Una parte escogida

Esta noche el calor no impide que el café humeé.

Nos sentamos, como siempre, a conversar. Agradeciendo primero. Porque, aunque no lo digamos todos los días, el simple hecho de estar vivos ya es una gracia inmerecida.

Vivimos tiempos complejos. La familia —esa estructura que durante siglos fue el corazón de la sociedad— ha sido sacudida por la prisa, por la economía, por la urgencia de sobrevivir.

En muchos hogares, ambos padres trabajan largas jornadas. Los hijos regresan solos del colegio. Se les llamó alguna vez “los niños de la llave”: pequeños que abren la puerta de casa sin que nadie los espere del otro lado.

No es falta de amor. Es necesidad.
Pero el vacío que deja la ausencia no siempre se compensa con bienes materiales.
Ninguna nación es más grande que sus madres. Porque ellas, en silencio, forman el carácter de los hombres y mujeres del mañana.

Y aquí es donde recuerdo a Ana.
Su historia no comienza en la gloria, sino en el dolor.

Ana era estéril. Su esposo, Elcana, la amaba profundamente. Le daba una “parte escogida” en los sacrificios, un gesto público de honor. Pero eso no la libraba del menosprecio constante de Penina, la otra mujer, que sí tenía hijos.

El amor no siempre elimina la herida.
Hay luchas que se libran en el interior.
Ana pudo haberse endurecido. Pudo haber respondido con amargura. Pero hizo algo distinto: fue al templo y derramó su alma.

No fue una oración elegante. No fue discurso teológico. Fue llanto silencioso.
El sacerdote Elí la confundió con una mujer ebria. Así de profunda era su aflicción.
Y ahí está una lección que pocas veces entendemos: la oración que mueve el cielo no siempre es ruidosa. A veces es apenas un susurro quebrado que nadie más comprende.

Ana hizo un voto radical. Si Dios le concedía un hijo, lo dedicaría por completo a Su servicio.
No pidió para retener.
Pidió para entregar.
Y eso cambia todo.

Cuando terminó de orar, el texto dice algo poderoso: su rostro ya no estuvo más triste.
El milagro aún no había ocurrido.
Pero la paz sí.
Samuel nació. “Pedido a Dios.”

Y cuando llegó el momento, Ana cumplió su promesa. Lo llevó al templo. Lo soltó.
No era indiferencia. Era confianza.
El resultado fue mayor de lo que imaginaba: Dios la bendijo con más hijos. Pero ese no es el punto central.
El verdadero legado no fue solo Samuel. Fue el ejemplo.

Una madre que entendió que los hijos no nos pertenecen. Que la fe no es discurso, sino entrega. Que servir a Dios no es un gesto ocasional, sino una decisión constante.

Hoy, mientras terminamos esta taza de café, pienso que quizá la grandeza de una madre no se mide por lo que posee, sino por lo que está dispuesta a sembrar.

El mundo necesita liderazgo.
Pero antes del líder… siempre hubo una madre que oró.
Y quizá esa sea la parte escogida que todavía estamos llamados a ofrecer: confianza, entrega, fidelidad.
Nos vemos en la próxima conversación.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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La puerta estrecha y las voces que susurran

Esta noche el café tiene un sabor más serio.
No sé si es por el tema… o porque hay palabras que no se pueden decir con ligereza.

El Sermón del Monte comienza hermoso.
Las Bienaventuranzas suenan casi poéticas: los pobres de espíritu, los que lloran, los pacificadores… el Reino prometido a los que parecen perder.
Pero luego el tono cambia.
Después de hablarnos de generosidad discreta, de oración sin espectáculo, de ayuno sin trompetas, de confiar sin ansiedad… el Señor nos coloca frente a una decisión.

Dos puertas.
Una ancha.
Una estrecha.

Y no es metáfora decorativa. Es advertencia.
La puerta ancha es cómoda.
No exige mucho.
No pide renuncias profundas.
Muchos entran por allí porque el camino parece lógico, razonable, incluso exitoso.

La puerta estrecha… es distinta.
Es pequeña.
Y para cruzarla hay que soltar cosas.
Orgullo.
Vanidad.
La necesidad constante de aprobación.
Incluso ciertas seguridades que creemos indispensables.

Y justo cuando uno empieza a pensar seriamente en cuál puerta tomar… aparece otra advertencia.

“Guardaos de los falsos profetas.”
Y aquí el café se enfría un poco.
Porque los falsos profetas no se presentan con cartel de advertencia.
Vienen vestidos de oveja. Hablan bonito. Prometen grandeza. Endulzan los oídos.
El camino ancho lo pintan con colores brillantes: éxito garantizado, prosperidad sin proceso, espiritualidad sin cruz.

Y a veces el problema no es que ellos hablen… sino que nosotros queremos escucharlos.
Nos gusta que nos digan que todo será fácil.
Que no hace falta cambiar tanto.
Que podemos seguir igual y aun así atravesar la puerta estrecha.

Pero la puerta estrecha no se ensancha para acomodarnos.
Y eso incomoda.
El Señor fue aún más fuerte: habrá quienes dirán “profetizamos en tu nombre”, “hicimos milagros”… y aun así oirán que no fueron conocidos.

No se trata de espectáculo espiritual.
Se trata de relación real.
Entonces surge la pregunta inevitable:
¿Cómo no perdernos?

La respuesta no es complicada… pero sí exige disciplina: madurez en la Palabra.
No podemos vivir de frases sueltas.
No podemos depender solo de lo que otros dicen.
Escudriñar no es opcional. Es protección.

La salvación es un regalo.
Pero el crecimiento requiere decisión.
A veces pienso que atravesar la puerta estrecha es como intentar pasar por una abertura muy angosta con una maleta pesada. No es que la puerta esté cerrada. Es que nosotros insistimos en cruzar con todo el equipaje.

