Después serás una anécdota

El día que te vayas, aunque ahora cueste creerlo, la vida de los demás seguirá igual.
Habrá un funeral. Algunos rostros serios.
Palabras que se repiten como fórmulas gastadas.
Abrazos torpes. Silencios que no saben qué decir.

Unos días después, todo se acomoda. El trabajo continúa.
Las conversaciones vuelven a lo trivial.
El mundo no se detiene por nadie.
Poco a poco, tu nombre aparecerá solo de vez en cuando.
Alguien recordará algo que dijiste. Alguna torpeza tuya hará reír a la mesa.
Luego, quizá, un reproche. Un recuerdo incómodo.

Y después… nada.
Una lápida.
Una urna.
Un objeto que nadie sabe dónde poner.

Tus cosas se repartirán o se amontonarán en algún rincón. Fotos que ya nadie mira con atención.
Ropa que deja de oler a ti. Papeles que ya no importan.

El tiempo hace su trabajo sin pedir permiso.
Y tú quedas reducido a un par de imágenes borrosas
y a una historia contada cada vez peor.
La vida sigue.

Y entonces aparece la pregunta, esa que no te deja dormir, cuando el ruido se apaga y solo quedas tú con tus pensamientos.
Tú, que aún caminas en esta procesión inevitable hacia el campo santo,
¿vas a vivir para quienes, una semana después, ya no te recuerden?

¿O vas a vivir haciendo aquello que, al menos, te hace sentir vivo?

Porque la verdad es incómoda, pero clara:
los recuerdos familiares duran menos que nuestro primer coito.

Se diluyen. Se deforman. Se olvidan. Después serás una anécdota.
Nada más.

Así que vive.
No pidas permiso.
No postergues por miedo.
No negocies tu alegría para encajar.

Vive.
Haz lo que te haga feliz.
Porque cuando ya no estés,
nadie vendrá a reclamarte
lo que no hiciste.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vcik-yoopino
-MiVivencia.com

Después del silencio

Han pasado los días más difíciles. El silencio se ha vuelto parte de la casa, y en medio de él, empiezo a entender que el amor no termina con la partida.

Ella está ahí, en cada rincón, en el eco de su voz, en la manera en que el sol entra por la ventana y toca el sillón donde solía sentarse.

A su lado, en algún rincón invisible, sigue también Kiba, mi compañero fiel, con esa mirada serena que parecía entenderlo todo sin decir una palabra.

Ahora los dos descansan, y aunque la ausencia duele, queda la certeza de que el amor que dieron no se ha ido.

Sigue aquí, transformado en memoria, en fuerza, en una paz que de a pocos regresa.

No hay despedidas cuando el amor ha echado raíces tan hondas.

Solo una pausa, una distancia breve entre el cielo y el corazón.

Después del silencio… queda el amor.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

Dos velas que se apagan

Las discrepancias con mi madre han sido duras. Su ego, sus miedos, su vanidad y sus creencias siempre chocaron con los míos. La vida juntos se volvió complicada, llena de tensiones. Y sin embargo, aquí estamos, al final del camino.

Hoy le dije, casi en tono de confesión:

—Madre, después de todo, al final te vienes saliendo con la tuya. Por tus achaques ya no puedo salir a la calle. Solo me queda quedarme a cuidarte.

Ella abrió los ojos y me regaló una sonrisa irónica, de esas que solo ella sabe dar, como diciendo sin palabras: “te gané”.

Mi perro, Kiba, es distinto. Tiene veintiún años, ya no oye ni ve, tropieza con todo, pero cuando me encuentra, mueve la cola como si la vida entera aún le bastara. Siempre feliz, siempre fiel. Y aunque la vejez lo doblega, percibe lo que ocurre en casa: que mi madre también se nos va. Por eso aprovecha cualquier oportunidad para meterse a su dormitorio y dormir a su lado, como si quisiera acompañarla también en su despedida.

