Hubo una mañana cualquiera en que clausuraron nuestra cafetería diaria. No hubo aviso, ni remedio, ni tiempo para un último pedido. Se cerró la persiana como se cierra un párpado sobre un ojo cansado, y con ella se apagó el ritual que nos sostenía. Fue el primer presagio silencioso de que todo lo sólido podía desvanecerse sin ceremonias.
Dicen que apostar por mí ahora es una pérdida segura. Que el único premio posible es una tristeza lenta, la misma que se filtra en las grietas de las paredes que conocen nuestros secretos. Y tú… tú que una vez miraste tan al fondo de este corazón lleno de estrías —cicatrices de batallas antiguas y desbordes pasados—, tú que desbordaste el río de tus sentimientos hasta anegar mis orillas secas… Hoy, tus ojos guardan un luto silencioso. Porque en una mañana sin previo aviso, las fuerzas le fallaron a mi diástole. A ese latido que insistía, contra toda lógica, en llevar tu nombre con cada bombeo.
Habrá un día, lo sé, en que seguirás camino con otra mano. Una mano que siempre estuvo ahí, suspendiéndonos en el aire, dejando silencioso que esperara mi turno. Y querrás algunas veces negarlo todo —el olor a grano tostado, las risas ahogadas en tazas de porcelana, la geometría perfecta de nuestros dedos entrelazados—, querrás aceptar, por fin, que esto no pudo ser. Pero fue real. Fue tan real como el mármol frío de la mesa que guarda la hendidura de mi anillo.
Y cuando mi historia en ti sea solo un recuerdo desgastado, una fotografía sin marco; cuando tu Alzheimer emocional —aquel que nos obliga a olvidar para seguir viviendo— te abandone por un instante raro y clemente… recuerda guardar el último café para mí. No lo bebas. Solo prepáralo, como sabes hacerlo, y déjalo enfriar en el borde de la ventana. Que el vapor se eleve, un fantasma mínimo, hacia un cielo que ya no compartimos. Será la ofrenda perfecta: amarga, necesaria y efímera. Como lo nuestro.
Porque algunos amores no terminan con un adiós, sino con un local clausurado. Y la única herencia, con un último café que nunca se llega a tomar.
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Y con la gratitud pasa algo parecido: no se puede imponer, no se puede fingir, no se puede fabricar por obligación. La gratitud nace… o no nace.
Y justamente por eso vale la pena hablar de ella. O, más bien, de su ausencia.
Porque si algo nos caracteriza como seres humanos —y también como cristianos— es que somos profundamente olvidadizos. Olvidamos rápido. Sobre todo las cosas difíciles. Las deudas, esas sí las recordamos todos los días. Pero los favores, las misericordias, las veces que Dios nos sostuvo sin que nos diéramos cuenta… esas se nos borran con facilidad.
La Biblia está llena de ejemplos de este olvido constante. El pueblo recordaba el pasado solo para culpar a alguien más, o para idealizarlo, o para escapar de su responsabilidad presente. Y nosotros no somos tan distintos.
Diez sanados, uno agradecido
Quiero que vayamos al Evangelio de Lucas, capítulo 17. Es un pasaje conocido, pero que siempre nos confronta. Jesús iba camino a Jerusalén y pasaba entre Samaria y Galilea. Al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos. Se pararon de lejos y gritaron:
“Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros”.
La lepra, en esos tiempos, no era solo una enfermedad. Era una sentencia social. Los leprosos eran expulsados de la ciudad, vivían aislados y, por ley, debían gritar “¡Inmundo!” cuando alguien se acercaba, para advertir del peligro. Pero estos diez hombres hicieron algo distinto. No gritaron “inmundo”. Gritaron “Jesús, Maestro”. Sabían quién era. Sabían de sus milagros. Sabían que, si había una mínima esperanza, estaba en Él.
Jesús no los tocó. No oró por ellos. No les dijo: “ya están sanos”.
Solo les dijo:
“Id y mostraos a los sacerdotes”.
Para obedecer esa orden, tenían que creer. Porque cuando comenzaron a caminar, todavía estaban enfermos. Sin embargo, fueron. Y mientras iban, fueron limpiados. Aquí aparece el detalle que duele.
Uno de ellos, al darse cuenta de que había sido sanado, volvió. Glorificó a Dios en alta voz, se postró a los pies de Jesús y le dio gracias. Y Lucas se encarga de subrayarlo: era samaritano.
El que regresó fue el despreciado. El extranjero. El que no conocía la Ley como los demás.
Los otros nueve —judíos, conocedores de la Escritura— siguieron su camino. Tal vez hicieron lo correcto según la norma. Tal vez llegaron al sacerdote. Pero no regresaron a dar gracias. Y Jesús hace una pregunta que sigue resonando hoy:
“¿No eran diez los que fueron limpiados? ¿Dónde están los otros nueve?”
La gratitud como memoria espiritual
Ser agradecido no es solo decir “gracias”. Es recordar. Por eso el salmista escribe en el Salmo 103:
“Bendice, alma mía, a Jehová… y no olvides ninguno de sus beneficios”.
No olvides.
Solo hoy, abriste los ojos. Respiraste. Caminaste. Tuviste alimento. Tuviste un lugar donde estar. Y quizás ni siquiera lo notaste.
Él perdona nuestras faltas. Sana nuestras dolencias. Rescata nuestra vida del hoyo. Nos corona de misericordia. Nos da trabajo, sustento, protección.
¿Cuántas veces Dios nos libró de algo que ni siquiera llegamos a ver? Pequeños detalles que pudieron cambiar nuestra historia, pero no lo hicieron porque su mano estuvo ahí.
No olvidar… ni dejar de enseñar
En Deuteronomio 4, Dios es claro:
“Guárdate… para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto… y las enseñarás a tus hijos y a los hijos de tus hijos”. Olvidar no es inocente. Olvidar debilita la fe.
Hemos visto milagros. En nuestras congregaciones, en nuestras familias, en personas cercanas. Sanidades, provisión, protección. Y también hemos visto dolor, enfermedad, necesidad. Por eso mismo no podemos permitirnos olvidar.
Más adelante, el mismo pasaje dice: “Guardaos, no os olvidéis del pacto de Jehová vuestro Dios”. Dios no se ha olvidado de nosotros. Nunca lo ha hecho.
Jesús fue claro:
“Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin”.
