Después serás una anécdota

El día que te vayas, aunque ahora cueste creerlo, la vida de los demás seguirá igual.
Habrá un funeral. Algunos rostros serios.
Palabras que se repiten como fórmulas gastadas.
Abrazos torpes. Silencios que no saben qué decir.

Unos días después, todo se acomoda. El trabajo continúa.
Las conversaciones vuelven a lo trivial.
El mundo no se detiene por nadie.
Poco a poco, tu nombre aparecerá solo de vez en cuando.
Alguien recordará algo que dijiste. Alguna torpeza tuya hará reír a la mesa.
Luego, quizá, un reproche. Un recuerdo incómodo.

Y después… nada.
Una lápida.
Una urna.
Un objeto que nadie sabe dónde poner.

Tus cosas se repartirán o se amontonarán en algún rincón. Fotos que ya nadie mira con atención.
Ropa que deja de oler a ti. Papeles que ya no importan.

El tiempo hace su trabajo sin pedir permiso.
Y tú quedas reducido a un par de imágenes borrosas
y a una historia contada cada vez peor.
La vida sigue.

Y entonces aparece la pregunta, esa que no te deja dormir, cuando el ruido se apaga y solo quedas tú con tus pensamientos.
Tú, que aún caminas en esta procesión inevitable hacia el campo santo,
¿vas a vivir para quienes, una semana después, ya no te recuerden?

¿O vas a vivir haciendo aquello que, al menos, te hace sentir vivo?

Porque la verdad es incómoda, pero clara:
los recuerdos familiares duran menos que nuestro primer coito.

Se diluyen. Se deforman. Se olvidan. Después serás una anécdota.
Nada más.

Así que vive.
No pidas permiso.
No postergues por miedo.
No negocies tu alegría para encajar.

Vive.
Haz lo que te haga feliz.
Porque cuando ya no estés,
nadie vendrá a reclamarte
lo que no hiciste.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vcik-yoopino
-MiVivencia.com

Guía de Año Nuevo para Optimistas Cínicos

Pasó la Navidad. Se terminó el recalentado —esa metáfora culinaria de revivir lo ya consumido— y los regalos revelaron su verdadera naturaleza: objetos que ocuparán un estante hasta convertirse en polvo y promesa incumplida. Papá Noel, ese cómplice burgués del consumismo, ha vuelto prudentemente a su Polo Norte ficticio, a descansar de su papel de anciano trepador de balcones. El arbolito, despojado de su fugaz gloria, cumple ahora su destino verdadero y humilde: ser el rascador preferido del gato. La ironía es perfecta: lo que fue símbolo de vida y luz, ahora sirve para afilar las uñas de un felino indiferente.

Hoy, en el gran teatro de las supersticiones, los calzones amarillos son el producto más codiciado. Hay una lógica perversa en ello: entre más pequeño el tamaño, más suerte promete. Como si la fortuna premiara la incomodidad y la fe cupiera en una talla extra-small. Salgo al mercado, entre el gentío, a comprar las doce uvas. Las sostengo con una esperanza que se repite, cíclica y vergonzante: la de que este año, por fin, sea mejor. Mis propósitos son los mismos de siempre —los del año pasado y el antepasado—, escritos con tinta invisible en un contrato que solo yo firmo y solo yo incumplo. Pero la esperanza es ese músculo que nunca se atrofia del todo, aunque solo sirva para cargar bolsas de fruta simbólica.

Llegará el nuevo año y, con él, la gran tradición nacional: las elecciones. Nos prepararemos para el solemne ritual de elegir a los nuevos ladrones —perdón, quise decir al Presidente y a los honorables congresistas; ¿acaso no es lo mismo?—. Depositaré mi voto con la mano temblorosa del que compra un billete de lotería, sabiendo que el premio mayor probablemente ya está arreglado. Mientras tanto, nosotros, los ilusos profesionales, seguiremos aferrados a los ideales. Libraremos la batalla cultural desde el sillón, creyendo que un meme bien puesto puede más que una mordida. Soñaremos con hacer realidad algunos proyectos, aunque el principal sueño —aquél de creer que todo podría cambiar de verdad— ya se perdió en algún diciembre anterior, entre uvas atragantadas y discursos de unidad.

