, buscando contratos de carreteras o productos farmacéuticos.

Lo más irónico del Ochenio fue la famosa «bajada al llano» de 1950. Como la Constitución prohibía que el presidente en funciones postulara, Odría renunció tres meses antes, dejó a un general de confianza cuidando el asiento y se lanzó como candidato único. ¡Candidato único! Metió preso al rival, el general Montagne, lo acusó de conspirar con el APRA y listo: ganó con una cédula que solo tenía su nombre. Es el arte peruano de la «sacada de vuelta» a la ley, algo que hoy vemos en el Congreso cada vez que interpretan la Constitución como si fuera un manual de instrucciones de un mueble barato.

Pero, ¿por qué la gente lo quería? Aquí entra el lema de Odría: «Hechos y no palabras». Gracias a la Guerra de Corea, las exportaciones peruanas subieron como espuma y entró plata como cancha. Odría llenó Lima de cemento: el Estadio Nacional, las Grandes Unidades Escolares, el Hospital del Empleado (hoy el Rebagliati). Fue un populismo astuto, muy parecido al de Perón en Argentina, donde incluso su esposa, María Delgado, jugaba un papel asistencialista con los más pobres.

Aquí viene la comparación ácida con el Perú de hoy. Seguimos siendo el país que perdona la corrupción si ve «obras». Hoy no tenemos un Ochenio, pero tenemos una clase política que intenta vendernos la misma idea: «no importa que el sistema esté podrido, mira este puente o este bono». En la novela, ese cemento servía para tapar la boca de la gente. Mientras Odría inauguraba colegios, en las calles patrullaba el «rocha-bús» (el carro rompe-manifestaciones bautizado por el ministro Temístocles Rocha) y la Ley de Seguridad Interior suspendía todas las garantías individuales. Si eras aprista o comunista, tu destino era El Frontón o el destierro.

En el libro, esta atmósfera crea lo que Vargas Llosa llama una «sociedad embotellada». La gente se volvió cínica, apática. Los intelectuales como Zavalita se sentían asfixiados porque sabían que el «progreso» era una farsa moral. Mientras la economía brillaba, los lazos humanos se corrompían. Cayo Bermúdez —la mano derecha de Odría basada en el real Alejandro Esparza Zañartu— era el encargado de meter las manos en la basura para que el General siguiera pareciendo un abuelito bonachón.

¿Qué pasaría si se repitiera hoy? Bueno, ya vivimos en una especie de «Ochenio fragmentado». Tenemos la corrupción generalizada, pero sin el liderazgo fuerte ni el Estadio Nacional nuevo para compensar. Si un Odría despertara hoy, no necesitaría la Ley de Seguridad Interior; le bastaría con un ejército de trolls en redes sociales y un par de decretos legislativos para declarar «terrorista» a cualquiera que le estorbe el negocio. El «Pacto de Monterrico» que Odría hizo con su sucesor para que no investigaran sus delitos sigue siendo el manual de funciones de nuestra clase política actual: «tú no me tocas, yo no te toco y todos nos vamos felices con la plata de las obras públicas».

Lo trágico de este episodio de nuestra historia, tanto en el libro como en la realidad, es que nos acostumbró a la idea de que la libertad es un lujo y el orden es una imposición militar. Santiago Zavala odiaba a Odría no solo por la represión, sino porque el dictador le robó la autenticidad a su generación. Los convirtió en seres inauténticos que tenían que vivir una doble vida, como su propio padre Don Fermín.

Así que, hermano, la próxima vez que pases por el Hospital Rebagliati, míralo bien. Es un monumento al Ochenio: sólido por fuera, pero construido sobre los escombros de la moral de un país que aprendió a «joderse» aceptando el pan a cambio del silencio.

¿Vamos por el cuarto café? En el próximo episodio te voy a hablar de Cayo Bermúdez, el tipo que de verdad hacía el trabajo sucio, el «Siniestro» que nos enseñó que en el Perú, a veces, la sombra es más poderosa que el que lleva la banda presidencial.

Vick
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com