Y no se puede.
Hay que soltar.
Y soltar duele.

Mientras termino esta taza, me queda una convicción sencilla: la fe auténtica no siempre es popular. No siempre es cómoda. Pero es segura.

El camino angosto no es el más transitado…
pero es el que conduce a vida.
Y las voces que te susurran atajos siempre estarán ahí.

La pregunta es:
¿a quién estás escuchando?

Nos vemos en la próxima conversación.
Con menos equipaje… y más claridad.

Vick
Convernsado con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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El clamor del cuervo

Esta noche el café está más oscuro que de costumbre.

Tal vez porque hoy pensaba en algo que, si no se mira con atención, parece insignificante: un cuervo.
El Salmo dice que Dios da alimento “a los hijos de los cuervos que claman”.

Cuervos.

No palomas blancas.
No águilas majestuosas.
Cuervos.

Aves negras, carroñeras, asociadas a lo lúgubre. Sin embargo, la Escritura insiste en que Dios escucha su graznido.
Y ahí me quedé en silencio.

Dicen que cuando nacen, los cuervos no tienen plumas. Solo un sonido áspero que no cesa. Un clamor por hambre. No saben buscar alimento. No saben volar. Solo saben abrir el pico y gritar.

Y el Creador los escucha.

Luego viene el momento duro: cuando ya tienen alas, la madre los empuja fuera del nido. El vacío. El miedo. El aire frío bajo el cuerpo que aún no sabe sostenerse.
En ese instante, el graznido ya no es rutina. Es desesperación.
Y Dios escucha también ese sonido.

Entonces me pregunto —mientras doy otro sorbo de café—:

¿cómo oramos nosotros?

A veces nuestras oraciones parecen listas de supermercado.
Pedidos educados.
Rituales bien estructurados.
Pero el clamor del cuervo no es elegante.

Es necesidad pura.

“No puedo solo.”
Y quizá esa sea la parte que más nos cuesta pronunciar.

Recuerdo una vez, en Palo Alto, cuando me pidieron enseñar en una pequeña reunión. Llegó una señora casi sin poder caminar, casi sin poder oír. Su dolor era visible. Y esa noche mi oración no fue académica ni preparada. Fue torpe, casi quebrada.

Porque cuando el dolor del otro se vuelve tuyo, la oración deja de ser discurso y se convierte en clamor.
No fue mi elocuencia. Fue la misericordia de Dios. Aquella mujer salió caminando mejor de lo que había entrado.
Eso me enseñó algo: el milagro no es espectáculo. Es compasión compartida.

Pero también aprendí algo más incómodo.
Muchas veces buscamos el milagro… y olvidamos al Dador.
Como aquellos diez leprosos donde solo uno regresó agradecido.
La fe no es solo pedir pan. Es reconocer quién lo da.

Si Dios alimenta a un cuervo, que no siembra ni cosecha, ¿cuánto más no cuidará de nosotros? Pero cuidado: confiar no es cruzarse de brazos. El cuervo clama. Nosotros también debemos hacerlo.

No con soberbia espiritual.
No creyéndonos más santos que otros.
Sino como quien reconoce que está aprendiendo a volar.

Porque esta vida —aunque a veces lo olvidemos— es entrenamiento. Es el curso donde aprendemos dependencia, humildad, servicio.

Buscar el Reino.
Formar discípulos.
Aceptar que a veces la respuesta es “espera”.

Mientras termino esta taza, pienso que todos, en algún momento, somos ese polluelo lanzado fuera del nido.

La pregunta no es si caeremos.
La pregunta es si clamaremos.
Y si Dios escucha el graznido de un ave negra en medio del campo…
ten la seguridad de que escucha tu oración cuando nace del corazón.

Aunque sea imperfecta.
Aunque sea desesperada.
Aunque no tenga palabras bonitas.

Clama.

Y aprende a volar.
Nos vemos en la próxima conversación.

Vick.
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino
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El capote, los libros… y el miedo a quedarnos solos

Esta noche el café está más cargado que de costumbre.
Tal vez porque el día fue largo.
O tal vez porque hoy quiero hablar de algo que, aunque parece pequeño, pesa.

Hace un tiempo me quedé pensando en una escena que casi pasa desapercibida en la Biblia. No es un milagro. No es una multitud. No es una conversión espectacular.

Es una cárcel.
Y un hombre viejo.
Pablo.

En una prisión romana, frío, solo, escribiendo lo que sería prácticamente su despedida. Y en medio de ese contexto, deja un pedido extraño, casi doméstico:

“Cuando vengas, trae el capote que dejé… y los libros, mayormente los pergaminos.”
Nada heroico.
Nada triunfal.
Un abrigo… y unos libros.

Y ahí, con la taza en la mano, me hice una pregunta incómoda:
¿qué pide un hombre cuando ya no tiene nada que demostrar?

Pablo lo había tenido todo. Educación, prestigio, posición. Después lo dejó todo. Y al final de su vida no estaba rodeado de multitudes, sino de silencio. Muchos lo habían abandonado. En su defensa, nadie estuvo con él.

Eso duele.
Y no es solo una historia antigua. Es humana.

Vivimos en una época donde podemos hablarle al mundo entero desde una pantalla. Llegar a cien personas donde antes llegaban diez. Publicar, compartir, transmitir, grabar. Y al principio hay entusiasmo. Hay comentarios. Hay “me gusta”.

Pero luego me pregunto —y te lo pregunto a ti también—:

¿qué pasará cuando el entusiasmo baje?
¿Seguiremos?
¿O volveremos cómodamente a lo pequeño y conocido?

Porque comunicar no es una emoción momentánea. Es constancia.

Pablo, en prisión, no pidió reconocimiento. No pidió libertad. Pidió su capote… y sus libros.
El capote era abrigo físico.
Los libros, abrigo mental y espiritual.
Y eso me confronta.