Así que brindemos. Con uvas, con Inka Kola, con lo que haya. Porque el verdadero propósito de Año Nuevo no es cambiar, sino sobrevivir con elegancia al desplome de nuestras propias expectativas. Y tener, al menos, un calzón amarillo de recambio, en el bolsillo, por eso de no encontrar luego del que le quitaste —talla pequeña, por si acaso la suerte decide ser literal—.

Vick
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino
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La Cita Perpetua

Nos estamos volviendo olvido. Es un proceso lento, casi químico: cada recuerdo compartido pierde un átomo de nitidez, cada anécdota su tono exacto. Pronto seremos dos desconocidos con un pasado en común, un dato curioso en la biografía del otro. Una ironía amable: para dejar de ser extraños, primero tuvimos que compartirlo todo; para volver a serlo, solo hace falta el silencio.

Pero sé, con una certeza que contradice a toda lógica, que una mañana cualquiera —de esas que no se planifican ni se anotan en ningún calendario— te despertará un vacío sin forma. Y sin saber bien por qué, llegarás a un café. No a nuestro café, porque esos lugares ya no existen, sino a uno que tenga la misma luz filtrándose por la ventana, o el mismo sonido metálico de la cucharilla. La sintaxis de ese momento estará pulida por la nostalgia, y sin quererlo del todo, me buscarás con la mirada.

Sabrás, por supuesto, que no me encontrarás. No importará. La búsqueda no será por la persona, sino por el fantasma. Y en ese instante preciso, cuando tu corazón se contraiga no con dolor, sino con el reconocimiento de una ausencia, el recuerdo volverá a nacer. Tendrá la duración de un suspiro, apenas el tiempo de que el barista ponga tu taza sobre el mármol. En esa fracción de segundo, lo sabremos todo otra vez. Todo lo que vivimos, con su peso y su levedad.

Quizás, en otro giro del azar, yo llegue al mismo café en otro día. Me sentaré en la mesa que da a la ventana, la que usábamos para ver llegar al otro. Miraré la calle y buscaré, entre la gente anónima, esa caminata apurada que era solo tuya —esa que tenía la urgencia torpe de quien teme hacer esperar al amor—. Marcharé, al final, sin que hayas llegado. Pero la decepción tendrá un regusto dulce, y pensaré, como un mantra de consuelo: «Mañana, quizás».

Y saldré a la calle con una sonrisa. No de felicidad, sino de gratitud por el recuerdo puro que aún guardo: la imagen de un día en el que no había nada en el mundo más importante que apurar tus pasos para llegar a mi.

Un día, lo sé, volverá a suceder. No en esta realidad de persianas bajadas y tazas frías, sino en otra. En la geografía paralela de los sueños, donde el tiempo es circular y las pérdidas son solo temporales. Allí, en tus sueños y en los míos, seguiremos llegando siempre, puntuales y sin aliento, a nuestra cita perpetua. Dos fantasmas con prisa, condenados a encontrarse para recordar, una y otra vez, el sabor de lo que significa perderse.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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Elegía del Último Café

Hubo una mañana cualquiera en que clausuraron nuestra cafetería diaria. No hubo aviso, ni remedio, ni tiempo para un último pedido. Se cerró la persiana como se cierra un párpado sobre un ojo cansado, y con ella se apagó el ritual que nos sostenía. Fue el primer presagio silencioso de que todo lo sólido podía desvanecerse sin ceremonias.

Dicen que apostar por mí ahora es una pérdida segura. Que el único premio posible es una tristeza lenta, la misma que se filtra en las grietas de las paredes que conocen nuestros secretos. Y tú… tú que una vez miraste tan al fondo de este corazón lleno de estrías —cicatrices de batallas antiguas y desbordes pasados—, tú que desbordaste el río de tus sentimientos hasta anegar mis orillas secas… Hoy, tus ojos guardan un luto silencioso. Porque en una mañana sin previo aviso, las fuerzas le fallaron a mi diástole. A ese latido que insistía, contra toda lógica, en llevar tu nombre con cada bombeo.