Una gratitud que se practica
Si somos maestros, debemos prepararnos. Si servimos, debemos crecer. Si nuestra familia está bien, demos gracias. Y si alguien está pasando por un mal momento, no miremos a otro lado: oremos, acompañemos, sostengamos.
La gratitud se cultiva orando, leyendo, estudiando, recordando. No es un sentimiento pasajero. Es una disciplina del alma.
Y quizá, en este tiempo de Navidad, más que pedir cosas nuevas, nos toque hacer algo más difícil: recordar todo lo que ya hemos recibido.
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Todos tenemos fe… sobre todo cuando todo marcha bien.
Cuando hay trabajo, cuando la salud acompaña, cuando el bolsillo no aprieta. En esos momentos, la fe parece firme, casi natural. Pero no todos están pasando por ahí. Mientras algunos siguen su rutina normal, otros están atravesando momentos difíciles. Y es justamente ahí donde la fe se pone a prueba.
Creemos que Dios está cuando todo va bien, pero olvidamos que Dios sigue estando cuando las cosas van mal. Paradójicamente, cuando más lo necesitamos, es cuando más fácil es olvidarlo.
Cuando hay salud, alegría y dinero, muchos no se acuerdan de Dios. Pero cuando la situación se vuelve crítica, la rodilla comienza a doblarse… y también a quejarse. Entonces surgen las preguntas:
“¿Dónde está Dios?” “¿Por qué me pasa esto a mí?” “¿No he sido fiel?”
Y muchas veces olvidamos lo que ayer Dios ya hizo por nosotros.
Un pueblo que olvidó los milagros
Cuando el pueblo de Israel salió de Egipto, no salió en silencio ni por casualidad. Salió con milagros evidentes: el mar dividido, la nube que los guiaba de día, el fuego que los acompañaba de noche. Todo eso lo vieron con sus propios ojos.
Y, sin embargo, cuando tuvieron hambre, lo olvidaron todo. Si no recibimos, nos quejamos. Si recibimos, siempre falta algo. Parece que nunca es suficiente. Un pueblo que vio el mar abrirse comenzó a dudar cuando el estómago rugía.
“¿Podrá Dios poner mesa en el desierto?”
El Salmo 78:19 lo dice sin rodeos: “Hablaron contra Dios, diciendo:
¿Podrá Dios poner mesa en el desierto?”
Es una pregunta cargada de duda, pero también de memoria corta. Como diciendo: “Sabemos lo que hiciste ayer, pero hoy no estamos seguros”. En el versículo siguiente recuerdan el milagro del agua brotando de la peña… y aun así preguntan si Dios también podrá dar pan y carne.
¿Cuántas veces hacemos lo mismo?
Reconocemos lo que Dios hizo, pero dudamos de lo que puede hacer ahora, en este desierto, en esta situación concreta.
Pedro y la fe práctica
En Mateo 17, Pedro enfrenta una situación simple pero incómoda: el pago del impuesto. Jesús le dice algo que desafía toda lógica humana:
Ve al mar. Echa el anzuelo. El primer pez que saques tendrá la moneda necesaria. Pedro era pescador. Sabía cómo funcionaban las cosas. Pero obedeció. Eso es fe: hacer lo que Dios dice, aunque no tenga sentido inmediato.
La pregunta sigue vigente: ¿Creemos que Dios puede poner mesa en nuestro desierto? A veces, Dios lo hace directamente. Otras veces, nos usa a nosotros como la mano que llena la mesa de alguien más.
Una historia sencilla, una fe real
Decimos que vivimos por fe, pero también tenemos un sueldo, un horario y cierta seguridad. Sin embargo, recuerdo una historia sencilla que nunca olvidé.
Un maestro llegó un viernes a clase visiblemente preocupado. Sacó su cheque: 45 dólares por dos semanas de trabajo. Faltaban días para terminar el mes y el trabajo estaba muy escaso.
Aun así, dijo algo claro: “Yo sé que Dios va a hacer algo. No sé qué, pero confío en que no me va a abandonar”. La semana siguiente trabajó todos los días. Incluso el sábado. Su cheque cubrió todo y más. No porque fuera especial. Sino porque confió.
Dijo: “Señor, Tú tienes el control. Tú eres quien pone mesa en el desierto”.
Dios cumple lo que promete
El Salmo 78:23–25 nos recuerda algo fundamental: Dios abrió los cielos y envió maná, aun cuando el pueblo reclamó y dudó. La promesa se cumplió. Dios sigue poniendo comida en la mesa, incluso en medio del desierto.
La pregunta es:
¿cuál será nuestra respuesta?
No solo orar, sino actuar. Tal vez tú eres la mano que Dios quiere usar. Tal vez tienes algo pequeño que puede llenar el estómago de alguien más. La fe viene por el oír la Palabra de Dios, pero crece cuando esa Palabra se vive. Si no la leemos, si no la escudriñamos, no crecemos. Dios puede poner mesa en el desierto.
Y a veces, tú y yo somos parte de esa mesa.
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Esta tarde quiero detenerme en una expresión que no es común, ni ligera, ni fácil de asumir: “verdadero hijo en la fe”. La encontramos en la carta de Pablo a Timoteo, y desde que la leí con atención me dejó pensando. Porque no cualquiera recibe ese nombre. Ni Pablo se lo dio a muchos.
La pregunta es inevitable: ¿cuántos de nosotros podríamos ser llamados verdaderos hijos en la fe? ¿Estamos siendo discipulados por alguien? ¿Estamos discipulando a alguien? No es un título sencillo. Tampoco es automático.
Un saludo que dice más de lo que parece
En 1 Timoteo 1:1–2 leemos:
“Pablo, apóstol de Jesucristo por mandato de Dios nuestro Salvador, y del Señor Jesucristo nuestra esperanza. A Timoteo, verdadero hijo en la fe: gracia, misericordia y paz…”
Detengámonos un momento ahí.
Pablo no dice simplemente “a Timoteo”. Dice: “verdadero hijo en la fe”. Eso implica una relación profunda, un proceso, una formación real. No una simpatía, no una cercanía ocasional, no un saludo protocolar.
¿De dónde salen tantos apóstoles?
Pablo se presenta como apóstol por mandato de Dios. Y eso abre otra pregunta incómoda para nuestros tiempos:
¿de dónde salen hoy tantos apóstoles?