Si Pablo, después de décadas de ministerio, todavía quería estudiar, ¿qué nos hace pensar que ya sabemos suficiente? A veces queremos enseñar sin haber leído. Guiar sin haber reflexionado. Hablar sin haber callado primero.

Hay un pasaje donde los discípulos están “remendando sus redes”. No estaban pescando. Estaban preparándose.
Y nosotros, ¿qué hacemos cuando la vida nos da una pausa?
¿Nos quejamos?
¿O remendamos nuestras redes?
Las pausas no siempre son pérdida. A veces son taller.

Pero la parte que más me golpea no es la de los libros. Es la del capote.
Porque Pablo tenía frío.
Y eso me recuerda que detrás de todo discurso espiritual hay un cuerpo, una necesidad, una soledad posible.

A veces hablamos mucho de fe, de milagros, de poder. Pero olvidamos algo básico: hay gente cerca nuestro que tiene frío.
Frío emocional.
Frío de abandono.
Frío de sentirse invisible.

¿Sabemos realmente cómo están los que nos rodean?
¿O damos por hecho que todos están bien porque sonríen?
Quizá tú puedas ser el capote de alguien.
No el predicador brillante.
No el teólogo profundo.

Solo el abrigo.
Un mensaje.
Una llamada.
Un “¿cómo estás, de verdad?”.

Y aquí viene la parte más difícil: también aprender a pedir el capote cuando nosotros tenemos frío.

El orgullo es una prisión más cruel que la romana.
Mientras termino este café, pienso que el equilibrio es este:
Prepararnos como si todo dependiera de nuestro estudio.
Y amar como si todo dependiera de nuestra humanidad.

Los pergaminos nos forman.
El capote nos recuerda que seguimos siendo humanos.
Ambos son necesarios.

Porque nadie puede lanzarse al mar con las redes rotas y esperar una gran pesca.
Y nadie debería atravesar el invierno solo, fingiendo que no tiene frío.
Esta noche, si alguien te viene a la mente, no lo ignores.
Tal vez seas su abrigo.
Y si eres tú quien tiene frío…
no tengas miedo de decirlo.

Nos vemos en unos días.
Con otra taza. Y quizá, con menos orgullo.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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¿Qué ocurrió antes de Adán?

Conversando con una taza de café sobre los misterios de la creación

A veces, cuando abrimos el libro del Génesis, leemos con tanta prisa que pasamos por alto preguntas que incomodan. Saltamos directo a la luz, al jardín, a Adán… y rara vez nos detenemos a pensar si antes de todo eso hubo algo más.

Hoy, con una taza de café delante, quisiera hacer una pausa y dejar sobre la mesa una pregunta que no busca polémica fácil, sino reflexión honesta:

¿Qué ocurrió antes de que el hombre caminara sobre la tierra?

La Escritura misma nos invita a mirar atrás. En Isaías 46:9–10, Dios dice:
“Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos… yo anuncio lo por venir desde el principio.”

Eso ya nos da una pista: hay un “antes” que no deberíamos ignorar tan rápido.

El Verbo y la Sabiduría en el principio

Antes de que existiera la materia, antes de la luz, antes del polvo del cual fue formado el hombre, ya había una relación eterna.
El Evangelio de Juan nos recuerda que el Verbo estaba con Dios y que todo fue hecho por medio de Él. No apareció después; ya estaba allí.

Proverbios también nos deja una imagen profunda cuando describe a la Sabiduría —que muchos entienden como una figura de Cristo— diciendo que estaba con Dios antes de sus obras antiguas, antes de los montes, antes de los abismos.
No estamos hablando de un Dios improvisando, sino de un diseño eterno, pensado, ordenado.

Todo fue creado por Él y para Él.

El silencio entre Génesis 1:1 y 1:2

Ahora bien, hay un detalle que muchas veces pasamos por alto. Génesis comienza diciendo:

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra.”
Pero el versículo siguiente describe una tierra desordenada y vacía, cubierta de tinieblas.

Y aquí surge una pregunta incómoda, pero legítima:

¿Crearía Dios algo desordenado y vacío desde el inicio, siendo Él un Dios de orden y luz?
La palabra “vacía” sugiere que en algún momento hubo algo.
La palabra “desordenada” insinúa que existió un orden previo que fue alterado.

La Biblia no nos da todos los detalles, y quizás no los necesitamos, pero ese silencio entre los versículos deja espacio para pensar que algo ocurrió antes de la restauración que comienza en el versículo 3, cuando Dios vuelve a decir: “Sea la luz”.

La rebelión de las tinieblas

Las Escrituras hablan de una rebelión espiritual previa al hombre. Ángeles que pecaron, una caída, un juicio.
Satanás —llamado Lucero en su origen— quiso ser semejante al Altísimo y fue derribado.
Pedro y Judas mencionan a ángeles que no guardaron su dignidad y fueron reservados en prisiones de oscuridad.

Las tinieblas, en la Biblia, no son solo ausencia de luz física, sino símbolo de separación de Dios.
No es descabellado pensar que ese estado de desorden y oscuridad en Génesis 1:2 sea consecuencia de una ruptura espiritual anterior, y que lo que vemos desde el versículo 3 en adelante sea un proceso de restauración, no de creación desde cero.

Crear no es lo mismo que formar

Aquí hay una distinción importante que muchas veces olvidamos.
Crear es sacar algo de donde no existe nada.
Formar es trabajar con materia ya existente.

Dios creó los cielos y la tierra, pero formó al hombre del polvo.

Eso nos muestra que Dios no siempre actúa de la misma manera, y que entender sus procesos nos ayuda a leer la Biblia con más atención y menos prisa.

