El Café de los Imposibles: Una Crónica de Fe

En el crepúsculo de una tarde que parece estirarse con la ambición de volverse eterna, mis pasos —entrenados en la rutina del anhelo— me conducen de vuelta a ese Starbucks. Se alza en la esquina, como un faro de cartón y cafeína en medio de la gélida corriente de una ciudad que siempre tiene prisa por llegar a ninguna parte.

La barista ha cambiado; me mira con esa amabilidad plástica propia de quien no tiene idea de que, en esta misma mesa, solían habitar capuccinos, yogures y croissants compartidos. Ella es ajena a nuestra arqueología personal. Sin embargo, la mesa sigue ahí, esperándome con la lealtad de un viejo perro. Pido un doble shot en mi Venti: una pócima necesaria, ya sea para obligarme a despertar a esta realidad o para sumergirme con más fuerza en la dulce quimera de tu ausencia.

No me malinterpretes. Esto no es un cuento chino ni una moraleja de Esopo. Es, más bien, un hilo tensado con la fibra de lo improbable; la melodía de un amor que decidió, muy conscientemente, declararle la guerra a la razón.

Me susurro, mientras el vapor me empaña la mirada, que el mundo puede gritar «imposible» hasta quedarse sin aliento, pero eso no le quita ni un gramo de verdad a lo que siento. ¿Acaso los sueños no son el borrador de la realidad? ¿O será que la realidad envidia la libertad de nuestros sueños? Como el sol, que amanece por pura terquedad, lo imposible también tiene su propia luz. Y sospecho que, de tanto insistir, la fantasía terminará por rendirse ante los hechos. Al final, la ironía es simple: todo este caos es, sencillamente, por amor. Por el amor de mi princesa.

Es una agonía extrañamente dulce esta de no poder tocarte. Resulta casi cómico que nuestra «ceremonia» consista en cafés a distancia y presencias espectrales. Pero sucede. Cada vez que llevas la taza a tus labios por la mañana, o cuando entras a un local y tu corazón reclama ese sabor que solo nosotros conocemos, ahí estoy. Mi compañía te vela en tus madrugadas de insomnio, y tu esencia se desliza en mis sueños con la puntualidad de un cobrador de deudas emocionales.

Este «imposible» es el recordatorio de tu propia locura: te enamoraste de un viejo y te convertiste en su princesa. Una tragedia griega con final de cuento de hadas, o viceversa. Pero me quedo con tu verdad, esa que pronunciaste con labios sinceros y que hoy es mi único refugio: «Te amo».

Que el mundo siga murmurando. Que nos tilden de locos. Pobres de aquellos que nunca han sentido la furia de un sentimiento que no pide permiso ni explicaciones. Seguiremos amándonos desde el epicentro del corazón, ese lugar donde la lógica no tiene jurisdicción.

Al levantarme, recojo las servilletas arrugadas. Por un segundo, la ironía me tienta a guardarlas, como si fueran reliquias de un santo olvidado, pero decido arrojarlas al reciclaje. Prefiero que esta historia vuele, que recorra los hilos invisibles de la red y que, con suerte, aterrice en tus ojos para arrancarte una sonrisa. Una historia que no camina por ver, sino por creer.

Salgo con la mochila al hombro y paso, casi por instinto, frente a tu buzón de correo. El camino a casa es largo; el tiempo es una tortuga que intenta, con un optimismo patético, ganarle la carrera al conejo. «Camina despacio», me digo. Quizás, al final de la meta, ella todavía me espere con esa flor que tanto le gusta y un aro infinito en el dedo, como prueba de que la espera fue, después de todo, el acto más honesto de su vida.

Aquí termina la historia. O quizás, apenas empieza, mientras tú sigas sonriendo con esa honestidad que juraste mantener.

La Cita Perpetua

Nos estamos volviendo olvido. Es un proceso lento, casi químico: cada recuerdo compartido pierde un átomo de nitidez, cada anécdota su tono exacto. Pronto seremos dos desconocidos con un pasado en común, un dato curioso en la biografía del otro. Una ironía amable: para dejar de ser extraños, primero tuvimos que compartirlo todo; para volver a serlo, solo hace falta el silencio.

Pero sé, con una certeza que contradice a toda lógica, que una mañana cualquiera —de esas que no se planifican ni se anotan en ningún calendario— te despertará un vacío sin forma. Y sin saber bien por qué, llegarás a un café. No a nuestro café, porque esos lugares ya no existen, sino a uno que tenga la misma luz filtrándose por la ventana, o el mismo sonido metálico de la cucharilla. La sintaxis de ese momento estará pulida por la nostalgia, y sin quererlo del todo, me buscarás con la mirada.

Sabrás, por supuesto, que no me encontrarás. No importará. La búsqueda no será por la persona, sino por el fantasma. Y en ese instante preciso, cuando tu corazón se contraiga no con dolor, sino con el reconocimiento de una ausencia, el recuerdo volverá a nacer. Tendrá la duración de un suspiro, apenas el tiempo de que el barista ponga tu taza sobre el mármol. En esa fracción de segundo, lo sabremos todo otra vez. Todo lo que vivimos, con su peso y su levedad.

