Más de 2,500 videos, miles de fotos y un solo capuccino

Por casi una década, cada fin de semana era lo mismo: mochila al hombro, cámara cargada, y el corazón dispuesto. No por obligación, sino por ese impulso que tienen algunos de hacer lo que aman, aunque no siempre sea valorado.

Estaba en una iglesia que tenía un ministerio de danza con panderos. Y si había algo que me emocionaba, era capturar cada uno de esos momentos en video y fotografía. No lo hacía por encargo ni por dinero; lo hacía porque sí, porque me salía del alma. Me convertí en el fotógrafo no oficial, el videógrafo no remunerado, el testigo fiel de cada giro, cada coreografía, cada ensayo bajo la luz de un salón de templo o una carpa improvisada.

Visitamos al menos diez iglesias distintas, entre presentaciones, congresos, talleres y cultos. Y mientras otros hablaban, oraban o servían, yo estaba ahí: agachado, parado, girando con la cámara, buscando el ángulo perfecto para que cada momento quedara guardado. Cada domingo, sin falta, grababa. Luego editaba. Y compartía en Facebook más de 200 fotos por evento, sin marcas de agua, sin esperar nada más que un “gracias”.

Bueno… a veces recibía un pago simbólico: un capuccino de Starbucks y un croissant. Ese era mi salario semanal.

Al cabo de los años, los equipos comenzaron a envejecer. La cámara ya no grababa igual, el lente empezaba a fallar, la computadora se congelaba. Entonces alguien me dijo:

—¿Y por qué no haces un GoFundMe?

Me pareció razonable. Pensé: “Si entre todos los que han recibido mis fotos y videos se juntan aunque sea con poco, podré seguir haciéndolo mejor, con equipos nuevos”.

Subí la propuesta. Esperé.

Una pareja amiga dio 100 dólares. Una persona que ni conocía, otros 50. Y nada más.
Miles de fotos, más de 2,500 videos, cientos de domingos… y dos personas respondieron.

No me dolió el dinero. Me dolió el silencio. Me dolió ver cómo, de pronto, era invisible. Como si todos esos años se hubieran desvanecido en la nube digital, como si las imágenes que con tanto cariño entregué no hubiesen dejado huella en nadie.

Así decidí dejar de grabar para las iglesias.

Poco después, la vida me trajo a Lima. Y, como si la historia quisiera repetirse, comencé a grabar danza folclórica. Nuevos rostros, nuevos escenarios, nuevos trajes y ritmos… pero el mismo resultado: videos con 200 vistas y 12 likes. El mismo desánimo, el mismo vacío. Tal vez la culpa sea mía por no promover los contenidos como se debe. Tal vez. Pero también está esa parte que no se puede forzar: la respuesta humana.

Y sin embargo, sigo.

Porque aunque ya no haya croissant, ni likes, ni aplausos, algo dentro de mí insiste en registrar lo que otros olvidarían. Sigo grabando porque alguien, algún día, tal vez vea lo que otros pasaron por alto.

Quizás esta historia no sea una que se comparta mucho. Quizás solo sea eso: una vivencia más. Pero si alguna vez fuiste uno de los que recibió una foto, un video, una sonrisa detrás de la cámara… gracias. Aunque no dijeras nada. Yo lo hice con todo el corazón.

Si alguna vez fuiste parte de un grupo de danza, si alguna vez serviste sin esperar nada a cambio, si alguna vez diste todo con tu cámara, tu voz o tus manos… esta historia también es tuya.

Déjame tu comentario, comparte si te tocó el corazón o simplemente cuéntame tu historia. Tal vez entre todos, podamos hacer que lo invisible tenga valor.

Porque a veces, lo único que se necesita… es que alguien mire y diga: “Gracias”.

Conversando con una Taza de Cafe.
-Vick-yoopino.

Vuelve, payaso.

Dicen que los payasos son expertos en hacer reír.

Pero nadie pregunta qué pasa cuando se apaga la luz, cuando cae el telón, y lo que queda… es solo la soledad.

Salían carcajadas de los asistentes. Reían con cada acto, desde el principio hasta el final.