El enemigo no es caos: tiene organización

Otro punto que suele incomodar es este: el mal no es improvisado ni desordenado.
La Biblia habla de principados, potestades y gobernadores de las tinieblas.
Nuestra lucha no es contra personas, sino contra estructuras espirituales organizadas.

Y comprender esto no es para vivir con miedo, sino para entender que Dios siempre ha tenido el control, incluso antes de que existiera el tiempo tal como lo conocemos.

Reflexión final: más que curiosidad, confianza

Preguntarnos qué ocurrió antes de Adán no debería ser solo un ejercicio intelectual ni una discusión sin fin.
Debería llevarnos a algo más profundo: confianza.


Si Dios ya estaba obrando antes de la creación del hombre, si la luz siempre termina imponiéndose sobre las tinieblas, entonces nuestras batallas actuales no lo toman por sorpresa.

Quizás no tengamos todas las respuestas.
Pero sí sabemos algo con certeza: Dios nunca perdió el control.

Una imagen para recordarlo

Imagina que entras a una habitación que sabes que fue ordenada con cuidado… pero ahora todo está tirado en el suelo.
Reconoces el desorden porque sabes que antes hubo orden. De la misma manera, el desorden inicial de la tierra nos sugiere que algo fue interrumpido.

Y aun así, Dios volvió a hablar… y la luz regresó.

Porque algunas preguntas no buscan cerrar el tema, sino abrir el corazón a pensar un poco más.

Vick
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Un pacto de amistad

Más allá del compañerismo

Hay cosas en la vida que no elegimos.

La familia, por ejemplo. Nos toca. A veces como un regalo hermoso, otras como un desafío permanente. Pero viene así, sin consultarnos demasiado.
La amistad, en cambio, es distinta.
La amistad sí se elige.
Y quizás por eso es tan escasa.

Podemos estar rodeados de gente todos los días: compañeros de trabajo, conocidos, personas con las que compartimos risas, cafés rápidos o conversaciones superficiales. Pero cuando uno mira con honestidad, los verdaderos amigos no son muchos. A veces caben en una sola mano… y sobran dedos.

Porque la amistad real no se mide cuando todo va bien.
No se prueba cuando hay aplausos, logros o “billete en el bolsillo”.
La amistad se revela cuando las papas queman, cuando el silencio pesa, cuando no hay nada que ofrecer a cambio.
Ahí se ve quién se queda.

David y Jonatán: cuando la amistad se convierte en pacto

La Biblia nos presenta una de las historias más profundas sobre la amistad: David y Jonatán.
No fue compañerismo circunstancial. Fue un pacto.

El texto dice que el alma de Jonatán quedó ligada al alma de David, y que lo amó como a sí mismo. Pero ese amor no se quedó en palabras bonitas. Se tradujo en gestos concretos.
Jonatán era hijo del rey Saúl. El heredero natural al trono.
Y aun así, se quitó el manto, las ropas, el arco… y hasta la espada, para dárselos a David.
En aquel tiempo, entregar la espada no era un detalle menor.
Era entregar defensa, identidad, futuro.
Era decir: confío en ti más que en mí mismo.

Eso es amistad.

No la que suma conveniencia, sino la que entrega aun cuando parece perder.

De Lodebar a la mesa del rey

Los años pasaron. Jonatán murió.
David llegó al trono. Dios le dio descanso y victoria.
Y entonces, cuando ya tenía todo, David hizo una pregunta que dice mucho de su corazón:

“¿Ha quedado alguno de la casa de Saúl a quien haga yo misericordia por amor a Jonatán?”

No preguntó por aliados.
No buscó ventajas políticas.
Buscó honrar un pacto.


Así apareció Mefiboset, hijo de Jonatán, viviendo en Lodebar.
Lodebar no era solo un lugar geográfico.
Era un estado del alma.
Un sitio sin esperanza, sin futuro, sin fe.

Además, Mefiboset era lisiado de ambos pies. No por decisión propia, sino por una caída, por una huida apresurada, por un accidente que marcó su vida para siempre.

Y aun así, David hizo algo impensable para la lógica de aquel tiempo:
no lo eliminó,
no lo ignoró,
no lo toleró a distancia.

Lo sentó a su mesa.
Le devolvió tierras.
Le devolvió dignidad.
Le devolvió un lugar.
Todo por causa de un pacto de amistad.

Los pies lisiados que no se ven

Cuando Mefiboset escuchó la propuesta, no lo podía creer.
Se llamó a sí mismo un perro muerto.
Y quizá ahí está el punto que más nos incomoda.
A veces también nosotros olvidamos de dónde nos sacó Dios.

Nos sentamos a la mesa del Rey, disfrutamos del pan, de la gracia, de la bendición…
pero bajo el mantel siguen estando nuestros pies lisiados.
No estamos ahí por mérito propio.
Estamos ahí por gracia.

Y cuando olvidamos eso, comenzamos a mirar por encima del hombro, a exigir, a seleccionar a quién amar y a quién no.

La amistad cristiana no puede funcionar así.

¿Qué tipo de amigos estamos siendo?

Ser amigo, a la manera del Reino, implica cosas incómodas:
– Alegrarse sinceramente con el éxito del otro, aunque a uno le duela.
– Llorar juntos cuando no hay soluciones rápidas.
– Acompañar procesos, no solo celebraciones.
– Discipular con amor, no para demostrar superioridad, sino porque no queremos que el otro se quede en Lodebar.

Tal vez la pregunta no sea cuántos amigos tenemos,

sino qué tipo de amigo somos.

¿Somos amigos de aplauso… o de pacto?
¿Nos sentamos a la mesa solo con los “sanos”… o también con los que tienen las piernas rotas?
¿Recordamos el pacto cuando ya no necesitamos nada?

Conversando con una taza de café, vale la pena pensarlo.

