Guía de Año Nuevo para Optimistas Cínicos

Pasó la Navidad. Se terminó el recalentado —esa metáfora culinaria de revivir lo ya consumido— y los regalos revelaron su verdadera naturaleza: objetos que ocuparán un estante hasta convertirse en polvo y promesa incumplida. Papá Noel, ese cómplice burgués del consumismo, ha vuelto prudentemente a su Polo Norte ficticio, a descansar de su papel de anciano trepador de balcones. El arbolito, despojado de su fugaz gloria, cumple ahora su destino verdadero y humilde: ser el rascador preferido del gato. La ironía es perfecta: lo que fue símbolo de vida y luz, ahora sirve para afilar las uñas de un felino indiferente.

Hoy, en el gran teatro de las supersticiones, los calzones amarillos son el producto más codiciado. Hay una lógica perversa en ello: entre más pequeño el tamaño, más suerte promete. Como si la fortuna premiara la incomodidad y la fe cupiera en una talla extra-small. Salgo al mercado, entre el gentío, a comprar las doce uvas. Las sostengo con una esperanza que se repite, cíclica y vergonzante: la de que este año, por fin, sea mejor. Mis propósitos son los mismos de siempre —los del año pasado y el antepasado—, escritos con tinta invisible en un contrato que solo yo firmo y solo yo incumplo. Pero la esperanza es ese músculo que nunca se atrofia del todo, aunque solo sirva para cargar bolsas de fruta simbólica.

Llegará el nuevo año y, con él, la gran tradición nacional: las elecciones. Nos prepararemos para el solemne ritual de elegir a los nuevos ladrones —perdón, quise decir al Presidente y a los honorables congresistas; ¿acaso no es lo mismo?—. Depositaré mi voto con la mano temblorosa del que compra un billete de lotería, sabiendo que el premio mayor probablemente ya está arreglado. Mientras tanto, nosotros, los ilusos profesionales, seguiremos aferrados a los ideales. Libraremos la batalla cultural desde el sillón, creyendo que un meme bien puesto puede más que una mordida. Soñaremos con hacer realidad algunos proyectos, aunque el principal sueño —aquél de creer que todo podría cambiar de verdad— ya se perdió en algún diciembre anterior, entre uvas atragantadas y discursos de unidad.

Así que brindemos. Con uvas, con Inka Kola, con lo que haya. Porque el verdadero propósito de Año Nuevo no es cambiar, sino sobrevivir con elegancia al desplome de nuestras propias expectativas. Y tener, al menos, un calzón amarillo de recambio, en el bolsillo, por eso de no encontrar luego del que le quitaste —talla pequeña, por si acaso la suerte decide ser literal—.

Vick
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

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