La definición bíblica de apóstol es clara: alguien enviado para proclamar la doctrina de Cristo, su obra redentora, su vida, su muerte, su resurrección y toda la Palabra de Dios. Un propagador del evangelio, no un título honorífico.
Sin embargo, hoy parece que “evangelista” queda chico para muchos. El título de apóstol o profeta suena más rimbombante, más llamativo. Hay alfombras rojas, presentaciones, nombres grandes… pero cada vez menos formación.
Efesios 4 nos recuerda que Dios mismo constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, evangelistas, pastores y maestros. No se autoproclaman, no se compran, no se improvisan. Algo no está encajando bien cuando hay tantos títulos y tan pocos discípulos.
Timoteo: el fruto de una relación
Timoteo no apareció de la nada. Pasó cerca de quince años caminando con Pablo. Aprendió, acompañó, observó, fue corregido, enviado, probado. Pablo confió en él lo suficiente como para enviarlo a iglesias con problemas reales. Eso no se hace con alguien formado a medias.
Por eso lo llama verdadero hijo en la fe. La gracia no está en asistir a la iglesia. Eso es apenas el comienzo. La pregunta clave es otra:
¿Alguien te está formando? El discípulo no se hace en una hora dominical. Se forma caminando la vida junto a otro, día tras día.
Pablo solo llamó verdaderos hijos en la fe a dos personas: Tito y Timoteo. Dos, entre cientos de convertidos. Eso nos dice algo muy claro: formar discípulos es difícil, lento y exigente.
El ruego de Pablo: corregir lo que está mal
En 1 Timoteo 1:3, Pablo le ruega a Timoteo que se quede en Éfeso para corregir falsas doctrinas. No lo envía usando frases grandilocuentes ni manipulaciones espirituales. Le dice, con honestidad: “te ruego”.
Había cosas que se estaban enseñando mal. Hoy, muchas veces, la respuesta ante el error es el silencio. “No toques al ungido”, se dice. Pero Pablo no actuó así. Dijo: anda y corrige. No por opinión personal, sino porque así está escrito.
Para hacer eso, Timoteo tenía que estar formado. No podía decir “yo creo que…”. Tenía que decir: la Escritura dice.
Manda y enseña
Pablo le da una orden clara: “Esto manda y enseña”.
Y le recuerda que nadie menosprecie su juventud, pero también le exige ejemplo: en palabra, conducta, amor, fe y pureza. Aun siendo un discípulo avanzado, le dice: ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza.
El llamado no es solo a aprender, sino a transmitir. A corregir cuando sea necesario. A enseñar con responsabilidad.
La pregunta vuelve a aparecer, inevitable: ¿alguien te está enseñando? ¿y tú estás enseñando a alguien?
“Haced discípulos”
En 1 Corintios 4:17, Pablo dice que envía a Timoteo porque es su hijo amado y fiel en el Señor. Y entonces recordamos las palabras de Jesús en Mateo 28:19–20:
“Id y haced discípulos…”
No dijo: hagan creyentes. No dijo: hagan asistentes. Dijo: haced discípulos. Personas que estudian la Palabra, que la viven, que la guardan, que la transmiten. Eso es personal. Eso es profundo. Eso es exigente.
Una reflexión final
Martín Lutero dijo algo que sigue siendo actual: “Las buenas obras no hacen a un hombre bueno; pero un hombre bueno hace buenas obras”.
Fuimos llamados a hacer buenas obras, y una de las principales es esta: hacer discípulos. Convertirnos, quizás algún día, en verdaderos hijos en la fe… o formar a uno. La Palabra de Dios no vuelve vacía, pero la pregunta es:
¿qué tanto de lo que lees se queda en ti? ¿qué tanto transforma tu vida? Antes de dormir, vale la pena preguntarnos:
¿quién me discípula? ¿a quién discípulo?
Si una de esas dos cosas falta, algo debemos corregir. Y si no tienes un discípulo, comienza a buscar un Timoteo. Alguien que, cuando tú no estés, pueda continuar la obra sin torcerla.
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La Torre Eiffel, una vez más, quedaba atrás. Brillante e imponente, como todas las noches, con su tramo superior incrustado en la negrura del cielo como un faro de metal y luz. Pero esa noche no era su noche. Su mirada no se detuvo en ella; era solo un telón de fondo, un punto de referencia en la carrera contra el tiempo y la lluvia que comenzaba a caer.
Cruzó el Quai Branly con paso rápido, casi urgente. Las primeras gotas, pesadas y frías, se convirtieron en un aguacero copioso que lo obligó a desplegar el paraguas. No importaba. Siguió adelante, con los zapatos ya empapados y la ansiedad creciendo, hasta los Jardines del Trocadero. Allí, entre árboles que parecían clones en la penumbra y bancas idénticas bajo la cortina de agua, buscó desesperadamente. La lluvia empapaba su traje, resbalaba por su rostro y se mezclaba con una expresión de angustia creciente. ¿Habría llegado tarde?
El instinto —o la desesperación— lo llevó más allá, hacia el Palais de Chaillot. Y entonces, la vio.
Bajo un paraguas rojo vibrante, como un único punto de color en un cuadro gris, estaba ella. Esperaba, con los pies mojados y, parecía, el alma empapada por la misma incertidumbre. Se acercaron, y en el movimiento torpe de la prisa y la emoción, sus paraguas chocaron con un golpe seco, como dos carruajes que se rozan en una carrera frenética por encontrarse.
Y allí, bajo la llovizna implacable, sonrieron. Temblando de frío y de alivio, intercambiaron un beso tierno, un saludo que sellaba el reencuentro. Sin prisa ahora, dieron media vuelta y emprendieron el regreso por la Rue le Tasse. Caminaban lento, muy lento, a pesar de la lluvia que no cesaba. Cada paso era cuidadoso, no solo para no resbalar en el adoquín brillante, sino para estirar ese instante frágil y perfecto.
Llegaron despacio al Port Debilly. Subieron a un bote, encendieron el motor y partieron rumbo a lo desconocido —o quizás, rumbo a todo lo conocido—. Iban a rodear la Seine, camino a Citadines Saint-Germain-des-Prés. En la intimidad de la cabina, cerraron un solo paraguas, el que los había protegido juntos. El otro, el rojo, quedó atrás, abandonado en algún lugar del camino. Un mudo testigo de su encuentro, un marcador dejado justo en el punto donde mañana volverían a despedirse… para, a la noche siguiente, volver a comenzar la misma y necesaria búsqueda.