Metáfora para llevarse

La amistad verdadera es como un puente de doble vía.
No se construye para cruzarlo solo cuando conviene, sino para caminar juntos tanto en el valle más profundo como en la cima más alta.
Porque cuando la amistad es pacto,
el éxito de uno deja de ser envidia
y se convierte en celebración compartida.

Y eso… no es común.

Pero es profundamente humano.

Vick
Conversando con una Taza de Café
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La historia de Auschwitz – Nunca debe olvidarse.

La historia de Auschwitz no es solo la crónica de un lugar, sino la documentación de cómo la humanidad puede perfeccionar la crueldad mediante la burocracia y la tecnología. Hoy, a 81 años de que el Ejército Rojo abriera sus puertas, el nombre de este complejo en la Polonia ocupada resuena como el epicentro del horror absoluto.

El Epicentro de la «Solución Final»

Auschwitz no empezó como un centro de exterminio, sino como un campo para prisioneros políticos polacos. Sin embargo, su ubicación estratégica y su conexión ferroviaria lo convirtieron en el laboratorio ideal para la «Solución Final».

Auschwitz I: El campo original, donde se realizaban experimentos médicos inhumanos.

Auschwitz-II (Birkenau): El verdadero «corazón de las tinieblas», diseñado específicamente para el asesinato masivo con cámaras de gas y crematorios.

Auschwitz-III (Monowitz): Dedicado al trabajo esclavo para la industria química alemana.

Lo que separa a Auschwitz de otras tragedias de la historia es su naturaleza industrial. No fue un arrebato de violencia salvaje, sino una operación logística meticulosa donde las víctimas eran despojadas de su ropa, su cabello, sus dientes de oro y, finalmente, de su vida, todo procesado como materia prima.

El 27 de enero: El encuentro con lo impensable

Cuando los soldados soviéticos llegaron aquel invierno de 1945, no encontraron una victoria militar gloriosa, sino a unos 7,000 sobrevivientes que parecían espectros. El mundo comenzó a entender que los rumores de «campos de trabajo» eran, en realidad, fábricas de muerte.

De los seis millones de judíos asesinados en el Holocausto, más de un millón perecieron en este complejo, junto con gitanos, homosexuales, testigos de Jehová y disidentes.

Un presente de espejos deformantes

En este mundo globalizado: la inversión de los valores, donde «a lo malo se le llama bueno». En el contexto actual, el aumento del antisemitismo y la distorsión del lenguaje presentan un peligro real.

La banalización del mal: Cuando el término «nazi» o «genocidio» se usa a la ligera para cualquier desacuerdo político, se erosiona la memoria de quienes realmente sufrieron en Birkenau.

El relativismo moral: Al intentar justificar el odio bajo nuevas etiquetas, se corre el riesgo de olvidar que Auschwitz no empezó con cámaras de gas, sino con palabras de deshumanización que la sociedad aceptó como normales.

¿Por qué sigue siendo el sinónimo del terror?

Auschwitz es el recordatorio de que la civilización, el arte y la ciencia no son garantías contra la barbarie. Una nación culta y avanzada fue capaz de organizar el exterminio más eficiente de la historia. Por eso, el «Nunca más» no es un eslogan sobre el pasado, sino una advertencia sobre la fragilidad del presente.

Es un tema denso y profundamente necesario para entender nuestra ética actual.

Los Juicios de Frankfurt son un capítulo crucial para entender cómo Alemania comenzó a confrontar su pasado. Aquí una reflexión sobre su impacto en la memoria alemana y lo que deberían significar para la memoria global:

Los Juicios de Frankfurt y la Memoria Alemana

Los Juicios de Auschwitz en Frankfurt (1963-1965) fueron un momento decisivo para Alemania. A diferencia de los Juicios de Núremberg, que juzgaron a la cúpula nazi por crímenes contra la paz y la humanidad, los juicios de Frankfurt se centraron en los perpetradores de rango medio de Auschwitz, aquellos que implementaron la maquinaria del exterminio día a día. 

Para Alemania, estos juicios representaron:

1. Una confrontación interna y tardía: Después de años de una «amnesia» colectiva en la posguerra, estos juicios obligaron a la sociedad alemana a mirar de frente el horror. Mucha de la generación joven se enteró por primera vez de la magnitud de los crímenes a través de los testimonios públicos.

2. La «Vergangenheitsbewältigung» (Superación del pasado): Aunque el proceso fue doloroso y la justicia, en muchos casos, tardía e imperfecta (muchos de los acusados recibieron sentencias relativamente leves en comparación con la magnitud de sus crímenes), sentaron las bases para un examen más profundo y crítico del pasado nazi. Fue un paso fundamental para que Alemania asumiera su responsabilidad. 

3. El papel de Fritz Bauer: El fiscal general Fritz Bauer, él mismo un judío que había huido de los nazis, fue la fuerza impulsora detrás de estos juicios. Su tenacidad fue clave para llevar a los perpetradores ante la justicia en Alemania, enfrentándose a una considerable resistencia en un país que prefería olvidar. Bauer entendió que juzgar estos crímenes era esencial para la salud moral y democrática de la nueva República Federal Alemana. 

Los Juicios de Frankfurt en la Memoria del Mundo

Mientras que Núremberg capturó la atención global de inmediato, los Juicios de Frankfurt son, en muchos sentidos, más relevantes para la memoria del mundo hoy, por las siguientes razones:

1. La responsabilidad individual en la atrocidad: Los juicios de Frankfurt no se centraron en «monstruos», sino en personas comunes (doctores, guardias, administradores) que participaron en la burocracia del asesinato. Esto nos obliga a confrontar la «banalidad del mal» (como lo describió Hannah Arendt), la idea de que personas ordinarias pueden cometer crímenes extraordinarios dentro de un sistema autoritario. 