Dos vidas, dos velas que se apagan poco a poco. A mí solo me queda aceptar la realidad y desearles un camino en paz. Porque a pesar de los choques, las ironías, el cansancio y el dolor, sé que lo único que permanece es el amor.

Vick
Conversando con una Taza de Cafe
-Vick-yoopino

Cuando callen los versos

Cuando callen los versos, cuando las palabras se acaben, cuando el silencio cubra de oscuridad las letras de un cuaderno y ya no haya escrituras en un cafetín, pensarás que no existo, sentirás que me he ido, que mi adiós es la continuación de un epitafio del olvido y un amanecer con el cielo lleno de neblina oscura, presagiando tormenta, truenos y lluvia.

Por la partida, por un adiós. Hasta ese tiempo, las hojas de los árboles crecerán de nuevo, los geranios, madreselvas y gladiolos volverán a brotar en los jardines, junto a aquellas flores que un día dejé en tu puerta.

Hasta ese día, cual partida de un navío hacia alta mar, te buscaré en las mañanas, tomaremos un café, y en un tiempo en que vuelvas a estar a mi lado, en medio de sueños y un intento de que jamás te alejes — por tu promesa, por tus palabras, por toda tu verdad.

Por eso seguimos en el camino, buscando una mañana, luchando por una tarde, tratando de encontrarte a la medianoche, muriendo por un fin de semana…

Cuando la luna cubra tus pasos y las sombras, cual fiel escudero, sigan tu caminata hasta encontrarte conmigo una vez más.

Porque —como dijo un cantautor—
mi corazón te quiere más de lo que yo quiero.

Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino.

Gertrudis y su odio jarocho: Crónica de una enemiga eterna

🌪️ Todo empezó bien…

Pasado el año 2000 empecé a trabajar en un hotel en Santa Clara, California. Todo andaba de maravillas. Buenos compañeros, risas, trabajo fluido. Pero como en toda buena historia, siempre aparece el personaje oscuro. En mi caso, una señora a quien llamaremos… Gertrudis.

Pasaron tres o cuatro años hasta que noté que su actitud hacia mí era… digamos, hostil con sabor a chile y cizaña. Sin mayor explicación, empezó a contar cosas sobre mí. Algunas probablemente exageradas, otras quizás verdad, y otras francamente salidas del guion de una telenovela con brujas.

🧂 Inventario de difamaciones y otras joyas

Gertrudis me acusó de todo, menos de ser feliz:
• Vivía debajo de un puente.
• Era ilegal.
• Me gustaba que las mujeres me mantuvieran (lo cual, si fuera cierto, habría sido un sueño hecho realidad: sin trabajo y con pensión emocional).
• Y muchas más… que iré soltando como se desgrana el choclo.
Decía que yo tenía “gloriosas cualidades”, y tenía razón… solo que ella las presentaba con veneno.

💔 ¿Amor u obsesión?

En una de esas noches de conversación con amigas, surgió la teoría: ”¿y si está enamorada de ti y te odia porque no le haces caso y encima saliste con su mejor amiga?”.

Y sí. Salí con su mejor amiga. A cenar, a pasear, a trabajar hasta el amanecer viendo cómo se escondía la luna. ¿Lo demás? Reservado bajo amenaza de doble balazo.

Pero volvamos a ella. ¿Enamorada de mí?

Pues… mi gusto va por mujeres delgadas, simpáticas, con algo de estilo. Gertrudis, en cambio, tenía el cuerpo de una momia que se resiste a ser momia, y una cintura más parecida a un salvavidas de tractor. Su ombligo parecía una válvula que en cualquier momento podría empezar a desinflarse.

Yo soy feo, sí, pero en hombre se acepta. En mujer… bueno, digamos que nuestros hijos habrían terminado en el zoológico y no en el colegio.

🥩 La leyenda de la pierna de vaca

Un día, el jefe máximo del hotel (mi amigo) me llama a su oficina. Cara seria. Me dice:
“Una compañera ha hecho una denuncia formal contra ti.”

