Hubo un año en que no pedí aplausos ni multitudes.
No pedí que el mundo me mirara.
Solo pedí no traicionarme.
Sabía que el camino sería lento.
Que nadie vendría a decirme que iba bien.
Que habría días en que el optimismo se escondería
y el cansancio se sentaría a mi lado como un viejo conocido.
Ese año entendí algo importante:
no estaba construyendo para el ruido,
sino para la permanencia.
No medí mi avance por números,
sino por constancia.
No por victorias espectaculares,
sino por no abandonar cuando el peso era mayor.
Aprendí que terminar es más valioso que empezar,
y que cerrar bien una historia
es un acto de respeto hacia uno mismo.
Hubo semanas en que quise bajar los brazos.
Momentos en que dudé si valía la pena seguir hablando,
escribiendo, grabando, recordando.
Pero seguí.
No por fuerza, sino por fidelidad.
Seguí porque este camino habla de lo que soy.
Porque no vine a agradar,
vine a decir lo que pesa, lo que duele, lo que permanece.
Porque no todo lo valioso es rápido
ni todo lo verdadero es popular.
Al final del año, quizá pocos lo notaron.
Pero yo sí.
Pude decir, sin mentirme:
no me rendí.
no me traicioné.
no me vacié para encajar.
Y eso —aunque nadie lo celebre—
es una victoria real.
Este es el motivo por el que sigo.
No para llegar primero,
sino para llegar entero.
Vick
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com