2. El peligro del silencio y la complicidad: Demostraron cómo el silencio, la indiferencia y la obediencia ciega a la autoridad pueden ser tan devastadores como el odio activo. Nos recuerdan que la justicia no es solo para los líderes, sino también para quienes permiten que los sistemas de opresión funcionen.

3. La importancia de la documentación y el testimonio: Los juicios recopilaron miles de horas de testimonios de sobrevivientes, lo que proporcionó una evidencia irrefutable de los crímenes y aseguró que las voces de las víctimas no fueran silenciadas. En un mundo donde la negación histórica y la desinformación son crecientes, la evidencia detallada presentada en Frankfurt es un ancla crucial para la verdad.

4. Una lección continua sobre la vigilancia democrática: Los juicios de Frankfurt son un recordatorio de que las sociedades deben ser constantemente vigilantes contra la erosión de los derechos humanos y el surgimiento de ideologías de odio, incluso en sistemas democráticos. Nos enseñan que la memoria no es solo recordar lo que pasó, sino entender cómo pasó y por qué, para evitar que se repita.

En resumen, los Juicios de Frankfurt son una poderosa lección de historia y ética. Para Alemania, fueron un catarsis dolorosa pero necesaria. Para el mundo, deben ser un faro que ilumine los peligros de la indiferencia y la complicidad, y la inquebrantable necesidad de la justicia y la memoria en la lucha contra la barbarie.

Nuestra actualidad más escalofriante:

El paralelismo más escalofriante entre el antisemitismo actual y el pre-Holocausto es la resurgencia de narrativas que deshumanizan y culpan a los judíos como colectivo por problemas globales o conflictos específicos.

Así como antes del Holocausto se les acusaba de ser «asesinos de Cristo», conspiradores o la causa de las calamidades económicas, hoy vemos cómo, bajo el disfraz de ciertas ideologías o críticas a Israel, se resucitan tropas antisemitas para demonizar a todos los judíos. Se les atribuye responsabilidad colectiva por acciones políticas ajenas a su control individual, se les tacha de «opresores» o «malignos» basándose puramente en su identidad judía, y se promueve la idea de que son una fuerza destructiva.

Esta deshumanización es el primer paso documentado del genocidio. En el Holocausto, la propaganda nazi no empezó con cámaras de gas, sino con palabras que pintaban a los judíos como una plaga, una amenaza existencial, y «asesinos» merecedores de erradicación. Cuando una sociedad acepta que un grupo es inherentemente malvado y responsable de sus problemas, se sienta la base para la violencia y la persecución.

El peligro no es que la historia se repita exactamente, sino que los patrones de odio y deshumanización son universales y cíclicos. Si hoy se permite que se llame impunemente «asesinos» o se atribuya maldad intrínseca a los judíos por su identidad, el eco de los años 30 resuena peligrosamente, recordándonos que las palabras de odio pueden convertirse, una vez más, en acciones destructivas.

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La resurrección

El inicio de una nueva historia

Cuando pensamos en la vida de Jesús, muchas veces nuestra mirada se detiene con fuerza en el Viernes Santo. La cruz, el dolor, los clavos, el silencio. Y es comprensible: allí se concentra una carga emocional y espiritual enorme.

Pero la fe cristiana no se queda detenida en el viernes ni en el domingo.
La resurrección no es el final de la historia.
Es el comienzo de algo completamente nuevo.

Jesús no vino solo a morir; vino a morir y a resucitar. Esa fue siempre la meta: entregar su vida por nuestros pecados y levantarse para nuestra justificación. Sin ese domingo, todo lo anterior quedaría incompleto.

Sin domingo, el viernes no tendría sentido

La resurrección es la confirmación divina de que la obra de la cruz fue aceptada. Si después del viernes no hubiera pasado nada, si el sepulcro hubiera seguido cerrado, los azotes, la sangre y el sacrificio no habrían cumplido su propósito redentor.

El apóstol Pablo lo dice sin rodeos en 1 Corintios 15:

Si Cristo no resucitó, nuestra predicación es vana y nuestra fe también lo es.
Así de claro.
No existe cristianismo sin resurrección.

La cruz es indispensable, pero es la victoria sobre la muerte la que le da sentido. La resurrección es la que transforma el sufrimiento en esperanza y la derrota aparente en triunfo eterno.

El testimonio silencioso de la fidelidad

Hay un detalle profundamente humano y conmovedor en los relatos de la resurrección: las mujeres.

Cuando llegó la hora más oscura, cuando el miedo se apoderó de todos, muchos discípulos huyeron. No por maldad, sino por temor. Sin embargo, ellas permanecieron. Y no solo permanecieron: fueron las primeras en ir al sepulcro.

El Señor honró esa fidelidad.
Fueron ellas las primeras testigos del sepulcro vacío.

Aun así, la incredulidad no fue ajena a nadie. Las mujeres llevaban especias para ungir un cuerpo que creían muerto. Los discípulos corrieron esperando encontrar un cadáver. A muchos les costó entender que las promesas de Jesús no eran simbólicas, sino reales.

Fue necesario ver las vendas dobladas.
Fue necesario escuchar a los ángeles.
Fue necesario recordar las Escrituras.
El Hijo del Hombre tenía que resucitar al tercer día.

Reconocer la voz del Maestro

Uno de los momentos más íntimos y reveladores ocurre con María Magdalena. Su dolor era tan profundo que, aun teniendo a Jesús delante, no lo reconoció. Pensó que era el hortelano.

Hasta que Él la llamó por su nombre:

“María”.
Y entonces, todo cambió.

Ese instante nos deja una enseñanza clave: las ovejas conocen su voz. En medio del dolor, la confusión y la pérdida, María no reconoció a Jesús por su apariencia, sino por su voz.

¿Cuántas veces nos pasa algo parecido?