¿La acusación?

“Dice que en la última función del hotel, te llevaste una pierna de vaca cocinada, en tu mochila, a tu casa.”
Yo lo miré, y él, al ver mi cara, no pudo más. Se empezó a reír. Su secretaria casi se atraganta de la risa. Me contó que igual tuvo que investigarlo. Habló con el chef.
“Congelada, pesa más de 20 kilos. Cocinada, imposible de cargar sin dejar un charco de jugo hasta el estacionamiento. Y menos en una mochila.”
Así que sí. Me imaginó con la mochila al hombro, dejando una estela de grasa, y 20 perros siguiéndome como escolta. Solo faltaba el mariachi y los mariachis.

📢 Rumores al por mayor

Cada semana, una nueva historia. Aquí algunas joyitas de la producción “Gertrudis Films”:
• Que yo vivía debajo de un puente decorado con grafitis de Machu Picchu.
• Que tenía antecedentes penales por falsificación.
• Que vendía basura en Facebook tras mi divorcio.
• Que me escondía en el baño para no trabajar (¿cómo sabía? ¿tenía cámaras? ¿el famoso huequito en la pared?).

Y claro, la más peligrosa: que no sabía hacer mi trabajo. Aunque eso sí, nunca entendió por qué todos me escuchaban. Tal vez porque yo leía, pensaba, tenía temas. Ella solo hablaba de “su vida en París”, aunque luego descubrí que se refería a una colonia pobre llamada así en los alrededores de Tepito.

🤷‍♂️ ¿Por qué tanto odio?

Tal vez porque sus amigas se convirtieron en mis amigas. Tal vez porque enfermó y, durante su ausencia, la gente escuchó la otra versión. Tal vez por rencor puro. O tal vez… porque no aceptaba que yo no caí en su juego.

Ella se preguntaba:

“¿Qué les da este, para que lo escuchen en todo?”
Yo no daba nada. Solo era yo mismo. Lo que parece que para ella era demasiado.

💡 Brillante como bombilla quemada

Gertrudis tenía frases inolvidables como:
“Hay niveles” (sí, y tú ibas en subsuelo).
O aquel famoso “wi wi”, dicho con tono afrancesado, sin saber qué significaba.
Una vez completó la tabla del 9, leyéndola, y pidió un diploma con ceremonia incluida. Eso sí, exigía que lo firmara el gerente general.
Y que si ella hablaba, el promedio del IQ de todo el hotel bajaba hasta rayar con el del Homo sapiens.

📆 Dos años después…

Me retiré del trabajo en 2023. No he vuelto. Y ella sigue hablando de mí. Dice que no regreso porque no puedo entrar a EE.UU. (aunque tengo más entradas que concierto de Luis Miguel).

Me han dicho que está demacrada, ansiosa, sola… y cada día más gordita (eso sí, sus piernas siempre fueron flaquitas, flaquitas: un misterio de la ingeniería corporal).

🔚 Cierre y advertencia

Todavía me guardo algunas historias para una segunda parte.
Y usted, lector querido, ¿qué cree?
¿Fue odio, celos, envidia… o una mezcla con pan con chicharrón?

He generado con IA una imagen de este esperpen… perdón, señora. No es igual, pero se le parece. Si usted me conoce, tal vez conozca a mi tormento.
No, no la voy a sacar a cenar. Ni al cine. Tal vez… al zoológico. Pero ni eso.
El nombre ha sido cambiado para fingir que no sé que leerá esto. Pero que lo leerá… lo va a leer.
Y si quieren segunda parte, pídala en los comentarios.

Victor.
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino

La cicatriz que no pedí

Dicen que el cuerpo habla, pero a veces también se burla. Esta es la historia de cómo un simple grano de acné terminó dejando una cicatriz más zigzagueaste que un reclamo de suegra.

