Serie: “El Príncipe de Maquiavelo”.
Pasa, amigo, siéntate. Hoy el café tiene un aroma más denso, casi solemne, ¿no te parece?. He estado esperando este momento porque hoy nos toca abrir el Capítulo XVII de nuestro libro, y te aseguro que es aquí donde Nicolás se quita los guantes de seda definitivamente. Vamos a tratar la pregunta que ha perseguido a cada líder, gerente, padre de familia o político desde hace cinco siglos: ¿Es mejor ser amado que temido?.
Demos un sorbo largo a este café. Machiavelo comienza recordándonos algo que suena muy bien sobre el papel: todos los príncipes deben desear ser considerados clementes y no crueles. Pero, y aquí viene el primer «pero» maquiavélico, nos advierte que debemos tener un cuidado extremo en no emplear mal esa clemencia.
Mira este ejemplo que nos pone Nicolás: César Borgia. En su tiempo, a Borgia se le tachaba de cruel, pero fíjate en el resultado efectivo: fue esa supuesta «crueldad» la que trajo el orden a la Romaña, la que logró su unión y la que la devolvió a la paz y a la lealtad. Nicolás nos invita a comparar eso con el pueblo de Florencia, que por querer evitar a toda costa ser tachado de cruel, permitió que la ciudad de Pistoya fuera destruida por las facciones internas.
¿Qué nos está diciendo esto en nuestro café de hoy? Que a veces, ser «bueno» es una forma de egoísmo. El líder que, por no pasar el mal trago de un despido necesario o de una sanción justa, deja que el caos se apodere de su empresa, no es clemente; es negligente. Machiavelo sostiene que un príncipe no debe preocuparse por la fama de cruel si el objetivo es mantener a sus súbditos unidos y fieles. Con unos pocos castigos ejemplares, ese líder termina siendo más verdaderamente clemente que aquel que, por excesiva blandura, permite que se multipliquen los desórdenes que terminan en matanzas y saqueos que afectan a toda la población.
Para Nicolás, el «daño» del castigo ejemplar recae sobre unos pocos individuos, pero el desorden de la clemencia excesiva hiere a la comunidad entera. Y añade algo muy importante para los que están empezando: un príncipe nuevo no puede evitar los actos de crueldad, porque cualquier dominación nueva está llena de peligros por todas partes. Cita a Virgilio para recordarnos que la «novedad del reino» y el estado duro de las cosas obligan a tomar medidas de resguardo.
Aquí llegamos al punto donde Nicolás se inclina sobre la mesa, nos mira a los ojos y suelta la bomba: ¿Vale más ser amado que temido, o viceversa?. Su respuesta es de un realismo escalofriante: lo ideal sería ser ambas cosas a la vez, pero como es casi imposible reunirlas, es mucho más seguro ser temido que amado.
¿Por qué es tan pesimista? Porque su análisis parte de una observación cruda de la naturaleza humana. Nicolás nos dice que, por lo general, los hombres somos ingratos, volubles, simuladores, cobardes ante el peligro y ávidos de lucro. Mientras les haces bien y no los necesitas, son «completamente tuyos»: te ofrecen su sangre, sus bienes, su vida y hasta sus hijos. Pero cuando la necesidad real golpea a la puerta, se rebelan y te dan la espalda.
El amor, según Machiavelo, es un vínculo de gratitud que los hombres, siendo perversos por naturaleza, rompen cada vez que ven una oportunidad de beneficio personal. En cambio, el temor se sustenta en el miedo al castigo, y ese es un sentimiento que no te abandona nunca. El príncipe que confía ciegamente en las palabras de amor y lealtad sin haber tomado otras precauciones, está caminando hacia su propia ruina. Las amistades que se compran con dinero y no con la grandeza del alma son relaciones que se tienen, pero de las cuales no se puede disponer en el momento de la verdad.
Pero cuidado, que aquí Nicolás introduce una distinción vital que a menudo se olvida: temido no significa odiado. Es perfectamente posible, y de hecho necesario, ser temido y no odiado al mismo tiempo. ¿Cómo se logra ese equilibrio de funambulista?