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Antes de comenzar, quiero hacer una pausa. No una pausa técnica ni de cámara, sino una pausa interior. Porque hablar de la unidad dentro de la Iglesia no es un tema menor ni cómodo. Es, probablemente, uno de los desafíos más grandes del cristianismo actual.
La unidad no es un concepto bonito para colgar en la pared. Es una condición espiritual.
El desafío real de la unidad
Vamos a la iglesia, nos reunimos, conversamos, compartimos momentos agradables. Incluso podemos llamarnos amigos. Sin embargo, muchas veces, aun dentro de la Iglesia de Jesucristo, cada persona camina con sus propios intereses, sus propias prioridades y su propia agenda espiritual.
La Biblia nos plantea algo mucho más profundo.
En Hechos 1:14 leemos:
“Todos estos perseveraban unánimes en oración y ruego”.
Perseverar es insistir, mantenerse firmes. Pero la palabra clave aquí es unánimes. No significa simplemente estar juntos en un mismo lugar, sino pensar lo mismo, desear lo mismo, buscar lo mismo.
Eso fue lo que me llevó a investigar, a leer, a escuchar testimonios fuera de nuestro contexto habitual. Especialmente en lugares donde ser cristiano no es socialmente aceptado ni culturalmente cómodo: Rusia, Corea del Norte, zonas donde la fe cuesta, donde creer tiene consecuencias reales.
Ahí descubrí algo que me sacudió.
En muchos de esos lugares, a la conversión no se le llama “hacerse cristiano”. Se le llama arrepentimiento. Antes de aceptar a Cristo, la persona debe reconocer y abandonar una vida pasada. Algunos ni siquiera dicen “soy cristiano”, dicen: “soy un arrepentido”.
Y eso cambia todo.
En gran parte de América y Sudamérica hemos puesto el énfasis en “aceptar al Señor”. Repite la oración, firma la lista, y listo. El arrepentimiento queda como algo secundario, para después.
Pero arrepentirse primero y decidirse después es mucho más difícil… y mucho más profundo.
Tal vez, si habláramos menos de “aceptar” y más de “arrepentirse”, no estaríamos buscando una unidad superficial, sino la unidad de los arrepentidos.
La base bíblica de la unidad
La Biblia insiste en esto una y otra vez.
En Hechos 2:1 se nos dice que cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes. No estaban dispersos, no estaban distraídos, no estaban cada uno en su mundo. Estaban en el mismo canal espiritual. Y entonces ocurrió el derramamiento del Espíritu Santo.
La pregunta es inevitable: ¿qué nos falta hoy para que ese derramamiento alcance a todos?
Muchas veces pedimos que el Espíritu descienda, pero no estamos unánimes. Perseveraban unánimes en oración y ruego. El ruego no es una oración liviana; es clamor, es profundidad, es carga compartida.
¿Clamamos juntos por una misma causa? ¿O cada uno ora solo por sus propios problemas?
La Escritura dice que cuando dos o más se ponen de acuerdo, Dios responde. Pero el acuerdo no es automático. Se construye perseverando unánimes. En Hechos 2:42 se nos muestra cómo vivía la iglesia primitiva: perseveraban en la doctrina, en la comunión, en el partimiento del pan y en las oraciones. No era un cumplimiento mecánico. No era leer por leer. Era vivir lo que leían.
Y más adelante dice algo aún más radical:
“Todos los que habían creído estaban juntos y tenían en común todas las cosas”. No había “esto es mío, no lo toques”. Se compartía según la necesidad. Se vivía la fe con sencillez, con alegría, con coherencia. Por eso el texto concluye con algo contundente:
“Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos”. La comunión no es solo comer juntos. Es pensar juntos. Caminar juntos. Perseverar en lo mismo.
Los obstáculos que nos dividen
El problema es que la unidad cuesta. Y como cuesta, muchas veces inventamos métodos para hacer crecer las iglesias. Y sí, crecen. Pero crecen sin comunión y sin perseverancia.
Algo no está bien ahí.
Nehemías entendió esto profundamente. Antes de reconstruir los muros, lloró. Oró. Sintió el dolor como propio. Reconoció el problema antes de actuar. Cuando comenzó la obra, surgió la oposición, como siempre ocurre. Pero Nehemías fue claro:
“El Dios de los cielos, él nos prosperará”.
Y entonces sucede algo clave: el sumo sacerdote y sus hermanos comienzan a edificar. El liderazgo se involucra. El cuerpo empieza a reconstruirse desde adentro.
El capítulo 3 de Nehemías repite una frase una y otra vez:
“junto a ellos”, “junto a él”, “junto a ellos”. Unidad. Trabajo compartido. Por eso terminaron en tiempo récord.
Hoy, muchas veces ni siquiera vemos al hermano que se sienta delante nuestro. ¿Cómo vamos a estar unánimes si no nos miramos, si no nos conocemos, si no nos cuidamos? Buscamos motivos para oponernos: cómo se viste alguien, cómo habla, cómo predica. Siempre hay algo que criticar. Y mientras buscamos oposición, la unidad se vuelve imposible.
¿Cuál es mi parte?
Jesús oró en Juan 17: “Para que todos sean uno”. Lo dijo: “para que todos tengan razón”. Dijo: para que sean uno. La unidad no se impone. Se construye. Y comienza con una pregunta incómoda pero necesaria:
¿Cuál es mi parte en esta falta de unidad?
Si no tenemos la confianza para pedir ayuda, algo no está bien. Si no podemos hablar con honestidad, algo está roto. La única salida es volver a la Palabra, escudriñarla hasta que nos confronte, hasta que nos avive.
Perseverar no es opcional. La unidad no es decorativa. Es urgente.
Demos gracias al Señor porque estamos vivos, porque seguimos en pie, porque aún podemos perseverar. Y sobre todo, porque todavía estamos a tiempo de buscar la unidad verdadera de su Iglesia.
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Saben, les cuento una historia que me ocurrió hace muy poco. No pensaba narrarla al principio, pero se fue convirtiendo, sin darme cuenta, en una pequeña crónica digna de quedar escrita. Tal vez para que no se pierda. Tal vez para recordarme que incluso en los días más comunes, la vida decide sorprendernos.