Una historia real, con dolor, frustración, quirófano, gasas moradas, un doctor con un sentido de humor involuntario… y un final con risas, porque no quedaba otra.

Todo empezó con un grano de acné. Uno pequeño, casi simpático. Pico, me rasqué, lo ignoré. Como todos los granos del mundo. Pero este… tenía otros planes.

Creció. Se endureció. Se instaló. Y lo peor: decidió que su vocación era infectarse dos veces al mes.

El ritual era siempre el mismo: Picazón, hinchazón, dolor, fiebre, materia. Boom. Se reventaba. Y una semana después… segunda función. Así pasé años. Sí, años.

Con doctores que no sabían qué decirme. Con análisis que servían para decorar mi historia clínica. Y con inyecciones dolorosísimas, como si intentaran castigar a la queloide por existir…

spoiler: no funcionaban.

Hasta que un día, un doctor me miró con cara de “esto ya no es gracioso” y dijo simplemente:

—Pase.

Y pasé. Directo al quirófano. Cuando desperté, no tenía una cicatriz. Tenía un mapa de guerra cruzándome el pecho de lado a lado. Un hermoso y finísimo zigzag quirúrgico que parecía decir:

“Aquí hubo una batalla. Y el pecho perdió.”

¿La queloide? Chiquita. Más pequeña que una tarjeta de crédito.

¿La cicatriz? De axila a axila.

Una línea en zig zag extremadamente larga, delgada, perfectamente inútil si lo que uno quiere es ir a la playa sin causar leyendas urbanas. Salí de la operación con tubos drenando, gasas moradas como si me hubieran disfrazado de momia, y una mezcla de “¿qué hice?” con “al menos no duele… por ahora.”

Hoy, la cicatriz no se infecta. No supura. No grita. No late. Pero molesta. Molesta como molesta un vecino que no hace ruido, pero está ahí, recordándote que no te puedes relajar del todo.

Puedo decir que me curaron, sí. Pero a veces también siento que me remendaron.

Y ahora viene lo mejor:

El doctor, al que por unos días quise enviar a la luna sin retorno, se volvió mi amigo. Y francamente, si hubiera un premio a la reconstrucción quirúrgica inesperada, creo que lo nominaría. No sé si como cirujano, artista plástico o tejedor de piel épica. Pero algo se merece. Pero llamarlo doctor, no creo.

Porque, en resumen:

—Me quitaron una queloide…
—Me dejaron una cicatriz del tamaño y forma del Amazonas…
—Y aún así, gané.
—Lo malo, es que ahora tengo un montón de queloides de axila a axila en forma de zigzag.

Ahora cada vez que me veo al espejo sin camisa, pienso: “¿De verdad esto empezó con un granito de acné?” Y me río. Porque no queda otra. Porque si no me río yo, se van a reír otros. Y porque cada línea en mi cuerpo, incluso esta que no pedí, forma parte del mapa que me trajo hasta aquí.

Conversando con una Taza de Café.
—Vick, el que venció al grano… pero perdió el pecho.

Lucho contra la muerte y le ganó

Parte 2: El regreso al castillo

Al día siguiente se levantó.
Dolorido. Con el cuerpo roto y el alma agotada. Pero de pie. Caminó hacia su pequeño castillo. Porque un caballero jamás muestra dolor. Ni cansancio. Mucho menos angustia. Arrastraba la lanza. Se apoyaba con dificultad. Cada paso era una batalla. Hasta el aire dolía. Y sin embargo, avanzaba.

Envuelto en sus pertrechos. Acompañado por su fiel Kiba. El único que había estado en todas las batallas. El único que no juzga. Ni habla. Ni abandona.

Se sentó. Tarareó una vieja canción:

“Estuve sentado en el puente,
de la barca que lleva a la muerte.
Vino ella, le jugué mi vida…
y le gané.”

Una y otra vez. Sonreía entre dolores. Entre cicatrices que ardían al recordarse. Y así… día tras día, se fue levantando de las heridas. Como un ave fénix que no solo sobrevive: vuelve con más fuego.