En cada representación, él entregaba todo lo que tenía.

Se vestía lentamente. Paso a paso se colocaba el maquillaje.

Pintaba su cara, sus ojos. Rojo en la nariz y los pantalones. Verde y amarillo para el cabello. Azul de cielo… azul de mar nocturno para el traje. Azul también como su soledad. Zapatos rojos y azules. Tan grandes como su tristeza.

Silencio. Empieza la función. Entraba riendo, dejando el llanto de amor en un rincón.

Ponte el disfraz y haz reír —le decía el presentador, con rostro serio.
Y salía a escena. Cantando. Saltando. Corriendo. Brincando por encima de su soledad. Hasta que termina la función.
Y en cualquier rincón, se duerme. Huye de su tristeza. Se tapa con un poco de cielo. Y se acurruca con su soledad.

Hasta que vuelva a reír… como cuando tenía diez años. Aunque hoy ya tenga ochenta. Vuelve a reír, payaso. Sigue saltando, volando entre risas y brincos. Con tu traje azul. Con tu tristeza. Con esa soledad que también te hace reír.

Hoy, das una risa y un aplauso en tu camino al cielo. Volverás un día, cuando regresen las sonrisas. Volverás del recuerdo, y sonreirás con risas del alma. La que perdiste. La que se quedó en aquel lugar donde un día aprendiste a reír.

Vuelve, payaso. Sin maquillaje. Sin zapatos de colores. Sin tu traje azul cielo. Solo con tu sonrisa. Esa que te abrirá las puertas del cielo. Donde te espera el amor que perdiste una tarde de lluvia, una noche ya olvidada. Ahora vivirán juntos, por la eternidad.

Conversando con una Taza de Cafe.
-Vick-yoopino.

No crezcas

No crezcas.
Que parezca que aún las muñecas —o los carritos— siguen poblando tus juegos.
Que el ratón de los dientes aún lo esperas… aunque tengas cincuenta.

No crezcas, porque aún Alicia quiere llevarte a su mundo, a través del espejo,
aunque el último de tus hijos ya va camino a la universidad.

Arrodíllate a jugar con tu Barbie y cámbiale de nuevo el peinado, como cuando tenías cinco años.
Quítate los zapatos para correr detrás de las palomas, en una tarde de verano.

Dile al Sombrerero Loco que tú también quieres una taza de café
y regálale el tornillo que hoy te falta.
Y al Conejo, dile que tú también vienes llegando tarde.

No crezcas.
Porque tus sueños —aún en los noventas— se pueden hacer realidad,
y sigues creyendo que Papá Noel baja por la chimenea,
aunque seas tú quien compra los regalos.

No crezcas, porque si creces…
no tendré con quién jugar cuando me haga viejo
y no recuerde dónde dejé mis canicas,
porque me escondí detrás del sofá para que me encuentres.

Y aún después de tantos años,
te seguiré esperando allí,
donde siempre me escondía.

No crezcas,
porque me quedé aquí, en la vereda,
y el helado que te compré se viene derritiendo,
y el sueño de verte sonreír se me viene perdiendo.

No crezcas, por favor.
Porque se me ha olvidado tu nombre,
y solo sé que una vez te quise.

No crezcas.
Porque se me va la vida,

y ya no sé quién soy.

«Inspirado en hechos reales.. o no. Solo Tú decides»
Conversando con una Taza de Cafe
-Vick-yoopino

Y la muerte me tiene ganas – Recuperación (Parte 2)

Recuperación, verdades a medias y una mochila para el otro barrio

Me ordenaron vestirme. Recogí mis cosas. Yo, que ya lo tenía todo ordenadito, cargadores conectados, el iPad con batería, y estaba por ver el partido de fútbol… ¡no! Me dijeron que no me quedaba. Que me iba a casa. Por ahora.

Salí como entré, salvo por unas cajas de medicinas. Luego tuve que pasar por otra farmacia para que me prepararan otras. Y de allí, directo a la iglesia. Había que ponerme a cuentas… por si en el camino el pantalón me quedaba corto al estirar la pata.