Confundimos nuestros deseos con la voluntad de Dios. Interpretamos emociones como señales. Buscamos respuestas rápidas en lugar de escuchar con atención.

Reconocer la voz del Maestro requiere cercanía, tiempo, Palabra. No se aprende en la urgencia, sino en la relación.

La resurrección nos llama a vivir de otra manera

La resurrección no es solo un evento para recordar una vez al año. Es una realidad que debería impulsarnos a vivir de forma distinta todos los días.

Un Cristo vivo no nos llama a la comodidad, sino al servicio.
No a la pasividad, sino a la preparación.
No a quedarnos mirando el sepulcro, sino a anunciar que está vacío.

La fe en la resurrección nos desafía a dejar la incredulidad, a escuchar Su voz y a obedecer Su mandato: llevar las buenas nuevas a otros, con humildad y verdad.

La cruz es el pago.
La resurrección es la garantía.

Por eso no buscamos al Señor entre los muertos, sino entre los vivos. Él vive, reina y sigue llamando por nombre a quienes están dispuestos a escuchar.

Para reflexionar

Entender la fe sin la resurrección es como ver una película donde el protagonista se rinde a mitad del camino. La crucifixión es el nudo dramático, el momento de mayor tensión, pero la resurrección es el desenlace victorioso que da sentido a cada escena de sufrimiento anterior.

La pregunta queda abierta, mientras el café se enfría lentamente:

¿Estamos viviendo como quienes creen en un Cristo vivo…
o como si la historia hubiera terminado el viernes?

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
MiVivencia.com

De la hora nadie sabe

Reflexiones sobre la espera, la fe y la fidelidad

A veces, en medio del ruido cotidiano, hace falta detenerse un momento, servirnos una taza de café y pensar con calma. Pensar no solo en lo que vivimos hoy, sino en aquello que siempre ha inquietado al ser humano: el futuro, el mañana, lo que vendrá.

En el caminar cristiano, esta inquietud no es nueva. Desde los tiempos de Jesús, sus propios discípulos se le acercaban con preguntas muy concretas:

“¿Cuándo serán estas cosas?”
“¿Cuál será la señal?”

Querían saber fechas, momentos, certezas. Querían, en el fondo, tener control.
Y quizá no somos tan distintos hoy.

La tentación de poner fechas

A lo largo de la historia, el pueblo de Dios ha vivido momentos de opresión, crisis y miedo. En esos contextos, siempre surge el deseo de un libertador inmediato, visible, contundente. En tiempos de Jesús, muchos esperaban un Mesías guerrero, político, que resolviera el problema de Roma de una vez por todas.

Pero Jesús no llegó como esperaban.
Y eso decepcionó a más de uno.
Hoy ocurre algo parecido, aunque con otros nombres y otros discursos. Nos movemos entre dos extremos peligrosos:

Por un lado, están quienes afirman que todo ya ocurrió, que la segunda venida ya pasó, que no hay nada más por esperar. Se acomodan a interpretaciones forzadas, olvidando promesas claras como cielos nuevos, tierra nueva y la esperanza futura que atraviesa toda la Escritura.

Por otro lado, están los que viven del sensacionalismo: fechas, cálculos, números, gráficos, videos virales. Cada cierto tiempo aparece alguien que dice haber “descifrado” el Apocalipsis. Cuando la fecha falla —porque siempre falla— no solo queda en ridículo la persona, sino que se debilita la confianza de muchos en la fe y en la Biblia.

Y aquí surge una pregunta incómoda:
¿Estamos preparando a las personas para vivir… o solo para tener miedo?

El misterio que no nos pertenece

Jesús fue claro. Demasiado claro como para ignorarlo.
“Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre.” (Marcos 13:32)

Incluso el Hijo, en su condición humana, se sometió a ese límite. No lo sabía. No lo reveló. No lo explicó.
Entonces, ¿por qué insistimos en saber lo que Dios decidió guardar para sí?

El tiempo de Dios no funciona con nuestros relojes. Su “pronto” no se mide en horas ni calendarios humanos. Insistir en poner fechas no es fe; muchas veces es ansiedad disfrazada de espiritualidad.

¿Qué hacemos mientras esperamos?

Aquí está el punto central.
Si supiéramos que el Señor vuelve este domingo, ¿qué cambiaría realmente?

¿Nos arrepentiríamos por amor… o por miedo?

La Biblia no nos llama a vivir pendientes de una fecha, sino a vivir preparados todos los días. Por eso la instrucción es sencilla y exigente a la vez: velad y orad.

Eso implica varias cosas muy concretas:

Escudriñar la Palabra con seriedad.
No vivir de frases sueltas ni de interpretaciones bonitas pero vacías. Ni de la predica del domingo. Conocer la Escritura completa nos protege del engaño y nos da discernimiento.

Ejercer un liderazgo que sirve.
El liderazgo bíblico no se mide por títulos, plataformas o seguidores, sino por cercanía, por escuchar, por acompañar heridas reales con palabras verdaderas.

Cumplir la Gran Comisión.
Hacer discípulos, enseñar, caminar con otros. No distraernos con teorías interminables mientras descuidamos lo esencial.

Ser fieles en lo cotidiano
No nos corresponde descifrar misterios que el Padre no quiso revelar.
Lo que sí nos corresponde es ser fieles.
Fieles con nuestras dudas.
Fieles a pesar de nuestros errores.
Fieles en el estudio, en el servicio, en la vida diaria.
Buscar a Dios no por miedo al día final, sino por amor a Aquel que ya nos llamó hijos.

Para pensar antes de terminar

Esperar la venida de Cristo se parece mucho a la vida de un estudiante.
El estudiante mediocre vive obsesionado con la fecha del examen. Adivina, calcula, se estresa… y estudia solo la noche anterior.

El estudiante diligente, en cambio, estudia todos los días. Para él, la fecha no importa, porque está preparado.
La pregunta no es cuándo viene el Señor.