Quiso presentarse como caballero ante la princesa. Rendirle honores. Mostrarle que había vencido. Pero ella no llegó. Entonces, comprendió. Tomó su pluma como espada. Su mochila como casco. Y entre sus libros encontró el escudo que lo había protegido en mil batallas. Cerró su iPad. Ese que guardaba sus razones para luchar. Se quitó el reloj. Ya no necesitaba saber qué hora era en el pasado. Regresó a sus aposentos.

Dejó que sus cicatrices sanaran solas. Sin prisa. Como testigos mudos de las trampas, las razones, y las heridas mal alineadas. Abrió su cuaderno de historias. Rasgó las últimas páginas en blanco. No quería escribir nada más allí. No en esa historia.

Fue a la chimenea. La misma donde una vez veló sus armas. Y empezó a quemarlas. No por odio. Sino por libertad. Ya no habría más batallas. Ni más recuerdos de Don Quijote ni Dulcinea. Los molinos ya habían caído uno a uno. Para el final dejó su bandera. Esa máscara de tinieblas que alguna vez lo protegió. La dobló con ternura. Y la dejó caer en medio de la leña. La vio hacerse cenizas.

Miró alrededor. Tomó una copa de café. Sonrió a la mañana que clareaba. Agarra su cámara. Se pone los lentes. Sus pertrechos de siempre. Y sin batallas en el horizonte, salió en busca de su compañera eterna: esa que olvida derrotas y espera en silencio el próximo encuentro.

Porque ya no habrá lucha. Ni desafío. Solo caminará hasta el puente. Y guiará la barca… hasta el palacio donde habita la muerte. Y gritará desde la puerta:

“No tienes que venir por mí: aquí estoy.”

Y en la noche oscura,
su fiel Kiba aulló.

Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino

Cada día que tomo mi cámara.

Cada día que tomo mi cámara, deseo que seas tú quien esté frente a mi lente.

Tal vez no sea un gran fotógrafo, tal vez nunca gane un premio. Pero en cada foto que te tomo, me llevo un pedacito de ti conmigo. Cada imagen es una forma de tenerte cerca, de guardarte aquí —dentro mío.

Te retrato con tus vestidos, tus polos, tus flores en el pelo y esa sonrisa que siempre deja algo encendido en el aire.

O desnuda, pequeña, hermosa, deseable. Con esos ojos que un día me hicieron empezar a amarte. Un poco mía, un poco lejana. Un poco deseando que me mires, otro poco queriendo ser todo para ti. Pegada a mi lado, como si yo fuera tu ajonjolí y tú mi pan dulce. Mi pequeña princesa.

Y lo único que te pido es esto:
Que cuando mi cámara enfoque tu rostro, tus ojos y tu sonrisa sean solo para mí. No quiero una foto cualquiera. Quiero que tú quieras que sea yo quien te la tome. Porque estás enamorada de mí. Como yo lo estoy de ti.

Y así, con cada disparo, capturaré tu mirada. La iré juntando, una a una, como piezas que te reconstruyen en mí. Hasta tenerte completa. No solo en el cuerpo. Sino en tu amor verdadero por mí.

Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino.

Lucho contra la muerte y le ganó (Parte 1)

Parte 1: La última batalla

Hay historias que se escriben con tinta. Otros con sangre. Y algunas… con café caliente, cicatrices mal cosidas y un perro fiel al costado.

Esta no es una metáfora. Es mi historia. O mejor dicho, la del caballero que fui el día que enfrente mi última batalla. Una operación vida o muerte, una decisión silenciosa, una salida prohibida del hospital para volver a casa a alimentar a mi perro, y un epílogo que jamás pensé compartir… hasta hoy.

Esta crónica viene en dos partes. Ambas son ciertas. Ambas fueron escritas desde el alma. Y hoy las comparto contigo, que alguna vez también luchaste en silencio.