Hice testamento. Dejé encargado a mi perro. Acomodé mis shorts. Mi patita de conejo. Un peluche todo viejo de Snoopy. Incluso pensé: ¿quién querrá lavar mi ropa para que me la pongan en la mochila si me voy? No sé si en el otro barrio hace frío o calor… así que llevo ropa para ambos climas.

Me encontré con mi yoyo, mi bolero, un par de rompecabezas de 5000 piezas que nunca pude armar. Pensé: ahora sí tendré tiempo. Guardé todo, y un helado para el camino. Mochila lista, y me fui rumbo a la church.

Solo le conté a una persona. Y a nadie más. Porque después empiezan con los encargos:
—¿Le puedes llevar esto a mi tía?
—¿Y esto a mi abuelita?

Y terminas con una maleta llena, como si fueras delivery celestial. Y si no quieres, se enojan, te quitan el habla… y hasta te bloquean en Facebook. Como si en el otro barrio uno tuviera tiempo para andar entregando encargos. No hay Uber espiritual, señores.

Pero bueno… estamos en recuperación. Aunque eso significa que el vecino se llevó mi mesa y ahora tengo que recuperarla (larga historia). Y ahora vienen las órdenes: comer verduras, tomar agua, menos carne, más vegetales, nada de azúcar, ejercicio. A estos extremos… ¡estar vivo va a ser más difícil que estar muerto!

Menos mal que tengo a Kiba, mi perro. Él sí me va a extrañar.

Al final, ya en la noche —tipo diez— me senté en mi carro. Tenía 32 pastillas. Un vasito de agua. Me las tomé. Una por una. Me di una buena movida para que se disuelvan. Y pensé:
¿Y si me tomo todos los frascos de un tirón… me sano más rápido?

No pude. Eran demasiadas.
Y la última, la más amarga, la pasé con un sorbo de resignación.

Luego salí caminando. Fui por mi Starbucks, mi croissant, mi iPod, mi cámara, un cuaderno, un lapicero. Me senté como al principio. Entré al cuarto más chico del Starbucks… y me puse a silbar la misma canción que alguna vez te dediqué.

  • Epilogo: Esta historia fue real. Aunque contada con humor.

A veces, cuando uno está más cerca del silencio, es cuando más escucha su propia voz.

Gracias por leer. Si alguna vez pasaste por algo parecido, o simplemente quieres compartir una risa nerviosa conmigo, te leo en los comentarios.

Conversando con una Taza de Cafe.
– Vick-yoopino.

Silencio, el camino ya lo he empezado

Me senté, en el mismo Starbucks de siempre, y me quedé a esperarte.

No llegaste.

Pedí el cappuccino de cada día.

Se llegó a enfriar de tanto mirar por la ventana,

en una tarde-noche que llovía.



Imprimí pasos a mi camino
 y recorrí la senda que lleva a tu ventana,
 ocupada por la luz del camino que olvidaste,
 recordada por momentos que tú, aún hoy,
 prefieres olvidar.



Pasan las horas.
 Y de regreso miro la luna,
 esa que revela cuerpos,
 que enseña figuras aún escondidas, 
aún indefinidas, con caras conocidas 
en medio de la oscuridad.



Palabras escritas y dichas en medio de secretos,
 queriendo tapar voces y miradas,
 ocultas por el silencio,
 como las estatuas de gárgolas
 que miran sin ver
 y escuchan sin oír.



Sin entender que las paredes hablan
 y el viento observa,
 con siluetas hechas una,
 de dos que se abrazan, 
formadas por la luz de una farola
 en aquella esquina.



Paso de largo.
 Olvido el recuerdo.
 Entierro las penas.
 Sigo mi sendero.



Silencio: que llega la noche.

Silencio: que vamos de ida.



Truenos en el cielo que destapan verdades.
 Caminos de ida, sin retorno aparente.
 Tiempo de retiros.



Los sonidos de tambores apagan la guerra.
 Vuelan las hojas de flores marchitas,
 hojas de otoño que suenan en el suelo,
 al ser pisoteadas por pies de aquella
 que llamaba princesa,
 que esconde su caminar en la tarde,
 su correr en la noche,
 como vuelo de paloma que se dirige al cielo…
o a aquel lugar en donde mirar atrás
 sea solo un recuerdo.