Habrá un día, lo sé, en que seguirás camino con otra mano. Una mano que siempre estuvo ahí, suspendiéndonos en el aire, dejando silencioso que esperara mi turno. Y querrás algunas veces negarlo todo —el olor a grano tostado, las risas ahogadas en tazas de porcelana, la geometría perfecta de nuestros dedos entrelazados—, querrás aceptar, por fin, que esto no pudo ser. Pero fue real. Fue tan real como el mármol frío de la mesa que guarda la hendidura de mi anillo.

Y cuando mi historia en ti sea solo un recuerdo desgastado, una fotografía sin marco; cuando tu Alzheimer emocional —aquel que nos obliga a olvidar para seguir viviendo— te abandone por un instante raro y clemente… recuerda guardar el último café para mí. No lo bebas. Solo prepáralo, como sabes hacerlo, y déjalo enfriar en el borde de la ventana. Que el vapor se eleve, un fantasma mínimo, hacia un cielo que ya no compartimos. Será la ofrenda perfecta: amarga, necesaria y efímera. Como lo nuestro.

Porque algunos amores no terminan con un adiós, sino con un local clausurado. Y la única herencia, con un último café que nunca se llega a tomar.

Vick
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Un Encuentro bajo la Lluvia en París

La Torre Eiffel, una vez más, quedaba atrás. Brillante e imponente, como todas las noches, con su tramo superior incrustado en la negrura del cielo como un faro de metal y luz. Pero esa noche no era su noche. Su mirada no se detuvo en ella; era solo un telón de fondo, un punto de referencia en la carrera contra el tiempo y la lluvia que comenzaba a caer.

Cruzó el Quai Branly con paso rápido, casi urgente. Las primeras gotas, pesadas y frías, se convirtieron en un aguacero copioso que lo obligó a desplegar el paraguas. No importaba. Siguió adelante, con los zapatos ya empapados y la ansiedad creciendo, hasta los Jardines del Trocadero. Allí, entre árboles que parecían clones en la penumbra y bancas idénticas bajo la cortina de agua, buscó desesperadamente. La lluvia empapaba su traje, resbalaba por su rostro y se mezclaba con una expresión de angustia creciente. ¿Habría llegado tarde?

El instinto —o la desesperación— lo llevó más allá, hacia el Palais de Chaillot. Y entonces, la vio.

Bajo un paraguas rojo vibrante, como un único punto de color en un cuadro gris, estaba ella. Esperaba, con los pies mojados y, parecía, el alma empapada por la misma incertidumbre. Se acercaron, y en el movimiento torpe de la prisa y la emoción, sus paraguas chocaron con un golpe seco, como dos carruajes que se rozan en una carrera frenética por encontrarse.

Y allí, bajo la llovizna implacable, sonrieron. Temblando de frío y de alivio, intercambiaron un beso tierno, un saludo que sellaba el reencuentro. Sin prisa ahora, dieron media vuelta y emprendieron el regreso por la Rue le Tasse. Caminaban lento, muy lento, a pesar de la lluvia que no cesaba. Cada paso era cuidadoso, no solo para no resbalar en el adoquín brillante, sino para estirar ese instante frágil y perfecto.

Llegaron despacio al Port Debilly. Subieron a un bote, encendieron el motor y partieron rumbo a lo desconocido —o quizás, rumbo a todo lo conocido—. Iban a rodear la Seine, camino a Citadines Saint-Germain-des-Prés. En la intimidad de la cabina, cerraron un solo paraguas, el que los había protegido juntos. El otro, el rojo, quedó atrás, abandonado en algún lugar del camino. Un mudo testigo de su encuentro, un marcador dejado justo en el punto donde mañana volverían a despedirse… para, a la noche siguiente, volver a comenzar la misma y necesaria búsqueda.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

Caminante, camina y espera

“Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”, dice el poema.