Era uno de esos días en los que uno se encuentra, como siempre, en la penumbra de un café. Mi cappuccino de fiel compañero, un croissant que hacía de almuerzo improvisado, servilletas por todos lados, el iPad encendido, cables por aquí y por allá, los AirPods en las orejas para olvidarme un rato de que existe un mundo afuera.
Entonces se acercó una pequeña mujer y, sin rodeos, me preguntó: —¿Qué es ser un bohemio? Me le quedé mirando, quitándome un audífono, y le respondí con otra pregunta: —¿Y qué te han dicho que es un bohemio? Ella suspiró y me dijo:
—Bueno… me han dicho que son vagos sin oficio ni beneficio. Personas que quieren huir del sistema, que no encajan en la forma de vida que los rodea. Algunos dicen que son gente que lucha por hacer de la vida un santuario… pero que nunca lo logran.
La observé un instante. Y pensé. Luego le respondí: —Mucha gente piensa así… pero yo creo algo muy distinto.
La invité un cappuccino y un croissant, y nos sentamos en una mesa vieja, despintada por el tiempo. El cafetín olía a café recién tostado y a pan recién horneado. Era como pertenecer, por un momento, a una logia secreta en la que solo se entra cuando uno decide conversar de verdad.
Le dije:
—Mira… el bohemio es aquel que vive de sueños e ilusiones, y que va, uno a uno, tratando de convertirlos en realidad. No tiene prisa. Camina despacio, pero deja huella. A veces feliz, a veces no. A veces haciendo ruido, otras pasando desapercibido. Sabe de todo y no conoce nada. Puede hablarte de historia y luego contarte una fábula. Puede resolver —en teoría— la economía del mundo, aunque sabe que jamás le harán caso.
—El bohemio lee como ratón de biblioteca —seguí—. Siempre lleva un libro en la mochila, junto con papeles y caramelos para engañar al estómago, y lápices para escribir con mezcla de café y pan dulce. Mezcla de sueños y tristezas. Come cuando puede y, aunque lo llamen vago, tiene gustos exquisitos. Es conocido en cafetines, en lugares donde pueda soñar, donde su musa —esa que revolotea sin permiso— le susurra que escriba versos, poemas, historias, canciones… o epitafios de otros bohemios que se adelantaron en cruzar el río de la desesperanza.
—El bohemio vive creyendo —continué— que a la vuelta de cualquier esquina la vida puede cambiar. Que aún quedan sorpresas dignas de vivirse. Y que quizá, con un poco de suerte, encuentre lo que busca, recupere lo que perdió y decida quedarse a vivir allí, donde alguno de sus sueños —soñado por tantos años— se cumplió al fin.
Ella escuchaba sin pestañear.
—El bohemio no se afana —le dije—. No claudica. Puede dejarse matar por una flor, por un poema o por un dibujo de un niño que sueña con ser pintor. Recuerda a su propio niño interior, ese que también soñó con crear mundos, diseñar historias y creer en la magia. Se enternece al ver a su perro Kiba dormir en sus brazos, como cuando acunaba a sus hijos cantándoles la gallina turuleca o la de la mochila azul, con la esperanza ingenua de que jamás crecieran.
—El bohemio lucha, aun cuando sabe que a veces pelea batallas perdidas —proseguí—. Sonríe si las cosas van mal, sufre cuando pierde, se calla o grita cuando se enoja. Siente celos de lo que cree suyo. Camina con la mochila al hombro, cargando todas sus pertenencias e ilusiones: caramelos y chocolates para endulzar el camino, la computadora donde guarda su memoria, hojas escritas, fotos, historias. Siempre lleva, inseparable, un lápiz, compañero fiel de poemas mal escritos, y servilletas que se vuelven cuadernos improvisados cuando la musa decide bailar entre cafeteras y saleros.
—Cada pequeño triunfo le arranca una sonrisa —dije, casi para mí mismo—. Cada derrota le roba una lágrima. Y aun así sigue caminando, buscando el siguiente obstáculo. Todo lo aprendido lo comparte sin esperar nada a cambio, salvo quizás una sonrisa, un “nos vemos” o un simple “adiós”.
—Porque el bohemio —le dije finalmente— es un soñador en proceso de extinción. Ve pasar la vida y en cada surco que aparece por la mañana alrededor de sus ojos —ojos que van perdiendo el brillo de la juventud— descubre las huellas de su lucha. Eso que muchos llaman vejez, él le llama experiencia. Sabiduría. Años bien puestos, no años encima.
Ella no dijo nada. Solo escuchaba.
—Esto —concluí— es ser un bohemio. Un tipo sin oficio ni beneficio que camina arrastrando los pies por entre las penumbras de la vida. Que se acerca a Dios en cada noche fría, en cada invierno de escarcha. Que avanza con lo único que tiene: sus sueños.
La mujer, en un silencio casi sagrado, con el croissant a medio comer y el café ya frío, se levantó despacio. Me dio un beso en la mejilla y me dijo:
—Te dejo, bohemio. No pierdas tu lápiz ni tu servilleta. Escríbeme un poema, una pequeña oda… o cuéntame una historia. Porque quizá, cuando tu tiempo haya pasado y tu nombre sea solo un recuerdo, yo vuelva a este cafetín para escribir canciones y poemas… y contar tu historia, la que dejaste sin terminar.
Y se fue.
Y me quedé allí frente al café vacío, sintiendo que sí… tal vez ser bohemio es, al final, una forma de seguir vivo.
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Este va a ser un tiempo interesante, por lo menos para mí es interesante. Me gustaría que vaya a lo que es Lucas 8, vamos a ver un pedacito del versículo 5, nada más, que dice Lucas 8, versículo 5: «El sembrador salió a sembrar su semilla; y mientras sembraba, una parte cayó junto al camino y fue hallada y las aves del cielo la comieron. Otra parte cayó sobre piedras. Otra parte cayó sobre buena tierra». Pero mucho se ha hablado de la segunda parte.
Se hablaba justamente de la semilla que caía en diferentes tipos de tierra, pero yo quiero hablar un ratito en qué pasó con el sembrador. Nadie habla del sembrador. El mismo Señor solamente habla en la Palabra de todos los procesos que pasó la semilla en los diferentes lugares o tipos de tierra que cayó, pero yo quiero dedicarme a una persona, y esa persona es el sembrador. Y para esto les voy a contar una historia. Esta historia, yo me divertí cuando la hice, espero que ustedes la pasen bien.