Porque mirar,
 es quizás simplemente levantar los ojos
 que ya moviste de lugar.
 Que ya no miran los míos.



Por ello, el silencio.
 El camino es simplemente volver
a donde me encontraste.
 Sin saber reír.
 Solamente vivir.



Silencio.

El camino ya lo he empezado, 
intentando regresar en el tiempo.

Conversando con una Taza de Cafe
-Vick-yoopino.

Y la muerte me tiene ganas – El diagnóstico (Parte1)

El diagnóstico que llego silvando.

Una historia real entre la sala de emergencias, el absurdo y la risa nerviosa.

Bueno, les voy a contar una historia verídica. Los nombres han sido cambiados, porque de lo contrario me van a pedir derechos de imagen, y como que si con las justas me alcanza para un té de manzanilla… imagínense tener que pagar por nombrarlos. Pero empecemos.

Era uno de esos días en que, desde que uno se levanta, todo sale chueco. No encuentras los calcetines, y el único que aparece tiene un hueco del tamaño de un huevo en el talón. Pero bueno, medio que uno disimula con un pantalón largo y nadie lo nota.

Después, te das cuenta de que olvidaste cargar la cámara, pero igual te paseas media hora con ella al hombro, para que nadie diga que no la usas. Te tomas tu agüita en dedal, para que vean que eres saludable, y luego pasas por tu Coca-Cola, para que la tienda no quiebre.

El día pintaba caluroso, así que me puse mi polito, desafiando ese mal moderno de sudar la gota gorda… que en mi caso es una gota flaca, porque para engordar tampoco me da.

Pasé la tarde en un evento de panderos. Viendo lo visto, parecía más una actuación de un drama donde todo el monte era orégano, hasta que vinieron las espinas y, sin saber cómo, terminamos en tragedia. Luego, ya entrada la noche, fuimos a cenar al Denny’s. Quizás fue eso. Cené allí el viernes, y para gustos, repetí el sábado. Éramos varios amigos, disfrutando de un buen steak y mucha conversación.

A eso de la medianoche, antes de que saliera la Llorona a reclamarme por no ser su hijo —porque ya con las panderistas tenía suficiente— nos despedimos. Como había tomado agua como camello, pasé al baño. Lugar pequeño, donde no sé por qué, pero la gente o silba o canta. No voy a decir qué silbaba, porque me excomulgan.

Y ahí… empezó lo raro.

La tarde se me empezó a vestir de rojo. Dije: ¡Ay mamá! Aquí la cosa no pinta bien. El color no bajaba, al contrario, subía hasta llegar a un bermellón que ya lo hubiese querido Dalí para su Tauromaquia. Pensé: o muero en casa, o me voy al hospital.

Entonces hice lo básico: darle de comer a mi perro, limpiar mi cuarto por si deben sacar ropa, ordenar mis libros, esconder el dinero para que no lo encuentren, y meter lo necesario en mi mochila porque esto iba para largo. Antes de que me saquen de cuerpo entero, escondí mi chanchito dentro de la ropa sucia (allí nadie busca, aviso). Ya lo saqué, ahora está detrás del televisor, y nadie lo va a encontrar.

Guardé lo más importante: mi cámara, un trípode chico y otro grande —uno nunca sabe si en el otro barrio hay que seguir grabando—, mis cargadores, el reloj, el teléfono, el iPad, el iPod para matar el aburrimiento, cuadernos, lapiceros, dos calzoncillos y mi patita de conejo para la buena suerte. Y raudo, me fui al hospital.

Llegué a emergencia. Estaba vacío. Pensé: ¿o todos ya se fueron con el Señor o aquí hay fiesta y no dejaron encargado a nadie? Pero no, simplemente no había nadie.

Me atendieron rápido en recepción. Era la 1:00 am. Dije: “¡Qué rápido!” …pero después pasé a la sala de espera.

Y esperé.

Las 3:00… nada.
Las 4:00… nada.
Las 5:00… me llamaron para pesarme, sacarme sangre, orina, 20 dólares —porque había que hacer la coperacha para el café de la mañana— y si que me sacaron sangre. Pensé: ¿Drácula está de visita? Porque con lo que me sacaron, vino hasta con su familia.