Y así, paso a paso, me dejé llevar en un paseo sin rumbo, tomado de la mano del aire, acompañado de fantasmas que vagan en noches tachonadas de estrellas. El frío, implacable, me obligaba a buscar refugio donde el calor de una cocina devolviera la tibieza de un abrazo perdido en alguna tarde lejana de otoño.

En nuestra caminata atravesamos el barrio japonés y descubrimos un pequeño restaurante. Era sencillo, tranquilo y lleno de esa cortesía que caracteriza a los japoneses: una amabilidad que a veces roza lo excesivo, pero que siempre reconforta. Nos sentamos y pedimos lo que más nos gusta: chow mein —o, como decimos en Perú, tallarín saltado—. El plato tenía algo curioso: aunque era japonés, llevaba consigo un aire familiar, casi peruano. Lo confirmé al verlo llegar: bastaba una mirada a las fotos para sentir ese mestizaje en el sabor.

Mientras esperaba el plato, me vino a la memoria una historia que alguna vez escuché: la vida suele aparecer al doblar una esquina, entre calles destinadas al olvido y siluetas que se confunden con las sombras. Está en los pasos que sortean obstáculos, en los amores tiernos que se ocultan en callejas dolientes, en trenes que parten y estaciones que esperan, en parejas que juran eternidad bajo la fragilidad del tiempo.

Entonces comprendí algo: lo imposible no me pertenece. No me llamo Imposible, ni me apellido No Puedo. Al contrario, me senté en esa mesa como quien decide desafiar al tiempo. Con una servilleta extendida y una pluma en la mano, pensé en lo que alguna vez escuché en una película: “aunque tarde mil años y sucedan diez mil vidas, seguiré aquí esperando”.

Esperando en el mismo rincón, en la misma mesa, el mismo cuaderno, y la certeza de que en cualquier momento, la vida puede volver a doblar la esquina.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

El sueño de un mañana incierto

No supieron cuánto tiempo habían estado conversando. Solo recordaban que la charla empezó con los primeros rayos del sol asomando en el horizonte, mientras un café recién hecho y un croissant con queso crema se convertían en excusa para compartir palabras. Las horas se deslizaron rápidas, casi invisibles, y cuando el día se apagó, fue la noche —oscura y fría— la que los sorprendió aún sentados frente a frente, reacios a detener ese diálogo interminable.

Él escuchaba, ella respondía; luego ella preguntaba, y él contestaba. Una danza de palabras que fluía sin pausas, demasiado interesante como para cederle espacio al silencio. Ni siquiera su fiel amigo canino interrumpió la escena: se acomodó en la almohada de siempre, a los pies de la cama, como si entendiera que lo esencial ocurría allí, entre dos voces que se buscaban.

Hablaron de recuerdos de infancia y de juegos antiguos; de miedos y tristezas; de adolescencias con frustraciones y lágrimas; de pequeñas victorias y derrotas de fútbol. Entre cada confesión, él volvía a preparar café, y ella, con prisa torpe y alegre, ponía de nuevo croissants al horno, midiendo con exactitud los siete minutos de espera a 375 grados. Rieron luchando con los croissants demasiado calientes, se sacudieron las manos cubiertas de migas, y la charla pasó del comedor a la sala, como si el espacio mismo quisiera acompañar la travesía de sus recuerdos.

La conversación se fue tiñendo de confesiones íntimas y palabras atropelladas. Los verbos y sustantivos se enlazaban con pronombres cargados de cercanía: tú, yo, nosotros. Adjetivos se posaban sobre sus vidas como etiquetas dulces o amargas, y de ese torrente de frases entrecortadas emergía la sensación de estar escribiendo juntos una nueva historia.

La noche llegó como siempre llegan las cosas inevitables. Una caminata breve hasta la puerta, un beso cargado de, difícil describirlo, y una despedida atravesada por la tristeza de lo inconcluso. Él salió como había entrado: con un cuaderno en la mano, esta vez lleno de palabras y recuerdos que ahora pesaban distinto. Ella cerró la puerta despacio, se dejó caer en el sofá y tomó el último sorbo de un café ya frío. En la canastilla quedaba apenas un trozo de croissant, que terminó con gesto distraído, mientras la mente se le llenaba de anhelos.