Quizás, en otro giro del azar, yo llegue al mismo café en otro día. Me sentaré en la mesa que da a la ventana, la que usábamos para ver llegar al otro. Miraré la calle y buscaré, entre la gente anónima, esa caminata apurada que era solo tuya —esa que tenía la urgencia torpe de quien teme hacer esperar al amor—. Marcharé, al final, sin que hayas llegado. Pero la decepción tendrá un regusto dulce, y pensaré, como un mantra de consuelo: «Mañana, quizás».

Y saldré a la calle con una sonrisa. No de felicidad, sino de gratitud por el recuerdo puro que aún guardo: la imagen de un día en el que no había nada en el mundo más importante que apurar tus pasos para llegar a mi.

Un día, lo sé, volverá a suceder. No en esta realidad de persianas bajadas y tazas frías, sino en otra. En la geografía paralela de los sueños, donde el tiempo es circular y las pérdidas son solo temporales. Allí, en tus sueños y en los míos, seguiremos llegando siempre, puntuales y sin aliento, a nuestra cita perpetua. Dos fantasmas con prisa, condenados a encontrarse para recordar, una y otra vez, el sabor de lo que significa perderse.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

Más de 2,500 videos, miles de fotos y un solo capuccino

Por casi una década, cada fin de semana era lo mismo: mochila al hombro, cámara cargada, y el corazón dispuesto. No por obligación, sino por ese impulso que tienen algunos de hacer lo que aman, aunque no siempre sea valorado.

Estaba en una iglesia que tenía un ministerio de danza con panderos. Y si había algo que me emocionaba, era capturar cada uno de esos momentos en video y fotografía. No lo hacía por encargo ni por dinero; lo hacía porque sí, porque me salía del alma. Me convertí en el fotógrafo no oficial, el videógrafo no remunerado, el testigo fiel de cada giro, cada coreografía, cada ensayo bajo la luz de un salón de templo o una carpa improvisada.

Visitamos al menos diez iglesias distintas, entre presentaciones, congresos, talleres y cultos. Y mientras otros hablaban, oraban o servían, yo estaba ahí: agachado, parado, girando con la cámara, buscando el ángulo perfecto para que cada momento quedara guardado. Cada domingo, sin falta, grababa. Luego editaba. Y compartía en Facebook más de 200 fotos por evento, sin marcas de agua, sin esperar nada más que un “gracias”.

Bueno… a veces recibía un pago simbólico: un capuccino de Starbucks y un croissant. Ese era mi salario semanal.

Al cabo de los años, los equipos comenzaron a envejecer. La cámara ya no grababa igual, el lente empezaba a fallar, la computadora se congelaba. Entonces alguien me dijo:

—¿Y por qué no haces un GoFundMe?

Me pareció razonable. Pensé: “Si entre todos los que han recibido mis fotos y videos se juntan aunque sea con poco, podré seguir haciéndolo mejor, con equipos nuevos”.

Subí la propuesta. Esperé.

Una pareja amiga dio 100 dólares. Una persona que ni conocía, otros 50. Y nada más.
Miles de fotos, más de 2,500 videos, cientos de domingos… y dos personas respondieron.

No me dolió el dinero. Me dolió el silencio. Me dolió ver cómo, de pronto, era invisible. Como si todos esos años se hubieran desvanecido en la nube digital, como si las imágenes que con tanto cariño entregué no hubiesen dejado huella en nadie.

Así decidí dejar de grabar para las iglesias.

Poco después, la vida me trajo a Lima. Y, como si la historia quisiera repetirse, comencé a grabar danza folclórica. Nuevos rostros, nuevos escenarios, nuevos trajes y ritmos… pero el mismo resultado: videos con 200 vistas y 12 likes. El mismo desánimo, el mismo vacío. Tal vez la culpa sea mía por no promover los contenidos como se debe. Tal vez. Pero también está esa parte que no se puede forzar: la respuesta humana.

Y sin embargo, sigo.

Porque aunque ya no haya croissant, ni likes, ni aplausos, algo dentro de mí insiste en registrar lo que otros olvidarían. Sigo grabando porque alguien, algún día, tal vez vea lo que otros pasaron por alto.

Quizás esta historia no sea una que se comparta mucho. Quizás solo sea eso: una vivencia más. Pero si alguna vez fuiste uno de los que recibió una foto, un video, una sonrisa detrás de la cámara… gracias. Aunque no dijeras nada. Yo lo hice con todo el corazón.

Si alguna vez fuiste parte de un grupo de danza, si alguna vez serviste sin esperar nada a cambio, si alguna vez diste todo con tu cámara, tu voz o tus manos… esta historia también es tuya.

Déjame tu comentario, comparte si te tocó el corazón o simplemente cuéntame tu historia. Tal vez entre todos, podamos hacer que lo invisible tenga valor.

Porque a veces, lo único que se necesita… es que alguien mire y diga: “Gracias”.

Conversando con una Taza de Cafe.
-Vick-yoopino.