Bienvenidos a mi historia.
Soy Vick. Y esta es… Mi Vivencia

Una historia de la vida real.

Durante años luchó en silencio. Mil batallas. Perdía algunas, otras las empezaba sin terminar, pero jamás salió corriendo ni se dio en retirada. Volvía a la carga, y a veces las volvía a perder… para pelear de nuevo y ganarlas entre gallos y medianoche. Mes tras mes, año tras año.

Llevaba en su cuerpo las marcas: espadas que cortaron pecho y hombro, cuchilladas a destajo entre brazo y cintura. Heridas que no escondía. Las peleaba todas como si cada una fuera la última. Porque sí… pudo ser cualquiera.

Y muchas veces, solo. Entre noches oscuras, lluvias sordas y silencios largos, lloró. Pero en voz baja.

Los caballeros de rancia armadura no lloran en voz alta. Se curan las heridas con su propia saliva. Escupen sobre la carne abierta, y la sangre… la sangre solo sirve para endurecer el cuero y dejar al caballero curtido. El dolor se va quedando atrás.

Y junto a su perro —ese fiel compañero de silencios—, limpiaba su espada y remendaba su escudo. Maltrecho en la vuelta. Deshecho en el retorno. Pero jamás recibió un golpe en la espalda.

Salvo las palabras.

Esas, que son cuchillos lanzados por los que piensan diferente. Por los que no luchan, pero agachan la cabeza ante el amo.
Aun así… ni eso le quitaba el sueño. Porque todas las heridas verdaderas —las que marcan— las recibió de frente. En el pecho. En el casco. En el alma.

Su bandera, alguna vez, flameó como emblema entre luchas. Luego volvía hecha trapo, envuelta en su cuerpo, como si fuera vendaje untado con ungüento milagroso.

Pero el día había de llegar. La batalla final. Y llegó. Sonrió. Miró al cielo. Veló toda la noche sus armas. Sacó filo a su espada. Se armó de valor. Noche fría. Neblina. Amenaza de lluvia triste.

Levantó su copa de café caliente en señal de tributo… a todos aquellos que, ante el infortunio, perdieron su última batalla. Se enfrentó solo. Sin sirviente. Sin escudero. Sin padrino. Un duelo entre dos. Una lucha sin cuartel. Uno quedaría.
Y del otro… solo quedaría el recuerdo.

Bajo luces de neón, con un robot quirúrgico como enemigo y un equipo de desconocidos como aliados, se inició el combate.

Muchos le gritaban:
—¡Es una pelea sin sentido! ¡No vale la pena!
—¡Ni siquiera peleas por un sueño!

Pero él, dentro de su casco, los miraba con desprecio. Como quien sabe quién es. Como quien ya no necesita justificarse. Las horas pasaron. La herida quedó abierta. El cuerpo, adolorido. Pero jamás herido por la espalda. Y tras más de seis horas…

…despertó. Los que lo vieron sonrieron.
—Ganaste la batalla —le dijeron—. Es tuya la victoria.

Le preguntaron cómo se sentía. Cómo se encontraba. Y el caballero, aún adolorido, pidió su café. Y un steak. Y papitas fritas.

—Si no morí en la lucha —dijo—, entonces soy inmortal.
Y se quedó dormido otra vez…
con una sonrisa rota…
pero intacto.

Continuará Parte 2 – El regreso al Castillo.

La despedida que no fue amor, pero dolió igual

A veces, una calle, una casa, una reja, despiertan los recuerdos que creíamos dormidos. Esta historia es una de esas memorias que no se olvidan, aunque el tiempo y la distancia intenten sepultarlas. Hoy, comparto un fragmento íntimo de una despedida que marcó una etapa, y una pregunta que me acompaña desde entonces.