Soñó con el siguiente encuentro, con el día que empezara de nuevo entre lápices, libretas y tazas de café. Porque aún había demasiado por contar, por recordar, por confesar. Porque todo había nacido de algo tan simple como cruzar palabras, un café compartido, un croissant caliente… y la necesidad profunda de ser escuchados.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino

Cuando callen los versos

Cuando callen los versos, cuando las palabras se acaben, cuando el silencio cubra de oscuridad las letras de un cuaderno y ya no haya escrituras en un cafetín, pensarás que no existo, sentirás que me he ido, que mi adiós es la continuación de un epitafio del olvido y un amanecer con el cielo lleno de neblina oscura, presagiando tormenta, truenos y lluvia.

Por la partida, por un adiós. Hasta ese tiempo, las hojas de los árboles crecerán de nuevo, los geranios, madreselvas y gladiolos volverán a brotar en los jardines, junto a aquellas flores que un día dejé en tu puerta.

Hasta ese día, cual partida de un navío hacia alta mar, te buscaré en las mañanas, tomaremos un café, y en un tiempo en que vuelvas a estar a mi lado, en medio de sueños y un intento de que jamás te alejes — por tu promesa, por tus palabras, por toda tu verdad.

Por eso seguimos en el camino, buscando una mañana, luchando por una tarde, tratando de encontrarte a la medianoche, muriendo por un fin de semana…

Cuando la luna cubra tus pasos y las sombras, cual fiel escudero, sigan tu caminata hasta encontrarte conmigo una vez más.

Porque —como dijo un cantautor—
mi corazón te quiere más de lo que yo quiero.

Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino.

Café, lluvia y sueños

A veces, la noche trae más que oscuridad.

Nos entrega tiempo para limpiar el polvo del alma, preparar un café caliente… y mirar, desde la ventana, cómo la vida sigue caminando, incluso bajo la lluvia.

Mientras Kiba dormía, retiré las plantas del alféizar, sacudí el polvo de los visillos de muselina, y limpié los cristales con té frío para que la escasa luz pudiera colarse en la habitación.

La habitación —oscura y con vistas al norte— se iluminó levemente, mientras la lluvia seguía golpeando los vidrios desde fuera.

Corrí a prepararme un café, cargado, dulce y caliente. Quería quitarme el sueño… y espantar un poco el frío. Sin darme cuenta, la lluvia fue cesando.

Y entonces, aparecieron los caminantes: unos rumbo al trabajo, otros de regreso a casa, algunos simplemente saliendo a pasear entre charcos y calles resbaladizas. Los niños, felices, jugaban como si la lluvia fuera un parque nuevo.

Desde mi ventana, con el café en la mano, observaba la vida pasar. El invierno se acerca. Y mientras llega, intento conquistar nuevos reinos. Ganar batallas con una sonrisa. Avanzar en los sueños. Y ser, en medio de todo, un hijo de Dios.

Ya es tarde. Es hora de ir a nuestros cuarteles de invierno. A buscar el calor de una cobija… y dejar que los sueños nos transporten a lugares mágicos, donde no hay imposibles, donde la realidad es nada y lo imposible… posible. Porque, aunque sabemos que los sueños son solo sueños, también sabemos que a veces —solo a veces— los sueños se vuelven realidad.

Buenas noches, mis amigos. Duerman en paz. Y sueñen sin miedo.

Conversando con una Taza de Cafe
-Vick-yoopino

La despedida que no fue amor, pero dolió igual

A veces, una calle, una casa, una reja, despiertan los recuerdos que creíamos dormidos. Esta historia es una de esas memorias que no se olvidan, aunque el tiempo y la distancia intenten sepultarlas. Hoy, comparto un fragmento íntimo de una despedida que marcó una etapa, y una pregunta que me acompaña desde entonces.