La Historia de Víctor y el Vecino
Volvamos por unos instantes a los tiempos de la pandemia y a esos meses en que nadie salía a la calle. Va a llegar un momento en que más tiempo pase, y en un determinado día van a decir: «Bueno, las puertas van a estar abiertas, vamos a salir». Yo leí esto como el Señor de la Mies, es el que abre las puertas y un día abre la puerta. Y hay un Víctor, café en mano, su sombrerito, mochila al hombro y su canasta. El Señor de la Mies le dice: «¿Qué estás haciendo, Vítor?». Vi a otra persona, con su gorro, con su sombrero. Está preparado con sus botas, su ropa de trabajo. Tiene una barra, así como esas de metal como para hacer huecos en el piso, tienen las bolsas y tienen unos tanques o galones de agua, una cosa de esas. Entonces se dirige este señor, este vecino, que supuestamente es el hombre que salió también igual que Víctor, a la calle.
Y le decía el Señor de la Mies: «Ahora, ¿dónde vas a sembrar?». Y el Señor de la Mies le dice: «En su campo voy a sembrar». Entonces este [vecino] agarra lo que en mi país creo que se llama una barreta, hace un hueco, mete semilla, otro hueco, mete semilla y así va sembrando todo el campo. Cuando termina el campo viene donde el Señor de la Mies. Y el Señor de la Mies le dice: «Mira, aquí entró terreno que era de este [Víctor], pero [Víctor] está con su café, con su croissant, su mochila y no tiene absolutamente nada para sembrar».
Entonces este amigo, en el momento que está pasando, deja caer tres o cuatro semillas a los pies de Víctor, y Víctor las pisa como es su costumbre. Y [el vecino] sigue sembrando y empieza a sembrar, y siembra todo el campo que supuestamente era para Víctor, que realmente a Víctor lo único que hizo fue salir con su café. Pasa el tiempo y comenzaban a germinar esas plantitas, inclusive la que se cayeron al lado de Víctor también empiezan a germinar. Entonces este señor, el vecino nuestro, sale con una manguera y empieza a fumigar. Pasa por mi costado y me dice: «Oye, este [campo] tiene plaga, y la langosta…». Yo le digo: «No me toques, no me toques a mis cuatro plantitas, déjamelas tranquilas ahí donde están. Están bien». Este señor se va y empieza a fumigar en su campo, en el otro campo que tenía. Porque en el momento que va creciendo, si empieza a crecer como les dé la gana, no hay que cuidarlas. Pero como buen Víctor, dice: «No, no, esto va a crecer así, porque crece».
El Llamado y la Necesidad de Preparación
¿Y qué tiene que ver esto con lo que estamos hablando, con lo que estamos viviendo? Algo bien simple. Usted, en la posición que esté dentro de su iglesia, tiene un llamado. Y su mayor llamado es servir a Dios. Pero si usted se acordara, en Efesios 4:11 dice: «Y Él mismo constituyó profetas, apóstoles, pastores, evangelistas, maestros». Ahora le voy a hacer una pregunta: Las personas tienen dos opciones, o responden, sí, o responden con ese llamado. Después de eso, ¿qué se hace? Si responde que sí, tiene que prepararse.
Normalmente es un trabajo. Si hablamos de Nehemías, Nehemías tuvo ese trabajo, fue llamado por Dios para hacer un trabajo. Jonás, a pesar de todos los problemas que hizo, fue comisionado para hacer un trabajo. Pablo, con todo lo que [hizo], hizo un trabajo. Después de que uno sabe que ha sido llamado debe dar una respuesta, y esa respuesta es prepararse.
Ahora, algunos dicen: «No, yo no necesito más que mi Biblia, y de aquí saco todo». Pero otros van al instituto, a la escuela bíblica o a la universidad, o compra buenos libros. Pero quiero decirles una cosa, y eso sí, aquí quiero que me comprendan: el instituto o la universidad da conocimiento, pero no da el llamado. No porque usted o yo vayamos al instituto, somos pastores, o somos profetas, o lo que sea.
Somos, muchos, creo que seremos siervos con un poco más de conocimiento, aprendices de siervo. Es bueno ir a un instituto. Y hay de institutos e institutos, pero es bueno porque usted va a tener cierto conocimiento. Cuando salga de él, va a saber realmente la palabra de Dios [en] sus niveles básicos, porque terminando el instituto no significa que usted aprendió todo y se olvida del asunto. Esto empieza para caminar mejor, para servir mejor.
Un líder no se hace porque se compra tres libros de «Ser líder en 10 lecciones», eso no se hace así. Es un llamado, es una gracia que le pone el Señor en su corazón y en su vida para servir. Cada persona tiene un llamado. Cada persona va a cumplir ese llamado si quiere cumplirlo definitivamente.
Póngase a pensar, si un maestro, un arquitecto, un ingeniero, un doctor, hace 10 años terminó la carrera, a este momento el mundo tecnológico ha cambiado tremendamente. Ya no se construye bajo los mismos lineamientos de hace 10 años, no se opera. La tecnología y las formas han cambiado. Y eso significa que la persona tiene que estar actualizándose constantemente. La persona que realmente en el instituto dio lo mejor de sí, aprendió mucho y salió, pero eso no significa que se acabó todo; este es el inicio.
La Oposición y la Falta de Unidad
¿Qué sucede con nuestra persona en nuestro Víctor?. Víctor estuvo [sin prepararse], mientras que la otra persona juntó semilla, probablemente la limpió para que no estuviese sembrando la semilla malograda. Consiguió material para poder sembrar. Él se tomó un tiempo de prepararse, para que cuando se abrieron las puertas, él ya tenía todo el equipo preparado.
Víctor, al contrario, estaba contento con los tres o cuatro plantitas que crecieron y ni siquiera le dio la gloria a Dios. A veces los líderes nos creemos dueños y señores de los discípulos, entre comillas. Nosotros no somos capaces de compartir con los demás, «Esto es mío, este es mi reino, este es mi pequeño castillo, no me lo va a tocar esa gente que quiere venir y ayudarme a destruir a la plaga».