Hoy he vuelto a mis caminatas por la tarde, y en una de esas callejuelas pasé por una casa blanca, con un pequeño jardín y un macetero lleno de flores diminutas. Su reja, sencilla y blanca, me recordó aquella de mi despedida. La memoria empezó a buscar entre los escombros y, como una piedra medio enterrada, apareció una frase que aún me provoca inquietantes sensaciones: “Tú te ibas.”

Miré esa reja y, una vez más, me hice la misma pregunta: ¿Qué hubiera pasado si me quedaba?

Y vuelvo a verme a mí mismo, sentado en el escritorio. Aún se colaban los rayos del sol por la ventana. Terminaba de organizar la mochila del viaje, triste, nostálgico, algo enojado conmigo. Sabía que no era una simple despedida, sino un adiós largo, indefinido. Mi mente intentaba convencerse de que sería breve, pero en el fondo sabía que eso era una mentira. Regresar a San José tomaría tiempo. Demasiado.

Escuché un golpe en la puerta. Me llamaron por mi nombre, con una voz que parecía un quejido. Me acerqué y al abrir, allí estaba ella. De pie junto al pasamanos de la entrada.

No me sorprendió verla —ya imaginaba que vendría a despedirse—, pero sí me sorprendió el modo en que se encontraba.

Al bajar las tres gradas, vi sus lágrimas caer una a una. No podía detenerlas. Había en su rostro una súplica muda, un grito silencioso que decía: “Te vas.”

Nunca había visto llorar así a alguien por mí. Ese dolor que desbordaba en sus ojos se fue filtrando en mi pecho. Éramos solo amigos, apenas unos meses de conocernos, aunque habíamos hablado tanto.

Me abrazó. Un beso en la mejilla. Un “escríbeme”, un “te llamaré”, un “vuelve pronto”. Un adiós donde se le iba el alma. En ese instante, algo dentro de mí gritaba: “Olvida todo y quédate.”

Pero la razón le ganó a la incertidumbre.
¿Cómo? ¿Por qué? ¿Y si me quedo?, me pregunté. Pero no supe qué hacer. Solo la abracé y solté un lastimero “adiós”.

Ella regresó a su casa llorando, como alguien que lo ha perdido todo. Yo volví a sentarme en mi escritorio, sin saber qué hacer. Repetí una y otra vez, en mi cabeza, todo lo que había pasado.

Las horas pasaron sin respuestas. El viaje al aeropuerto ya estaba cerca. Tomé la maleta, y la bolsa de mi perro, mi fiel escudero, que me acompañaría en esta nueva batalla contra los molinos de viento… pero en otra tierra, en otra ciudad, con otra gente. Siempre juntos.

Al salir, miré hacia la puerta de su casa. La reja blanquecina dejaba entrever su figura de pie. Me miraba. Las lágrimas seguían cayendo.

Sentí otra vez eso extraño, eso que no sabes si es dolor, culpa o miedo. Traté de sonreír, pero no quería irme. Caminé sin mirar atrás, hasta que su casa desapareció. El aeropuerto era mi siguiente destino.

Pasaron los meses. Vivía en otra ciudad, a diez mil kilómetros de su última lágrima. En una conversación telefónica, finalmente me atreví a decirle lo que sentí aquella tarde.

Nadie había llorado así por mí. Nunca.
No le pregunté si quería que me quedara. Ella tampoco me lo pidió. Solo dijo:
—Soy muy sentimental… y tú te ibas. Perdía a mi mejor amigo.

Esa frase quedó grabada en mi mente y en mi corazón. Hasta hoy, no tengo una respuesta clara a la pregunta que me hice entonces: ¿Qué hubiese pasado si me quedaba?

Tal vez nada. Tal vez todo. Tal vez solo el mismo silencio con el que ella terminó aquella llamada.

Hay despedidas que se vuelven eternas, aunque hayan durado solo unos minutos. Y hay silencios que dicen más que todas las palabras que nunca nos atrevimos a decir.

Conversando con una Taza de Café.
-Vick, desde el cuaderno del Caballero Escritor.