La pregunta es: ¿cómo estamos viviendo hoy?

Vick
Conversando con una Taza de Café
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¿Somos verdaderamente discípulos de Jesucristo?

A veces, en medio del ruido cotidiano, uno se sienta con una taza de café y deja que las preguntas importantes aparezcan sin hacer ruido. No las preguntas rápidas, sino esas que incomodan un poco porque obligan a mirarnos por dentro.

Hoy quiero proponerte una de esas preguntas que no se responden a la ligera:
¿Somos realmente discípulos de Jesucristo… o simplemente creyentes?

Puede parecer una diferencia mínima, casi una cuestión de palabras, pero en realidad hay una distancia profunda entre ambas cosas.

El mandato que no admite atajos

Cuando leemos lo que conocemos como la Gran Comisión, encontramos palabras muy claras. Jesús declara que toda autoridad le ha sido dada en el cielo y en la tierra, y desde esa autoridad nos deja un encargo concreto:

“Id y haced discípulos a todas las naciones”.
No dijo “hagan simpatizantes”.
No dijo “hagan creyentes ocasionales”.
Mucho menos dijo: «Hagan gente que de su diezmo».
Dijo discípulos.

Y ese mandato no se queda solo en una confesión de fe. Incluye bautizar, sí, pero sobre todo enseñar a guardar todo lo que Él mandó. No partes sueltas, no lo que nos acomoda, no solo lo que suena bonito.

La promesa que acompaña este mandato —“yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”— no parece ser decorativa. Está profundamente ligada a esta misión.

La pregunta es inevitable:
¿Estamos viviendo bajo esa promesa… o solo citándola?

El arrepentimiento: el paso que evitamos

En muchas partes del mundo, a los nuevos creyentes se les llama simplemente los arrepentidos. No por desprecio, sino porque el punto de partida es claro: reconocer que el camino anterior necesita un cambio real.

Hoy, muchas veces, la llamada “oración del pecador” se vuelve mecánica, rápida, casi automática. Se repite una frase, pero no siempre se revisa la vida.

Y entonces surge otra pregunta incómoda:
Si no importa lo que hice ayer, ¿cómo sabré qué debo cambiar mañana?

Sin arrepentimiento genuino no hay transformación. Y sin transformación, es difícil hablar de discipulado. Porque seguir a Jesús no es añadir algo espiritual a nuestra agenda; es cambiar de dirección.

Discipular es reproducirse

Ser discípulo implica seguir, aprender y luego enseñar a otros. Es un proceso de reproducción espiritual, no de acumulación de información.

Pablo lo entendió bien. Por eso llamaba a Timoteo y a Tito hijos en la fe. No los formó para que dependieran de él, sino para que continuaran la obra donde él no podía estar.

Jesús hizo lo mismo. Dedicó tres años y medio a formar a doce personas. No priorizó multitudes, priorizó vidas. Cada camino recorrido, cada conversación y cada confrontación fueron lecciones.

Vale la pena preguntarnos:
¿Estamos formando discípulos… o solo llenando espacios?

El sistema que nos absorbe

¿Por qué vemos tan pocos “Timoteos” hoy?
A veces es miedo, otras veces falta de preparación. Pero hay algo más profundo: el sistema.

En muchos de nuestros países de origen, la dependencia de Dios es total porque no hay red de seguridad. Sin embargo, cuando llegamos a contextos más estables, el impulso espiritual se diluye. El trabajo, las cuentas, el “progresar”, empiezan a ocupar el lugar que debería tener la formación interior.

Así, sin darnos cuenta, pasamos de ser discípulos en proceso a asistentes de reuniones. Vamos, escuchamos y nos vamos… pero no convivimos con la enseñanza.

Reconocer la voz del Maestro

Ser discípulo implica convertirse en estudiante de la Palabra. No basta con abrir la Biblia los domingos o cuando la vida aprieta.

Escudriñar las Escrituras nos permite:
• discernir entre buenos y falsos maestros,
• no tragarnos todo lo que aparece en pantallas y redes,
• reconocer la voz del Pastor entre tantas voces.

Jesús lo dijo con claridad:
“Mis ovejas oyen mi voz… y me siguen”.

Si no conocemos Su Palabra, cualquiera puede hablarnos bonito y desviarnos del camino.

Un solo rebaño, un solo Pastor

La Iglesia no es un conjunto de islas separadas. Es un solo rebaño con un solo Pastor.

A veces levantamos murallas donde deberían existir puentes. Olvidamos que todos compartimos el mismo cielo y la misma gracia.

Hay una imagen que siempre vuelve: la del faro restaurado, limpio, elegante… y el que ya no quiere recibir náufragos para no ensuciar la alfombra. Olvida que él mismo estuvo perdido alguna vez.

Fuimos alcanzados para alcanzar a otros, no para aislarnos en la comodidad espiritual.

Dejar semillas

El discipulado es una tarea lenta, paciente y silenciosa. Como maestros, guías o simples caminantes junto a otros, nuestra labor es dejar semillas. El crecimiento no nos pertenece; eso lo da Dios.

Al final, no se nos preguntará por lo que acumulamos, sino por lo que multiplicamos:

¿Formaste discípulos?

No te conformes con migajas espirituales.
Estudia, prepárate, busca a Dios por quien Él es, no solo por lo que puede darte.

El discipulado se parece a un árbol que no vive solo para crecer alto, sino para dejar semillas que algún día formen un bosque. Quizás tú no veas ese bosque, pero alguien descansará bajo su sombra.

Y ahora te dejo la pregunta, con el café ya casi frío:
¿Dónde estás hoy: entre la multitud que escucha… o entre los discípulos que se quedan a aprender?

Nos vemos en una semana y continuaremos Conversando con una Taza de Café.

Vick
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