Las discrepancias con mi madre han sido duras. Su ego, sus miedos, su vanidad y sus creencias siempre chocaron con los míos. La vida juntos se volvió complicada, llena de tensiones. Y sin embargo, aquí estamos, al final del camino.
Hoy le dije, casi en tono de confesión:
—Madre, después de todo, al final te vienes saliendo con la tuya. Por tus achaques ya no puedo salir a la calle. Solo me queda quedarme a cuidarte.
Ella abrió los ojos y me regaló una sonrisa irónica, de esas que solo ella sabe dar, como diciendo sin palabras: “te gané”.
Mi perro, Kiba, es distinto. Tiene veintiún años, ya no oye ni ve, tropieza con todo, pero cuando me encuentra, mueve la cola como si la vida entera aún le bastara. Siempre feliz, siempre fiel. Y aunque la vejez lo doblega, percibe lo que ocurre en casa: que mi madre también se nos va. Por eso aprovecha cualquier oportunidad para meterse a su dormitorio y dormir a su lado, como si quisiera acompañarla también en su despedida.
Dos vidas, dos velas que se apagan poco a poco. A mí solo me queda aceptar la realidad y desearles un camino en paz. Porque a pesar de los choques, las ironías, el cansancio y el dolor, sé que lo único que permanece es el amor.
Vick
Conversando con una Taza de Cafe
-Vick-yoopino