La receta de Machiavelo es sencilla pero estricta:
- No toques el patrimonio: Abstente de apoderarte de los bienes de tus ciudadanos y súbditos. Nicolás lanza una frase que hoy, en la era del derecho a la propiedad, sigue resonando: «los hombres olvidan, antes la muerte del padre que la pérdida del patrimonio». Es brutal, lo sé, pero piensa en cuántas herencias han destruido familias más rápido que cualquier luto.
- Respeta la integridad: No toques a las mujeres de tus súbditos.
- Justifica la fuerza: Si tienes que quitarle la vida a alguien, hazlo solo cuando haya una justificación conveniente y un motivo manifiesto.
Machiavelo nos advierte que las excusas para confiscar bienes siempre aparecen (quien empieza a vivir de la rapiña siempre encuentra pretextos), mientras que las razones para ejecutar a alguien son más raras y desaparecen más rápido.
Para ilustrar esto, nos lleva al campo de batalla. Dice que cuando un líder está al frente de miles de soldados, es absolutamente necesario que no le importe la fama de cruel. Sin esa fama, jamás podrá mantener un ejército unido y dispuesto a luchar.
Nos pone el ejemplo de Aníbal. Llevó un ejército inmenso, compuesto por hombres de infinitas razas, a pelear en tierras extrañas, y jamás hubo una sola disputa entre ellos ni contra el general, ni en la buena ni en la mala fortuna. ¿El secreto? Su «crueldad inhumana» que, unida a sus otras virtudes, lo hacía venerable y terrible a los ojos de sus soldados. Sin esa crueldad, sus otras virtudes no habrían bastado para generar ese respeto.
Y luego nos muestra la otra cara de la moneda: Escipión, un hombre de condiciones humanas excepcionales. Sus ejércitos se le rebelaron en España. ¿Por qué? Por su excesiva clemencia, que daba a sus soldados más libertad de la que permitía la disciplina militar. Fabio Máximo incluso lo llamó «corruptor de la milicia romana» en el Senado. Escipión era de esos hombres que saben mejor no equivocarse ellos mismos que enmendar las equivocaciones ajenas. Si Escipión hubiera tenido mando absoluto y solitario, su carácter blando habría empañado su gloria; pero como estaba bajo las órdenes del Senado, esa falta se ocultó y se convirtió en su fama de hombre clemente.
Terminemos este café con la conclusión de Nicolás: puesto que el amar depende de la voluntad de los hombres, pero el temer depende de la voluntad del príncipe, un líder prudente debe apoyarse en lo que es suyo (el temor que genera por sus actos) y no en lo ajeno (el amor voluble de los demás). Lo único imperativo es evitar el odio, porque el odio es lo que realmente destruye el poder.
¿Cómo nos sirve esto hoy, amigo? Nos sirve para entender que el liderazgo no es un concurso de popularidad. En una oficina, en un proyecto o en cualquier estructura social, buscar solo el «amor» y la aprobación de todos puede llevarte a la inacción y al caos, como le pasó a Escipión. Mantener estándares altos y aplicar consecuencias claras (ser temido en el sentido de respetado por tu firmeza) es lo que mantiene la estructura unida.
Lo escrito por Machiavelo tiene cabida hoy porque nos enseña a no ser víctimas de la ingratitud humana. Nos recuerda que debemos construir nuestra seguridad sobre cimientos que nosotros controlemos. No se trata de ser un tirano, sino de ser un arquitecto realista de las relaciones humanas.
¿Te apetece otro café o este «baño de realidad» ya te ha despertado lo suficiente?. En nuestro próximo encuentro, el Episodio 11, vamos a hablar de la Zorra y el León. Vamos a ver cómo la integridad tiene que ser flexible si queremos sobrevivir en un mundo que no siempre cumple sus promesas.
¡Nos vemos en el próximo café!.
Vick
Conversando con una Taza de Café
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