Otra vez a esperar. Me preguntaron: ¿qué le duele? ¿dónde? ¿desde cuándo? ¿cómo fue? ¿y qué comió? ¿y estaba bueno? Y nos pusimos a conversar sobre qué Denny’s era mejor. Me enseñaron fotos de sus hijos, yo les mostré la de mi perro, y me mandaron de nuevo por un tubo a la sala de espera.

A las 9:00 me preguntan: ¿esa señora viene con usted?

Yo: “Ni la conozco.”
—Ah, porque pidió ADN por si el que va a never es suyo…
Otro grito: “¡Rayos!”
Yo, con cara de idiota: ¿Dónde? ¿Qué rayos?
No, que vas a pasar por rayos X y un scan.
(El “scan” resultó ser un scanner Epson… para escanear mi ID).

Luego, más preguntas. Como la enfermera cambió de turno, la nueva (que ya tenía sus años) me volvió a hacer TODO el interrogatorio. Casi me pide el carnet de Boy Scout.

Más preguntas. Más dudas. Más sueño. Más hambre.
Quisieron sacarme más sangre. Les dije que ya la Llorona me había quitado todo, y que lo único que iban a encontrar ahora era café.

Recién llegó la doctora. Hasta ese momento, solo enfermeras y practicantes, y vaya que practicaron.

Le conté mi historia, saqué la lengua, respiré profundo, dije “33”, exhalé, cerré un ojo, no respiré. Me dejó así un rato largo, hasta que me puse morado. Luego dijo: “Ya puede respirar.”

Y luego me dio el veredicto:

—Usted no tiene nada. Ya puede regresar a su trabajo.
—¿Perdón?
—¿Le duele?
—Solo cuando me río.
—Ah, entonces no es nada.
—¿Y la sangre?
—Nah… cambio de aceite.
—¿No serán los riñones?
(se ríe) —Búsquelos en casa, porque en la radiografía no los encontramos.

Allí sí me molesté. Le dije: “¡Yo creo que se los agarraron aquí, junto con mi billetera!”

Me dijo:
—Todo le funciona.

Silencio sepulcral. Se escuchaba el viento. Pero al 50%.
Dije: “Mejor, estoy ahorrando energía. Si funcionara al 100% ya estaría muerto.”
Se rió.
—¿Usted es profeta?
—De cuando en cuando.
—Pues ahora yo creo que le atinó.

Yo ya no sabía si echar a correr o llorar. Pero lo primero no pude, porque se dieron cuenta de que me quería ir sin pagar. Me amarraron a la cama y me pusieron el termómetro en la boca. Y me advirtieron:
—Si te mueves… te lo ponemos…
Me asustaron.
…en la axila.

Ya tranquilo, me dieron pastillas como para empedrar mi patio. Una tras otra, con agua y movimiento. Me dijeron: “En una semana con su médico.”
—No tengo.
—No se preocupe, no creo que lo necesite. Si llega al jueves, siéntase suertudo.

Eso me consoló.

Me dijo que tenía esto, aquello, y lo otro también. Lo único que no tenía… era cabello. Lo demás, todo ok.

Luego llegó la que cobraba. Me hizo firmar tantos papeles que hasta uno decía “certificado de defunción”.

—¿Y esto?
—Una formalidad. Después se mueren y no hay cómo hacerlos firmar.

Me tranquilizó.
Pero luego me mostró la factura… y me quitó el habla. Con eso parecía que iban a construir otra ala en el hospital.

—No se preocupe —dijo— esto es solo para darle el alta. Ya el bill definitivo se lo enviaremos a su casa. (continuará).

Esta historia en su primera parte fue real. Aunque contada con humor.

A veces, cuando uno esta más cerca del silencio, es cuando más escucha su propia voz.

Gracias por leer. Si alguna vez pasaste algo parecido, o simplemente quieres compartir una risa nerviosa conmigo, te leo en los comentarios.

—Conversando con una Taza de Cafe.
Vick-yoopino