Hoy he vuelto a mis caminatas por la tarde, y en una de esas callejuelas pasé por una casa blanca, con un pequeño jardín y un macetero lleno de flores diminutas. Su reja, sencilla y blanca, me recordó aquella de mi despedida. La memoria empezó a buscar entre los escombros y, como una piedra medio enterrada, apareció una frase que aún me provoca inquietantes sensaciones: “Tú te ibas.”

Miré esa reja y, una vez más, me hice la misma pregunta: ¿Qué hubiera pasado si me quedaba?

Y vuelvo a verme a mí mismo, sentado en el escritorio. Aún se colaban los rayos del sol por la ventana. Terminaba de organizar la mochila del viaje, triste, nostálgico, algo enojado conmigo. Sabía que no era una simple despedida, sino un adiós largo, indefinido. Mi mente intentaba convencerse de que sería breve, pero en el fondo sabía que eso era una mentira. Regresar a San José tomaría tiempo. Demasiado.

Escuché un golpe en la puerta. Me llamaron por mi nombre, con una voz que parecía un quejido. Me acerqué y al abrir, allí estaba ella. De pie junto al pasamanos de la entrada.

No me sorprendió verla —ya imaginaba que vendría a despedirse—, pero sí me sorprendió el modo en que se encontraba.

Al bajar las tres gradas, vi sus lágrimas caer una a una. No podía detenerlas. Había en su rostro una súplica muda, un grito silencioso que decía: “Te vas.”

Nunca había visto llorar así a alguien por mí. Ese dolor que desbordaba en sus ojos se fue filtrando en mi pecho. Éramos solo amigos, apenas unos meses de conocernos, aunque habíamos hablado tanto.

Me abrazó. Un beso en la mejilla. Un “escríbeme”, un “te llamaré”, un “vuelve pronto”. Un adiós donde se le iba el alma. En ese instante, algo dentro de mí gritaba: “Olvida todo y quédate.”

Pero la razón le ganó a la incertidumbre.
¿Cómo? ¿Por qué? ¿Y si me quedo?, me pregunté. Pero no supe qué hacer. Solo la abracé y solté un lastimero “adiós”.

Ella regresó a su casa llorando, como alguien que lo ha perdido todo. Yo volví a sentarme en mi escritorio, sin saber qué hacer. Repetí una y otra vez, en mi cabeza, todo lo que había pasado.

Las horas pasaron sin respuestas. El viaje al aeropuerto ya estaba cerca. Tomé la maleta, y la bolsa de mi perro, mi fiel escudero, que me acompañaría en esta nueva batalla contra los molinos de viento… pero en otra tierra, en otra ciudad, con otra gente. Siempre juntos.

Al salir, miré hacia la puerta de su casa. La reja blanquecina dejaba entrever su figura de pie. Me miraba. Las lágrimas seguían cayendo.

Sentí otra vez eso extraño, eso que no sabes si es dolor, culpa o miedo. Traté de sonreír, pero no quería irme. Caminé sin mirar atrás, hasta que su casa desapareció. El aeropuerto era mi siguiente destino.

Pasaron los meses. Vivía en otra ciudad, a diez mil kilómetros de su última lágrima. En una conversación telefónica, finalmente me atreví a decirle lo que sentí aquella tarde.

Nadie había llorado así por mí. Nunca.
No le pregunté si quería que me quedara. Ella tampoco me lo pidió. Solo dijo:
—Soy muy sentimental… y tú te ibas. Perdía a mi mejor amigo.

Esa frase quedó grabada en mi mente y en mi corazón. Hasta hoy, no tengo una respuesta clara a la pregunta que me hice entonces: ¿Qué hubiese pasado si me quedaba?

Tal vez nada. Tal vez todo. Tal vez solo el mismo silencio con el que ella terminó aquella llamada.

Hay despedidas que se vuelven eternas, aunque hayan durado solo unos minutos. Y hay silencios que dicen más que todas las palabras que nunca nos atrevimos a decir.

Conversando con una Taza de Café.
-Vick, desde el cuaderno del Caballero Escritor.