Equipados para servir
Cuando conversamos sobre la vida cristiana, hay un tema que suele despertar curiosidad, confusión e incluso rivalidades: los dones y los ministerios. Sin embargo, la Biblia los presenta con una claridad que muchas veces pasamos por alto.
En la Primera Epístola a los Corintios, capítulo 12, el apóstol Pablo nos recuerda algo esencial: hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo; hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; y hay diversidad de operaciones, pero es Dios quien hace todas las cosas en todos.
Esta distinción no es menor. El Espíritu Santo reparte los dones, el Señor establece los ministerios, y Dios opera el resultado. Nada nace del capricho humano ni del deseo de destacar. Todo tiene un origen, un propósito y un orden.
Los dones: capacidades para servir
La Escritura menciona distintos dones que el Espíritu otorga según su voluntad. No como trofeos espirituales, sino como herramientas para edificar.
La palabra de sabiduría es la capacidad de aconsejar y dirigir con discernimiento. No todos los líderes saben cuándo hablar y cuándo callar; la sabiduría enseña ambas cosas.
La palabra de ciencia está relacionada con la comprensión profunda de la revelación ya escrita. No es información nueva, sino entendimiento de lo que Dios ya dijo.
El don de fe no es la fe cotidiana que todos ejercemos, sino una confianza extraordinaria en que Dios tiene el control incluso cuando todo parece ir en contra.
Las sanidades y los milagros existen y son reales, pero siempre deben ser examinados con cuidado, sin caer en el sensacionalismo ni en la exageración.
La profecía, según la Palabra, no es espectáculo ni adivinación; su propósito es edificar, exhortar y consolar a la iglesia.
El discernimiento de espíritus se vuelve imprescindible en tiempos donde abundan voces, títulos y “revelaciones”. Este don permite distinguir lo verdadero de lo falso.
Y sobre los dones de lenguas y su interpretación, mucho se habla del primero y muy poco del segundo. Un lenguaje sin interpretación no edifica. Repetir frases sin entendimiento, muchas veces por presión o temor, no cumple el propósito bíblico.
El verdadero propósito: servir, no exhibirse
Los dones no fueron dados para uso personal ni para alimentar el ego espiritual. Fueron entregados para servir al cuerpo. La sabiduría ayuda a resolver conflictos. La enseñanza forma a otros. La fe impulsa a confiar cuando ya no hay fuerzas.
Tener un don no nos hace superiores; nos hace responsables. El don no es una medalla, es una carga de servicio. Cantar, enseñar, predicar o liderar no es motivo de jactancia, sino de entrega. Cuando el don se convierte en motivo de orgullo, deja de edificar.
Los ministerios: un llamado, no un título
En Efesios 4, Pablo nos recuerda que fue Jesucristo mismo quien constituyó a unos como apóstoles, a otros como profetas, evangelistas, pastores y maestros. El objetivo no es jerarquía ni prestigio, sino uno muy claro: perfeccionar a los santos para la obra del ministerio.
Hoy vemos con preocupación cómo se ofrecen cursos exprés para “graduarse” de apóstol o profeta, previo pago y certificado incluido. Pero los ministerios no se compran ni se aceleran. Ni siquiera porque fuiste al Instituto. Son un llamado de Dios y un caminar diario con Cristo.
El evangelista anuncia las buenas nuevas a quienes no conocen a Dios. Y como hispanos, tenemos un campo enorme entre nuestra propia gente.
El pastor necesita carácter, paciencia y amor genuino. Su tarea no es dominar al rebaño, sino cuidarlo, sanarlo y alimentarlo con la Palabra.
El maestro debe ser un estudiante incansable. No se conforma con lo básico; lee, estudia, compara, profundiza. Enseña no desde la improvisación, sino desde la preparación.
Perfeccionar a los santos
La función de estos ministerios es llevar a la iglesia a la madurez. No a una fe infantil sostenida solo con emociones, sino a una fe firme, con fundamento.
No se trata de métodos humanos que prometen crecimiento rápido sin raíz. La estrategia sigue siendo la misma que Dios estableció desde el principio: predicar la verdad, y el Señor se encarga de añadir a los que han de ser salvos.
Una imagen para recordar
Podemos imaginar a la iglesia como un equipo de rescate. Cada miembro lleva una herramienta distinta: uno la linterna, otro la cuerda, otro los primeros auxilios. Ninguno guarda su herramienta para admirarla; la lleva para usarla cuando la vida de otro lo necesita.
Así son los dones y los ministerios: no para exhibirse, sino para salvar, edificar y servir.
Para terminar
Necesitamos recuperar el lugar de la iglesia como espacio de sana doctrina y servicio genuino. La unidad de la fe se construye cuando todos buscamos conocer al Hijo de Dios, no para beneficio personal, sino para reflejar Su amor en un mundo que lo necesita urgentemente.
La pregunta queda abierta, como siempre, mientras el café se enfría un poco:
¿estamos usando lo que Dios nos dio… o solo nos estamos mostrando?
Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.





