Yo visito dos, tres, cuatro, cinco iglesias. Yo creo que tengo una docena de pastores muy amigos míos, y escuchen, de todos ellos aprendo un poco. Yo creo que cada lugar es un buen sitio para aprender, no sabemos todo, cada día aprenderemos algo nuevo, cada día mejoraremos en el conocimiento.
El Sembrar en Tiempos de Oportunidad
Hubo un Víctor que no se preparó en este tiempo. Víctor debe de prepararse, debe estar [preparado], ¿por qué? Porque no vamos a ir a cosechar, vamos a ir a sembrar. Así [como] en este momento hay cientos de personas que están [recibiendo] de Dios, Testigos de Jehová también, hay católicos, y de repente católicos más todavía que nosotros. Hay mormones. Cada religión, secta, está aprovechando lo mismo que nosotros en este y en cada instante, están predicando a medio mundo. La única diferencia está en que cuando nosotros salgamos y creemos que tenemos la verdad del evangelio, vamos a ir a sembrar a esa gente que todavía está un poco, como podríamos decir, indecisa y no sabe y tiene muchas veces miedo.
Nosotros tenemos que ir, entonces tenemos que prepararnos. No vamos a ir a cosechar a nadie, vamos a ir a sembrar la palabra. Para sembrar la palabra, usted tiene que prepararse. Prepararse no simplemente en el instituto. Si bajo su ministerio tiene 3, 4, 5, 10, 20 personas, enséñeles. Hay YouTube, un montón de cosas y herramientas que usted puede utilizar para enseñar a esas personas. Siempre que sea la verdad. Yo veo prédicas a cada rato los domingos, en especial. También veo clases de estudio bíblico, también veo clases de danza.
La Necesidad de la Lectura Profunda
¿Te gusta leer? ¿Gozas leyendo o es un suplicio?. Si uno agarra la Biblia y cree que está todo…. A veces nosotros no queremos leer más que todo por el hecho que no nos gusta leer, y eso no debe de ser. Lea, siempre, uno jamás deja de aprender. Pero no compre ese libro que dice: «Hazte un líder exitoso en 20 lecciones», no compre esos libros. Porque quieren [apelar a] tu ego, tu vanidad. Líderes son llamados por Dios. Lo que tiene que hacer es prepararse, porque Dios los va a apoyar y los va a sustentar. Antes de ser un líder, tiene que ser un siervo. Y siendo siervo, te vas a convertir en discípulo, y si te conviertes en discípulo, Él te va a levantar del lugar que tú tienes que estar.
No podemos esperar a que se abran las puertas. No podemos esperar que el pastor nos llame y nos diga: «Este hermano, te va a enseñar en 15 días estas cosas». Usted tiene que estar preparado. Porque si es el maestro, el maestro tiene que estar preparado 365 días al año, 24 horas al día, porque fue llamado para maestro. Si usted le dice a un [líder de] danza: «¿Sabes la rutina de tal cosa?». Pero a nosotros nos dicen: «¿Puedes llevar la clase del sábado?» y supuestamente es un maestro. Entonces algo tiene que cambiar en este tiempo.
Unidad y Cosecha
La gente va a estar dispuesta a escuchar. Pero si pasa el tiempo, la gente se acostumbra, la gente se olvida. Cuando ya las aguas vuelvan a su nivel, muchos, incluyendo nosotros, nos vamos a olvidar. Estos dos sembradores: uno que salió con su café y el otro que salió preparado para sembrar, ¿cuál quiere ser usted?. ¿El que realmente salió, se remangó las mangas y comenzó a hacer su trabajo y empezó a sembrar la semilla?. ¿O el Víctor que simplemente salió con su café?.
Si usted enseña, el crecimiento lo dará Dios. Juan 16:23 dice: «De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidieseis al Padre en Mi nombre, os lo dará«.
Si se acuerda, cuando hubo el derramamiento del Espíritu Santo, ¿cuál fue la característica principal? Que todos estaban unánimes, ¿cierto?. Yo sé que todos están juntos, pero ¿están unánimes? Es una pregunta. Todo lo que pides al Padre sea hecho, pero siempre y cuando estemos en la voluntad de Dios. Entonces, ese es algo que tenemos que lograr: que es la unidad.
Si nosotros llegamos a comprender que la iglesia es un [cuerpo de] Cristo, vamos a comenzar a trabajar en unidad. Si yo no me preparo, no puedo pedir cosechar. Se lo digo por experiencia. Si no sé sembrar, la cosecha no se da. Y si siembro tempestades, imagínense qué voy a cosechar. Piense en todo este tiempo, ¿qué ha estado haciendo para que cuando salga, pueda ir a cosechar?.
Nos vemos en unos días, con otra conversación, nos estamos viendo, comente, comparta y sobre todo prepárese.
Vick Conversando con una Taza de Café -Vick-yoopino -MiVivencia.com
Ya es de noche. Como tantas veces, nos reunimos aquí —amigos, hermanos, conocidos y quien quiera acompañarnos— en esta sección que muchos ya identifican: Conversando con una Taza de Café. Un espacio para detenernos un momento y conversar sobre lo que estamos viviendo, aunque a veces preferiríamos olvidarlo.
Vamos empezando.
Siempre me ha gustado iniciar estas charlas recordando a un viejo amigo llamado Nehemías, un hombre que, de alguna forma, se parece un poco a mí. Si usted es lector de la Biblia, recordará lo que le dijeron en Nehemías 1:3: “El remanente… está en gran mal y afrenta.”
Le contaron que su pueblo estaba en problemas. Problemas serios. Y su ayuda era necesaria.
Hoy pasa lo mismo. Tenemos los problemas dentro de casa, dentro de la iglesia, dentro de nuestra propia comunidad. Y mucha gente la está pasando muy mal. La pregunta es: ¿qué está pasando con nosotros?
Te cuento algo que me marcó.
Aquel día me tocó hacer las compras: carne, pollo, verduras (pocas, porque no como muchas). Era la una de la tarde y quería llevar algo a casa para comer, cuando veo a un hermano de la iglesia haciendo cola frente a un lugar católico donde reparten comida.
Crucé para saludarlo. Se puso nervioso, como quien no quiere ser visto. Le dije que fuéramos a comer algo, pero él me contó que ya había pasado por su iglesia:
—Oraron por mí. Me dijeron: “Dios tiene el control. Dios va a suplir.” Y después de la oración, me enviaron a casa… y vino a hacer fila para pedir comida. Porque no tenía nada en casa. En ese instante recordé el versículo que sigue:
“Cuando oí estas palabras, me senté y lloré.”
