Quería sentarme y tomar un cappuccino, un pan dulce y simplemente escribir.
Dejarme llevar por las palabras en este nuevo rincón: un cafetín japonés descubierto en caminatas de a uno, de pasos perdidos y soledades encontradas.
Se sentó al frente. Le quise pedir un café, pero se adueñó del mío.
—Nunca faltas —le dije—. Nunca dices no. Con tu sonrisa, con un beso, conmigo.
Llegas sin que te llame, con tu única palabra preferida:
“Aquí estoy.”
Y me puse a escribir… sobre compañías efímeras, de pasos acompasados, en un mediodía que llega sin apuro. Comenzamos así a redactar la historia de un cappuccino cremoso y una donna rellena de crema dulce que ayuda a avanzar en este café, que huele a pan recién horneado, con sabores imposibles y colores inventados.
Pan con fideos. Hamburguesas envueltas en arroz. Camarones dulces. Fruta salada. Todo acompañado por infinidad de tipos de té. El lugar ideal para conversar entre paredes de cristal y sillas que flotan en el aire de lo encontrado. Puertas que se cierran en tiempos de frío.
Y un sol que, aunque brilla, no calienta… a pesar de haberle rogado que lo hiciera, que calentara hasta las ideas. Aun así, mi lapicero sigue rasgando el papel. Dejando entre rayas azules un epitafio de marcha forzada.
Una forma más —y quizás la más honesta— de poder avanzar.
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino.