No sé si alguna vez has recibido una noticia que te golpea tan fuerte que el cuerpo simplemente se rinde. Este hermano estaba haciendo fila para comer; y su iglesia, en vez de suplir su necesidad, le dio una oración y un “Dios te va a ayudar”.
Algo no estaba bien. Algo no encajaba.
Predicamos: “¿Cuándo te dimos de comer? ¿Cuándo te dimos de beber?” Pero ya casi no hablamos de eso. Ahora todo es: “Dios tiene el control.” Sí, Dios tiene el control… pero nosotros somos sus manos.
Muchos han perdido su trabajo. Otros apenas sobreviven. Mientras tanto, hay quienes vivimos el día a día sin grandes problemas. Pero al lado de nuestras casas hay necesidad. Real. Dolorosa. Silenciosa.
Recordé esa frase que tantas veces repetimos sin sentirla: “Me senté y lloré.” Y la convertí en una pregunta: ¿Nosotros… qué sentimos?. Muchas veces, simplemente: nada.
Predicamos del buen samaritano, del que curó heridas y pagó para que el herido fuera cuidado. Pero hoy deberíamos preguntarnos: ¿Qué estamos haciendo nosotros?. No podemos ayudar a todos, pero sí podemos ayudar a uno.. Y si cada uno ayudara a uno… serían muchos.
Una vez escuché a alguien decir: “Si vas a freír dos piezas de pollo… fríe tres. Siempre hay alguien cerca que no tiene qué comer.” Tenía razón.
Es bueno orar por quienes están pasando necesidad. Pero también es bueno ayudar, si podemos. Una señora decía cuando cocinaba frijoles:
“Échale más agua. Que alcance para alguien más.”
Pero nosotros seguimos diciendo: “Dios va a suplir.” Cuando la verdad es que Dios quería suplir… a través de ti. Durante la pandemia gritamos que la casa es la iglesia.
Bien. Entonces pregunto: ¿Qué está haciendo la iglesia desde su casa? ¿Estamos preparando nuestro corazón para cuando llegue la cosecha?
Si eres maestro: ¿estás estudiando? ¿estás leyendo? ¿qué estás preparando para la gente que vendrá?
Porque ese hermano por el que oraron… ¿volverá a su iglesia?. Es bueno orar. Es necesario. Pero también es necesario actuar. Hay gente sin trabajo. Hay gente trabajando y prosperando. Este es el momento de edificar a la iglesia, de servir, de enseñar, de formar discípulos.
Después de llorar, Nehemías oró. Y después de orar, actuó. “Si tienes frijoles… si tienes pollo… si tienes pan… compártelo.” No esperes a Navidad para callar la conciencia regalando un poco de ropa. La necesidad no espera. Especialmente la de los niños.
Y te digo algo que me dolió profundamente: Cuando ese hermano llegó a su casa, estaba su esposa esperándolo. Y su niño. Una familia que tenía hambre.
¿Qué le vamos a decir?
“Dios tiene control de tu hambre” ¿Eso le vamos a decir? Ese día, cuando vi eso, cuando entendí lo que estaba pasando, me senté… y lloré.
Porque en todas partes hay necesidad. Y no solo necesidad de comida: necesidad de Jesús, de compañía, de esperanza, de manos que ayuden.
La iglesia debe prepararse desde las casas. Para servir las mesas. Para ayudar. Para amar.
Somos llamados a servir, no a servirnos. Y hoy, más que nunca, es el tiempo. No mañana. No “cuando todo pase”. Hoy.
Regresaremos con otras reflexiones. Quizás algo cambie. Quizás cambiemos nosotros. Pero puedes dejarnos un comentario.
Vick Conversando con una Taza de Café –Vick-yoopino –MiVivencia.com
No supo cuánto tiempo habían estado conversando; solo sabía que empezaron cuando el sol asomaba en el horizonte y que, mientras preparaban un café con croissant y queso crema, las horas habían pasado demasiado rápido. Ya el sol se había ocultado y la noche, oscura y fría, los sacó de aquella conversación que ninguno quería que terminara. Él hablaba un rato, ella otro, pero ambos se escuchaban y respondían. La charla era tan interesante que ni siquiera su amigo canino los distrajo: se acomodó en la almohada de siempre, junto a la cabecera, y se quedó dormido, como si intuyera lo importante de aquello.
Hablaron de historias y recuerdos de la infancia, de tiempos lejanos, de momentos tristes y otros no tanto. Ella le contó sus miedos y sus penas mientras él volvía a preparar otro café. Ella hablaba atropelladamente, queriendo decirlo todo. Volvió a encender el horno y puso los croissant a 375 grados: siete minutos de espera para que quedaran en su punto. Pasaron del comedor a la sala, disputándose los croissant calientes; hablaron de historia, de libros y textos, de juegos de niños, de tristezas de la adolescencia, de frustraciones y de lágrimas, de partidos de fútbol que terminaron en fracaso. Se contaron relatos, se sacudieron las manos con migas, sintiendo que la conversación no encontraba fin.
La tarde se fue y las luces se encendieron solo para que pudieran mirarse a los ojos y seguir intentando escribir su propia historia: frases entrecortadas por temores fundados, palabras apagadas bajo cielos estrellados, verbos y sustantivos unidos por los pronombres que contienen el tú, el yo y el nosotros; adjetivos que califican la vida. Palabras juntas formaban una nueva narración. Al llegar la noche, como suelen llegar las cosas, hubo una caminata hasta la puerta, un beso apasionado y una despedida con tristeza. Él salió tal como había llegado, con su cuaderno en la mano, donde había anotado las palabras que se dijeron durante todo el día, las mismas que habían llenado sus vidas de historias.
Ella cerró la puerta, se sentó en el sofá, dio el último sorbo al café frío y terminó el pedacito de croissant que aún quedaba en la canastilla, soñando con que, al amanecer, volverían a conversar: libreta en mano, lápices en los bolsillos, para continuar la historia que aún guardaban, llena de esperanza. Todo comenzó con cruzar palabras, un café, un croissant y el simple deseo de ser escuchada. Volverán en otro tiempo, pero con el mismo café.
— Vick Conversando con una Taza de Cafe -Vick-yoopino